Los buenos maestros

Por: MIGUEL BARRERO

Tiritas para el alma

 

Cuando en septiembre del año pasado viajé por primera vez a Buenos Aires, lo primero que hice tras instalarme en el hotel fue salir en busca de Mafalda. Descendí por Florida sin prestar atención a los comercios que se alineaban a uno y otro lado de la calle, apenas dirigí una mirada de reojo al obelisco imponente de la Nueve de Julio y tampoco me detuve ante la Casa Rosada ni me dejé seducir por los aires coloniales del edificio del Cabildo. Me adentré por una calle estrecha que nacía en la Plaza de Mayo y caminé por sus aceras mientras a mis alrededores el trajín acomodado de la zona burguesa se iba viendo sustituido por la bohemia bulliciosa de San Telmo. Cuando al fin desemboqué en la esquina de Chile con Defensa, no muy lejos del parque de Lezama en el que Ernesto Sabato situó el comienzo de Sobre héroes y tumbas, no pude reprimir un rapto de emoción al encontrarme con la efigie sonriente de esa niña que, de pertenecer al prosaico mundo de los mortales, sería ahora sólo unos pocos años más joven que mis padres, por más que siempre la haya considerado una suerte de prima hermana apócrifa, uno de esos familiares cómplices a los que vemos poco, pero que sabemos que están siempre, y cuya compañía aporta la felicidad de sabernos junto a alguien que no puede causar ningún mal. No sé qué edad tenía yo cuando mi madre puso por primera vez en mis manos un libro con sus tiras, puede que mi mundo anduviera por los seis o siete años, pero sí que desde entonces no he dejado de releerlos ni de participar de ese prodigio que explica por qué los clásicos llegan a ser tales: en vez de envejecer, se adaptan con flexibilidad inverosímil a nuestra edad y nuestra biografía, y así uno lee las viñetas de Mafalda en la infancia, y más tarde a los veinte, y después a los treinta, y luego a los cuarenta años, y descubre que, sin dejar de decir lo mismo, vienen a decir cada vez cosas distintas o, por decirlo mejor, más matizadas, porque sus trazos conservan la tinta que imprimió en ellos su autor, pero a la vez van incorporando la que nosotros mismos derramamos en el curso de la vida. Ahora que se ha muerto, recuerdo que una vez estuve cerca de Quino y lo vi dibujar a Mafalda sobre un papel dispuesto para la ocasión sobre un caballete. Fue, curiosidades de la vida, en una de las salas del edificio donde ahora trabajo, y guardo de aquel día un autógrafo que es una de las joyas más preciadas que atesoro en mi biblioteca. En aquellas fechas escribí un artículo sobre la visita de Quino en el periódico donde colaboraba que he rebuscado ahora en los laberintos digitales. Como me ocurre con la mayoría de las cosas que publiqué en prensa en aquella época, su relectura me horroriza, pero encuentro en él una idea muy similar a otra que acaba de pasar por mi cabeza hace sólo unos minutos. Me preguntaba entonces, y me pregunto ahora, si Quino habría conocido siempre el paradero de Mafalda después de que ella decidiese abandonarnos, si padre e hija continuaban hablando con frecuencia, si ella se acordaba aún de nosotros, los que, desde el otro lado, aprendimos a crecer con escéptico optimismo, a desconfiar de las grandes palabras que acostumbran a pronunciar bocas pequeñas, a sospechar que la felicidad perpetua no es otra cosa que una infelicidad mal informada. Es verdad que Quino fue mucho más que Mafalda, pero también que todo Quino está en Mafalda, y por eso ahora que hemos sabido de su partida nos hemos vuelto a fijar en esa niña que dejó de existir hace varias décadas, aunque nunca llegara a irse del todo, para postrarnos otra vez ante la lucidez de ambos, autor y criatura, y concluir que no hacía falta que nos siguiera explicando el mundo porque le bastaron menos de diez años para explicárnoslo absolutamente todo. En alguno de los obituarios que publican los diarios leo que, de toda la pandilla mafaldesca, el personaje que Quino prefería era el de Miguelito, y me lo tomo como un guiño, porque también yo he sentido siempre una cariñosa afinidad con mi tocayo. «Yo lo que quiero que me salga bien es la vida», dice en una de las viñetas que protagonizó como respuesta al afán con que uno de sus amigos, creo que Felipe, se entrega a la confección no sé ahora si de un puzle o un dibujo. A Quino sí que le salió bien la vida, y tuvo la generosidad de contribuir a que la nuestra fuese mucho mejor. De ahí el deber de despedirlo con honores en este año grisáceo en el que, con tanto duelo, ya se nos van agotando las tiritas para el alma.

 

«Qué feo»

 

“Hay una anécdota que me contó Luis García Montero hace unos años y que creo que explica por qué Benedetti no podía no caer bien a las personas decentes”

 

No he frecuentado en exceso la obra de Benedetti —algo su poesía, poco o casi nada su prosa— y no es el suyo uno de los nombres que me vienen a la cabeza en las raras ocasiones en que me preguntan por mis poetas de cabecera. Sin embargo, siempre me han inspirado simpatía su porte de abuelo afable y consentidor, su carácter noble y un punto ingenuo pese a haberse baqueteado en unas cuantas tragedias, ese verbo suave y más propenso a la convicción que a la victoria. Seguramente no fue el mejor poeta del mundo, ni siquiera el más brillante de su generación, pero de algún modo sus versos abrigan y dan consuelo en este mundo que se empeña en olvidar el sur mientras va perdiendo el norte. Los textos que en estos días lo recuerdan, con motivo del centenario de su nacimiento, me han llevado a recordar una anécdota que me contó Luis García Montero hace unos años y que creo que explica por qué Benedetti no podía no caer bien a las personas decentes. Sucedió a mediados de la década de los ochenta, en algún rincón de Sudamérica en el que se celebraba un acto o un banquete relacionado con una efeméride que ya no retengo en la memoria. A la mesa se sentaba, además del poeta uruguayo y García Montero y otros invitados, una persona que en su día había pertenecido a ETA y que, después de pasar por varias reconversiones ideológicas, se encontraba allí representando a la institución de la que formaba parte y que, a la postre, encabezaba la delegación española en aquel viaje al continente americano. En un momento de la cena, el tipo en cuestión —he olvidado su nombre, pero sé que luego ocupó algún que otro cargo de confianza bajo las siglas de un partido nada vinculado a las teorías abertzales— se puso a justificar el asesinato de Yoyes, aquella etarra a la que liquidaron sus propios compañeros en cuanto abandonó la disciplina de la banda. García Montero me contó que todos los que estaban sentados a aquella mesa enmudecieron, y que sólo Benedetti abrió la boca —una vez que el otro hubo terminado su parlamento y un silencio espeso anidaba entre los allí presentes— para decir con mucha delicadeza, casi en un murmullo: «Pero hombre, eso no… Matar a una compañera… Qué feo…»

Maestros y discípulos

 

“No es siempre es fácil lidiar con la memoria de aquellos a quienes admiramos”

 

Se entabla una discusión entre los escritores Rafael García Maldonado y Pablo Muñoz —más conocido en las redes por su nombre de guerra de Alvy Singer— a propósito de Juan Benet y sus pullas recurrentes contra Galdós y, en general, todo lo que oliese a realismo decimonónico. La cuestión es vieja, aunque vuelve a cobrar actualidad en este año en el que la pandemia ha acabado impidiendo que se le dedicase al autor de Fortunata y Jacinta el homenaje que su envergadura merecía, y me entrometo en el debate para exponer que, en mi opinión, la boutade de Benet —«Cambio todo Galdós por una página de Stevenson», fue su invectiva más célebre en este asunto— tenía que ver menos con el tedio que pudiese producirle el pobre don Benito que con su aversión al realismo social que se impuso en la literatura española una vez superada la primera década de la dictadura y que fue, mayoritariamente, un muermo. Aquellas voces muchas veces planas, más preocupadas del fondo que de la forma y defensoras de una sencillez que demasiadas veces se terminaba convirtiendo en simpleza, se declaraban herederas del espíritu galdosiano, y ese reconocimiento hizo que, por elevación, se disparara contra la memoria de un Galdós que no fue el intelectual plomizo y monolítico que a veces se dibuja, sino un escritor que exhibió abundantes recursos y se atrevió a experimentar con fórmulas nada habituales en su época. Ocurre algo similar ahora, cuando la persistencia impenitente de unos cuantos émulos termina haciendo que uno le coja algo de manía a los maestros originales, hasta el punto de que no es raro que genere hastío lo que años atrás causaba admiración. Hay dos cosas que ningún escritor —aunque supongo que la aseveración podría extenderse a cualquier disciplina artística— no debería hacer nunca con aquellos a quienes considera sus referentes: la primera, imitarlos; la segunda, tomar sus afirmaciones al pie de la letra. Lo primero suele conducir al ridículo, y lo segundo termina condicionando la percepción propia del mundo según las filias y las fobias —unas veces razonadas y otras arbitrarias— de quien, por mucho magisterio que ejerciese, no dejaba de ser una persona que caminaba con su propia mochila por el mundo. No es siempre es fácil lidiar con la memoria de aquellos a quienes admiramos. Burckhardt separó a los maestros en dos categorías, estableciendo una clasificación bastante afortunada que luego glosó Félix de Azúa. «Los de la primera categoría son aquellos que con minuciosa exactitud, mucha paciencia y admirable sabiduría te muestran todas y cada una de las calles de la ciudad, y en cada calle te hacen ver el edificio más notable, y en el edificio su detalle más significativo. Pero los otros, los de la categoría suprema, te agarran del cuello, te arrastran ladera arriba pisando espinas y zarzales, si manifiestas fatiga o desesperación te ignoran, intentas descansar y te empujan a codazos, pero llegados al punto más alto de la montaña, con un solo gesto brusco muestran la ciudad extendida a tus pies desde la única y más rica perspectiva, aquella que evidencia las grandes líneas de crecimiento y los motivos del constructor. «Y ahora», dicen, «eres libre de elegir lo que te convenga».» No creo que me equivoque mucho si digo que Benet habría preferido ser de los segundos.

Fuente de la Reseña:

Los buenos maestros

 

mariamsarraute Ver todo

Docente - Investigadora Educativa.
Venezolana.
Doctora en Cs. de la Educación, Magíster en Desarrollo Curricular y Licenciada en Relaciones Industriales.

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