En busca del patriarcado 13 – Crímenes de familia

Por: MARINA FILOC

Si quedaba alguna duda de que la culpa la tiene el varón —¿la culpa de qué? ¡De todo, señora!—, si le quedaba alguna duda, recomiéndole mirar la recientemente estrenada en Netflix Crímenes de familiaYo la vi y le juro por la salud de mi tía Eusebia que no salgo ahora mismo a ametrallar señores porque le tengo miedo a la ley, que por eso somos buenos los humanos y no por otra cosa. Pero no me cambie de tema. Antes que nada debo advertirle que posiblemente haga spoiler, aunque en cuanto le chimente quién financió la película y quiénes actúan en ella el final caerá de maduro: el asesino es el mayordomo. Y ya que estamos, aprovecho para hacer otro paréntesis: le aconsejo que si quiere usted irse a festivales de cine, conseguir productores, ganar premios y más premios, realice films de este tenor, no como Nacho González o Cassie Jaye, que evidentemente no quieren irse a ningún lado ni conseguir financiamiento y sí quieren complicarse la vida, ser escrachados, denunciados, etc. Porque a quién se le ocurre ir en contra del santo discurso de moda, del imperativo moral del momento en pos del equilibrio y de la verdad. Hay que ser masoca…

Crímenes de familia, decía, fue financiada por la ONU mujeres, está interpretada por varias actrices del colectivo feminista de Argentina, una de ellas fundadora ya retirada, y por un par de chanchos rengos que ni vale la pena mencionar; son hombres. Es más, no entiendo para qué cuernos les dieron vela en el entierro, o sí: intuyo que se la han dado para, justamente, dejarlos peor parados que al pirata cojo. Según esta cinta el varón es mentiroso, violador, vago, drogadicto, maltratador, violento, insensible, no sé si se me queda algo en el tintero, posiblemente sí. Porque a la mujer se la cosifica pero al varón se lo defenestra, dice el manual, se lo mata socialmente para que su sufrimiento, su muerte, no importen, y así luego no salen en los diarios, ¿me comprende? ¿No? Lo sospeché desde un principio.

“Nos quedará más que claro lo manipulador, maricón, falsa víctima, inhumano que puede ser un varón, y no entiendo cómo fue capaz de dudar usted siquiera un segundo, si las mujeres es sabido que no mienten”

Todo empieza con las cuatro amigas chetas tomando el té después de la clase de yoga a domicilio. Hablan de una que está ausente y enviudó hace poco; traducido en lenguaje inclusivo «enviudar» significa que se sacó al pesado de encima, y desde entonces no para de viajar. Porque cuando el tipo muere empieza la vida, señora, no creo que se lo tenga que aclarar, ¿o sí? Luego hablan de Ignacio, el marido de Alicia, ríen porque jubilado y todo sigue yendo a trabajar, y sí, aunque nadie lo mencione, Ignacio es el burro que mantiene la estructura mientra la señora se dedica a (mal)criar al chico violador. «Para mí mejor, así no lo tengo en casa todo el día…», acota ella para dar fin a la fémina escena.

Pero vamos a comenzar por el comienzo, valga la redundancia: por un lado están Alicia (Cecilia Roth), y su marido Ignacio, interpretado por Miguel Ángel Solá, un matrimonio frívolo y con plata de Recoleta. Tienen un hijo, Daniel, que no hace más que darles dolores de cabeza. Los tilingos protagonistas lidian con dos problemas: su ex nuera (Sofía Gala), que tras una denuncia por abuso y violación hace meter en la cárcel a su querido hijo, privilegiado, blanco y hetero —si ve uno cerca, rompa el cristal y dele con el martillo hasta que no respire—. Alicia entiende al principio que la nuera es una loca de miércoles y lo que su hijo declara nos lleva a pensar lo mismo. En una escena de casi cinco minutos el muchacho le dice a la jueza que la chica es la jodida, la loca, la mala. Pero luego, con el transcurrir de los acontecimientos, nos quedará más que claro lo manipulador, maricón, falsa víctima, inhumano que puede ser un varón, y no entiendo cómo fue capaz de dudar usted siquiera un segundo, si las mujeres es sabido que no mienten. Yo les creo, hermanas.

La nuera también declara que, después de trabajar afuera todo el día, cuando vuelve también le toca encargarse de la casa y del nene mientras el vago, incapaz, inmoral, porquería del novio hace nada salvo maltratarla y joderle la vida, eso para lo que los hombres han venido a este mundo, joderle la vida a las mujeres, así que se la jode, la vida, a más no poder, y ella encima que no tiene a dónde ir… Denuncia, denuncia y nadie hace nada, casi que la terminó matando un día. Esto último es más o menos lo que nos pasa a todos en Argentina, y acá cabe destacar que aciertan en cuanto a la justicia, sus tiempos desastrosos y su poca fiabilidad. El que la tiene la compra, y el que no, se jode.

 

“El filicidio es un crimen que mayormente cometen las madres, del cual se habla muy poco, posiblemente debido a que estamos ocupados dando lugar a lo importante, los asesinatos de hombres contra mujeres”

Luego, y para colmo de bienes, está la mucama, Gladys, enorme interpretación de Yanina Ávila, que vive con el matrimonio holgado y asesina a su recién nacido en el baño de la casa, digamos que los mete en un despelote madre. La mucama ya tiene un chico que también vive con ellos, lo criaron los ricachones porque la madre es algo retardada. Al final los oligarcas algo de bueno tienen, pero así y todo no dejan de ser explotadores, porque cuando se es pobre se es digno y cuando se es rico no. Ahora, para los autores parece que ser mucama es un trabajo indigno, para escuetas de mente, gente bruta, digamos. Al menos así la personifican: la chica no tiene capacidad de discernimiento. Maltratada por su padre, abandonada por su madre y por el sistema. Entiendo que —spoiler alert— se deja violar por el hijo blanco y rico porque no quiere ni puede perder su trabajo; luego, asesina al bebé por lo mismo. La psicóloga que interpreta Paola Barrientos nos explica en el juicio con lujo de detalles por qué lo mata, por qué debe ser comprendida la asesina, y pareciera incluso pedir a gritos la justificación del ilícito, cosa que no sucede.

El filicidio es un crimen que mayormente cometen las madres, del cual se habla muy poco, posiblemente debido a que estamos ocupados dando lugar a lo importante, los asesinatos de hombres contra mujeres. La madre asesina tiene motivos que nos esforzamos en comprender, el hombre no tiene perdón de dios, ya lo sabemos, así que no me haga redundar al respecto. Comprendemos a la mucama y a su crimen atroz porque al comienzo la patrona insensible la amenaza con una frase bien turra: “Espero que no estés embrazada, porque acá lugar para otra persona no hay”. Con esto no quedan dudas: el crimen de la pobre chica es culpa de la rica. Porque si alguien te dice que en la casa no hay más lugar, parir y luego matar es más que lógico.

 

“Estigmaticemos a todos, generalicemos, que es gratis, y cuando haya alguno que sí esté en manos de una loca de atar que lo denuncie falsamente, a llorar a la iglesia”

Sea como fuere, al final la rica en el fondo es buena, y aunque tenga plata y sea tilinga termina siendo de las nuestras. Es mujer, sabemos que las mujeres son personas, tienen capacidad de reflexión y buenos sentimientos. Gracias a su sororidad sabrá la verdad y torcerá el curso de los acontecimientos en pos del bien y la justicia: el mayordomo pagará por lo que hizo. En cambio el marido es cobarde, esencia del masculino desde siempre, abandona el barco y la deja sola con todo el despelote. Y observe que hasta en el detalle de los jueces se han fijado: la jueza que hace el bien es mujer, justiciera, en cambio el juez que hace el mal y comete la “injusticia moral” es hombre.

Hace un tiempo se viralizó la crítica de una guionista argentina a una telenovela de los años 80, Venganza de mujer, en la cual una muchacha pobre es violada en manada. Años más tarde planea vengarse de sus perpetradores, pero termina enamorada de uno de ellos. ¡El lío que se armó con este post! Porque ahora una historia de ficción no es más una historia de ficción, ahora a todo se le encuentra la ideología, la apología, la mala saña, el maléfico mensaje subliminal políticamente jodido. La guionista, exaltadísima, crucificaba a la autora acusándola de apología de violación, entre otras cosas, pero no registró la otra parte, la que nadie registra. Seguimos intentando entender por qué, quizá nos muramos con la intriga, la guionista no registró que la novela, además de ser apologeta, estigmatiza al hombre de violador, de borracho, inmoral, deshonesto, violento y, por supuesto, de siempre salirse con la suya.

Dale, estigmaticemos a todos, generalicemos, que es gratis, y cuando haya alguno que sí esté en manos de una loca de atar, que lo denuncie falsamente por despecho o lo que fuere y nadie le crea, a llorar a la iglesia. Y recemos, claro, recemos porque no le toque esto a nuestro hermano, a nuestro marido, a nuestro suegro, padre o hijo… Como escribió alguna vez Javier Salvago: “Otro de mis errores, quizá el más garrafal, fue pensar que a la gente le importa la verdad”.

 

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Docente - Investigadora Educativa.
Venezolana.
Doctora en Cs. de la Educación, Magíster en Desarrollo Curricular y Licenciada en Relaciones Industriales.

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