La biblioteca oculta de Dunhuang

Casi mil años pasó inadvertida la biblioteca de Dunhuang, en el noroeste de China. Fue descubierta por azar en 1900.

¿De qué país es la biblioteca china de Dunhuang? Sí, es una pregunta con trampa. La conocida como biblioteca de Dunhuang, una cueva en realidad, sigue en China, pero sus fondos, unos 40.000 rollos e innumerables fragmentos de manuscritos, principalmente de temática budista y en varios idiomas, están hoy repartidos por bibliotecas y museos de países como Gran Bretaña, Rusia, Estados Unidos, Japón o Corea. El gigante asiático cuenta con su propia colección, pero solo a partir de lo que otros países dejaron atrás.

Dunhuang, en un oasis al sur del desierto de Gobi, fue el punto fronterizo más occidental de China desde el siglo II, en tiempos de la dinastía Han. Aunque sería con la Tang, entre los siglos VII y X, cuando la fortificación cobrase especial importancia, dado el interés dinástico en la expansión territorial y en el impulso del comercio con el exterior. Era sencillo: en el oasis confluían las vías norte y sur de la ruta de la seda, que circundaban las interminables arenas del desierto de Taklamakan. El tráfico caravanero procedente de ambos trayectos lo convirtió en un núcleo de primer orden.

Interior de las cuevas de Mogao.

Interior de una de las cuevas de Mogao.

El budismo recaló en el lugar en el siglo IV. A los mercaderes que llegaban desde Asia central se habían unido monjes resueltos a propagar las enseñanzas de su maestro. Traían consigo sutras (escrituras canónicas) en varios idiomas –sánscrito, bactriano, túrquico…–, y deseaban aprender chino para darlos a conocer en la lengua local.

Según la leyenda, a las afueras de Dunhuang, en la abrupta ladera de un acantilado junto a un río, uno de aquellos monjes excavó a mediados de siglo una cueva para meditar. Siguiendo su ejemplo, se perforarían casi quinientas más, conocidas en conjunto como las cuevas de Mogao. Hoy acogen una de las mayores colecciones de pinturas y esculturas budistas del mundo.

En 1900, Wang Yuanlu descubrió una puerta oculta mientras extraía arena de una de las grutas

La debilidad del Imperio chino a la caída de los Tang se hizo evidente en la zona a partir sobre todo del siglo XI. Dunhuang fue invadida sucesivamente por los xia del oeste, tribus de origen tibetano; por tropas del vecino reino musulmán de Khotan; y por hordas mongolas, que finalmente se hicieron con el país. Buena parte de los habitantes abandonaron la ciudad, y la comunidad budista prácticamente desapareció a partir del siglo XIV.

Todo a subasta

Más de cuatrocientos años después, a finales del XIX, un monje chino taoísta llamado Wang Yuanlu llega al complejo de Mogao y decide hacerse cargo de él. Wang intenta recabar fondos de las autoridades locales y provinciales para restaurar y conservar las cuevas y estatuas. En 1900, mientras extrae arena de una de las grutas con algunos de sus ayudantes, descubre una puerta oculta. Tras ella esperan miles de textos y pinturas datados entre los siglos IV y XI. Probablemente se trató de un intento de proteger los documentos de la agresión tibetana, y aquella medida desesperada los mantendría apartados de la circulación durante casi mil años.

Fotografía de Wang Yuanlu, descubridor de la biblioteca.

Fotografía de Wang Yuanlu, descubridor de la biblioteca. Dominio público

Consciente del peso del hallazgo, Wang acude a sucesivos magistrados locales e incluso al gobierno provincial con algunos rollos bajo el brazo como muestra. Pero la mayoría de los oficiales, no muy versados en manuscritos, los consideran simples papeles viejos, y aunque la autoridad provincial decreta medidas para protegerlos, a la hora de la verdad no emprende ninguna acción al respecto. Serán los extranjeros que lleguen a las cuevas pocos años después los que saquen partido de la situación.

Desde finales del siglo XIX, al calor del “Gran Juego” (la competencia de los imperios británico y ruso por el control de Asia central), las expediciones de cariz estratégico regresan de la zona con noticias sobre ciudades enterradas a lo largo de la antigua ruta de la seda. Aurel Stein, un húngaro nacionalizado británico, será de los primeros en poner los pies en Dunhuang. Es un estudioso del persa y el sánscrito y un incansable explorador, y su mayor interés consiste en rastrear la mezcla de las culturas irania, india, túrquica y china a lo largo de la ruta.

Retrato de Aurel Stein.

El explorador Aurel Stein. Thompson, The Grosvenor Studios / CC BY 4.0

Nada más alcanzar la ciudad en 1907, le llegan los rumores sobre el descubrimiento de la biblioteca y se apresura a visitar las cuevas de Mogao. Al británico no le cuesta mucho esfuerzo convencer a Wang Yuanlu de que le venda hasta 26 cajas de documentos y artefactos pertenecientes a la cueva oculta por una pequeña cantidad. El único problema es que Stein no sabe chino –se lleva consigo, por ejemplo, varias copias de un mismo sutra sin advertirlo–, pero se hace con el Sutra del Diamante, el libro impreso datado más antiguo que se conserva (de 868, casi seiscientos años anterior a las primeras impresiones de Gutenberg).

El francés Paul Pelliot no llega a Dunhuang hasta un año después, cuando Stein ya ha desembarcado en Londres una parte considerable de los fondos de la biblioteca (algunos irán a parar a India, cuyo gobierno colonial copatrocinó las expediciones de Stein). Pero, a cambio, Pelliot es sinólogo, y de los mejores. Identifica en la cueva documentos de importancia descartados por el británico y los envía a París.

El 'Sutra del diamante' es el libro datado más antiguo que se conserva.

El ‘Sutra del Diamante’ hallado en Dunhuang. Dominio público

El francés decide retener unos pocos, que viajarán con él a Pekín, para mostrarlos a un grupo de académicos locales. Gracias a él China descubre el tesoro de Dunhuang: la presión de estos académicos logra extraer del Ministerio de Educación una directiva para recuperar los manuscritos que puedan quedar en la cueva antes de que sea demasiado tarde.

Sin embargo, no corren buenos tiempos: en 1911, una revolución pone punto final al poder de los Qing y da paso a la república. Algo más de ocho mil documentos llegan, tras muchas dificultades, a la capital. La inestabilidad política que caracteriza al nuevo régimen congelará cualquier otro plan relativo a Dunhuang.

En todo caso, la desbandada de escritos al extranjero no había terminado. Tan solo cinco días antes del levantamiento que desembocaría en la caída de la dinastía, una expedición japonesa impulsada por el conde Otani compraba a Wang Yuanlu algo más de trescientos documentos. Años después, tras un escándalo relacionado con sobornos, el conde se exiliaría a China. Su colección se desperdigó entre Japón, China y Corea, de la que un amigo suyo a quien regaló algunos textos era gobernador.

Entre 1914 y 1915, el ruso Sergei Oldenburg llevaba a cabo uno de sus viajes a Turkestán, incluyendo una parada en las cuevas de Mogao. Logró adquirir 300 rollos a familias locales y los trasladó a San Petersburgo. El goteo siguió, a través de compras a coleccionistas privados, hasta configurar pequeños repertorios en museos y universidades de Irlanda, Estados Unidos…

La British Library llevó a cabo un proyecto de digitalización de los documentos de Dunhuang que conserva.

Digitalización en la British Library de uno de los manuscritos de Dunhuang que conserva.  International Dunhuang Project / CC BY-SA-3.0

En 1994, la British Library, la mayor depositaria de piezas de Dunhuang, impulsó el International Dunhuang Project (IDP). Se trata de un proyecto de digitalización de documentos y pinturas para su acceso gratuito online, y cuenta con la participación de casi todos los centros del planeta que poseen fondos tanto de la famosa cueva como de otros yacimientos de la parte oriental de la ruta de la seda.

Esta base de datos, para los responsables del IDP, hace redundante la localización física de los manuscritos. Hay quienes, como Rong Xinjiang, profesor de la Universidad de Pekín y uno de los mayores expertos en Dunhuang, no opinan lo mismo: “Desde un punto de vista moral, las piezas tendrían que devolverse. El gobierno chino debería, en el momento apropiado y a través de los canales legales y diplomáticos adecuados, intentar recuperarlas”.

Las cuevas de Mogao
A lo grande. Son 492 estancias cuadradas, cubiertas con estuco, una superficie de 45.000 m2 sobre la que aparecen representados los episodios de la vida de Buda. Ni un solo centímetro de pared o techo quedó al descubierto. Desde un altar en el centro de cada gruta, ofrecen su sonrisa coloreadas estatuas del maestro y los bodhisattvas (seres iluminados), más de 2.000 esculturas en total.
Factores de erosión. Desde 1944, el gobierno chino ha dedicado recursos al estudio y la conservación del arte de las cuevas de Mogao a través de la Academia de Dunhuang. En 1987, la Unesco las designó Patrimonio de la Humanidad. Con los años se hizo necesario un plan de protección para reducir el tiempo que los turistas pasan en las grutas. También se levantó una valla contra el viento, que redujo el impacto de la arena en un 60%, y se emplazaron puertas en cada cueva para disminuir los efectos del polvo y la humedad.

Fuente:

https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-antigua/20200925/33470/biblioteca-olvidada-dunhuang.html

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La biblioteca oculta de Dunhuang – Sarraute Educación María Magdalena

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