Fenómenos editoriales chilenos, siglo XIX y XX

por http://www.memoriachilena.gob.cl

El análisis de los fenómenos editoriales en Chile implica la revisión de diversas etapas por las que pasó el libro en su proceso de inserción en la sociedad. Estas etapas, desde la importación de la primera imprenta al país, en el contexto intelectual, social y político de la Independencia, hasta la absorción de gran parte del medio editorial por la industria multinacional a finales del siglo XX, pueden considerarse como hitos que señalan las tendencias según las cuales el país se ha redefinido culturalmente.

La formación de un público lector masivo no empezó propiamente con los libros sino con los periódicos y gacetas que salían de los primeros talleres de impresión instalados durante las primeras décadas del siglo XIX. Fueron los gobiernos liberales del periodo de consolidación de la república libre los que afianzaron el libro en sus proyectos de nación basados en la educación. A finales del siglo XIX ya se observaban segmentos bien definidos de lectores que demandaban desde obras de “alta cultura”, como la ópera, hasta la historia criminal de Chile en los versos de la lira popular que circulaban por los mercados, impresos en hojas sueltas. Por cierto, los folletines fueron uno de los vehículos más exitosos de los medios impresos a finales del siglo XIX. A través de ellos, el público siguió con entusiasmo la publicación de obras que hoy son representativas de la literatura chilena, entre ellas Martín Rivas, de Alberto Blest Gana.

El siglo XX comenzó con dos obras que tuvieron abundante repercusión pública: Juana Lucero (1902), que expuso el proyecto identitario de la clase media, y Casa Grande (1908), que hizo una crítica a la oligarquía desde su interior. El éxito de ésta fue tal que obligó a reimprimir tres veces en seis semanas.

En las dos primeras décadas del siglo XX, la editorial Nascimento dirigió el curso de la literatura chilena y con la creación de su catálogo ―que hacia 1930 ofrecía más de 70 títulos de autores chilenos por año― fue estableciendo el canon literario, compuesto principalmente por obras de la corriente criollista. Los clásicos de la literatura chilena salieron de ese catálogo. Puede decirse que el trabajo de Nascimento introdujo en el país un deslinde conceptual relativo a los oficios de impresor y editor, entendido este en un sentido moderno: el de agente creador de contenidos culturales.

Una revisión de los fenómenos editoriales debe también remitirse al auge irrepetible del libro chileno entre los años treinta y cuarenta; a la curva descendente de los años cincuenta y setenta, al fenómeno de masificación de la lectura durante el gobierno de la Unidad Popular; a la crisis dramática en la primera etapa del periodo militar, durante el llamado “apagón cultural”; a su renacimiento a finales los años ochenta, cuando vuelve a echarse a andar el sector editorial en el país, por una parte gracias al surgimiento del sector independiente de la edición y por otra, de la mano de grandes grupos transnacionales del mercado cultural.

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