El valor de educar

Moisés Pariahuache*

Para la educación básica resulta importante fortalecer el talento de los actuales docentes.

La educación es una necesidad personal y una condición para el desarrollo social. El hombre requiere de la ayuda de otros para ir formándose y humanizándose; y es precisamente en ese encuentro personal con otras personas que el hombre se socializa y perfecciona.

Ahora bien, siendo testigos de lo que acontece en nuestro entorno, cabe preguntarse: ¿es posible hacer una mejor educación? Felizmente, la respuesta es sí; siempre y cuando se fortalezca el talento del profesorado y se provean los medios básicos que permitan la construcción de escenarios diversos que ayuden al crecimiento de la niñez desde su singularidad.

Todo niño es único y con potencialidades para crecer; tiene una capacidad volitiva e intelectiva ilimitada; es decir, siempre tiene la posibilidad de conocer, querer y amar a lo largo del tiempo. No obstante, en la realidad hay muchos casos frustrantes: escolares que fracasan académicamente, otros que se desilusionan con la escuela e incluso que pierden la esperanza y la expectativa de un futuro digno.

Esto advierte la necesidad de intervenir oportunamente: desde las familias, con su atención amorosa hacen buen trabajo, pero siempre vendrá bien la cooperación del maestro, de alguien que haga posible que cada persona logre aprender, desarrolle capacidades para la vida, descubra sus talentos y encuentre el sentido de su existencia.

Lograr que cada estudiante brille con luz propia es una tarea noble, de ahí que educar sea en sí muy valioso y para comprometidos. Elegir educar, en una sociedad de múltiples demandas y que valora poco esta profesión, es una decisión admirable.

Si bien todos educamos de algún modo a otros, formar a un grupo de niños es una tarea compleja, implica integrar ciencias, como la Pedagogía, la Didáctica, la Antropología, la Psicología, etcétera y dominar un conjunto de talentos, habilidades y virtudes. Así, un maestro logra transmitir cultura, escuchar inquietudes, acoger personas y orientarlas a su realización.

No obstante, hacerse de un perfil de educador con autoridad moral requiere esfuerzo, tiempo e inversión; para esto resulta importante contar con un plan de desarrollo profesional y, a nivel social, mayor diálogo y cooperación para hacer de la educación una actividad de interés público, donde se respete y confíe en los roles de cada uno. La confianza es un elemento fundamental para llegar a obtener resultados positivos; y en el sector educación se necesitan medidas concretas para capitalizarla.

En el 2008, la consultora McKinsey daba cuenta de que el techo de un sistema educativo era la calidad de sus docentes; esto lo intuyen muy bien los padres de familia, pues a la hora de matricular a sus hijos e hijas saben que al final lo que más impacta en la vida escolar es la idoneidad del profesor o profesora. Los niños se divierten, aprenden, juegan y se proyectan a más cuando tienen un maestro que los inspira; cuando este les alimenta la curiosidad, guía hacia el conocimiento, los reta a resolver desafíos, fomenta la cooperación, crea escenarios para una convivencia armoniosa, etcétera. Sin embargo, contar con maestros ampliamente formados es una tarea ardua.

Para la educación básica resulta importante fortalecer el talento de los actuales docentes y formar más maestros con vocación. Para mejorar el capital humano en las escuelas resulta prudente implementar mecanismos que permitan incrementar las capacidades para saber hacer y saber ser. Lo primero es fácil de enseñar y se logra en el corto plazo con jornadas de instrucción, cursos online, comunidades de aprendizaje, etcétera; en cambio, encaminar a alguien en el bien-ser requiere de una cultura organizacional coherente y sostenida.

La otra vía para lograr mejores profesores; no en un sentido comparativo con los otros, sino de alguien encaminado en la mejora continua, es atrayendo y formando jóvenes con vocación para la docencia. En la experiencia del Programa Beca Vocación de Maestro, impulsada por el Pronabec, se evidencia que jóvenes con esa predisposición participan activamente de su formación y egresan con un alto compromiso social.

Si hacemos de la educación una prioridad real y a ella se suman buenas personas (aquellas que inspiran por el profesionalismo y la posesión de hábitos virtuosos), tal vez nuestro país se constituya en una sociedad más humana, libre y justa. Con buenos maestros al servicio de la niñez ganamos todos.

*Docente de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Piura

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