La danza en Chile

Por http://www.memoriachilena.gob.cl

Desde que el hombre ha vivido sobre esta tierra, se ha expresado a través de la danza.
Mucho antes que la danza se convirtiera en un complejo arte escénico,
el ser humano gozaba balanceándose, girando, moviéndose en círculo, y marcando ritmos con los pies,
tal como lo hacen los niños pequeños hoy en día

Karen Connolly

Los primeros criollos chilenos, en la efervescencia de la Independencia, bailaron algunas danzas que constituyeron la base del folclor nacional, en el contexto del surgimiento de una precaria identidad que albergara a todos por igual, aunque manteniendo las diferencias sociales. La sociedad entera bailó. Pero eran muy distintos los ceremoniosos bailes de salón y los pícaros bailes de tierra. Mientras la aristocracia chilena del siglo XVIII aprendió danzas importadas como el paspié, el minué, la contradanza, la cuadrilla y el vals, las clases populares se movieron al compás de fandangos, cuándos, cachuchas y revoltosas.

La prosperidad económica del país durante el siglo XIX despertó en las clases altas un afán europeizante que redundó en una serie de medidas destinadas a fomentar la ciencia y las bellas artes. En tertulias, salones y teatros, las señoritas debían lucir la elegancia de tener una conversación culta y refinada, y por supuesto, saber bailar los bailes de moda. Ya en 1839, José Joaquín Mora propuso la creación de una escuela de baile con fines formativos y moralizantes, pues el maestro de danza enseñaba, además de los pasos de baile, las reglas de etiqueta y las “buenas maneras”.

Hacia 1850, la visita de una serie de compañías pioneras a Chile despertó el interés de empresarios y autoridades; la danza romántica, asociada al tutú clásico, vivió su minuto de gloria entonces. Sin embargo este interés cambió rápidamente hacia la ópera y la zarzuela, que se pusieron de moda como una fiebre entre las damas de alcurnia del 1900.

Por fin, entrando al siglo XX, Chile fue testigo del desarrollo y la evolución de la danza. El estallido de la guerra en el viejo mundo provocó un éxodo de talentos que trajo beneficios indudables para nuestro país. El primer hito lo constituyó, en este sentido, la visita del ballet de la famosa bailarina rusa Anna Pavlova, en 1917. Su paso no solo dejó un enorme entusiasmo en la juventud adinerada; también significó un gran aporte para la danza en el país: el bailarín Jan Kaweski se radicó en Santiago, siendo el primer profesor de ballet dedicado a formar intérpretes. Lo propio hizo su pareja, la anglo-americana Doreen Young, que se instaló en Viña del Mar para difundir las nuevas tendencias.

Hacia 1930, el terreno estaba abierto para la llegada de los más importantes personajes extranjeros de la danza nacional: el Ballet de Kurt Jooss, con sus figuras Ernst UthoffLola Botka y Rudolph Pescht. Estos tres bailarines, que fueron contratados luego por la Universidad de Chile para formar el primer conjunto estable nacional, el Ballet Nacional Chileno, traían una visión nueva de la danza, alejada de los patrones clásicos. Con ellos comenzó la Danza Moderna en Chile. Fueron los formadores de la primera generación de coreógrafos y bailarines nacidos en estas tierras, y, en algún sentido, fueron incluso los precursores de la danza independiente contemporánea.

Fuente del artículo: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-3512.html

Fuente de la imagen: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-81545.html

 

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