Néstor Mendoza: Selección de poemas

UNA HOJA

  

No es como si un árbol desprendiera una hoja voluntariamente. Así no.

La hoja cae por seca, a menos que se arranque verde, con violencia.

Si acercas tu oído a la rama más próxima,

si pudieras anticipar la caída

o llegar en el momento justo, justo antes del desprendimiento.

Allí podrías asumir el crujido, porque sí, hay un crujido leve, que existe.

Esa hoja cae y tu oído intenta acompañar el descenso.

Es mínimo el sonido pero no importa que sea pobre. Cuenta el deseo.

Ves que la hoja cae y el oído se acerca

y detecta el descenso, de lo seco en su caída, y te sorprendes.

Es tan poca cosa registrar la caída de la hoja, ya seca, pero insistes.

 

Se trata del registro banal de la caída,

pero toda caída merece atención.

 

PAN PANISCUS

 Ojos fatigados. Están las rejas del encierro y la masa peluda de carne que se mueve, el animal, el primate. En la sucia y vieja placa se lee su nombre científico, Pan paniscus, aunque los paseantes insisten en llamarlo con un ridículo apodo. Su cara se escurre por entre dos barras verticales, su boca rosada se mueve lenta ante las manos extendidas que acercan migas o migajas. Algo en ellos y en nosotros de asombrosa similitud. Flash, el retrato del animal, la mímica prisionera que el fotógrafo-turista confunde con gestos humanos de congoja.

 

En el televisor, de pobre señal, señal robada, Kong: La Isla Calavera,

y en otro canal un programa de Animal Planet.

Las escenas nocturnas oscurecen toda la pantalla. Poco se distingue. Bultos negros.

Sigue el zapping:

las noticias,

los inventarios de muerte,

esterilización,

las despedidas.

 

¿Ahora entiendes la realidad del primate?

 

(Inéditos)

 

RAPTO

 I

Paris

Sé que traiciono, pero es la única forma de posesión que conozco. Convenceré a la reina de que abandone sus dominios y deje el lecho del amante no deseado. Esa belleza se desperdicia. Hemos bebido y comido en exceso, demasiadas atenciones no impedirán el rapto. Su cuerpo que elevo y se ajusta, que no escapa y no pretende escapar. Ese cuerpo sin seda, ya arrebatada; sin peinado, ya deshecho. De un reino a otro la llevo. Los remeros no saben que debajo de la cubierta viene la causa de nuestras desapariciones.

II

Helena

No tuve la culpa de que la muerte se justificara con mi belleza. El ladrón desafió al monarca. Con él iré a la siguiente tierra. De qué sirve lo hermoso en estas comarcas de destrucción. Si un templo pierde sus columnas y su fe, ¿todavía será capaz de sostenerse? Me abrazas y con ese gesto comparas mi pecho con los cerros de tu pueblo y mi vestido con la bandera de tu pueblo. Me recuesto y tu aliento mueve ligeramente los vellos de mi cara. Pelusas blancas, hilos que nadie ve: solo tú que duermes tan cerca, sin armadura.

 (del libro Dípticos, 2020)

 

 XVI

Quienes veían el descenso de la ojiva

de pronto recordaron todo lo vivido

y todo lo que no pudieron vivir; fue tanta

la impresión y tan claras las imágenes

de los recuerdos que con toda seguridad

reconstruyeron viejas escenas de tactos

y roces entre la maleza, diríase que fotogramas

de una película en blanco y negro, con la

exactitud de quien recuerda los episodios

de burlas adolescentes o rechazos en pistas

de baile. Eso no se olvida, tampoco

el impacto y la detonación.

La olla podía ser la llaga y dentro

de ella se cocía rápido la pobreza.

La olla que dentro lleva agua

y algunos retazos de verduras, puntas

de yuca, pedazos irregulares de ahuyama,

tomates mallugados, que se pidieron o se

robaron; no importa pues importa

solo el hervido rápido, el hueso que

dentro se calienta solo sin carne

para todos los que alrededor están,

los que esperan una parte de esta

cocción en plena avenida, a la luz del

día, mi día, tu día, este día en que todo

es posible, incluso comer sin ventanas;

comer a la intemperie que nos une

en su completo desgano. Y de nuevo

la olla apaleada, tan usada, que se va

oscureciendo de tanta ceniza adherida

a su cuerpo plateado, ahora negro,

por siempre negro de tanto arder.

La luz, la luz, te ruegan tus hijos que

confunden al redentor con desaparición.

Se fue la luz: tan ausente estaba de las paredes

internas de las guaridas, establecimientos

donde las personas suelen esperar pacientemente

la huida hacia otros planos menos corporales,

justo después de la huida de la luz, no la luz de ojiva,

esa no, sino la otra luz que se genera para

que no haya necesidad de nuevas devociones con velones,

cirios y otras maneras de ahuyentar lo oscuro.

Ese cuerpo no debía irse así, esos cuerpos pequeños,

crecidos, neonatos, sexagenarios, pobres cuerpos,

enrojecidos, blanqueados, verdosos, no amados.

 (del libro Ojiva, 2019)

 

Néstor Mendoza nació en Mariara, Venezuela, en 1985. Estudió la carrera de Educación en la Universidad de Carabobo, en Valencia, y cursó estudios de Literatura Latinoamericana en el Instituto Pedagógico de Maracay. Poemas suyos han aparecido en distintos medios de Latinoamérica y España. Ha publicado los poemarios Ombligo para esta noche (2007); Andamios (2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011; Pasajero (2015); Ojiva (2019), libro que cuenta con una edición alemana: Sprengkopf (Hochroth Heidelberg, 2019), con traducción de Michael Ebmeyer, y Dípticos (Editorial Seshat, Bogotá, 2020). Algunos de sus poemas también han sido traducidos al italiano, inglés y francés. Forma parte de la antología Nubes. Poesía hispanoamericana, publicada en 2019 por la editorial Pre-Textos de España.

Fuente de la reseña: https://www.nuevayorkpoetryreview.com/Nueva-york-Poetry-Review-2624-26-poesia-venezolana-nestor-mendoza-

Fuente de la imagen: https://www.elnacional.com/entretenimiento/dos-visiones-pasajero-nestor-mendoza_218876/

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