Criterios básicos para la investigación social. (Con aplicación al ámbito jurídico y los derechos humanos)

Por: Luis Armando González*

Introducción
En este escrito planteo algunas nociones que, espero, sirvan de orientación a los estudiantes que están en procesos formativos, tipo seminario, que los preparan para la elaboración de sus trabajos de Tesis para obtener el grado de Maestría. Distintas experiencias en la docencia universitaria –y una que otra controversia en la que he participado sobre las “Ciencias Jurídicas” o las “Ciencias policiales”— me han llevado a la conclusión de que puede ser oportuno poner en limpio ideas que, hasta ahora, tenía nada más como apuntes de clase. Esta conclusión ha sido reforzada, en primer lugar, por el diálogo y el debate con tres grupos estudiantes de Seminario de Tesis en 2019 y 2020 –dos en seminarios de investigación en Derechos Humanos (para la Universidad Nacional de El Savador) y uno en Metodología de la Investigación Jurídica (para la Universidad Gerardo Barrio)— los cuales me han ayudado a clarificar mis ideas. Agradezco a esos alumnos y alumnas por su insistencia y tenacidad en la asimilación de planteamientos que les eran poco familiares. En Segundo lugar, han sido enriquecedores los intercambios de opiniones y valoraciones con Judith Maza, con quien clarifiqué ideas sobre la legitimidad tecnicista y cientificista del derecho y sobre el universalismo jurídico; y con Miguel Flores, con quien coincidí en la necesidad de avanzar en la investigación científica de problemas socio-jurídicas. Agradezco a ambos colegas por el tiempo que se tomaron para conversar conmigo, aunque soy el único responsable de todo lo que aquí se dice.

Así pues, en estas líneas se ofrece una exposición, sintética pero sistemática, acerca de los criterios, lógica y estrategia investigativa en las ciencias sociales, con énfasis en temas y problemas socio-jurídicos y tangencialmente de derechos humanos. Como la finalidad es principalmente práctica, más adelante se hace una caracterización de los procesos y etapas necesarias para realizar investigaciones sobre las dinámicas del sistema jurídico y sus interacciones con otros ámbitos de la realidad social. Asimismo, se abordan los momentos básicos para una investigación, desde una perspectiva crítica y partiendo de las principales líneas del debate científico sobre los métodos y procedimientos de la investigación en las ciencias sociales, aplicables, entre otras, a la esfera socio-jurídica.

Se cierra el documento con una bibliografía básica comentada –sobre teorías en ciencias sociales y metodología de investigación en ciencias sociales– que puede ser útil para los estudiantes como apoyo en sus anteproyectos de tesis o en sus trabajos de tesis propiamente dichos.
En este sentido, el marco en el que se mueve esta reflexión, y las orientaciones que se ofrecen, es el de las ciencias sociales, aunque sin perder de vista que éstas tienen que ser coherentes, en sus marcos conceptuales y estrategias de investigación, con las ciencias naturales. Y, desde este punto de vista, de lo que se trata, como punto de partida obligado, es de comprender la naturaleza explicativa del conocimiento científico, lo que supone conocer su carácter relacional. Para ello, es oportuno contar con las nociones básicas de lo que es la ciencia y lo esencial que es en ella la investigación. También es pertinente conocer la estructura y componentes la estrategia de investigación estándar, desde la cual los estudiantes puedan posicionarse para su trabajo de Tesis.

De tal suerte que es necesario que se entienda, de la mejor manera posible, la importancia del problema de investigación y de las preguntas de investigación como desencadenantes de un proceso investigativo. Es
clave engarzar ambos aspectos con los demás componentes de una estrategia de investigación científica y su aplicación en el campo socio jurídico. Y, en segundo lugar, es clave apropiarse de los elementos que conforman la estructura de un anteproyecto de investigación, de modo que sirva de punto de partida para formular un trabajo de Tesis, abordando un problema en un área determinada de la realidad social con implicaciones en el derecho o, extensivamente, para ese campo estrechamente vinculado a lo jurídico como lo es el campo de los derechos humanos.

No quiero perder la oportunidad, en esta introducción, de llamar la atención sobre una especie de moda de la época y que me parece perniciosa, y la misma consiste en bautizar como “ciencia” o como “científicas” (o a veces se usa “académico”) para dotar de un estatus científico o académico a actividades o documentos que, en caso de ser científicos o académicos, no requieren de esa mención, pues cumplen con requisitos intrínsecos que los avalan como tales. Así, no es inusual que haya autores que bauticen, y hagan promoción de, sus ensayos, reseñas, opiniones o, en el mejor de los casos, ejercicios de investigación como “artículos científicos” o “artículos académicos”, como si con tal denominación se asegurara ese estatus. Es probable que lo sean, pero no porque sean calificados como tales, sino por otras razones. Y, en la misma línea, hay instituciones que se han dado a la tarea de bautizar a sus revistas como “científicas”, lo cual quizás sean, pero no por llevar ese membrete. De hecho, revistas científicas de primer nivel como Nature o The Physical Review se llaman así, sin más, y publican artículos científicos, pero porque los mismos cumplen con criterios científicos, no porque sus autores los califiquen de esa forma.

Proclamar una cientificidad que no se tiene –que no tiene el documento, ensayo o artículo que se publica– es contraproducente en lugares en lo que no no hay una comunidad científica firmemente instalada, y en los cuales, a lo mejor, las prácticas científicas son incipientes o incluso inexistentes. En esos contextos, la viñeta “Científico” (o “Académico”) se puede terminar convirtiendo en un aval para que charlatanes y manipuladores, que no aportan a la explicación de nada, se dediquen a elaborar y difundir argumentos falaces fuera de toda razón. Y lo peor es que con su ruido, y la ocupación de los espacios de debate universitario, mediático o las “redes sociales”, silencian a quienes, con modestia y conscientes de sus limitaciones, pretenden aportar unos mínimos teóricos, lógicos y, con suerte, unas cuentas hipótesis explicativas para problemas relevantes. Eso tiene el efecto pernicioso de ir en contra del cultivo de una cultura científica que, además de ser fuente nutricia de los científicos activos y en formación, ayude a los ciudadanos a ser un poco más lógicos, razonables e informados, es decir, menos manipulables.

Y así como la viñeta de “científico” o “académico” puede ser refugio de charlatanes, también puede suceder lo mismo con las viñetas de “Doctor” ostentadas y presumidas por personas cuya obra, aportes y compromiso público distan mucho de avalar lo que ese título académico –y cualquier otro– exigen a quienes los poseen. Se ha instaurado la falsa noción de que un título académico de doctor es un aval, por sí solo, del saber y capacidades especializadas de quien lo posee, obviando que lo cierto es lo opuesto: que son ese saber y esas capacidades especializadas, puestas en práctica y demostradas, las que avalan cualquier título que se posea, si es que acaso se posee alguno. De Sócrates, Platón, Aristóteles –o los presocráticos, o los cínicos– no cuenta en lo absoluto que no fueran doctores. Y en sabios, científicos y filósofos posteriores –los que cuentan por su obra y legado–, si eran o no doctores es algo que no figura en el debate serio sobre sus ideas. Como en algún lugar anotó Noam Chomsky, en las ciencias naturales la proclamación de los títulos es algo que no está instalado, pues la obra, los aportes, las ideas son lo que cuenta para tener reputación. En las ciencias sociales y las humanidades esa proclamación casi que es una norma; aquí abunda el “doctoreo” y también la presunción de que si se posee el título de doctor se está en una cima inalcanzable por quienes no lo lo poseen. Es algo tonto, pero real.

Ahora bien, la llegada de las ansias de cientificidad, en el ámbito jurídico, tiene que ver –esta es una hipótesis– con las necesidades de legitimación del derecho que surgen ante la crisis del “universalismo
jurídico” que sostuvo al derecho moderno cuando menos desde la formulación de las tesis iniciales del contractualismo y los debates posteriores que, pasando por el republicanismo, desembocaron en las concepciones del Estado democrático de derecho.

El universalismo jurídico se nutrió, en sus conceptos, principios y razonamientos, de fuentes cristianas, greco romanas, románticas, idealistas (filosofía idealista alemana) y contractualistas/pragmáticas a partir de las cuales se tamizaron las nociones de persona, derecho, justicia, bien común, derecho, ley, deberes, y otros del mismo calado. En las últimas décadas del siglo XX, cambios estructurales en las dinámicas socio-económicas (globalización, neoliberalismo), culturales (postmodernismo, neoconservadurismo), sociales (nuevos actores y movimientos, migraciones, recomposición de la familia, cambios en las dinámicas laborales) y tecnológicos desafiaron la capacidad del derecho establecido para posicionarse, desde los supuestos del universalismo jurídico, ante los mismos. También hicieron eclosión conflictos, tensiones y demandas (algunas nuevas y otras no tanto) ante las cuales los procedimientos del derecho no estaban en capacidad de actuar y, ni mucho menos, de resolver.

No es casual que hacia 1990, o antes, se comenzará a encauzar el camino de los estudios jurídicos (conocidos en décadas previas como Jurisprudencia) hacia las “ciencias jurídicas”. Asimismo, salió al ruedo la palabra “aplicadores” de justicia, con lo cual se indicaba el giro en el ejercicio de la judicatura hacia lo procedimental-técnico, que estaría regulado por criterios de eficacia, eficiencia, tiempos cortos y decisiones con soporte técnico. Las nociones sustantivas del universalismo jurídico comenzaron a ser relegadas; la legitimidad que se buscaba ahora era técnico-cientificista (no científica), procedimental. Era con procedimientos eficaces que se buscaba (y se busca) dar respuesta, desde el derecho, a los complejos problemas sociales, culturales, políticos y económicos del presente.

Y esas apuestas por los procedimientos, la eficacia y la eficiencia, al abandonar el universalismo, se insertan en una visión técnico-científica que, por ser limitada e incluso equivocada, no ha permitido al derecho dar el salto hacia un tipo distinto de universalismo con fundamentos científicos genuinos. Su caricatura de ciencia, como procedimiento técnico o manejo de datos, le impide dotarse de conceptos y teorías científicas desde las cuales tejer sus nociones valorativas y normativas. Lamentablemente, en muchos casos, esas nociones son una amalgama de influencias que surgen de las opiniones y valoraciones de movimientos y grupos de presión (conservadores, progresistas, reaccionarios, postmodernos, contraculturales, etc.) que ven, en un ámbito jurídico fragmentado en tecnicismos y procedimientos, la oportunidad para convertir sus demandas (y sus propias concepciones de la vida y de la realidad) en derecho.

Las ciencias, naturales y sociales, podrían ser las mejores aliadas del derecho, siempre y cuando éste retomara el camino de lo sustantivo en materia de búsqueda de justicia y bien común. El tecnicimismo cientificista no es la salida ante la crisis de legitimidad del universalismo jurídico tradicional (de procedencia cristiana, contractualista y iusnaturalista), sino el conocimiento científico en sus andamiajes conceptuales y empíricos más consolidados. Es desde aquí que el derecho podría dotarse de un nuevo universalismo y ponerse a la altura de los problemas más acuciantes de las sociedades actuales. El tecnicimismo científicista reduce su protagonismo en la construcción desde el Estado, de una mejor sociedad. Ese protagonismo se traslada hacia los grupos de presión, formales e informales, a los cuales se pretende satisfacer (a los “clientes” se les satisface; a los ciudadanos se les da respuesta desde la ley y sus exigencias) con procedimientos y decisiones técnicas cada más más dispersas, infladas y costosas que, incluso, terminan colisionado unas con las otras. Lo que dice Edward O. Wilson en el siguiente texto respecto del impacto de la ciencia biológica en las nociones de moralidad y honor (y la filosofía ética) vale para el derecho y los derechos humanos.

“Con un conocimiento de nosotros mismos, ¿Cómo nos sentiremos con respecto a la moralidad y al honor? No me cabe ninguna duda de que en muchos casos, quizá en la gran mayoría, los preceptos que hoy en día comparten la mayoría de la sociedades resistirán la prueba del realismo basado en la biología. Otros, como la prohibición de la concepción artificial, la condena de la orientación homosexual y los matrimonios obligados de muchachas adolescentes, no la resistirán. Sea cual sea el resultado, parece claro que la filosofía ética se beneficiará de una reconstrucción de sus preceptos sobre la base tanto de la ciencia como de la cultura”

 

PARA DESCARGAR COMPLETO EL ENSAYO:

Criterios básicos para la investigación social.

 

* Investigador del Instituto Nacional de Formación Docente (INFOD). Docente e investigador universitario.

 

Fuente de la Imagen:

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Docente - Investigadora Educativa.
Venezolana.
Doctora en Cs. de la Educación, Magíster en Desarrollo Curricular y Licenciada en Relaciones Industriales.

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