Educación en pandemia Jardines de infantes rodantes, la “burbuja” paralela que es impulsada por familias con chicos en nivel inicial

Por Julietta Roffo

La palabra clave, la que avisa que esto no es la normalidad en la que vivíamos, es “rodante”. “Jardín rodante”. Así dicen las mamás de nenas y nenes que, formalmente y en modalidad virtual, cursan alguna salita del nivel educativo inicial pero que pisaron un aula por última vez el 13 de marzo, hace siete meses. Esa, y también “clandestino”, son las palabras que usan para describir el sistema paralelo al que apelaron para que sus hijos sostuvieran algún tipo de vínculo presencial con compañeritos y con una maestra en plena pandemia de coronavirus.

“Los primeros dos meses estuvimos muy encerrados en casa, pero a mediados de mayo empecé a salirme del discurso que se fue generando en la comunicación del gobierno y de los medios y decidí juntar a mi hija de tres años y medio con algunos compañeritos del jardín maternal al que había ido, siempre con los mismos y siempre en el jardín de alguna casa. Cuando la vi con ellos por primera vez me di cuenta de que tenían mucha necesidad de estar juntos. Nos juntamos de manera informal un tiempo hasta que vimos que era muy complicado para las mamás porque todas trabajamos, nos tenemos que ocupar de la casa, de otros hijos, de las tareas del colegio, así que pensamos en buscar una maestra. Así empezó el jardín rodante“.

Marina tiene 37 años y vive en un barrio cerrado de Tigre. Su hija va a un colegio privado bilingüe de San Isidro. Junto a otras tres madres decidió montar un jardín que rote por sus casas: cuatro tardes por semana, desde las 13.30 hasta las 17, los chicos están juntos entre ellos y con una maestra que ya los conocía. Al aire libre, en los patios, galerías o jardines de sus casas.

Habían sido todos compañeros en el mismo jardín maternal, de allí salió también la docente a la contactaron. “En algún momento empecé a tenerle más miedo a la secuela psicológica que podía dejarle a mi hija perder contacto con sus pares y cierta rutina escolar que al contagio de coronavirus. Así que tomamos esta decisión”, describe.

“Entiendo que estoy en una situación de privilegio. Tengo la posibilidad económica de pagar el jardín, en donde ahora nos hicieron 50% de descuento, y también de poder pagar el jardín rodante. La cuota mensual del jardín eran 18.000 pesos y pasó a 9.000. Y entre las cuatro familias que organizamos el jardín rodante le pagamos 23.000 pesos por mes a la maestra”, describe Marina.

Y suma: “Vi lo ansiosa que estaba mi hija, por no interactuar con sus pares, por no ver a la maestra, por estar en mucho mayor contacto con las pantallas que antes, y por no estar estimulada pedagógicamente. Hacía más berrinches, estaba más apagada, se tiraba a mirar la tele. Y cuando vi que esto de la cuarentena iba para largo me di cuenta de que era imposible para mí sostener su escolaridad porque no tengo los recursos pedagógicos para hacerlo”. Su hija mantenía contacto virtual con el jardín a través del uso de una app y videoconferencias diarias, pero a Marina no le resultaba suficiente.

Para Marina, “estos meses van a profundizar la diferencia que ya existía entre la educación pública y la privada, que es injusta, porque el acceso a una educación sostenida es un derecho básico”.

Mercedes es maestra jardinera de una sala de tres en un colegio privado también de zona norte. Cada día dedica cinco horas a esa sala, entre reuniones por Zoom, planificación y comunicación con los padres. A la tarde, el jardín de su casa se convierte en aula: de martes a jueves van siete chicos cuyas familias se pusieron de acuerdo para sostener de esa forma la escolaridad presencial, y los lunes va otro grupo de tres chicos.

“Hacemos todo afuera. Si hace frío, campera. Si llovió, vienen con botas. Y establecimos entre todas las mamás que si alguien en alguna casa presenta síntomas de coronavirus, suspendemos por dos semanas. Pero hasta ahora no pasó nada de eso”, explica Mercedes.

“Las mamás del jardín nos piden a las maestras que demos clases, en nuestras casas o en las suyas. Tengo un hijo de 5 años y vi cómo se puso cuando se reencontró con su mejor amigo después de mucho encierro, veo también por Zoom cómo los chicos están más tímidos, más retraídos, interactúan mucho menos con los otros. Eso me llevó a tenerle menos miedo al virus que a las consecuencias de este parate en la sociabilización y educación”, agrega. Por cada hora que cada alumno pasa en su casa, Mercedes cobra 450 pesos. “Es de lo más barato, el promedio es 600 y depende mucho de qué idiomas maneja la maestra”, describe.

“Cada nene trae su termito con jugo, alguna fruta o algo para comer, y yo preparo alguna cosa y cada uno se sirve a su turno. Los chicos entendieron perfecto en este contexto que tienen que jugar interactuando pero sin estar uno encima del otro, y lo hacen sin ningún problema”, cuenta la docente.

Raquel es concreta: “Somos cuatro madres que hace tres meses venimos compartiendo este camino clandestino. Si no me hubiese animado a abrirme a esta posibilidad, tal vez Sofía -su hija de cuatro años- no estaría tan sana psicológicamente hablando”. Sofía tiene 4 años y va a un jardín de infantes privado que no es el mismo en el que empezó su escolarización. De ahí le quedaron algunos amigos, y es con ellos que se ve cuatro veces a la semana. “Armamos nosotras mismas el jardín rodante, en nuestras casas, y nosotras nos ocupamos de los contenidos”, explica la mamá de Sofía.

“Primero juntamos a mi nena con su amiga Uma, y se emocionaron tanto al verse, les hizo tan bien, que decidimos sostenerlo. Teníamos la pata social pero nos faltaba la pedagógica, así que decidimos que, como no estábamos para sostener una maestra particular porque el trabajo de muchas de nosotras mermó en cuarentena, íbamos a ocuparnos personalmente. Al principio, prestando atención a los objetivos que cada mes el jardín nos cuenta que serán desarrollados, nos pusimos de acuerdo sobre qué se nos daba mejor a cada una: los números, la parte del lenguaje, las actividades más artísticas”, explica Raquel.

Como les pasa a otras mamás, que su hija esté entretenida y estimulada fuera de su casa varias veces por semana libera tiempo físico para otras actividades: “Tengo que ocuparme del trabajo, de los otros hijos, de la casa”, describe.

“Un tiempo después cambiamos de modalidad porque para los chicos era un poco confuso estar cambiando de tema todos los días. Así que semanalmente nos ponemos un objetivo común y tratamos de avanzar en esos contenidos. Dos de los cuatro papás participan también. A cada uno de nuestros hijos se les mezcla el orgullo de vernos en el lugar de la maestra con algo de rebeldía de no acatar las instrucciones como el resto de los nenes”, suma la mamá de Sofía.

“Todo esto no nos hizo pensar en la posibilidad de sostener por mucho tiempo un sistema así, sino en lo importante que es el rol de la maestra. Necesitamos que vuelvan a tener sus clases con docentes cuanto antes porque el sostenimiento pedagógico tiene que estar a cargo de quien sepa hacerlo”, reflexiona Raquel. Mientras tanto, con las escuelas cerradas, educa a su hija en la clandestinidad.

Fuente del artículo:https://www.clarin.com/sociedad/jardines-infantes-rodantes-burbuja-paralela-impulsada-familias-chicos-nivel-inicial_0_aRCiuqZpM.html

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