Mistrá: a la sombra del Monte Taigeto

En Mistrá se copiaban libros de Aristóteles y Platón, se debatía en griego antiguo y se iluminaba en los manuscritos un pasado glorioso que parecía más bien mitología…

José María Pérez-Muelas Alcázar

A las cinco de la tarde el monte Taigeto parece inofensivo. Está recubierto de pinos y de plantas silvestres que apenas dejan ver la extensión de sus rocas. Se eleva por encima de toda la cordillera del Peloponeso. Hacia el sur, la península de Mani, con sus pueblos de pescadores y sus playas de arena fina, se intuye. Saben que al anochecer llegaremos con las exigencias del viajero: una botella de vino de retsina y un pescado a la brasa. Pero son las cinco de la tarde y el sol ya ha calentado la tierra lo suficiente para no dejar pasar a los turistas. Se escuchan las chicharras, tan habituales en Grecia. Tal vez cuenten, en un dialecto antiguo, las gestas de sus antepasados. Lacedemonia siempre ha sido una región guerrera, que no dudó en ir a la guerra para derrotar a los persas cuando el resto de Grecia se escondía tras sus murallas. Un siglo después, subyugó a la orgullosa Atenas.

La ausencia es la esencia de esta tierra dura, atrapada entre montañas, que no puede ver el mar por un par de kilómetros. De aquella Esparta guerrera hoy no queda nada. Dijo Alcibíades que cuando pasen tres mil años no quedará nada que pueda admirarse de la ciudad de Esparta, al contrario que de su Atenas. Y tenía razón. Pasear por la Nueva Esparta hoy en día es un ejercicio de paciencia. Toda la urbe está formada por bloques de viviendas de aspecto soviético. Acaso en las afueras se han descubierto las ruinas de lo que pudo ser el trazado de una antigua ciudad. Pero los espartanos no construyeron su polis para perdurar. No eran tan vanidosos como los atenienses. Y ahora lo están pagando.

La siguiente ausencia vino muchos siglos después. En este rincón del mundo donde no se cruza ningún camino, un grupo de monjes ortodoxos encontró la paz que buscaba y construyó un conjunto de templos. La ciudad-santuario se llamaría Mistrá y se convirtió, casi por el azar de los tiempos, en uno de los centros religiosos más importantes del oriente cristiano. A las bibliotecas de sus monasterios acudían los mejores eruditos de la Edad Media. En Mistrá se copiaban libros de Aristóteles y Platón, se debatía en griego antiguo y se iluminaba en los manuscritos un pasado glorioso que parecía más bien mitología.

Pero la región estaba demasiado cerca de la frontera entre los dos mundos enfrentados. La Cuarta Cruzada situó a Mistrá en el mapa, pues los caballeros venecianos la utilizaban como contrapeso a Constantinopla. Aunque la decadencia de los tiempos no tardó en llegar. El Imperio Bizantino era un monstruoso precioso demasiado pesado para sostenerse por sí mismo en pie. Con la caída de la capital a manos de los otomanos, aquel recinto de templos se llenó de miedo y oscuridad. En 1460 la ciudad se rindió al sultán y poco a poco fue cayendo en las sombras. A principios del siglo XIX, ya no quedaban ningún monasterio abierto. En dos siglos, la velocidad de las ruinas ha provocado un paisaje desolado. En aquella tierra parece que no puede durar nada eternamente.

Camino entre arcos que ya no sostienen cúpulas y pavimentos fragmentados. Lo que en un día fue un mosaico hoy no es mas que polvo y musgo que ha crecido con avaricia. La Metrópolis es la catedral de Mistrá, su templo más grande y el mejor conservado. El viajero puede refugiarse del sol en su claustro, salpicado de tumbas romanas con relieves de batallas ya perdidas. Los gatos se desperezan ante la llegada de un visitante y lo saludan buscando agua y algo de comida. Son los guardianes de los restos de Mistrá. Los que sustituyeron a los monjes ortodoxos. A su lado, la iglesia de San Teodoro está construida de ladrillo rojo y conserva aún una cúpula que se alza orgullosa en el cielo, como intentando rivalizar con el monte Taigeto.

El resto de iglesias, como la de Santa Sofía, son un muestrario de dejadez. El hombre camina esquivando las piedras del suelo. Las pisa creyendo que son fragmentos de nada, un regalo de la montaña, pero descubre que ha puesto la suela de sus zapatos sobre una columna, un fragmento del arquitrabe o un arco apuntado. El olvido es despiadado con el arte es este lugar del mundo. Algunos frescos se conservan en el interior de algunas iglesias. Son representaciones serenas. Prefiguraciones de los males que asolarían la ciudad. La mayoría de ellos responden a figuras de mártires en el momento de su suplicio. Conservan la memoria de aquellos monjes que vieron apagarse las velas de Mistrá y que miran hacia el oeste esperando que los hermanos cristianos, los venecianos, los salven. Pero nadie acudió a su llamada de auxilio.

La sombra del Taigeto ya va ocupando su espacio natural, que es todo el valle, hasta Mani. Los espartanos acudían a la cima del monte a rendir cuentas con la genética. Los nacidos con minusvalías físicas eran arrojados al vacío. No se sabe si se trata de una leyenda o de si hay algo de realidad en esas caídas. Lo cierto es que el monte Taigeto parece no perdonar los sacrificios. Hasta Mani todo el terreno está desolado. Lo que antes era bello ahora es efímero, como una carretera de una sola dirección. Ya son pocas las que llevan a Mistrá. A la vieja Esparta se le perdió la pista hace siglos.

 

 

 

Fuente de la reseña:

https://www.laopiniondemurcia.es/descubre-fds/2020/08/08/mistra-sombra-monte-taigeto/1135398.html

 

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