Vigésima séptima sombra: Playa Bávaro, mayo 1999

I. Adler
Vigésima séptima sombra: Playa Bávaro, mayo 1999

 

El aeropuerto internacional de Punta Cana, visto por primera vez desde el cielo en la maniobra de aproximación, impone porque se trata apenas de un conjunto de chozas con techumbre de paja y estructura de troncos al pie de una pista más o menos larga de asfalto. Estamos cansados; el vuelo de trece horas más parada técnica para repostaje en el aeropuerto de Santo Domingo es largo, pero las últimas tres horas se hacen interminables. Por eso, cuando por fin la aeronave tiene a 45 grados en diagonal la cabecera de la pista y se inicia el viraje para el tramo base y el comienzo del descenso, solo piensas en salir de aquel tubo, quitarte de encima el uniforme y darte una ducha cuanto antes. Luego caes en la cuenta de que ese olor tan característico, mezcla de cansancio, horas, gente, comida y aire presurizado, hoy tiene un matiz especial. Y te gusta. Sentada en tu transportín, miras por el diminuto ojo de buey para disimular aquella sonrisa involuntaria de felicidad. Sí. Te gusta oler a ese hombre, a sus manos, y su saliva; a su semen. Te gusta mucho.

Como eres una profesional, porque te han instruido bien y te pagan para serlo, despides al pasaje con la mejor de tus sonrisas; maquillada, pintada y perfumada, erguida e impecable y siempre alerta para identificar con rapidez cualquier emergencia de última hora. Cuando todos se han ido, la tripulación termina el papeleo a bordo, recoge sus bártulos, baja a pista a por sus maletas, prepara documentación y se marcha al hotel en un servicio de transfer aeroportuario. En la pequeña furgoneta, con el reggaetón que el conductor ha puesto a todo volumen en la radio, hablas a voz en grito con los compañeros, o con el comandante, que se ha sentado a tu lado y tiene ganas de cháchara, animado por el ambiente casi festivo de la tripulación, que ríe animada y planea algo para aquella noche que incluye caipiriñas, merengue y baños nocturnos en el mar. Él, sentado en la última fila de la furgoneta, sonreía sin dejar de mirarla, mientras ella, tratando de aparentar indiferencia, charlaba con todos sintiendo aquellos ojos clavados por todo el cuerpo.

 

“Se sentía arder de ganas bajo el agua caliente con un deseo salvaje”

En el hotel, tras recoger las llaves en recepción, el grupo se dispersó, despidiéndose hasta la cena. Ella miró alrededor, incluso fantaseó con encontrarlo en la puerta, esperándola, pero no fue así. Maldito sea. Malditos sean todos. Ni siquiera me ha preguntado por el número de mi habitación.

Playa Bávaro se había convertido uno de los lugares de moda de Punta Cana, y el lujoso resort se organizaba en exclusivas villas independientes en torno a un sendero de cocoteros y flores del paraíso que conducía, serpenteando, hasta la misma orilla. La bañera, circular y enorme, elevada sobre unos escalones de barro vidriado, era, llena hasta el borde, algo muy parecido al paraíso. Ni siquiera deshizo la maleta; dejó en el suelo el uniforme y se sumergió en el calor líquido, intentando no pensar en él. No pensar en aquellos ojos miel, inteligentes y divertidos, en aquella boca carnosa, en su voz al oído, masculina, segura y aquellos brazos fuertes que la hacían soñar; las manos grandes, elegantes, crispadas en torno a su cintura, paciente con el deseo de ella, pero sin soltar las riendas, dominando la situación, aunque fingiera, por momentos, ser él quien se dejaba llevar. Se sentía arder de ganas bajo el agua caliente con un deseo salvaje por tener el miembro tenso, duro, imponente de aquel guerrero vikingo clavado entre las piernas, exactamente donde ella introducía los dedos, tratando de reproducir el placer de las horas pasadas. Se puso en cuclillas dentro de la enorme bañera, acariciándose el clítoris con la mano y con la otra penetrando en la vagina usando dos, tres dedos, con fiereza, casi con dolor.

“Me quedaría a vivir en esos recuerdos y en esta bañera”

Si cerraba los ojos podía recordar sus gruñidos de placer casi silenciosos, tranquilos, mientras ella le devoraba la boca, le mordía el cuello. Joder, cómo me gustas, se decían a la vez, sonriéndose sobre los besos. Cómo me excita el cuerpo de ese tío, pensaba mientras se corría otra vez bajo el agua, que ya empezaba a enfriarse. Los hombros anchos, el pelo corto, la cintura estrecha y aquellas piernas fuertes, endurecidas de caminar durante horas al aire libre. Odio los gimnasios, le había dicho, prefiero correr por el bosque, como buen chico del norte; subir al monte cuando llueve es algo increíble; todo parece irreal en medio de la bruma.

El último orgasmo se lo concedió sin prisas, acariciándose suavemente el clítoris, los pezones erectos; con los ojos cerrados se recreó en los gemidos de placer de aquel hombre cuando por fin se corrió en su coño. Dios. Me quedaría a vivir en esos recuerdos y en esta bañera.

“Cuando llegó, él ya estaba allí, echado en la barra, con unos tejanos y una impoluta camisa blanca”

Salió del calor líquido a la humedad tropical de la habitación. Desnuda, caminó hasta el salón, donde la dirección del hotel les daba la bienvenida con una enorme bandeja de fruta pelada y troceada; comió algo y luego se puso un ligero vestido blanco de tirantes sobre el cuerpo todavía mojado, sin ropa interior. No le apetecía cenar sino pasar directamente al mojito, así que se dirigió al bar (una terraza de madera y cubierta vegetal abierta a la playa), mordisqueando un trozo de mango. Cuando llegó, él ya estaba allí, echado en la barra, con unos tejanos y una impoluta camisa blanca, charlando con la camarera negra. Al verla entrar, sonrió de tal manera que la camarera, tal vez experimentada en tipologías de sonrisas de hombre, se apartó, comprendiendo que aquella mujer era algo más.

—Hola —le dijo él, tendiéndole un mojito verde esmeralda con una sombrilla azul clavada en el hielo granizado—. ¿Te acuerdas de mí?

—¿Nos conocemos? —dijo ella, intentando estar a la altura, pero, sobre todo, procurando que no se notara demasiado que le temblaban las piernas.

Bebieron el primer sorbo a la vez, mientras algunos ya bailaban en la pista El Tiburón, ahí está, el tiburón se la llevó.

—¿Dónde está el resto de la «tripu»?—, preguntó ella, mirando alrededor.

—Les he pagado para que no vengan. Me he quedado sin pocket money.

—Espero que merezca la pena.

—Ese vestido blanco ya la merece.

—No creas que tus métodos seductores van a funcionar conmigo—, le dijo ella, acercándose un poco, adoptando una dureza que ni ella se creía.

—Pues —dice él acercándose un poco más, mirándola a los ojos— hasta ahora me ha funcionado con todas.

—¿Sabes que a los chulos se les expulsa del Club de los 33.000 Pies?

—¿Por qué? —el podía rozarle los labios con su boca, pero no lo hizo.

—Por chulos —ella deseaba meterle la lengua hasta la garganta, pero no lo hizo.

—¿Me das el número de tu habitación, preciosa?

—Villa 69. Te lo juro.

Ambos rieron con ganas, a carcajadas, apurando el mojito. Fue el último líquido frío que bebieron aquella noche.

Fuente

Vigésima séptima sombra: Playa Bávaro, mayo 1999

 

 

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