Tiempo de prioridades

Por María Elena Gómez Tagle Mondragón

Puede advertirse que en México la implementación de las múltiples respuestas a la crisis de la pandemia no está exenta del error o la poca pertinencia. En todo caso, lo más relevante debería ser mantener una actitud reflexiva y replantear cuando el sentido del trabajo no es congruente con las necesidades más sentidas de la población. El sistema educativo vive un momento de coyuntura y urge rectificar; atender con justicia las necesidades de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes. La situación actual exige voltear a ver otras prioridades a las actuales, con preguntas distintas. El complejo escenario nos insta a actuar con brevedad en nuevos sentidos. Por ello, con este texto, deseo abonar a la reflexión desde una mirada compleja en torno al vínculo escuela-infancia.

En primer término deseo colocar la amenaza de la deserción. La Secretaría de Educación Pública (SEP) tiene datos sobre el tema; algunos de sus funcionarios señalan una deserción cercana al 10 %. Sin embargo, lo que la experiencia concreta muestra parece ser más crudo. Una veintena de maestras y maestros de los tres niveles de educación básica a los que consulté, señaló no haber podido establecer comunicación con al menos el 20 % de sus estudiantes durante el cierre del ciclo escolar pasado. Se trató de niñas, niños y adolescentes que, hacia el final del curso, no tuvieron recursos, apoyo o formas de satisfacer las demandas de la escuela; un conjunto de alumnos que no respondió mensajes, correos y llamadas. Para el ciclo que está iniciando, el panorama se torna más complejo: docentes de la periferia y zonas conurbadas han empezado a dar cuenta de estudiantes que no van a regresar. Una maestra ubicada en la zona de Nezahualcóyotl, Estado de México, señaló:

Le está yendo muy mal a mi escuela [en términos de inscripción], en primero hasta ahorita, nada más tenemos un alumno y generalmente en ese grado hay 25 niños por grupo […]. Muchas familias rentan, estoy en una zona vulnerable donde rentan y casi la mayoría de las personas son comerciantes. Hoy, de hecho, me comuniqué con una mamá y me dijo que les estaba yendo muy mal, ellos se dedican a hacer muebles de madera, pero la pandemia les pegó con todo y la renta se los está comiendo, son de Tabasco y van a regresar allá. Yo tuve sexto el año pasado, tuve 35 alumnos, este año sólo van confirmados 20. Lo que están diciendo [las autoridades sobre la disminución de la matrícula] es lo mínimo, está pasando a una escala mayor.

Es ciego asumir que sólo con un video en la televisión se atenderá educativamente a las niñas y niños y se atenuará la deserción. En primer lugar, porque la hipótesis de trabajo detrás del diseño es que el programa por sí mismo puede sustituir el trabajo escolar; sin embargo, su aplicación supone otras operaciones adicionales asociadas al acompañamiento y al diálogo. Por ende, en el mejor escenario, el programa podría, con ciertas limitantes, ser pertinente para un estudiante que en principio tiene techo, luz, televisión y que, además, vive con una familia cuya trayectoria académica le permite comprender y valorar el contenido educativo del programa —que no le cambiará el canal para ver otra cosa— con solvencia económica y que, en consecuencia, cuenta con el tiempo disponible para respaldar educativamente a un estudiante de educación básica. En este sentido, la valoración de la SEP parece poco realista. Porque, según el contexto donde se enfoque la mirada, esos alumnos o son una minoría o no existen. Para alumnos y alumnas en condición de pobreza material y alimentaria, sentarse a ver la televisión para acreditar la escuela es un chiste cruel —la acentuación de las brechas de inequidad acabará por expulsarlos del sistema.

En segundo lugar, considerar los riesgos a la integridad física, psicológica y emocional a los que han estado expuestos las niñas y niños durante el periodo de confinamiento. Es un tema del que se lee poco, se habla poco, se asume menos y en el que la escuela juega un papel de protección poco reconocido. El Panorama estadístico de la violencia contra niñas, niños y adolescentes en México, editado en 2019 por UNICEF,  señala que un 63 % de las niñas, niños y adolescentes en nuestro país experimentó al menos un episodio de disciplinamiento violento en sus hogares (palizas o golpes con objetos) al mes. Llevamos confinados desde marzo, seguramente esos números han crecido al día de hoy. A lo anterior debe agregarse el estrés, el hacinamiento y la falta de recursos derivada de la crisis. Respecto del abuso sexual en la familia, el foro Violencia sexual infantil y adolescente: retos legislativos, coordinado por el Senado de la República en agosto del año pasado, evidenció que México ocupa el primer lugar de la OCDE en abuso infantil. De hecho, seis de cada diez agresiones sexuales suceden en el hogar; las agresiones son llevadas a cabo por padrastros (30 %), abuelos (30 %), tíos, primos, hermanos o cuidadores (40 % restante). El trabajo cotidiano de la escuela ayuda a contener las violencias hacia los menores; sea por miedo, por vergüenza o por temor a las consecuencias, los adultos tienen menos ocasión si la escuela es un espacio de escape y protección. Al día de hoy las niñas, niños, adolescentes y jóvenes llevan casi 180 días en confinamiento con sus agresores. Las estimaciones posibles no pueden ser optimistas.

Es cierto que la escuela y los maestros no son ministerio público, agencia de investigación, o el DIF; no pretendo sumarles más responsabilidades y trabajo. Pero la escuela tiene la maravillosa cualidad de llegar a los rincones más profundos de este país; los buenos oficios del trabajo docente permiten identificar a los alumnos vulnerables, con detalle de sus historias personales y reconociendo las condiciones difíciles que enfrenta cada estudiante.

En este sentido, habría sido más que útil un convenio con el DIF, con la Secretaría de Bienestar y otras instancias, tanto o más que aquel con televisoras. Con el valioso conocimiento de sus docentes, la escuela podría identificar dónde es preciso acompañar a las familias para atenuar riesgos en la vida de las niñas y los niños. ¡Qué pertinente sería su colaboración y trabajo! Los adultos hemos vivido estos días como un desafío y los menores no la han pasado nada mejor. En algún momento todos regresaremos al aula y será indispensable trabajar educativamente con toda la fragilidad de nuestros alumnos, quienes requerirán especialistas atentos para brindarles ayuda.

Me dirán que detrás de la firma del acuerdo con las televisoras —y su respectivo pago— hay intención de ayudar, pero aquí aplica una vieja máxima del sector educativo: “no es suficiente con buenas intenciones”. Para trabajar educativamente con pertinencia se necesita, además, conocimiento de las sutilezas del sistema y una comprensión amplia de las características de la población. En principio, es imprescindible un diagnóstico muy fino sobre las condiciones diferenciadas de las familias en varios aspectos, sugiero como indispensables:

  1. Las condiciones de salud y bienestar elemental. Tanto de nuestros alumnos, como de los adultos de referencia que se hacen cargo de ellos. De nada sirve saber si ellos están bien, si su madre, padre, abuela, tío, tía están enfermos o fallecieron, perdieron el techo o no hay alimento.

  2. Condiciones de estudio. La estimación de trabajar a partir de la televisión parte de una idea más o menos cierta de la SEP sobre los porcentajes de acceso al medio, aunque estos resultan insuficientes para una cantidad considerable de estudiantes. En las indagaciones que realicé hacia finales del ciclo escolar pasado, las maestras y maestros entrevistados reconocieron familias urbanas que empeñaron la televisión, dejaron el departamento en el que vivían y ahora viven en casa de la abuela donde sí hay televisión, pero es compartida con otras 8-10 personas. Será un logro que las niñas y los niños se sienten a ver la programación cuando otros más desean hacer uso del aparato. De igual manera, esta convivencia en familias extensas exigirá tener al menos dos o tres televisores para que cada estudiante pueda presenciar las transmisiones del grado al que asiste, así como los horarios que los adultos de referencia tienen disponibles para apoyar en el acompañamiento.

  3. Agravantes al riesgo de abandono. Como ya he señalado pobreza y violencia son muy mala combinación, por ello es preciso contar con información muy concreta sobre los riesgos en estos aspectos en la vida de nuestros alumnos.

Haré una mención a nuestros docentes. Del rastreo de información que he llevado a cabo con las familias, y con los propios alumnos, buena parte de aquellos que no se distanciaron de la escuela y sus actividades fue por la fuerza y la importancia que el vínculo que las niñas, niños y adolescentes construyeron con sus docentes. Hay un significado del trabajo escolar vinculado a la relevancia de lo presencial que es insustituible: los programas de televisión son incapaces de generar por sí mismos estos anclajes. El modelo de telesecundaria, incluso, siempre supone como indispensable la figura del docente en algún momento del trabajo.

En entrevistas, niños de seis a catorce años confirmaron que decisiones como la manera de hacer la tarea, en qué poner cuidado y qué cosas dejar para después fueron mediadas por lo que sabían que era importante para sus docentes. Dejaré asentada una tesis ya sabida, pero temeraria para estos días: si alguien puede ayudar a disminuir el abandono son las maestras y los maestros.

Por ello los necesitamos con su invaluable amor al trabajo, rastreando datos finos sobre las amenazas; también los necesitamos valientes para sobreponerse al absurdo por más que éste sea enunciado por una autoridad. Lo menos oportuno ahora son profesores y profesoras preocupados y presionados por demostrar el eficientismo de la estrategia televisiva, que fabriquen evidencias para evitar el acoso administrativo de autoridades igual de eficientistas. Los requerimos sensibles a las condiciones y necesidades de la población que atienden. También son imprescindibles las autoridades audaces, capaces de distanciarse de la presión por “el informe”, haciéndose preguntas sobre lo que importa trabajar educativamente con las niñas y niños estos días.

La escuela no puede abandonar su preocupación por enseñar el sistema solar y la raíz cuadrada; nos preocupa que los estudiantes no olviden las sumas y que reconozcan el verbo conjugado en tiempo pasado en una oración. Pero justo ahora, nuestros estudiantes también necesitan saberse acompañados, protegidos y respaldados. La escuela, con el pretexto (y no) de sus temas y sus tareas, puede ayudar de forma extraordinaria. Un sabio profesor señaló en entrevista: “lo importante es que [la o el alumno] no se aleje, el atraso que nos lo dejen a nosotros, siempre encontramos las formas”. Tal vez deberíamos reconocer la falibilidad de las macro políticas, aceptar la diversidad de contextos y condiciones, y confiar más en nuestros docentes, su experiencia y su trabajo.

María Elena Gómez Tagle Mondragón
Estudiante del doctorado en Ciencias en la Especialidad de Investigaciones Educativas del Cinvestav.

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Tiempo de prioridades

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