Sobre la escuela

Por: Guillem Martínez.

Foto: Niños en formación ante un sacerdote. Foto del libro Los internados del miedo. 

En Le Rozel (Normandía), se han hallado en la playa 257 huellas fosilizadas de homo neardental. Pertenecen a un campamento que fue utilizado entre un otoño y una primavera, hace 80.000 años. Algunas huellas corresponden a un gigante, un hombre de casi dos metros de altura. Ese hecho determinó su biografía, probablemente. Hay huellas de otros hombres y mujeres, pero, fundamentalmente, el grueso de las huellas son de niños. La distribución de las huellas es interesante. Los adultos se distribuyen en áreas de trabajo diferenciadas. En una se desollaban animales, en otra se cortaba la carne. Lo importante y llamativo del yacimiento son, no obstante, las huellas de los niños. Los niños, al menos en esa instantánea fosilizada, no ocupaban todo el campamento. Estaban ubicados en una zona concreta, localizada y aparte. Muy cerca de los adultos, pero sin confundirse con ellos. Posiblemente, vigilados o tutelados con tan solo una mirada o el uso de la voz. En ese espacio para ellos solos, los niños jugaban. O, al menos, las huellas resbalan, siguen direcciones imprevistas. Dos características del juego, ese imprevisto.

El juego es importante. Es importante en los primates. Tardan en crecer. Ese retardo, invertido en juego, les supone aprendizaje. El humano es el primate que tarda más en desarrollarse. Tal vez el neardental tardara más en hacerlo, por lo que se sabe, que el sapiens, de por sí lento. Por lo que jugaría aún más, y aún más tiempo y de manera más profunda. Horas y horas de juego. Las huellas de Le Rozel, en ese sentido, son importantísimas. Explican que los adultos daban protección, y mucho espacio y mucho tiempo a los niños. Le Rozel parece, por tanto, una escuela. Pero es lo contrario a una escuela. Es su negación. La escuela, su símil, su prólogo, la antesala del trabajo, sucedía fuera del área de las huellas de niños. Son los lugares en los que, cuando dejaran de serlo, los niños desollarían y curtirían y cortarían, donde aprenderían a fabricar las herramientas para todo ello. La zona infantil de Le Rozel es, simplemente, el campo de juego más antiguo, el epicentro, también más antiguo, de un aprendizaje intenso y robusto y sin orden salvo sí mismo. Aprendizaje de algo ya olvidado, y que la escuela ayudó a olvidar más aún. Ignoro lo que es, porque ya no existe. Pero de esa apuesta vehemente por el juego tuvo que salir nuestra originalidad como especie. Nuestra originalidad como especie, hoy camuflada, debe de ser honda, absoluta, densa como lo son los juegos en la infancia. E imprecisa. Miles de años después, lo aprendido jugando, y obstaculizado después, debe de existir, debe de tener alguna precisión, aunque sea bajo la forma de un eco.  Quizás queda su sombra en palabras, imposibles e incalculables sin aquel trance de juego y libertad y aprendizaje, tales como “vuestro mirar ardiente, honesto, enciende al corazón y lo refrena”. O “nadar sabe mi llama el agua fría, y perder el respeto a la ley severa”. O “antes que el tiempo muera en nuestros brazos”. O “das vida a los objetos, una flor, una piedra viven a tu lado”. Son construcciones sorprendentes que dibujan el genio. Lo que queda de él tras siglos y horas de crearlo en el juego, ese festival. Queda en todo aquello que queda de turbador, cuando lo turbador ya no es necesario, siendo lo turbador y perplejo lo aprendido en la flor de los tiempos. Todo aquello, en fin, que costó violencia, docencia y generaciones arrancar, y que aun así reconoces. Como con tan solo una mirada reconoces la huella de un congénere, y comprendes algo tuyo robado y, después, perdido.

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Fotografía: ctxt.

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Docente - Investigadora Educativa.
Venezolana.
Doctora en Cs. de la Educación, Magíster en Desarrollo Curricular y Licenciada en Relaciones Industriales.

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