Sexta Parte: REFLEXIONES PROBLEMATIZADORAS SOBRE LA HUMANIDAD QUE VIENE Hacia un cambio en los modos de pensar

Dr. Alex Fergusson Laguna

Facultad de Ciencias. Universidad Central de Venezuela.

SEXTA PARTE. Los problemas de la recuperación de la ética.

 

Los tiempos actuales obligan a una re-integración entre ética y política, ética y ciencia, hasta ahora separadas; una conjunción que resulta imprescindible a los imperativos de una ética planetaria, la cual solo puede afirmarse y evolucionar a partir de tomas de consciencia capitales:

  1. La toma de consciencia de la identidad humana común en el marco del reconocimiento de las diversidades individuales, culturales y lingüísticas.
  2. La toma de consciencia de la comunidad de origen y destino, que en lo sucesivo una cada destino humano, nacional y regional al del planeta.
  3. La toma de consciencia de que las relaciones entre humanos, pueblos y naciones, hoy devastadas por la incomprensión, la intolerancia y la barbarie, requieren una reformulación que pasa por la re-educación de su psiquis, su mente y su moral. Más que la acumulación de conocimientos, requerimos alcanzar sabiduría.
  4. La toma de consciencia de la finitud humana y de la inseparabilidad entre el ser humano, el planeta y el universo.
  5. La toma de consciencia ecológica, que comprende nuestra relación vital con el planeta, la biosfera y la comunidad de la vida que alberga. La Tierra es una totalidad compleja físico-química-biológica-antropológica en la que la vida, como función del universo, es una emergencia en la evolución del planeta y el ser humano es una emergencia en la evolución de la vida. La humanidad es una entidad planetaria y biosférica que se relaciona con el entorno que le sirve de soporte de vida, a través de su cultura. Esta consciencia supone el abandono del sueño prometeico del dominio de la naturaleza y su sustitución por la aspiración a una relación conviviente, armónica y pacífica con la Tierra.
  6. La toma de consciencia de la necesidad de articular armoniosamente la lógica consciente y reflexiva de la humanidad, con la dialógica auto-organizadora, inconsciente, de la naturaleza.
  7. La toma de consciencia de la responsabilidad cívica con el planeta; es decir, la responsabilidad, respeto y solidaridad con los integrantes de la comunidad de la vida planetaria y el planeta mismo, con su consecuente extensión a nuestros descendientes y a las especies que no han surgido o cuya existencia desconocemos.
  8. La toma de consciencia de que la solidaridad con las raíces nacionales, étnicas o comunitarias debe extenderse y fortalecerse con un enraizamiento más profundo en  la comunidad planetaria. Se trata de superar el cosmopolitismo abstracto, mediático y superficial, que ignora las singularidades individuales, sociales y regionales, así como al internacionalismo miope que ignora la realidad de las patrias y los pueblos.

A partir de allí una ética planetaria[1] tendría la finalidad de dotarnos de las guías de pensamiento, palabra y acción que nos permitan comprender la verdadera naturaleza de las cosas y de los fenómenos de la vida, es decir:

  1. Comprender y resistir las funciones y eventos de la naturaleza -y del universo que conocemos-, con sus furias: terremotos, volcanes, inundaciones y tsunamis, huracanes, tormentas y tornados, y también con sus meteoritos, cometas, tormentas cósmicas, etc.; así como comprender las lógicas del nacimiento, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte, la competencia-cooperación, la depredación, los parasitismos, las plagas y las infecciones.
  2. Comprender y resistir la barbarie humana que nos es inherente, la resistencia a la ignorancia, a la ira y al apego a lo material, la resistencia a la maldad, a la crueldad, al egoísmo-egocéntrico y a la indiferencia humanas.
  3. Comprender y resistir la barbarie del modelo civilizatorio y los fanatismos, con su sistema tecno-económico eco-depredador, alienante, excluyente, injusto, violento y empobrecedor, que lo sacrifica todo -seres humanos y naturaleza- en el altar de la rentabilidad, el beneficio y el odio.

Todo con el propósito último de lograr la realización de la vida humana. Vivir humanamente es asumir plenamente la identidad individual -las singularidades-, la identidad social y la identidad planetaria como una unidad indisoluble. Es construir la vida como estética, como goce, en la participación y el protagonismo; con sus excitaciones y placeres, sus sufrimientos y agonías, en el reconocimiento del otro, en la relación comunitaria con su entorno natural, en la aceptación de lo místico, más allá de los constreñimientos y servidumbres propios de la mera sobrevivencia y de las religiones.

Esta visión de la ética -para comprender, resistir y realizar- hace una fervorosa convocatoria a la tolerancia -para reconocer al otro en su diversidad y en su unidad con nosotros y el universo-; a  la flexibilidad -para enfrentar la duda y la incertidumbre propias de la complejidad inherente a la vida-; a la solidaridad -que nos mueve a la cooperación y la convivencia-; a la compasión -que se pone en el lugar del otro, lo respeta, lo acompaña y lo apoya-.

Hay, pues, una apelación a despertar la bondad humana que es también una con su capacidad de maldad. Se trata, entonces, de contribuir a elevar la mente, la consciencia individual y colectiva para paliar la ignorancia, la ira y los apegos materiales -fuentes de todo mal- para mitigar el impacto del delirio y la desmesura y atacar sus condiciones subjetivas y objetivas que hacen emerger la crueldad humana y la barbarie contra sí mismo y contra la naturaleza.[2]

¿Cómo enfrentar semejante transformación? ¿Cómo civilizar de verdad? ¿Cómo cambiar de verdad? ¿Cómo salir de esta barbarie civilizada en la cual transcurre nuestra vida cotidiana?[3]

Hasta ahora y durante los últimos 250 años lo hemos intentado casi todo: transformar la sociedad y sus modelos sociales, económicos, políticos y culturales; transformar la educación; transformar los modos de vida; transformar la ética misma y, finalmente, transformar el pensamiento científico-técnico. Parece que nos falta encontrar una forma de ayudar a los sere humanos a transformarse a sí mismo, a hacer su propia revolución humana.[4]

La transformación de la sociedad

La historia reciente, desde finales del siglo XVIII para acá, es testigo de variados intentos de transformación de las estructuras sociales, como vía esencial para crear un mundo mejor. La revolución burguesa de 1793 en Francia, que abolió la Monarquía e instaló la República en la Europa central; los movimientos independentistas en América, a principios de 1800, inspirados en la revolución burguesa y en la lucha contra el imperio español y el imperio inglés; la revolución bolchevique de 1917 que instaló el socialismo en la Rusia, que  se convirtió en referente para otros países (china, Europa oriental, Vietnam, Corea, Cuba) e inspiró movimientos revolucionarios en África, Asia y América Latina; y más recientemente, los movimientos transformadores e integradores en América Latina y el Caribe, el Socialismo del Siglo XXI, los movimientos mundiales de protesta contra el modelo tecno-económico capitalista y los regímenes autoritarios que abogan por un nuevo orden social y económico para el mundo; solo para citar los más relevantes.

De todos ellos, lo que ha quedado en evidencia es que no han sido suficientes. No obstante han sido muy importantes, en tanto que intentaron –aunque con poco exito-  sustituir los modos de organización imperantes, con sus centralismos, sus despotismos y jerarquías, sus burocracias incompetentes, su corrupción, sus injusticias, violencias, alienaciones, exclusiones y miserias; al tiempo que pugnan por el despertar de las potencialidades creativas, inventivas, éticas y estratégicas, de los individuos, sus comunidades, etnias y pueblos; así como por el fortalecimiento de la democracia planetaria.

El problema de la transformación de las estructuras sociales se nos plantea hoy en términos totalmente inéditos. Las instancias y las instituciones del poder existentes (nacionales, regionales y multilaterales) no parecen estar en capacidad de enfrentar la magnitud y naturaleza de los problemas vitales que hay que atender.

Con miras a la creación de una sociedad-mundo, más que reformar las estructuras sociales existentes, parece necesario instituirlas, de modo que sean unas, capaces de restaurar las responsabilidades y solidaridades compartidas, minimizar los efectos adversos de la intervención en la naturaleza, anular la hegemonía del poder, del cálculo de rentabilidad y del beneficio como leit motiv , e incitar a la democratización de las sociedades, a la economía solidaria, al comercio justo y equitativo, a la ética de la calidad y al buen vivir.

En fin, instituciones capaces de ir más allá de las “políticas de desarrollo” -de por sí limitadas y localistas- y trabajar eficazmente a favor de una <política de civilización>, es decir, de una política para la humanidad que contrarreste la soberanía absoluta de los estados nacionales -especialmente de los más poderosos-, que atenúe las resistencias al cambio de las naciones, las etnias y las religiones, y pueda reducir y controlar el ímpetu unificador/homogenizador de la globalización, así como de las fuerzas de la ciencia, la técnica, la economía de mercado y la acumulación de beneficios que hoy mueven al mundo y cuya carrera incontrolada nos podría conducir a la extinción.

La transformación de la educación

 Como en el caso de la transformación de la estructuras sociales, la transformación de la educación ha experimentado múltiples intentos: Enrique Pestalozzi, Jean Piaget, Andrés Bello, Simón Rodríguez, José Martí, Paulo Freire son solo algunos de los nombres familiares asociados a esos procesos transformadores. El surgimiento de variadas escuelas y conceptos didácticos como el funcionalismo, el estructuralismo y el constructivismo, la escuela para la vida, la educación para la sustentabilidad y otras, así como los aportes de las aproximaciones desde la psiquiatría y la psicología, si bien representan sucesivos avances en la comprensión del proceso enseñanza-aprendizaje, aún está lejos de conformar un sistema educativo que prepare a los seres humanos para enfrentar, con probabilidades de éxito, los problemas fundamentales y generales de su vida privada y de su vida social. Mucho menos, la formidable tarea de construir una sociedad-mundo, una ética planetaria.[5]

Pese a todos los avances teóricos y operativos, la educación sigue practicando la pedagogía de la domesticación, la separación de saberes en asignaturas y disciplinas, la acumulación de conocimientos inconexos, la memorización, las evaluaciones punitivas, el disciplinamiento y la normalización.

Se trata, entonces de diseñar y construir un sistema educativo que, más que aportarnos conocimientos, nos dote de las herramientas de pensamiento, palabra y acción para enfrentar y superar las dificultades personales, afectivas, intelectuales y socio comunitarias, con las que el ser humano se va encontrando, paso a paso, en el ejercicio del oficio de vivir.

Educar significa aquí, transformar, reconvertir, transformar al ser humano y a la sociedad y significa construcción de ciudadanía resiliente y ecoeficiente, en  un ambiente de equidad, justicia y libertad.

La educación que se requiere es una educación <radical>”, coherente con el discurso del cambio y la transformación y adaptación permanente del sistema político, social, económico y cultural. Significa la sustitución de la <pedagogía de la domesticación> imperante, por una <pedagogía del discernimiento> que estimule la creatividad y dote al ciudadano de las habilidades y destrezas necesarias para la vida individual y social, al tiempo que fortalece las actitudes y las aptitudes de los seres humanos  para la supervivencia de la especie y de la vida planetaria.

La transformación de la vida

 Aquí nos encontramos con un problema antiguo, que ha sido abordado por las tradiciones de sabiduría de muchas civilizaciones, en todas partes. No obstante, el marco contemporáneo es original, inédito; el asunto de transformar la vida se plantea hoy con relación a una civilización caracterizada por: la industrialización, la urbanización, el mercado omnipotente, la globalización económica con sus trasnacionales y corporaciones, el pensamiento único, la brutalidad de la rentabilidad y el beneficio, la centralidad del discurso tecno-científico con sus métodos y modos de pensar y hacer, la supremacía de lo cuantitativo, el pensamiento simplificador, reduccionista y separador, el dominio de los medios de comunicación y el ciberespacio, el egoísmo-egocéntrico, la moral personal y la debilidad ética.

En este contexto, se han puesto en debate las cuestiones de la propiedad privada, el ideal comunitario, la individualidad y la subjetividad, la participación, las relaciones familiares y sociales, el trabajo, el crecimiento personal y colectivo, la sexualidad, la emancipación de la mujer,  el retorno a lo local, lo artesanal, las reglas de higiene, salud, alimentación y vestido, la calidad de vida y el buen vivir, las reglas de convivencia, el autoritarismo dogmático, la democracia y, finalmente, los derechos humanos y la comunión con la naturaleza. Tras este debate, yace un malestar interior que se mueve en medio de un <bienestar material> inalcanzable pero prometido.

Una civilización en la cual el crecimiento de la capacidad de consumo es la medida del éxito personal y social, solo puede generar insatisfacciones psicológicas que se canalizan hacia la búsqueda desenfrenada de satisfacciones materiales y placer, tal como advirtieran en su momento: Freud, Weber y Lipovensky.

En todo caso, la necesidad de transformar la vida conduce a privilegiar las cualidades, a encontrar o crear un sentido estético para la vida y con relación al cuerpo, la mente y el espíritu, pero especialmente con relación a la convivencia con los demás y con la naturaleza. Esta necesidad, consciente o inconsciente, se desencadena hoy en todas partes, a través de diversas formas y propuestas para vivir <de otro modo>.

Es esperanzador saber que existen mil bosquejos de transformación de la vida, de aspiraciones al buen vivir, de vías de escape al malestar que ha producido la civilización del consumo y el derroche, de propuestas para reconstruir la convivencialidad y la paz, para la recuperación de lo místico y para la superación mental y espiritual de la humanidad.

La gran tarea es reunir e integrar esas propuestas, todavía dispersas y que separadamente parecen insignificantes, para identificar potencialidades regeneradoras capaces de transformar la vida  a gran escala.

 La transformación ética

 La transformación de las estructuras sociales, de la educación y de la vida, lleva implícita una reforma ética y moral. Se trata hoy, de construir un conjunto de principios para pensar y actuar que permita desmontar el “dispositivo lógico” egocéntrico, el que manda al <para sí mismo>  que el modelo civilizacional ha reforzado en nosotros, en detrimento del dispositivo lógico altruista, el que manda al <para nosotros> o <para el prójimo>. También debe fortalecer y privilegiar la auto-ética, a fin de potenciar nuestras capacidades altruistas y comunitarias.

No se trata de volver a los principios y valores que las religiones nos han legado, aunque no estaría mal revisitarlos; tampoco se trata de crear una ética que se adapte a los tiempos, sino crear una base sólida de principios para el pensamiento y la acción que trascienda los tiempos, o a la que los tiempos deban adaptarse. Se trata, también de afrontar la crisis de los fundamentos éticos en el mundo occidental: Dios está ausente; la Ley ya no es sagrada; el super-Yo social ya no se impone incondicionalmente; el sentido de la responsabilidad individual se ha estrechado y el sentido de la solidaridad se debilitó; para colmo, las certezas se han difuminado y parece que están llegando a su fin.

Esta crisis de los fundamentos está relacionada con:

  • El deterioro acrecentado del tejido social en varios de sus dominios
  • El debilitamiento del imperativo comunitario y de la Ley colectiva en el interior de las personas
  • La degradación de las solidaridades tradicionales
  • El parcelamiento -y en ocasiones la disolución-de la responsabilidad individual por el tabicamiento y la burocratización de las instituciones públicas y privadas; la “banalidad del mal” de la que nos habló Hanna Arendt
  • El carácter cada vez más externo y anónimo de la realidad social en relación con el individuo, por lo cual el imperativo del placer y el interés prevalece sobre el imperativo del deber
  • El hiper-desarrollo del principio egocéntrico en detrimento del principio altruista
  • La desarticulación del vínculo de inseparabilidad entre el individuo, la comunidad humana que conforma su entorno, la comunidad de la vida de la cual depende, el planeta que le da soporte y el universo con el que somos uno.
  • La des-moralización que culmina en la anomia social, el desencadenamiento mediático y la sobrevaloración del dinero.
  • Las disyunciones: entre ética y política -el gobernante obedece al imperativo del poder, de la utilidad y la eficacia, más que al imperativo moral-; entre ética y economía -el empresario obedece más al imperativo de la ganancia que a la ética del negocio-; entre ética y ciencia -el imperativo de conocer y de aplicar lo que se sabe domina sobre la evaluación de las consecuencias-; entre ética y arte -el imperativo de la libertad de expresarse prevalece sobre cualquier otra finalidad edificante y repele cualquier control ético-.

En cualquier caso, las exhortaciones éticas enunciadas de manera aislada, sin el concurso simultáneo de propuestas para la transformación social, educativa, de la vida y de los modos de pensar, tienen la inutilidad de las lecciones de <moral y cívica>, tal como han demostrado siglos de infecunda predicación de la <bondad y el amor>. La transformación ética solo puede hacerse en el marco de un complejo de transformaciones en todos los ámbitos del quehacer humano, y debe permitir la recuperación de sus fuentes subjetivas: el sentimiento del deber como expresión de obligación moral, el principio de inclusión y el principio altruista.

Eso es lo que de original e inédito tiene el contexto de los tiempos que vivimos a los efectos de una transformación de la ética.[6]

 

La transformación de la ciencia y la tecnología

             La constatación de los límites de la Ciencia Moderna para dar cuenta del ser humano, de la humanidad y del mundo, ha permitido poner en cuestionamiento la visión positivista, reduccionista, disciplinaria, determinista y cuantitativa que porta. La imagen de un ser humano compartimentalizado y desintegrado; y de un mundo ordenado, cierto,  regido por leyes, predecible en base a relaciones lineales, determinista y en equilibrio, están cada vez más lejos de la visión que ha surgido como consecuencia de los aportes recientes de la física, la biología, la ecología y las neurociencias, así como de la incorporación de los conceptos de “caos” y “complejidad” y de la nueva aproximación trasdisciplinaria de los saberes[7].

Una transformación de la ciencia que le permita encontrar y dilucidar los grandes problemas de nuestra cultura, podría contribuir a la democracia cognitiva y a la regeneración cultural, necesarias para la construcción de la sociedad-mundo y de una nueva ética planetaria.

Por su parte, la tecnología actual se ha convertido en parte integrante de nuestro mundo social e individual, hasta tal punto que requerimos de algún tipo de máquina, artefacto o medio tecnológico para realizar casi todos los actos que caracterizan nuestro modo de vida, incluyendo entre otros: los relativos a la comunicación, la educación, la salud, la recreación y hasta el disfrute de la sexualidad; pero además, y esto es muy importante, para mediar en nuestra relación con la naturaleza.

Sin embargo, y paralelamente a esta condición, también ha ido surgiendo entre nosotros una creciente desconfianza respecto a la tecnología actual, por cuanto las numerosas mejoras sociales que ella ha contribuido a conquista, se han visto cada vez más opacadas por los problemas generados de su aplicación, los cuales van desde: la disminución de la calidad y duración de los productos, el creciente consumo de energía y materias primas, el desarrollo de medios de destrucción cada vez más poderosos, el alarmante proceso de deterioro ambiental y la consecuente disminución de la calidad de vida; hasta un cuadro de opresión y manipulación del individuo, que se expresa en una situación de alienación frente a la tecnología misma, la sociedad y la propia naturaleza. Además, la tecnología actual ha resultado poco exitosa en cuanto a proporcionar soluciones humanamente aceptables para enfrentar eficazmente la miseria, la injusticia social y la guerra, tal como nos prometieron los tecnócratas.

Debemos considerar que los problemas sociales contemporáneos atribuibles a la tecnología, provienen tanto de su propia naturaleza como de los usos que se le ha dado, y no solo de esto último; pero, además, que ambos aspectos están relacionados con los modelos de producción capitalista, de consumo y con la actividad social, que en general, responden a los intereses y valores de los grupos económicos-políticos dominantes y a la ideología que ellos representan dentro de la sociedad de mercado.

A partir del advenimiento de la sociedad industrial y particularmente durante los últimos sesenta años, el vertiginoso desarrollo de la tecnología la ha convertido en una actividad social relevante que, incluso, ha servido como indicador del <progreso> general de la sociedad y como criterio para separar naciones. Es tal su importancia que parece haber sido aceptado que <una tecnología en continuo desarrollo es el único camino que ofrece posibilidades reales al progreso humano>. Nuestra sociedad, y por extensión nuestra vida personal, dependen, como nunca ocurrió en la historia, del correcto funcionamiento de una enorme maquinaria basada en la tecnología, que exige un crecimiento sostenido. Sin embargo, en la medida en que ha crecido su importancia, ha ido surgiendo un actitud crítica hacia ella, basada en argumentos demasiado serios como para ser descartados sin consideración.

En primer lugar están los aspectos relacionados con los problemas asociados a la tecnología y que provienen de la utilización que se hace de ella. En segundo lugar están los problemas inherentes a la propia naturaleza de la tecnología. Finalmente, están los problemas éticos, políticos e ideológicos, no menos importantes, ligados al uso y naturaleza de la tecnología.

Si examinamos algunas de las características más relevantes de la tecnología actual, quizás podamos contribuir a la comprensión de la magnitud del problema[8].

En síntesis la tecnología actual:

  • es ecológicamente defectuosa.
  • es funcional solo durante un tiempo limitado.
  • tiene modos de funcionamiento que son demasiado complicados para su comprensión general.
  • es destructora de la cultura local y de su diversidad.
  • promueve una organización urbana.
  • conduce a la valoración cuantitativa y no cualitativa de la actividad productiva y social.
  • estimula la aplicación de métodos físicos al enfrentamiento de los problemas sociales.
  • tiene límites técnicos establecidos por la rentabilidad y no por la naturaleza.
  • no tiene suficientes controles éticos para su mal uso, por cuanto la responsabilidad individual no existe, se encuentra diluida o es traspasada.
  • tiene su potencial de innovación regulado por la capacidad para generar beneficios económicos o por las necesidades de la guerra y no por las necesidades de la gente.

Es a partir de esta perspectiva general que debemos discutir los problemas de la tecnología actual y los fundamentos de un proyecto científico-tecnológico alternativo para la sociedad-mundo, que enfrente el asunto de los instrumentos, máquinas, técnicas, procesos necesarios y modos de pensar y aprehender el mundo  necesario para promover y mantener unos modos de producción social no-opresores y no-manipuladores, y una relación no-explotadora respecto al medio ambiente natural, que además facilite una modificación sustancial de la lógica de la evolución de nuestras sociedades y de la humanidad, y ayude a construir un modo de vida, una sociedad-mundo que funcione con otros comportamientos individuales y colectivos y no solo con otros métodos.

 

REFLEXIONES PROBLE

[1]Morin, Edgar. 2006. El Método 6. Etica. Cátedra Teorema. Madrid.

[2] Fergusson, Alex y E. Szeplaki. 2019. Hacia una nueva Etica Ambiental en América Latina. Ediciones Fundatrópicos. Caracas.

[3] Morin, Edgar y A.B. Kern. 1993. Tierra Patria. Edit. Nueva Visión. Bs. As. Argentina

[4] Fergusson, Alex. 2020. La Humanidad Posible. Ediciones Punto de Encuentro. Caracas Venezuela

[5] Morin, Edgar. 1999. Siete saberes necesarios a la educación del futuro. UNESCO. Paris. Francia

[6] Lanz, Rigoberto y A. Fergusson. 1995. Ecología y Posmodernidad: un enfoque ético. Acta Científica Venezolana. Vol. 46 N° 3: 149-152.

[7] Fergusson, Alex. 2014. Por un nuevo modelo epistemológico para la investigación y la docencia en la universidad venezolana. En: Nuevos sentidos de la transformación universitaria. Ediciones Decanato de Educación Avanzada. UNE Simón Rodríguez. pp 97-106. Caracas.

[8] Fergusson, Alex. 2008. Venezuela, la cuestión ambiental y el desarrollo. Ediciones del Ministerio para la Ciencia y la Tecnología. Caracas.

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Docente - Investigadora Educativa.
Venezolana.
Doctora en Cs. de la Educación, Magíster en Desarrollo Curricular y Licenciada en Relaciones Industriales.

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