Arturo Pérez-Reverte: «La guerra te borra todas las palabras con mayúsculas»

Por Karina Sainz Borgo

Arturo Pérez-Reverte: «La guerra te borra todas las palabras con mayúsculas»
Diez días de combate entre republicanos y nacionales sirven a Arturo Pérez-Reverte para desplegar una ambiciosa novela —novela, es una novela, insiste él— sobre la Guerra Civil. Se trata de Línea de fuego (Alfaguara). Casi setecientas páginas en las que el escritor desmitifica y humaniza la contienda. Cambia de punto de vista y se vale al menos de una docena de hombres y mujeres para contar la complejidad y la simpleza que empuja a los seres humanos a enfrentarse.

Personas de diferente ideología, edad, procedencia, conciencia y condición intervienen en una guerra en la que muchos no pudieron escoger ni siquiera el bando, pero igual luchan por cada palmo de un pequeño pueblo. No es un territorio estratégico, ni tampoco amerita tal fuego. Y, sin embargo, no paran hasta matarse. Recreado dentro del contexto de la batalla del Ebro, el asalto a Castellets convierte Línea de fuego en un fresco. En sus páginas hay anarquistas, comunistas, requetés, legionarios, nacionales, brigadistas internacionales, soldados de la quinta del biberón, corresponsales de guerra…

“La Guerra Civil Española, insiste el escritor, fue encarnizada y dolorosa. No luchaban por una posición estratégica, y sin embargo unos y otros combatieron hasta matar al otro o morir”

Línea de fuego sigue la senda de Un día de cólera (2007) y El Asedio (2010), porque teje una obra de múltiples voces. Siendo una novela, Pérez-Reverte crea mucho más que eso: muestra una derrota coral, un enfrentamiento encarnizado. Todo ocurre la noche del 24 al 25 de julio de 1938, cuando 2.890 hombres y 18 mujeres cruzan el río Ebro para tomar Castellets del Segre, una localidad ficticia que reproduce el pulso de una de las batallas más cruentas del siglo XX español.

La Guerra Civil Española, insiste el escritor, fue encarnizada y dolorosa. No luchaban por una posición estratégica y sin embargo unos y otros combatieron hasta matar al otro o morir. “Necesitaba una batalla emblemática, que fuese el resumen de todas. El Ebro fue la más sangrienta. Hubo 20.000 muertos de los dos bandos. Era la que mejor reflejaba ese empecinamiento sangriento. Fue un choque de carneros, muy español. Ese echar la carne al asador, al matadero, tanto unos como otros. Es un horror enfrentado a otro horror”.

IA lo largo de sus 35 años de carrera literaria, Arturo Pérez-Reverte no había abordado frontalmente la Guerra Civil Española en sus novelas. Quizá como telón de fondo de una trama, incluso como un capítulo o una pincelada, pero no de forma directa. Lo hizo, a manera de libro divulgativo, en 2015, con una historia al respecto contada para jóvenes. De ahí viene una hebra que conduce a Línea de fuego (Alfaguara), una novela en cuyas 668 páginas narra la contienda, y lo hace como sólo él sabe: sin idealización, en el fango de la trinchera, con el detalle de quien ha visto morir y luchar. Todos sus protagonistas han muerto, y de la guerra van quedando versiones intencionadas, que estos personajes refutan.

En Línea de fuego el lector sentirá la sed, el miedo, la desesperación, el hambre, el dolor, pero también el valor y la cobardía de quienes combatieron con más fiereza que aquellos que, desde la retaguardia, los mandaban a morir. Es, como aseguró la directora editorial de Alfaguara Pilar Reyes, una novela sobre la guerra, un asunto que Arturo Pérez-Reverte conoce de muy cerca: a lo largo de 21 años cubrió 18 contiendas, de las cuales 7 fueron guerras civiles.

“En las páginas de Línea de fuego refulgen personajes revertianos hasta la médula como Patricia ‘Pato’ Monzón”

En las páginas de Línea de fuego refulgen personajes «revertianos» hasta la médula como Patricia «Pato» Monzón, soldada de transmisiones, unidad republicana integrada únicamente por mujeres. Tiene diecinueve años, una Tokarev en el cinto y una mochila con pesados transmisores y cables que tendrá que conectar con la trinchera. Pato dejó atrás la vida madrileña de bailes en Las Vistillas, pero no olvida a los bombardeos fascistas. Sus certezas, en ocasiones monolíticas, ceden a las embestidas de una guerra en la que todos terminan como carne de cañón.

El punto de vista salta de una trinchera a otra, del humor al horror. Arturo Pérez-Reverte lo consigue a partir de una galería de criaturas revertianas: el capitán Juan Bascuñana, al mando de la quinta del biberón, un hombre al que la guerra le ha quitado las palabras en mayúsculas y que tiene bajo su mando a más de un centenar de chicos de 17 años que salen por primera vez de casa; también el soldado Ginés Gorguel, un carpintero de Albacete al que el alzamiento lo sorprendió en Sevilla y ahora combate con los sublevados, aunque siempre buscando la manera de escapar; el cabo Selimán, un personaje memorable, y las tropas de Regulares del tabor marroquí… y con ellos dinamiteros, soldados republicanos, legionarios —el cabo Longines es una joya— los requetés con la Moreneta en el máuser y un «detente bala» del Sagrado corazón en la camisa.

—Había abordado antes la Guerra Civil, pero como telón de fondo o episodio, excepto en 2015. ¿La guerra civil contada a los jóvenes lo llevó a Línea de fuego? ¿Son simultáneas?

“La Guerra Civil me la contaron de viva voz quienes la habían protagonizado. Todos ellos han ido muriendo y el testimonio humano ha desaparecido”

—La Guerra Civil me la contaron de viva voz quienes la habían protagonizado. Todos ellos han ido muriendo y el testimonio humano ha desaparecido. Hay un divorcio entre el testimonio real y el discurso ideológico, que está siendo utilizado de manera política. Cuando lo noté, hace ya unos años, me preocupé. Por eso escribí el libro de la Guerra Civil para los jóvenes. Son ellos quienes necesitan no un discurso nuevo, sino mantener los vínculos entre ambos, porque los dos son válidos. El discurso ideológico no es malo, pero necesita estar contextualizado con un componente humano.

Línea de fuego es, sobre todo, una novela sobre la guerra, el gran tema de su obra. Cubrió 18 en 21 años. ¿Qué hay entre Pérez-Reverte y la guerra? ¿Qué lo llevó a ella?

—La guerra y yo tenemos una relación muy íntima, por muchas razones. Me refiero a la guerra en general y a la Guerra Civil. Me la contaron mi padre y mi abuelo, que, como otro tío mío, estuvieron en el bando republicano, y otros familiares que estuvieron en el bando nacional. Esa parte la conozco por sus testimonios directos. Por otro lado, la guerra la vivo porque durante años la cubrí como corresponsal. Con esa guerra que vivo en cada viaje y durante 21 años, completo las narraciones de mi familia y las lecturas que he tenido. La guerra forma parte de mi amueblamiento intelectual, igual que a unos los forma Proust o la música. Mi cabeza, o una parte de mi cabeza, está formada en la guerra. Cuando veo la realidad, proyecto la guerra en ella. Eso es malo, porque me hace pesimista, y bueno, porque me hace previsor. Me permite ver y detectar cosas que no ven los que no han tenido esa escuela dramática de lucidez.

Línea de fuego parece un gran tapiz, un lienzo como La batalla de San Romano, pero es también una gran derrota coral. ¿Todos pierden?

—Nadie que haya estado en un frente de batalla es vencedor. He estado con unos y otros. En Eritrea fui vencedor y en Croacia fui vencido. En 1977, en Tessenei, fui vencedor, o estuve con los vencedores, y en Petrinja o en Vukovar, en 1991, fui vencido, o estuve con los vencidos. Sé lo que se siente en los dos casos, cuando avanzas o cuando tienes que salir corriendo, y te aseguro que no hay triunfo en ninguna de las dos. Ni cuando ganas sientes que has ganado, aunque el vencedor saquee o se quede con el botín. Lo vi con claridad cuando vaciaron el banco de Eritrea. Ellos habían ganado, pero ahí no había victoria ninguna. Había muerte, tíos que lloraban, miseria. Nadie te dirá «gané la batalla del Ebro». Eso es lo que enseña la guerra: que no hay victoria nunca, ni siquiera para los que ganan. Decía Wellington: «Al margen de una batalla perdida, no hay nada más deprimente que una batalla ganada».

“Eso es lo que enseña la guerra: que no hay victoria nunca, ni siquiera para los que ganan”

—El espíritu de Manuel Chaves Nogales atraviesa el libro. Las palabras del prólogo de A sangre y fuego aparecen en boca del corresponsal Phil Tabb.

—Necesitaba una visión exterior de los españoles, y aproveché al corresponsal Phil Tabb. Él sabe que gane quien gane esta guerra, quien lo haga será un dictador.  Esa visión «chavesnogaliana» está deliberadamente puesta en él: está dicha desde fuera. Hay varias buenas novelas sobre la guerra, pero sobre todo cinco muy buenas, escritas por autores de uno y otro bando: Rafael García Serrano, Agustín de Foxá, Arturo Barea, Ramón J. Sender y Max Aub. Y por supuesto, la sombra de Manuel Chaves Nogales, que planeó sobre el libro mientras lo escribí. Porque él fue el primero en ver la sangrienta deriva de los bandos.

—Hay homenaje y crítica al corresponsal de guerra. Vivian Szerman, la periodista de Vanity Fair, acude con una idea romántica, pero todo se le desmorona encima.

“Un periodista, por muy implicado que esté y se arriesgue, siempre será un periodista, nunca un combatiente”

—El periodista de guerra se ha mitificado, porque es un turista cualificado de la guerra. Ejercí durante 21 años y hay una verdad: acudes a la guerra con un billete de avión en el bolsillo. Cuando hayas terminado, te vas. Y si la cosa se pone muy mal, te largas. Yo no fui un combatiente. Compartí la miseria y el peligro, me podían matar, y de hecho han matado a muchos periodistas que cubren la guerra, pero en realidad hay un privilegio: puedes irte cuando quieras, si es que te dejan. El soldado no puede marcharse. Es como un marino en un temporal: no se puede bajar del barco. Un periodista, por muy implicado que esté y se arriesgue, siempre será un periodista, nunca un combatiente. Y por tanto, se siente excluido de ese espacio que ocupa.

—Vivian acude a cubrir a la Brigada Internacional. Espera encontrarse héroes, pero son sólo soldados que acaban como carne de cañón. ¿Los desmitifica también?

—Aparecen en la novela cuando ya se marchan. Es un momento muy interesante. Han llegado a España como cobradores de autobús, proletarios, profesores, intelectuales, escritores. Muchos con esta idea romántica de España y el proletariado del mundo. Pero una vez en la batalla son carne de cañón. Murieron muchísimos. Cuando lees las memorias de ellos te das cuenta del destrozo ideológico. Eso le ocurre a Orwell: es un tío del POUM al que sus propios camaradas quieren matar. A partir de ahí no está tan claro que exista una división tajante entre buenos y malos. Alguno de derechas podría pensar: «Los buenos son los míos». Bien, pero dentro de los suyos están los falangistas, los requetés, los voluntarios por ideología o por oficio. Alguno de izquierdas podía pensar: «Los buenos son los míos». Bien, pero dentro de los suyos están los comunistas, los socialistas, los anarquistas unos contra otros. Entonces, lo de malos y buenos deja de estar tan claro. Eso por un lado: la desilusión ideológica. Luego está el cansancio. Cuando un soldado lleva mucho tiempo combatiendo hay un decaimiento físico. Cuando llegaba a algún sitio, podía decir cuáles habían luchado y cuáles no. Y siempre acertaba. Lo ves en los ojos, la expresión. Por eso quería mostrar a las brigadas internacionales en ese momento: cuando ya saben que no van a ganar y quieren irse de ahí: caminar sin que les disparen o tomar una cerveza en Brooklyn.

Arturo Pérez-Reverte describe las armas que emplearon (tokarev, star, mausers, subfusiles MP 28, bombas de mano Cintron), los efectos de la artillería y el fuego cruzado desde las tapias, casas y campanarios. El lector puede sentir las esquirlas de granadas, los carros de combate, los bombardeos de la aviación, los asaltos a las colinas por pendientes que resultan eternas y las temidas cargas a bayoneta sobre las trincheras y posiciones del enemigo.

«Quería que, cuando el lector llevara ya cien páginas, le diera igual si era un legionario, un requeté, un comunista… Porque lo importante es lo humano (…). Un requeté de 15 años es distinto fuera del campo de batalla, dentro no: son las mismas vidas destrozadas por una guerra que no ganó nadie”, explica Pérez-Reverte.

“Es una novela, insiste su autor. No un manual, no una verdad escrita en tablillas”

Las mujeres también son importantes en este libro. Aunque en el momento de la batalla del Ebro que recrea Línea de fuego estas no participaron en el combate, el escritor se toma licencias literarias para representarlas en la Unidad de Transmisiones. «No quise retratar a la miliciana folclórica, sino a la mujer preparada, decidida, metódica. Fueron las grandes perdedoras de la guerra: en tres años vieron desaparecer un siglo de conquistas y libertades», asegura.

Es una novela, insiste su autor. No un manual, no una verdad escrita en tablillas. Es una historia ciclópea, engrandecida con las ilustraciones de Augusto Ferrer-Dalmau, el pintor de batallas. Esta ficción llega en un momento fértil de la escritura de Pérez-Reverte, quien en los últimos cuatro años ha publicado seis libros: su serie protagonizada por Falcó, Los perros duros no bailan y Sidi, además del libro Una Historia de España.

Línea de fuego elude y tritura cualquier catecismo, y así lo procura Pérez-Reverte línea a línea: «Es una novela sobre nosotros, sobre nuestra memoria. Es nuestra historia. No es una novela que nos sea ajena. No pretende reabrir el conflicto latente de la Guerra Civil, sino que el lector se reconozca y reconozca a su abuelo, a su padre, a sus familiares, a sí mismo. Y luego, si quiere informarse ya más de verdad, no con mi ficción sino con mi realidad, que se vaya a buscar un libro serio sobre el Ebro o Belchite, para saber qué pasó».

—Pato Monzón recuerda a los hermanos Montero del primer Falcó, sólo que del otro lado. Es valiente, decidida, idealista, pero se va quebrando a lo largo de esos diez días…

“Cuando fui a la guerra por primera vez, lo hice con una idea romántica. Pero la guerra no era eso. Eran niños aplastados, miseria, mujeres que lloraban”

—Porque la realidad quiebra. Cuando fui a la guerra por primera vez, lo hice con una idea romántica. Pero la guerra no era eso. Eran niños aplastados, miseria, mujeres que lloraban. Empecé a ver caras conocidas, la de mi hermana pequeña, en el rostro de los críos. Esa ruptura de las grandes palabras ante la realidad sucia y concreta se da en todos los casos. Dudo que una ideología sobreviva por completo a una guerra. No digo que desaparezcan, pero se modifican. La guerra es tan brutal que nada la resiste. Es un ácido que lo corroe todo, y te borra las grandes palabras. Todos los que han estado en la guerra vuelven con palabras en minúscula, no en mayúscula. Honor, patria, bandera… jamás las oirás de la boca de alguien que ha estado ahí. Te van a hablar del cigarrillo, del frío, del hambre, del amigo, de la sed. Eso es lo que importa y descubrí. Es lo que me ha llevado a esta novela.

—Hasta la cobardía tiene su heroicidad en Línea de fuego. Se lo digo por el soldado Ginés Gorguel, que busca cómo escapar una y otra vez, pero vuelve al combate.

—La valentía y la cobardía en la guerra son relativas. Hay gente que actúa como héroe por cobardía. El miedo puede hacer que luches, porque si no luchas te van a matar. Si llegan los fascistas o los rojos hasta aquí, te asesinan. Y por eso prefieren matarlos primero. Eso es lo que piensa.

—El joven Pardeiro, alférez al mando de los legionarios, no se ve capaz de seguir. Se siente mutilado, muerto, o camino de estarlo. Y aun así continúa. ¿Qué encarna ese chico obligado a relevar a sus superiores asesinados?

“No se lucha por una bandera o una patria, luchas por un amigo, porque lo pueden matar a él o porque si se marcha lo pillan”

—Hay muchos tipos de personajes en la guerra y en la novela. Él asume su destino: «Yo estoy aquí y voy a cumplir con mi deber». ¿Y cuál es el suyo? Si es un soldado, pues combatir. Puede no creer en la causa, pero lo hace. No se lucha por una bandera o una patria, luchas por un amigo, porque lo pueden matar a él o porque si se marcha lo pillan. O por estar cabreado. Se combate por mil razones. Por todas puedes ser un héroe y un cobarde al mismo tiempo. No son las mismas, cada quien la suya. ¿Por qué lucha el moro Selimán? Le gusta, le dan dinero, aceite, y el Santo Franco, como él dice, mata a los comunistas que queman iglesias y mezquitas. Por eso repite tanto que irá  a por los «arrojos cabrones», como él les dice. Es uno de los personajes más pintorescos de la novela.

—El cabo Selimán, el niño Tonet, o incluso el alto al fuego para que una mujer pueda dar a luz, aportan al libro humor y ternura.

—Esta novela es muy española. Tiene ese humor con mala leche, cómplice, de cantarle a los de la otra trinchera del otro lado una copla, y son letras reales. Ese sentido del humor fatalista, resignado, como defensa frente a lo que tienes encima.

—Cuando ve huir a los del bando republicano, ya indefensos, a un personaje se le encasquilla deliberadamente el arma. La orden es disparar, pero en el fondo no desea hacerlo.

“El ser humano lo tiene todo, y la guerra saca lo mejor y lo peor”

—La humanidad no está reñida con la crueldad. Por la mañana puedes estar matando al enemigo en el fragor del combate y en la tarde perdonarle la vida. El ser humano no es monolítico, es poliédrico. He visto hacer muchas barbaridades de todo tipo. He visto a mucha gente heroica hacer barbaridades y cómo gente buena, leal, solidaria por la noche, y por razones muy complejas, hacen cosas diferentes. El mundo es un lugar muy hijo de puta, y en la guerra aún más. Hay palabras que templan: dignidad, compasión, lealtad, dignidad. El ser humano lo tiene todo, y la guerra saca lo mejor y lo peor. Ambas cosas. Y eso quería que apareciera en la novela. Ese personaje, que ha combatido durante días, se pregunta: «¿Por qué le voy a matar ahora, si ya es innecesario? Ahora que nadie está mirando, me puedo permitir ser compasivo». Eso es el ser humano.

—Bascuñana es un personaje revertiano. “La verdad no siempre es revolucionaria”, le dice a Pato. Entre ambos hay atracción, sí. ¿En el fondo él es la voz de lo que le pasará a la joven soldada de transmisiones?

—Él es ella al otro lado, cuando pase la barrera. Y la pasará. De hecho, Pato no vuelve a España nunca. A ella se le ha roto algo. Va a la guerra pensando una cosa. Pero la guerra lo corroe todo. Deja muy pocas palabras con mayúscula.

—Hoy el mundo no es capaz de separar a un autor de su obra. ¿De verdad tiene un escritor que dar explicaciones sobre lo que escribe? ¿Por qué?

—Porque es un mundo tan ridículo, en el que hay explicar por qué una novela es una novela. Es tristísimo y es casi agotador explicar que Nabokov cuenta una novela, y que Céline también cuenta una novela, que Pascual Duarte es una novela.  El autor ni siquiera tiene la obligación de reflejarse. ¿Está vinculado a mí todo lo que se dice en Línea de fuego? ¿Comparto yo los comportamientos de todos ellos? ¡No me sea usted ridículo! ¡No me esté juzgando por mis personajes!  Si hago la novela de un violador o un asesino sin escrúpulos, no por eso defiendo ni apoyo a los violadores y los asesinos. Hasta eso hay que explicarlo. Antes no era necesario. La novela es un artefacto que lanzas al mundo, para que las personas saquen cosas de él. Es muy triste ver a un escritor justificando sus novelas. Eso es agotador, y es lo que no voy a hacer nunca.

—¿Qué peso tiene Conrad en esta novela y en la obra de Pérez-Reverte?

“Conrad me hace pensar, me gusta escribir novelas bajo su influjo”

—Conrad es el mar, la aventura, los hombres sometidos a las pruebas y a vivir bajo presión. Es el autor que me queda. Igual que Bascuñana pierde las mayúsculas en la guerra, yo he perdido a grandes autores, clásicos que fueron fundamentales cuando tenía veinte años. No reniego de ellos. Sólo que en un momento de  mi vida fueron fundamentales y ahora ya no lo son tanto para mí como lector. Ahora leo a Scott Fitzgerald o Dumas, que he citado miles de veces en mi vida, y ya no encuentro nada nuevo en ellos, nada que me alimente el alimento narrativo con el que trabajo. Es como visitar a viejos parientes que ya te contaron su vida muchas veces. Pero leo a Conrad por enésima vez y aún me emociono. Conrad me hace pensar, me gusta escribir novelas bajo su influjo. Es un poco más complejo, porque yo tengo mi propio mundo, pero él está ahí. De hecho, es el único escritor del que tengo una foto en el lugar donde trabajo. Incluso cuando me dicen que me parezco físicamente a Conrad, con los ojos caídos y la barba, ¡me hace ilusión! —risas—. No me estoy comparando, ni mucho menos. Lo que trato de explicar es que Conrad es mi ángel tutelar.

—¿En qué coinciden El pintor de batallas y Línea de fuego?

—El pintor de batallas era una guerra mucho más intelectual, y esta es directa y descarnada. Quiero que el lector venga conmigo a la guerra. ¿Quieres saber qué le pasó a tu abuelo o a tu padre o a tu tío? Ven. Toma, entérate. Una vez que estás ahí, ponerse a decir buenos y malos, líneas rojas, blancas. Desde fuera todo está muy claro. Está clarísimo: bando republicano legítimo, bando franquista ilegítimo. Pero cuando te acercas con 17 años, ya seas comunista, anarquista, socialista o requeté, con 17 años… ¿de verdad crees que a esa edad hay una diferencia humana entre unos frente a otros? ¿Crees que sus ideas pesan más en ellos que su juventud, la miseria y el drama humano que están viviendo? Yo he visto luchar a chicos de esa edad y te aseguro que todos funcionan con los mismos instintos de agresión y supervivencia. También es cierto que la guerra nunca se ve de forma global, sino en la pequeña porción que te toca ver. No quería que el lector recorriera la novela con un narrador omnisciente, sino desde el fragmento, lo pequeño, la confusión, como un personaje ve la guerra. Por eso uso tantos.

—También es una novela que disfrutarán los amantes y coleccionistas de armas. ¿Tenían peor armamento y estrategia militar los republicanos?

—En esta época el material franquista ya era mucho más eficaz y apabullante, aunque los rojos tenían mejores tanques, mejores cazas, pero globalmente la superioridad técnica nacional era obvia. Pero hay otra cosa más, que es fundamental, y queda claro en la novela: la disciplina. Es eso que dice Gambo, el comandante de batallón comunista, lamentando que el ejército republicano sea a menudo el caos, mientras que los enemigos son a menudo la eficacia. Esa organización y esa disciplina fue la que hizo que los nacionales se impusieran en la guerra. Los dos bandos lucharon con mucho valor y mucho tesón. Ahí no había diferencia. Tampoco fue el material lo que hizo que se impusiera el bando ganador. La diferencia es que los nacionales, férreamente disciplinados por una jerarquía militar, tenían un solo objetivo: ganar la guerra, exterminar al adversario. Los republicanos tenían muchos a la vez: la revolución del proletariado. Joder a los anarquistas o a los comunistas, etcétera. Sus energías, en vez de concentrarlas en batir a los nacionales, las malgastaban a menudo en batirse entre ellos. Era imposible que ganaran esa guerra.

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Arturo Pérez-Reverte: «La guerra te borra todas las palabras con mayúsculas»

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