Xavier Velasco: «El infierno sería la desmemoria»

Por C. Rubio Rosell

Xavier Velasco: «El infierno sería la desmemoria»

 

En su más reciente novela, El último en morir (Alfaguara), el escritor mexicano Xavier Velasco (1964) ha hecho un autorretrato en tres dimensiones: la emocional, exprimiendo el jugo de sus querencias más íntimas; la vocacional, exponiendo todas aquellas consideraciones pertinentes que convierten a un aficionado en un verdadero escritor, y la demencial, donde un narrador cuenta su propia carrera libertina para arrancarle a la vida, a base de sudor, tenacidad fanática, desaires, desengaños, fracasos, ilusión y talento, su esencia literaria para contarla en forma de novela.

“Es algo así como un desnudo con rayos equis integrados”, dice Velasco.
Así que a partir de la lectura de esa placa, ponemos nuestras mentes en sintonía e intercambiamos correos electrónicos: Madrid-México, México-Madrid. El resultado es esta conversación con el autor de obras como Una banda nombrada Caifanes, Cecilia, Luna llena en las rocasDiablo GuardiánEl materialismo histéricoEste que vesLa edad de la punzada Los años sabandijas.
—La mujer, la novela, el amor, tríada sacrosanta de El último en morir, podría fundamentar algo así como un «realismo mántrico» que pones en juego en esta narración, los pilares en que se sustenta lo que tú mismo defines como su tramalogía.
“Cuesta creer que los deseos insatisfechos sean un combustible tan rendidor”

—Podrías llamarlos Tema 1Tema 2Tema 3, revisar mis palabras y descubrir que apenas hablo de otra cosa. Claro que siempre es fácil glorificar aquello que no tienes, y de eso está repleta la novela. Cuesta creer que los deseos insatisfechos sean un combustible tan rendidor. El personaje pierde apuesta tras apuesta, ya sea en el romance o la escritura, pero entre peor le va más convencido queda de seguir jugando. La tríada es sacrosanta porque es irrenunciable. Pídeme que te pinte un mundo sin mujeres, escritura ni amor, y de una vez te digo: «Me bastan dos colores, rojo y amarillo».

—¿A qué se parece más El último en morir: a un strip tease, a un table dance o a un desnudo integral?
—Recuerdo que había tipos que iban al burlesque, se sentaban en la primera fila y llevaban binoculares para ver a las chicas ya no sólo en pelota sino en gran detalle. Yo diría que este libro es algo así como un desnudo con rayos equis integrados.
—Dices que el escritor es una metamorfosis ambulante. ¿Cuánto has cambiado y cuál ha sido la principal transformación desde que publicaste Diablo Guardián, novela a la que, por otra parte, rindes homenaje en El último en morir?
—El tributo que rindo es al oficio, como hizo André Agassi en su Open. Me temo que la gran transformación tiene que ver con perder una suerte de segunda inocencia. Solía yo escribir supersticiosamente, dando un poco por hecho la interferencia de una magia ocasional en mi trabajo diario. No sé si sería alguna rebaba religiosa —recurrente entre los catolaicos— o una herencia romántica de la adolescencia. Hoy la puta se sigue enamorando, pero ya no se cree que va a salir de ahí vestida de blanco. Te haces profesional, aunque le duela al punky que te habita.
—¿Qué te separó del estudio de Ciencias Políticas y Administración Pública para llevarte al de Letras, como cuentas en esta novela?
“Nunca he sabido seguir El Librito, voy mejor por la brecha que por la carretera”
—El desengaño, claro. Amén del tedio, el repelús, el miscast y mis carencias como cortesano. Es como esos noviazgos que al paso de los años no te explicas. Tampoco sé qué hacía estudiando Letras, ni recuerdo si propiamente estudié nada más allá del encanto de algunas condiscípulas. Ahora que lo he contado por escrito me pareció aún más raro. Nunca he sabido seguir El Librito, voy mejor por la brecha que por la carretera.
—Empezaste a escribir al mismo tiempo que te afeitabas. ¿Eres un autor por vocación o por opción?
—Empecé con nueve años, empujado por el aburrimiento, la claustrofobia escolar, la fama de lunático y la escasez de amigos. Era un juego infinito: apenas empezabas a escribir una historia cuando te llegaba otra a la cabeza. Nada ni nadie más te hacía falta para escaparte del salón de clases y vivir otras vidas impunemente. De entonces hasta ahora me he encargado, consciente o inconscientemente, de hacer inviable cualquier otra opción.

—Escribir una novela equivale a encabezar una cruzada. ¿Cómo concibes tu tierra santa?
—Llámala tierra santa, mina, desván, manantial, horizonte, en cualquier caso hablamos de la infancia. Fui un niño inadaptado, retraído, miedoso frente al mundo y osado en soledad. Recuerdo demasiadas cosas en detalle. No suele uno ver envejecer a sus personajes, pero a cambio conoce su niñez al dedillo. Si terminamos de aplicar la metáfora, el infierno sería la desmemoria.
—La literatura, escribes, nos dice que toda realidad es mentira. ¿Vivimos en un mundo falso? ¿La realidad está oculta en la ficción?
“La gran coartada de la literatura consiste en hacer creer a los palurdos que lo suyo es irreal”

—Yo diría que digerimos la realidad a partir de unas cuantas percepciones tramposas, o si prefieres falsas. Adriana, mi mujer, dice que en la ficción las mentiras sólo sirven de pegamento. Escribimos ficción, hoy más que nunca, para poder decir ciertas verdades que nadie aguantaría en la sobremesa, ya no digamos en las redes sociales. La gran coartada de la literatura consiste en hacer creer a los palurdos que lo suyo es irreal.

—Escribir una novela es caer en las garras de una bruja celosa, embustera y sin escrúpulos a la que uno adora. ¿Hasta qué punto te vampiriza la literatura?
—Veo la vida como un laboratorio de ficción. Pueden fallarme todos los experimentos, mientras ello sea en nombre del proyecto mayor. Puede joderse todo, excepto la novela. Los narradores somos zamacucos: aventamos la piedra y escondemos la mano, nos quejamos de brujas y vampiros cuando eso es justamente lo que somos. Mis padres, mis amigos, mis amores, ¿a quién no le he encajado un poco los colmillos?
—El novelista apuesta y pierde. Dices: “Somos aventureros y nos toca morder toneladas de polvo”. ¿Cuánto fracaso hay detrás de todo autor? ¿Crees que hay una cierta estética del fracaso en la aventura de escribir novelas?
—El fracaso nunca es un objetivo. Recibes sus lecciones a regañadientes, y como en este oficio nada se desperdicia, toda pérdida es una inversión en potencia. En lenguaje boxístico, quieres ser estilista y el tiempo te convierte en fajador, porque más que golpear aguantas golpes y no le tienes miedo a visitar la lona. Parafraseando a Nietzsche, el golpe que no mata fortalece.
—Entre el periodismo y la literatura, tus primeros pinitos estuvieron marcados por gente como Óscar Sarquiz, Juan Villoro, Lester Bangs, Carlos Fuentes, Jorge Ibargüengoitia, Luis Zapata, Mario Vargas Llosa o Juan García Ponce… ¿Crees que hay una línea de división clara entre periodismo y literatura?
“No soy vampiro quisquilloso: chupo la sangre según se me ofrece”
—Creo que hay un abismo entre escribir una columna semanal (que es lo que hago yo) y ejercer propiamente el periodismo, y otro aún más profundo entre escribir novelas y reportajes. Cuando uno es debutante todo eso lo confunde, pero nunca es lo mismo relatar lo que viste hace unas horas que narrar una historia madurada a lo largo de los años, de la que encima eres dueño absoluto. Comencé haciendo artículos de rock porque me sentía verde para novelista. Dicen por ahí que echando a perder se aprende. Por lo demás, no soy vampiro quisquilloso: chupo la sangre según se me ofrece.
—Recomiendas al escritor escapar de su “rancho mental” y darse a la aventura. Viajar, supongo; leer, supongo; amar, supongo. ¿Qué más?
—Tú, que eres novelista, conoces la costumbre de los manuscritos de crecerse delante de nuestros complejos, de modo que nos queda la histérica impresión de que ellos son más grandes que nosotros. Si el reto al fin consiste en traer al mundo una criatura más perfecta que yo, tendría que empezar por medir mis alcances y estirar mis límites. Siempre ayuda acopiar experiencia, desafiarse. Y ante las frustraciones, reír como un imbécil.
—Cuando mencionas que no importa cuántos libros hayas escrito, porque el triunfo mayor es la supervivencia, ¿planteas una especie de consciencia de que lo importante no es llegar, sino mantenerse?
—No tengo la costumbre de mirar para atrás. Las únicas novelas mías que me interesan son las que aún no he escrito; de ellas sí que me jacto, aunque sea en secreto. Y es por ellas también que estoy muy ocupado para morirme. O retirarme, que sería lo mismo.
—Escribir es rodearse de problemas. ¿Cuáles han sido y son los tuyos? Los más importantes, por supuesto.
—Decía Arthur Koestler que el virtuoso es lo opuesto del entusiasta. Con frecuencia, el origen de mis problemas está en ser cliente frecuente del entusiasmo. Me es fácil hacer malas amistades y tomar decisiones al calor del momento. Me han llegado a decir que tengo problemas de autoridad, pero yo opino que ese es problema de la autoridad. Ahora bien, quien es hábil para meterse en broncas ha de ser también ducho para salir de ellas. Me gusta provocar a la fortuna, tirar los dados sin necesidad, saltarme la luz roja aunque no tenga prisa. Mi trabajo es vivir completando la frase «¿qué pasaría si ahora…?”.
—Te describes como un niño bobo encarnado más tarde en un animal raro. ¿Cuáles han sido tus rarezas fundamentales?
“Soy socialmente torpe, sostengo largas charlas con los perros, traigo a menudo la cabeza en la luna y cambio de opinión sin avisar”
—Soy socialmente torpe, sostengo largas charlas con los perros, traigo a menudo la cabeza en la luna y cambio de opinión sin avisar. Me dicen “¿cómo estás?” y respondo “claro, con mucho gusto”. Yukio Mishima advierte que la mayoría de los escritores son personas comunes que se conducen como perturbados. “Y yo, que me comporto como un tipo normal, estoy enfermo del alma”, concluye el samurái de la novela. Y si Mishima, físico-culturista jactancioso que comandaba un ejército uniformado y se pasó la vida preparándose para el hara-kiri, se veía a sí mismo como un tipo normal, ¿uno qué va a decir de sus rarezas, cuando encima resulta que tampoco las ve?

 

—Sugieres que la música de tu funeral o, lo que es lo mismo, una banda sonora para el más acá cuando estés más allá, sonaría con Bowie, The Kinks, Cocteau Twins, Wim Mertens, incluso Celia Cruz. La música está en toda la novela, porque para ti juntar palabras es también hacer música.
—Decimos que alguien lleva “la música por dentro” cuando oculta segundas intenciones y le juega al ingenuo, o al aquiescente. Lo sé porque lo oí mucho de niño, cuando se me notaba lo zamacuco. ¿Y cómo rebatirlo, en todo caso, si escuchaba la música a escondidas y mi cabeza ya era una sinfonola? Nada ha cambiado. Sigo siendo una Wurlitzer con patas. Escribí mucho tiempo sobre rock, un tanto deslumbrado por los modos de vida conexos, y como me negaba a fungir como crítico terminé haciendo intentos por reflejar aquello que escuchaba en los párrafos que iba escribiendo. El problema con aquellos artículos era que, como mi padre solía hacerme ver, no se entendía un demonio, parecía la obra de un drogadicto. Pero a mí me gustaba justamente por eso. Era un experimento a costillas de los lectores, haz de cuenta un caballo silvestre al que me tomaría algunos años empezar a domar. Una vez que te metes en el berenjenal de escribir con el ritmo por delante, el vicio se te arraiga sin querer. Odio escribir emails porque hasta en esos casos tiendo inconscientemente a buscar el ritmo. Cualquier día despiertas y compruebas que lo que era un deleite juguetón se hizo deformación profesional. Pero igual no me quejo, me gusta y lo disfruto. A veces, cuando el texto se pasa de sonoro, siento que toco un solo de pluma fuente. Mi mujer se da cuenta porque trabajo con los audífonos puestos, apenas si me escucho y pego unos aullidos que muy probablemente la avergüenzan.

—Un punto definitivo: para escribir hay que aprender a borrar. Ya lo decía Rulfo.
—No terminas un libro pensando que deslumbrarás al mundo. Pujas, en todo caso, por hacer el menor ridículo posible, y si fuera posible transparentarte. Pero eso no es probable si te enamoras de tus propios desechos. La mierda, por ejemplo, tiene la rara cualidad de no olerle tan mal a quien la produce, pero esa no es razón para cocinarla. Cinco preciosos párrafos en el lugar o el libro equivocado son, diría Octavio Paz, mierda abstracta. Alimento chatarra para un ego malcriado y malcomido. Mi madre acostumbraba decir que “el hombre y la basura, a la calle temprano”. Traduciendo, si vas a hacer novela, empieza por echar el ego al caño. Yo diría que por estrictos motivos sanitarios.
El último en morir es una novela de continua revisión de la tarea del escritor; una especie de narración de las correcciones necesarias para llegar a ser escritor.
“Como el rodaje de La noche americana, la carrera de un escritor en ciernes está sembrada de toda clase de obstáculos”
—A mitad de camino, como quien de repente necesita un piquete de vitamina B-12, se me metió la idea de que tenía que volver a ver La noche americana, de Truffaut. Conseguí la edición preciosa de Criterion y comprobé que estaba justo en esa frecuencia: un tributo al oficio sin salir del oficio, la película acerca de la película, nada más que en mi caso dando constantes saltos en el tiempo. Como el rodaje de La noche americana, la carrera de un escritor en ciernes está sembrada de toda clase de obstáculos, incluye numerosas pesadillas y en momentos parece destinada al colapso. Antes que en correcciones necesarias, pensaría yo en fracasos formativos. Déjame que repita la cita de Toquinho que puse en la novela: “Artistas del mundo en el fondo son siempre aprendices”.

 

—Esta novela es, también, una especie de Rake’s progress (esa ópera de Stravinski) o, en este caso, una Writer’s progress con su buena dosis de libertinaje, claro. Pero también puede verse como un post scriptum al Retrato del artista adolescente. ¿Estas de acuerdo?
—Si no recuerdo mal, la última vez que me comparé con Joyce acababan de hacerme una lobotomía. Chistoretes aparte, suelo escribir a espaldas de la literatura, la gran literatura, y de paso la historia de la literatura. ¿Y cómo no, si en un descuido voy a acabar saqueándolas? Dialoga uno con quien se le ofrece, y en este caso lo hice con libros tan disímbolos como el Experience, de Martin Amis, y el Open, de André Agassi. En uno y otro caso, el gran protagonista no es tanto el narrador como su oficio. Quiero decir que al escribir todo esto soy rehén de un conflicto de intereses, puesto que en el papel de narrador necesita uno hacerse transparente, y en el de personaje pretende lo contrario. ¿Quién soy yo, en ese esquema? Algo muy parecido a una cobaya. Mi vida es el botín de ese par de rufianes.
—En la novela llegas a la conclusión de que la tarea del novelista es más tesón y no tanto inspiración. Horas de nalga y disciplina, ¿no?
—Al demonio las ciencias esotéricas, lo que intento es cumplir con un estándar. Desconfío de la superstición como de cualquier otra coartada barata. Tres páginas al día: esa es mi fe. Como profesional del infundio, no puedo dar por buena una excusa como la falta de inspiración. Soy narrador, no brujo ni vidente. Quiero creer que mi trabajo depende de mí y no de alguna instancia ultraterrena cuya luz me ilumina o desampara según quieran los astros, el clima o el capricho de mi ángel de la guarda. Si he querido escribir sobre este oficio es también para desmistificarlo. ¿Notas el tufo a furia jacobina? Hace falta cortarle la cabeza a la musa, antes de que te pida regalías.
—Incides en la importancia de una buena historia y teorizas sobre la “tramaturgia”, utilizando como parábola la estupidez de comerse un taco sin tortilla.
“Escribir bien no es gracia, es requisito”

—Cuando alguien te pregunta por alguna novela que encuentras aburrida pero no quieres hablar mal del autor, dices piadosamente que “está muy bien escrita”. De esa manera no te comprometes recomendando bodrios, ni desahuciándolos. ¿Comprarías un coche que está muy bien construido pero no se mueve? Escribir bien no es gracia, es requisito. Si quien narra no sabe contarme la historia, de muy poco me sirve que use palabras guapas y biensonantes. Quiero saber qué pasa con las marionetas, no ensalzar las virtudes del titiritero. ¿O es que se cree que vine a verlo a él?

—Afirmas que detestas la escritura complaciente, y que incluso a veces escribes contra ti mismo. ¿Ganas de chingar, de sorprender o de hacer pensar?
—Ganas de hacer leer, diría yo. La complacencia tiene el inconveniente de envejecer muy pronto, si es que no nace de por sí decrépita. No escribo para nadie en particular, pero intento en secreto satisfacer a cierto lector interno, que aquí entre nos es un hijo de puta que no te compra nada ni se toca el corazón para hacer burla de tu mayor esfuerzo. La clase de sujeto que abofetea al mesero si encuentra muy salado el Bloody Mary, ese es mi capataz y mi cliente. Si no me parto el lomo en la pelea, él va a ser el primero en darse cuenta. Y me lo va a cobrar, eso sin duda. De mis primeros años recuerdo el salto chusco de mi madre, cuando íbamos al cine y la película daba un giro increíble que salvaba el pellejo de los héroes. “¡Qué gringada!”, opinaba, y la historia completa se venía abajo. ¿Y qué era esa gringada sino complacencia? Como ya has observado, tengo en muy alta estima a mujer y novela, así que no pretendo que me la pongan fácil, y al contrario. Entre más se complique la misión, menos podrán sacármela de la cabeza.
El último en morir es el relato de las peripecias de un novelista en ciernes, «el feliz recuento de las derrotas que me han hecho novelista”, escribes.
—Un karateca puede decir que practica el karate sólo cuando se vuelve cinta negra, que no es más que el principio de un camino aún más largo y complicado. El novelista en ciernes vendría siendo algo así como un cinta verde que se mira a sí mismo como cinta marrón y al que cualquiera trata como cinta blanca. ¿Qué le falta para subir de rango? Recibir un sinfín de golpes y patadas. Si no gana confianza, cuando menos habrá perdido el miedo. Que otros sigan llorándose por sus grandes fracasos, yo tengo la costumbre de atesorar los míos.
—Aspiraste a novelista, universitario, comunista, colaborador, publicista, crítico de rock, editor de sociales, juerguista, columnista multiusos. Y al final, como dice el Navegante, “eres un hijo de puta que hace novelas”.
“Pero esto es un oficio, no un desfile. Los adjetivos son materia de epitafio”
—¿Ves cómo el entusiasmo es el peor enemigo de la virtud? Más que aspirar, diría que fui probando de uno y otro platillo, no siempre por antojo y menos aún creyendo que la pasión me duraría gran cosa, mientras estaba listo para la novela. Tuve muchos juguetes, cuando niño, casi ninguno de ellos lo bastante atractivo para no terminar en el armario pocos días después de entrar en la recámara. Y digo “casi” porque la escritura fue el único juguete que me duró no solamente hasta el fin de la infancia sino, ojalá, hasta el último aliento. Cuando era cinta blanca del papel y la tinta, creía que palabras como “artista”, “escritor” o “novelista” equivalían a grandes adjetivos. Como si fueran todos maravillosos y no hubiera mediocres y figurar entre ellos ya fuera garantía de excelsitud. Pero esto es un oficio, no un desfile. Los adjetivos son materia de epitafio. Ser un-hijo-de-puta-que-escribe-novelas, en vez del renombrado escritor que le llena la boca a los políticos, supone la ventaja inigualable de quitarte de encima los reflectores y dejarte en paz con tu fechoría.
—¿Podemos definir también El último en morir como un libro de autoayuda para novelistas?
—Solamente si incluyes las risas grabadas. En un sentido estricto, todos los buenos libros son de autoayuda, y eso los novelistas tendrían que saberlo con certeza de pájaro carroñero. Yo que, como estas páginas lo certifican, he sido un crack del autoperjuicio, difícilmente puedo presumir de rescatar a nadie que no sea mi personaje, o con suerte mi amigo, pero eso igual no impide que más de uno se mire en el espejo. De pronto me pregunto si el mío no será un ejemplo disuasorio para algún novelista titubeante. Si así fuera ya habrá hecho su trabajo, porque este no es oficio para desertores.
—Unas palabras finales para algunos personajes que pesan mucho en la novela: Celia (tu abuela), Xavier (tu padre), Alicia (tu madre); pero también el Abad (que todos sabemos es el Cartujo), el Navegante (Pérez-Reverte), el Garoto (publicista), Hugo Gola (profesor) o Carlos Fuentes…
El último en morir no registra mi vida como tal, sino sólo la parte que cabe en el camino del novelista”—“Escoge a tus secuaces”, tendría que decir a la entrada del Liceo de la Novela. En su papel de historia de la historia, El último en morir no registra mi vida como tal, sino sólo la parte que cabe en el camino del novelista, cuyos protagonistas más interesantes, precisamente los que tú mencionas, son aquellos que cumplen el papel de maestro, amigo y secuaz, todo dentro de un solo personaje. Gente que creyó en uno cuando más falta hacía, o en la que uno creyó sin conocerla. Los héroes de este libro, si quieres mi opinión.

 

—¿Qué ha representado el Cuarentenario de Zenda –la columna Arresto domiciliario que escribiste durante semanas de confinamiento— en tu trabajo, cómo lo abordaste y qué huella está dejando en ti la pandemia?
—Como en el libro queda bastante claro, soy de los que no aguantan que les digan lo que tienen que hacer, y eso incluye al Covid-19. Pero como no puedo desafiar al virus sin pagar muy inciertas consecuencias, encontré que era hora de escribir un diario. Nunca antes lo intenté, pero a la vista del encierro inminente me pareció una buena estrategia para darle un sentido al sinsentido, y de paso evitar volverme loco. Lo peor del cautiverio es la absoluta falta de propósitos, y el remedio es armarte de una misión. Se lo propuse a Arturo Pérez-Reverte y dos días después ya aparecía en Zenda la primera entrega. O sea que ya estaba haciendo un libro —y de hecho cerca de terminarlo— y me lo compliqué hasta donde pude con quinientas palabras más por día, mismas que a su vez vi, desde el mero principio, como otro libro en marcha. Trabajaba de día en la novela y de noche en el diario, cuando no ya muy cerca del amanecer. Fui un recluso dichoso, no lo niego. Y ahora me he hecho el propósito de volver a serlo, al final de la pausa promocional. Tengo a la fecha 180 páginas del Cuarentenario, más 250 del manuscrito que dejé esperando mientras hacía El último en morir. Si viniera la muerte, por casualidad, estoy muy ocupado para recibirla.
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