Las gafas de Quino

Por Ricardo Silva Romero

Es que Quino es así de eterno, en todas partes y aquí, porque dibujó toda la vida lo que nos está pasando ahora. Hizo la caricatura de los pequeños tiranos de gafas oscuras que derrotan con el pulgar al pobre planeta Tierra, de los burócratas robóticos que no tienen ojos detrás de las gafas; de las personas uniformadas de lo primero que se les pase por enfrente —de oficinistas, de curas, de generales, de soldados—.

Pero también pintó a los encorbatados que un día pegan un grito de independencia, a los muchachos que salen a las calles a denunciar los abusos de los poderosos, a los viejitos que recobran de golpe un día y un gesto y un vuelco de la infancia; a las damas y los caballeros que se ven sorprendidos por los surrealismos de todas las jornadas, a los señores y las señoras que sueñan con una vida paralela más cercana al retrato que a la parodia.

Durante setenta y pico de sus ochenta y ocho años de vida, de 1945 a 2019 más o menos, el mendocino Quino pintó y siguió pintando historietas —“pintando en español” y “pintando en argentino” podría decirse— como planos generales y primeros planos de las vocaciones humanas que solo él fue capaz de ver, y solo él ve: la subyugación, sí, la resignación de los opresores y los oprimidos, pero también la ternura y la fantasía y la gracia y la belleza triste de la rutina, que continúan sonando a resistencia —y aún tienen pinta de reivindicación de la vida y de las ganas de vivir— en el contexto de la guerra y la deshumanización.

Ciertas compilaciones de sus caricaturas son, desde sus títulos magistrales, algunos de los libros que yo más quiero: A mí no me grite, Gente en su sitio, Bien, gracias, ¿y usted? Y si me meto a mí mismo en esta reflexión sobre la fascinación por su obra es porque yo soy uno más de sus seguidores y ha llegado el punto en este texto en el que los lectores pueden respirar y ejercer el derecho de decirse “Quino es también mi favorito”.

Eso es: pasa en todo el mundo, pero pasa, en especial, en todo el mundo en castellano, que tarde o temprano Quino es también el favorito de uno. Nuestra hija de cinco años tiene un calendario de 2020 de Mafalda, la niña vieja que el dibujante se inventó —y contó de 1964 a 1973 en los diarios del planeta— como una extraterrestre que señala y grita las manchas a las que nos hemos habituado en este mapamundi, y lo tiene colgado en su cuarto porque esas viñetas tienden a mostrarle que ella no es la única que dice lo que piensa, ni la única que se encuentra con los amigos a descubrir que los adultos rara vez lo son —rara vez lo hemos sido— y tiene otro papá ojeroso e incómodo ante el espejo que está empezando a recordar su infancia como un mito.

Nuestro hijo de diez, que se leyó uno tras otro todos los volúmenes de la colección, no solo se parece al amigo que merece ser feliz en su cabeza, al sentimental Felipe, sino que se sabe algunas viñetas de memoria.

¿Por qué Quino sigue siendo así de relevante y así de popular por estos lados? ¿Por qué el omnipresente de Quino es nuevo siempre que uno se fija? ¿Por qué ante la noticia de su muerte los paredones de las redes sociales se embellecieron como cumpliendo una tregua: un día de cordura en nombre del hombre que descubrió ese modo de mostrar el mundo que encontró dentro del mundo?

Quien lee las historietas de Mafalda, para no ir demasiado lejos ni ser demasiado original, no solo es testigo de un documental en el cual queda clarísimo que la infancia es una vida entera —un documental, dicho sea de paso, tan brillante como el del cosmos de Charlie Brown—, sino que además tiene a la mano una serie de prototipos de estos países acostumbrados a ser espectadores de los hechos: espectadores, con voz pero sin voto, de los pulsos entre las potencias, de los titulares de prensa que se salen de las manos, de los astronautas y los vaqueros y los cantantes británicos que insisten en que el antídoto es el amor. Qué raro ha sido nacer y vivir en estas sociedades hispanoamericanas, de ratones gobernados por los gatos, a las que tanto les cuesta asumir que sus naciones quedan en el mundo y no son personajes secundarios en el drama universal.

Mafalda sí que lo tiene claro: Mafalda sí que sabe que está en todo su derecho de reclamarles cordura y respeto por lo humano a los imperios envanecidos de estos dos últimos siglos, a Estados Unidos, a Rusia, a China, al Vaticano, cara a cara con un globo terráqueo de mesa que funciona como un crucifijo para laicos. Porque ella podrá ser muy argentina, podrá ser muy latinoamericana, podrá ser muy niña en medio de una especie que ha estado viviendo el naufragio del pensamiento masculino, pero todo esto que ve por la ventana del living de su apartamento de clase media —esa naturaleza en suspenso— es suyo y es su responsabilidad. Quién dijo que Buenos Aires no queda en este planeta.

Quién dijo que los Beatles, sus grandes amores, no son de acá. Quién echó a andar la noticia falsa de que los ciudadanos de estos lares son simples aficionados.
Sus amigos son arquetipos de la experiencia humana en español: Susanita, clasista, chismosa, telenovelera, ególatra, obsesionada con casarse y con tener hijos, solo se queja de los vagos que se quejan de una vida que ya está inventada; Manolito, primitivo, negociante, tacaño, bestia, vive exasperado por aquellos zánganos que andan por ahí cantando que “all you need is love”; Miguelito, noble, cándido, dulce, anda recordándoles a todos que más bien deberían estar dedicados a encontrarles formas a las nubes; Libertad, combativa, iconoclasta, feminista e izquierdosa, cumple con la tarea sagrada de cuestionarlo todo; Felipe, soñador, preocupado, alérgico al colegio, buenazo, encarna como ningún otro personaje de estos tiempos la pregunta eterna de “¿en qué momento se dejó convencer el mundo de que no puede ser una utopía?”.

Sus papás, pendiendo del hilo de la odisea doméstica y de una vida laboral que parece una condena proferida por un Estado hostil, y soñando con los carros y con las vacaciones que se pagan por cuotas, son los moldes de estos hombres y estas mujeres que se han cansado de sus viejos roles.

Todos estos personajes, progresistas o reaccionarios, dramáticos o perdonavidas, revolucionarios o despóticos, han sido dibujados con un amor pocas veces visto —el amor de aquel caricaturista— que es un amor correspondido. Quino, el artista milagroso que pudo ser universal en esta lengua, sabe de buena fuente que el mundo tiene mucho de catástrofe, de error repetido hasta la náusea por un puñado de inescrupulosos que estarán creyendo que en el infierno también se puede sobornar a los burócratas. Pero en cada una de sus viñetas no solo consigue cambiar el cinismo por la compasión, no solo consigue cambiar el pesimismo por el humor, sino que es capaz de acompañar a sus héroes y a sus villanos con la piedad que se experimenta cuando se tiene claro que quien dice “solo somos humanos” está hablando de sí mismo.

Hacer una antología de sus viñetas o de sus caricaturas o de sus secuencias es hacer una compilación, una suma de un genio que no baja la guardia: una marcha por el grito y una marcha por el silencio se tropiezan en una esquina de piedra; una señora emperifollada se queda mirando fijamente la sala de su casa hasta que nota que la empleada ha puesto en orden incluso una reproducción del Guernica de Picasso; cinco cirujanos escarban el cuerpo de un paciente ante un letrero que dice ‘aquí trabajamos para que luego la gente dé gracias a Dios’; una fila de mujeres y de hombres, de sombreros, abrigos y guantes, espera y espera a que un narciso ceda el turno ante un espejo público; el pesado telón de un teatro neoclásico sube para que la gente ansiosa del auditorio se encuentre no con una obra de teatro sino con la gente ansiosa de otro auditorio; un funcionario genérico atrapado en una fila de escritorios repetidos se rebela y pone su puesto en contravía, “¡basta con esta monotonía!”, “¡ja!”, y entonces sus colegas que más bien parecen sus gemelos voltean todo de la misma manera porque les parece una gran idea; un náufrago atrapado en una isla contempla el océano atiborrado de botellas al mar; un comandante pregunta a los gritos “¡¡Soldado!! ¿Estás dispuesto a morir en combate?” sin imaginar que la tropa va a responderle: “¡¡No, mi Coronel, yo quiero irme con mi mamá!!!”.

Podría uno seguir acordándose de las historietas que vio en las contratapas de Lecturas dominicales de EL TIEMPO, y en las páginas de los libros que fue coleccionando desde niño, pero como nadie duda de la infinitud de su obra, como nadie discute que Quino nos ha dejado sus gafas para que precisemos el mundo, prefiero aprovechar el espacio que me queda para dejar constancia de que su obra también es inagotable e imperecedera —también sigue recreándonos y abriéndonos paso— porque sus chistes son hallazgos que llevan adentro una novela, sus dibujos son de una belleza solo suya, sus giros fantásticos, sus trazos son muy propios, sus diálogos son de dramaturgo con lengua de fuego que sabe demasiado para ser cínico, sus grafismos son tajos, sus figuras son inconfundibles, sus lugares y sus objetos y sus mil y un detalles recuerdan que sobre todo somos puesta en escena.

Desde las gafas de Quino, que son, insisto, anteojos en español, la experiencia en la Tierra es una experiencia desalmada que trae adentro los contravenenos de la ternura y el humor, como un calvario remediado por la belleza. Y eso se aprende pronto en estas tierras. Y nadie lo pinta ni lo dice al mundo como él.

Fuente del artículo: https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/ricardo-silva-le-rinde-homenaje-a-quino-y-a-mafalda-541335

Fuente de la imagen: https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/ricardo-silva-le-rinde-homenaje-a-quino-y-a-mafalda-541335

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Las gafas de Quino – Sarraute Educación María Magdalena

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