Plinio Apuleyo Mendoza: La olvidada narrativa de ‘El desertor’

POR FERNANDO DÍAZ RUIZ

Escritor, diplomático y periodista infatigable, aún en activo a sus ochenta y ocho años como columnista del diario El Tiempo, Plinio Apuleyo Mendoza (Boyacá, 1932) es conocido fuera de Colombia por El olor de la guayaba: Conversaciones con Gabriel García Márquez (1982) y un éxito de ventas como Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996), escrito junto a Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, que ha encadenado varias reediciones y secuelas. Sin embargo, es también el autor de una producción literaria opacada por su amistad con el escritor de Aracataca durante muchos años y la repercusión de los numerosos textos que ha publicado sobre él; por el reciente redescubrimiento de la crítica literaria colombiana de la obra de su exmujer, la escritora barranquillera Marvel Moreno (1939-1995); así como por el rechazo que provocan en los sectores progresistas de Colombia su defensa del controvertido presidente Álvaro Uribe (2002-2010) o su oposición a los Acuerdos de Paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

A continuación, analizaré esta producción literaria, compuesta por tres novelas: Años de fuga (1979), Cinco días en la isla (1997) y Entre dos aguas (2010) y un volumen de cuentos titulado El desertor (1973). Y es que, a pesar de la machista y estereotipada representación femenina de su primera y ambiciosa novela Años de fuga (1979), ya señalada en su época por Wolfgang A. Luchting (1980), la narrativa de Mendoza tiene la virtud de ilustrar como pocas la deserción de la izquierda de un buen número de escritores latinoamericanos de la generación de García Márquez a partir de los años setenta del siglo pasado. A este mérito, habría que sumarle la valía de sus creaciones artísticas como «expresiones de la conciencia social y la memoria colectiva» colombiana, aspecto apuntado a finales de los años ochenta por críticos como Bogdan Piotrowski (1988), que, como trataremos de demostrar, puede aplicarse a toda su obra literaria.

En un dosier sobre los contemporáneos olvidados del premio Nobel colombiano merece la pena rescatar la narrativa de un escritor que, como Mario Vargas Llosa y otros tantos, pasó del comunismo militante a un liberalismo más o menos reaccionario, una metamorfosis a la que no son ajenos sus personajes protagonistas, en el caso de las novelas de Plinio A. Mendoza, sus auténticos alter ego. Al hacerlo, no dejaremos de subrayar los méritos literarios de una obra, donde brilla con luz propia su ópera prima: El desertor, un volumen cuya calidad ya fue destacada por el reputado hispanista francés Jacques Gilard (1943-2008) en el número 24 de la revista Caravelle (1975) y ratifica la selección de uno de sus cuentos en el segundo tomo de la antología Cuentos y relatos de la literatura colombiana de Luz Mary Giraldo.

Figura destacada del colombianismo en Europa, Gilard fue el primer crítico que señaló fuera de su país el valor de los cuentos de Mendoza, al que entrevistó en Caravelle un año después de su reseña. Casi medio siglo después, dicha entrevista constituye un texto clave para comprender su visión del oficio del artista en la sociedad latinoamericana de su época, así como la génesis, motivaciones y claves de su literatura. El escritor esboza en ella una teoría sobre la evolución social e ideológica de los jóvenes universitarios de su generación, educados en sociedades clasistas y enormemente desiguales, que, una vez llegados a la edad adulta, se ven obligados a tomar una decisión vital que los lleva en una u otra dirección. Llega además a la conclusión de que los personajes más logrados de algunas de las mejores novelas del boompor ejemplo, el Oliveira de Rayuela (1963), el Zavalita de Conversación en La Catedral (1969) y el mismísimo coronel Aureliano Buendía de Cien años de soledad (1967), son trasuntos literarios de sus autores: «Sí, no hay duda: Oliveira es el doble de Cortázar; Zavalita, el doble de Vargas Llosa: lo que habrían sido si no hubiesen intentado una integración crítica al mundo que los expulsó a través de la literatura» (227).

Por su originalidad e importancia a la hora de prefigurar el elemento más interesante de su narrativa: la crónica del desencanto y de la deserción del proyecto revolucionario de un núcleo importante de una generación, reproducimos a continuación la parte de la entrevista donde expone su concepción de esa «tercera categoría» de latinoamericanos, la de «los marginales», «los escapistas», «los bohemios» y «los ratés», especie a la que, en un paréntesis más que revelador, denomina como la de «los desertores», y en la que se incluye, junto a dos de sus más célebres contemporáneos: su amigo Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa (227).

Yo creo que en todas partes, pero muy especialmente en América Latina, escribir es secretamente un acto de protesta, una manera de salirle al paso a muchas frustraciones. El escritor es un derrotado de la vida cotidiana, dice Mario Vargas Llosa. Y García Márquez confiesa que empezó a escribir cuando descubrió que no servía para nada. Personalmente, he creído por momentos interesarme a fondo en el periodismo, la política y aun los negocios. Pero no era cierto: en el fondo advertía una insatisfacción latente, que no siento cuando estoy escribiendo.

¿De dónde sale entre los latinoamericanos este sentimiento de frustración? Tengo una vaga sospecha: de un desfase profundo entre nuestros sueños de adolescencia, que postulan un cambio total de la sociedad y de sus valores, y la realidad que parece a veces una piedra inamovible. Más que en Europa, quizás, las universidades son fábricas de sueños, guetos de la inconformidad, en América Latina. Cuando salimos de allí, despertamos a la realidad de un mundo que concede pocas opciones. Algunos conservan esa intransigencia y esa candidez vertical de la adolescencia, ese rigor, ese fervor: Camilo (Torres), el Che Guevara, por ejemplo. Incapaces de ceder en el plano de los principios, trasladan a la política su sentido ético, lo subliman en vocación revolucionaria, y mueren casi siempre, son sin remedio liquidados. Representan la nueva versión de Cristo y sus apóstoles. Luego están los otros, la mayoría, los que se integran, transigen, se acomodan a la realidad sin tratar de cambiarla bruscamente. Si tienen la suficiente astucia, inteligencia y oportunismo, triunfan, desde luego, a su manera, pero su triunfo, secretamente, está doblado de mala conciencia. Y en fin, entre el sacrificio extremo de los que intentan demoler una sociedad y los que admiten todas sus reglas del juego, queda una tercera categoría compuesta por los marginales (los desertores, sí), los escapistas, los bohemios, los «ratés», cada vez más numerosos en América Latina (227).

Hijos de la frustración, derrotados de la vida cotidiana, inútiles que no sirven para nada, insatisfechos, marginales, escapistas, bohemios, fracasados… (227). Resultan tan variados los calificativos empleados por Mendoza para caracterizar a esos jóvenes latinoamericanos que, durante la década de los setenta, optaron por una tercera vía, a caballo entre la vocación revolucionaria y la rendición ante la injusta realidad de sus sociedades, que el texto se constituye como una prueba más de su talento.

Tras este pasaje, continúa contándole a Gilard que esta frustración y sentimiento de fracaso no es sólo el tema principal de la nouvelle que da título a su recién publicado libro, sino también de la novela en la que anda trabajando —publicada tres años después bajo el título de Años de fuga—, donde según comenta: «pretende indagar qué ocurre con los desertores cuando se expatrian» (228). Hoy podemos asegurar que esta indagación es el tema central no sólo de esta novela, que recibió el primer premio de novela colombiana Plaza & Janés, sino de toda su obra literaria. Para demostrarlo, comenzaremos comparando la teoría de Plinio A. Mendoza para explicar lo ocurrido con los jóvenes de su generación, citada arriba, con la explicación de Andrés, el protagonista de «El desertor», a su decisión de dejar Colombia en el último capítulo del relato:

Quisiera recuperar el interés que tenía por las cosas a los veinte años. En esa época, recuerdo, estaba en la universidad, y muchos pensábamos que nos correspondía cambiar el país. La verdad es que algunos han llegado a ser pomposos ministros, y nada ha cambiado; otros quisieron ir más allá, y han muerto. Otros quedamos a la deriva. Total, el país terminó cambiándonos a nosotros. Fíjate, me gustaría saber ahora por qué (82).

La comparación habla por sí sola. Esta novela corta, que examinaremos en la última parte de este ensayo, no es sólo uno de sus mejores textos literarios, sino la primera demostración de que los sentimientos y opiniones de sus personajes protagonistas coinciden en un sinfín de casos con los de su autor y, lo más importante de todo, realizan una radiografía sentimental de una generación desencantada. Y es que, aunque Harold Tenorio Alvarado acuñó este término en 1985 para denominar a la generación de poetas colombianos nacidos en los años treinta y cuarenta, que comenzó a publicar en la década de los setenta en una Colombia en vías de desaparición, marcada por unas ciudades llenas de desplazados tras «La Violencia» que asoló el país tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948 (35), creemos que Plinio Apuleyo Mendoza encaja perfectamente en ella.

Entrando en el análisis formal de su obra de no ficción, éste revela que tanto El desertor como sus tres novelas comparten una estructura narrativa marcada por:

– La presencia de un personaje protagonista que es un alter ego de Mendoza, un escritor o periodista colombiano de idéntica edad al autor (Andrés en «El desertor»; Ernesto en Años de fuga; Manuel en Cinco días en la isla y Martín en Entre dos aguas).

– Una historia caracterizada por el relato de las aventuras amorosas y vitales de su personaje protagonista (hoy en día poco digerible por su donjuanismo y esnobismo europeizante), aderezada con un interesante recorrido crítico por la historia colombiana desde la década de los cuarenta hasta principios del siglo xxi, formado por sus recuerdos juveniles del Bogotazo, del cura guerrillero Camilo Torres, de sus tiempos como dirigente de las Juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal, germen del Ejército de Liberación Nacional (ELN), y por el relato de la Colombia asolada por la violencia de la guerrilla y el narcotráfico de finales del siglo pasado.

En el caso de «El desertor» y, sobre todo, de Años de fugasu novela más ambiciosa, destaca también la calidad y complejidad de los puzles armados por el escritor boyacense, cuyas continuas analepsis e inserciones de «inter-capítulos» mantienen a los lectores enganchados a la historia. Además, se trata de textos que hoy despiertan interés por ser la transposición literaria de «la frustración y el desencanto» generados en Mendoza y muchos de sus coetáneos, por la asunción del fracaso de sus ilusiones revolucionarias:

¿Visión pesimista? Probablemente. Pero de un pesimismo relativo, en la medida que sólo revela la manera como nuestra conciencia ha traducido el fracaso de la ilusión revolucionaria de la década del sesenta. Teóricos y políticos explicarán, seguramente, dónde estuvo la falla y propondrán otras pautas de acción. Es su oficio. Uno, como escritor, no trata de meter de contrabando análisis políticos o ideológicos en sus novelas (ellos alimentan a veces una pésima literatura), sino de hablar de esas cosas como las ha sentido (228).

Un cuarto de siglo separa la publicación de «El desertor» en 1974 y de Cinco días en la isla, probablemente la novela de Mendoza que mejor resistirá el paso del tiempo, dada la urticaria que hoy en día provoca el sesgo machista de las representaciones de los personajes femeninos de Años de fuga y el maniqueísmo de Entre dos aguas. Esto no es óbice para que el escritor colombiano haya sabido insertar en ellas dos pasajes, que reflejan magistralmente la evolución ideológica de este pesimismo y su desencanto revolucionario. Nos referimos a los dos en que los protagonistas, hombres con una juventud marcada por su simpatía con la guerrilla y la lucha callejera contra la dictadura de Rojas Pinilla (1953-1957) y el régimen del Frente Nacional (1958-1974), descubren los homenajes a dos guerrilleros muertos.

En el primero de ellos, Andrés, un joven abogado que ya ha decidido abandonar el país, se cruza con una pintada en un muro en recuerdo a un guerrillero muerto, Ramiro Osorio (Osorito), encuentro con el que concluye la nouvelle «El desertor» (82). El segundo narra el descubrimiento de que la brigada guerrillera que ha asesinado a Tomás, el marido de Claudia Aristigueta, y amenaza con hacerlo con ella, se llama Brigada Jesús María Rozo, en homenaje a su secuestrador, quien, tras haber sido eliminado por paramilitares pagados por el propio Tomás, ha sido convertido en «mártir de la causa revolucionaria» dando nombre al grupo armado que ha convertido en viuda a Claudia (302).

Parece imposible mejorar el uso invertido de una anécdota para mostrar el progresivo desencanto revolucionario de los protagonistas y dobles de Mendoza. Así, si, en «El desertor», el guerrillero muerto, Ramiro Osorio (Osorito), es un amigo juvenil de Andrés, «pequeño, tímido, sigiloso», que éste podría imaginarse «de monaguillo» sin esfuerzo (13), alguien al que acaba escondiendo en su casa de Barranquilla, cuando es perseguido por la policía (59-63), y llevando con su coche a Ciénaga, municipio desde donde pretende unirse a la guerrilla (69-70); en Años de fuga, este guerrillero al que se rinde homenaje, bautizando con su nombre una Brigada, Rozo, ya no se trata de un amigo sino de un conocido, alguien que presidía las reuniones de las Juventudes Comunistas en Bogotá a las que Manuel asistió de joven, pero con quien no simpatizó en absoluto por considerarlo como «un tipo extraño y muy desagradable», una «especie de portero resentido» con «una personalidad agresiva» (299-300).

Las caracterizaciones de los guerrilleros y el cariz afectivo de las relaciones mantenidas con ellos por los protagonistas de ambos textos no pueden ser más antitéticas. También lo serán sus reacciones ante la revelación de las rememoraciones. Mientras que Andrés, al leer «distraídamente» la pintada en el muro: «VIVA RAMIRO OSORIO EL GUERRILLERO», pide a sus amigos (Lorenzo y Paula) que detengan el coche y la contempla durante un «largo rato», antes de continuar su camino, respondiendo con una escueta respuesta a la pregunta de Lorenzo sobre la identidad del guerrillero. De este modo, la narración, fiel a los principios declarados por Mendoza a Gilard, «no trata de meter de contrabando análisis políticos o ideológicos» (228), dejando un final de relato en que el protagonista, a pesar de su deserción de la causa guerrillera, no parece impugnar el ideal que hay detrás de una lucha armada, que es indudable que aún goza de cierta popularidad. En Cinco días en la isla, el descubrimiento se produce al final del capítulo y deja a las claras el arrepentimiento de Manuel de su pasado revolucionario y la aceptación del comunismo como «una forma de barbarie»:

—Él y sus amigos eran unos hampones con una jerga comunista —dice Claudia—. No entiendo cómo pudiste tú mezclarte con ellos alguna vez.

—Tampoco yo lo entiendo. Quizás era algo que estaba en los vientos de la época. Las utopías políticas cumplen un papel similar al de las religiones: ofrecen una respuesta a toda clase de problemas e infortunios. Pero, no sé por qué, acaban siempre tiñéndose de sangre.

—Para mí todo eso no es sino una forma de barbarie —dice Claudia.

—Lo es. Pero a veces hay que esperar un siglo hasta que se les vea su verdadera cara. Fíjate lo ocurrido con el comunismo. Rozo, y hay cientos como él, no era sino un pobre diablo lleno de resentimiento. Sus lecturas debieron limitarse a cuatro o cinco cartillas de marxismo elemental. Y ahora debe ser visto como un mártir de la causa revolucionaria.

—Así ocurrió. ¿Sabes cómo se llamaba el grupo armado que mató a Tomás, mi marido? Brigada Jesús María Rozo (302).

 

Resulta evidente que en los cinco lustros que van desde 1974 hasta 1999 la deserción socialista de los alter ego de Plinio Apuleyo Mendoza se ha resignificado. El sentimiento de derrota de Andrés en «El desertor» por haber dejado de ser el abogado de comunistas y guerrilleros en Bogotá y haber huido a Barranquilla, desde donde, al final del relato, decidirá marcharse a Europa se ha transformado en la disculpa avergonzada de Manuel por su militancia en las juventudes comunistas durante dos años, que atribuye a su fracaso amoroso con Adriana (98-106), porque en su opinión: «el marxismo es un desaguadero de toda clase de frustraciones personales» (105-106).

Esta visión de Manuel de su pasado comunista no sorprenderá a los lectores colombianos, conocedores de la figura pública de Mendoza. Lo señalado por su alter ego en Cinco días en una isla es un reflejo de lo que venía apuntando el escritor en sus artículos periodísticos de la época, en que la expiación pública de su pasado comunista se había convertido en un motivo recurrente, teniendo como broche de oro la inclusión de una cita suya en el «Index Expurgatorius Latinoamericanus» del Manual del perfecto idiota latinoamericano… y español. Concretamente, una en la que parafraseaba a Teodoro Petkoff, exguerrillero venezolano fundador del Movimiento al Socialismo (MAS), afirmando que «la revolución en América vencerá como socialista o será derrotada como revolución» (315).

En resumen, la anécdota anterior constituye una muestra perfecta de la importancia de la deserción revolucionaria en la narrativa de Mendoza, así como del viraje reaccionario de sus textos y personajes. Hoy en día, el lector de El desertor puede quedar sorprendido de que su autor sea el mismo que el de Cinco días en la isladonde, aunque pueda entenderse la falta de empatía de Manuel con Rozo, resulta llamativa la ausencia del más mínimo cuestionamiento moral del asesinato del guerrillero (o hampón), a cargo de sicarios pagados por Tomás, un ajuste de cuentas que tanto Claudia como el alter ego del escritor parecen considerar normal y que sustenta las críticas de quienes acusan al escritor boyacense de simpatizar con el paramilitarismo que alimentaron las políticas de los gobiernos de Álvaro Uribe en Antioquia (1995-1997) y Colombia (2002-2010).

Este cambio de rumbo ideológico de quien fuera director de Prensa Latina para Colombia en 1959 y se declarara admirador del MAS venezolano a principios de los años setenta ha tenido su último capítulo en Entre dos aguas. En esta novela, publicada hace una década, pero ambientada a principios del milenio, la representación de militares y guerrilleros es poco verosímil y maniquea, muy alejada del enfoque crítico, pero más equidistante, de obras de temática similar como Líbranos del bien (2008) de Alonso Sánchez Baute o la excelsa Los ejércitos (2006) de Evelio Rosero. Sin embargo, lo peor es que el propósito último de la novela del escritor boyacense no parezca ser otro que la puesta en entredicho de la labor de los religiosos y de las organizaciones no gubernamentales que trataban de esclarecer la autoría de los crímenes contra los derechos humanos que se producían en Colombia en aquella época.

No sería oportuno acabar sin un análisis de la narrativa de El desertorel libro que lo situó en un lugar prometedor del campo literario colombiano de su época. Se trata de un volumen breve, formado por seis cuentos y una novela corta que destaca por la diversidad de temáticas, ambientes y técnicas empleados. Nos encontramos así con relatos escritos por un narrador en primera persona («Espejismo», «De nuevo los pinos», «El día que enterramos las armas» y «En esta hora de la noche») o en tercera («El desertor», «Paris la nuit» y «El primer día»); con narratarios («De nuevo los pinos» y «En esta hora de la noche»); inicios in media res («El desertor») y un sinfín de analepsis, recursos empleados con acierto y que consiguen mantener al lector embebido en las historias que se cuentan.

Ambientadas en lugares diferentes (París, Barranquilla, Bogotá, Caracas o Mallorca), que, a excepción de Caracas, volverán a aparecer en su obra novelística (París y Mallorca en Años de fuga; Barranquilla en Cinco días en la isla y Bogotá en las dos anteriores y en Entre dos aguas), sus historias abordan diferentes temáticas y sucesos, pero cabe destacar que, al igual que ocurre con sus novelas, prevalecen los temas del amor y de la historia colombiana, así como unos narradores o protagonistas masculinos de mediana edad «marginales», «insatisfechos», «fracasados», «desertores» en definitiva (Gilard, 227).

Tres de estos siete relatos: «El día que enterramos las armas», «Espejismos» y el que da título al volumen, abordan La Violencia, estando, además, a la altura de clásicos sobre el tema como los cuentos de Hernando Téllez o El día señalado (1964), de Manuel Mejía Vallejo. Para lograrlo, Mendoza pareciera haber seguido las directrices que su amigo Gabriel García Márquez plasmara en 1959 —tras aplicarlas magistralmente en la redacción de El coronel no tiene quien le escriba (1958)— en su célebre artículo «Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia». Recomendaba Gabo alejarse del exhaustivo inventario de crímenes y la descripción minuciosa de la crueldad. En su lugar, instaba a tratar de narrar las historias de los vivos «que debieron sudar hielo en su escondite», reconociendo así que «el drama de este tiempo no era sólo el del perseguido, sino también el del perseguidor» porque, y así concluía su texto, «no hay drama humano que pueda ser definitivamente unilateral» (1983, 763-767).

«El día que enterramos las armas» es un ejemplo perfecto de ello. En él, Emilio Santos, un jefe exguerrillero liberal narra desde su exilio en Venezuela, el día en que escondieron las armas y disolvieron su escuadra, allá por 1953. Ocurrió tras el golpe militar de Rojas Pinilla que parecía dar fin a la violencia conservadora que había asolado a los pueblos liberales durante casi un lustro. Santos relata sin excesos y en primera persona la emotividad de este momento, las reacciones apesadumbradas de los miembros de su escuadra al despedirse, las dudas de aquellos que no sabían qué hacer con sus vidas, etcétera. Hasta que, casi sin querer, se va llegando al clímax. Primero, con la inserción sutil del ajusticiamiento a que fue sometido su amigo guerrillero Puntería cuando volvía a su pueblo; después, con la mención del asesinato de Guadalupe Salcedo (1924-1957), célebre comandante guerrillero de Los Llanos y de otros líderes de la guerrilla, apostillada por el siguiente comentario: «A todos fue cobrándoles el Ejército su cuenta, uno por uno. Es tan fácil quebrar una ramita suelta…» (90), y, por último, con la declaración de Santos, que, confesándose envejecido y derrotado para retomar la lucha armada, concluye así su relato:

Y lo peor es que las armas están ahí, aguardándonos. Al pie del higuerón. Quisiera encontrar a los muchachos que han sido picados hoy por el mismo avispón que me picó a mí. Quisiera llevarlos allá lejos, al río Meta, donde hace tantos años dejamos enterrada la guaca. Diez fusiles, un F. A., una ametralladora Thompson sirven de mucho para empezar. Quisiera decirles: «Ahí tienen, síganla muchachos, síganla, que ahora la fiesta es de ustedes» (91).

La fuerza de este sugerente llamado final es una de las mejores virtudes de un cuento que, como proponía García Márquez, explora el drama de los vivos, en este caso, del perseguidor (guerrillero) perseguido e impotente, acorralado por la nostalgia, una imagen que evoca magistralmente la triple repetición del verbo querer conjugado en imperfecto de subjuntivo.

El desertor contiene otros relatos con finales tan originales como este. Es el caso de «Paris la nuit», donde un narrador heterodiegético cuenta la primera noche en París de Olimpo Zapata, un joven colombiano que en su búsqueda del Foyer de Jóvenes Católicos termina pasando la noche en Pigalle, donde se dejará atrapar por la sensualidad de las prostitutas parisinas y acabará acostándose con una «muchacha rubia de faldita breve y largas piernas enfundadas en altas botas de cuero» (132). Todo ello, antes de volver al presente de la narración al final del cuento, en el que se descubre que Olimpo llegó al día siguiente al Foyer, acabó ordenándose sacerdote, pero que «aunque nunca se ha arrepentido de vestir la sotana, algunos domingos debe espantar apresuradamente la imagen de una muchacha rubia de faldita breve que sube con él la escalera del púlpito» (133).

Para finalizar este recorrido elegimos «Espejismo», un cuento que contiene los rasgos principales de su narrativa de desertor, manteniendo similitudes con «El desertor» (nouvelle de la que se distingue por el uso de un narrador protagonista en primera persona) y Años de fuga. En él encontramos a un narrador, cuyo nombre nunca sabremos, que refiere su encuentro casual en un aeropuerto de provincia colombiano con Arjona, un amigo con el que compartió vivencias en el Movimiento Revolucionario Liberal a principios de los años sesenta —al igual que el mismísimo Plinio A. Mendoza, quien ha confesado en sus artículos que también vivió «ese embeleco» (2016)—, que le pone al día de su triste situación personal. Separado hace cinco años de su exmujer, Lorena, de la que sigue secretamente enamorado, vive durante la semana refugiado en su trabajo y en el alcohol, a la espera del encuentro semanal con ella y con sus hijas de cada domingo.

El interés del cuento radica en cómo el lector va a ir descubriendo de la mano del narrador que Arjona no es sino su doble. A poco de comenzar el relato sabemos que ambos comparten el abandono de las ilusiones revolucionarias, lo que les había hecho creerse a ambos muy lúcidos, «pero en el fondo» les hace sentirse «solos, vagamente culpables, de todas maneras desertores, dispersos, hechos una mierda» (112); luego, que los dos sufren remordimientos cada vez que les recuerdan el ejemplo de la vida y muerte de Camilo Torres (118 y 119) y, en una maroma al final del relato que oficia de triste colofón, que ambos han sido abandonados por sus respectivas parejas (120). Ante este final, el lector puede preguntarse: ¿se trata de un relato autobiográfico o este narrador y personaje es otro de sus alter ego, como el Martín de Entre dos aguasal que Plinio Apuleyo Mendoza hace coincidir consigo mismo y con Gabo en Cuba en el juicio revolucionario a un conocido militar de Batista (224)? La respuesta es lo de menos. Lo importante es que este relato sobre un tema clásico de la ficción breve como el del doble es otra joya más, otro nuevo «Espejismo» nacido de la pluma de un escritor irregular, pero injustamente olvidado.

Fuente: https://cuadernoshispanoamericanos.com/plinio-apuleyo-mendoza-la-olvidada-narrativa-de-el-desertor/3/

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