Mi amor desborda la palabra amor

Por  Daniel J. Rodríguez

Mi amor desborda la palabra amor

 

Como una granada dulce que se abre: así este libro. Como los labios que disfrutan del jugo de tinta de sus granos. Como un balcón en fiebre de geranios: así sus versos. Canta, Juan Gallego Benot, con una voz antigua en el reflejo de un cristal de este tiempo. Sus poemas están dichos desde un lugar distinto a todo: tierra nueva y vieja sementera donde el lector quiere enterrar sus huesos cuando la muerte.

El amor desborda Oración en el huerto, el primer libro del poeta sevillano nacido en 1997. Pero el poemario, editado por Hiperión y II Premio de Poesia Joven Tino Barriuso, no es únicamente una carta de amor continua y cíclica: el poeta dibuja los contornos de los sueños y los anhelos en un espacio que se genera en cada verso, fuera de todo lugar. También los terrores y las dudas surgen en unos textos que evolucionan desde lo concreto y cierto hasta lo inconcreto y posible.

 

Leer este libro supone desligarse momentáneamente del árbol genealógico, desprenderse de algún modo incluso hasta del cuerpo y de lo racional. Los poemas de Benot suceden en otra dimensión, cercana a la mística sin pretenderlo, lejos de lo biográfico a la vez que son la propia vida. Y con ese sabor extraño, van calando hasta los huesos:

Eres un verdor tranquillo de una lluvia
anaranjada entre las nubes, que la calma,
eres como un pájaro –sombra desde el cielo–
tú siempre retornando amigo amor amigo mío
verdad tranquila entre mis ojos

recuerdo mío sueño de mí
ahora que por fin te reconfortan mis poemas
y mi voz se te hace dulce como un niño
ahora amor tú eres mi llanura eres una
risa en aquel bar lleno de flores
ahítas de verano
y eres mi calor profundo desde el cielo.

Y me dices que se acerca presuroso,
ardiente si tú quieres y desnudo;
yo preparo una fogata por si ajena
la luna se destiñe de mirarnos
y necesitas una luz o una escalera.

Yo aquí estoy amor dormido
entre el resquicio de bondad que permanece
atado entre tu vientre y la vereda.

Que me toquen tus manos

En una novela que anda por las estanterías de casa, un sacerdote sin rostro estira su mano y bendice el mar. En otro libro de poemas, un obispo anciano acaricia la espalda de un gato viejo con su mano, cansada de bendecir.

Me rindo a la evidencia: en las manos reside el Milagro.

Yo quiero que las que han escrito Oración en el huerto me unjan a caricias el cabello y acunen los terrores que se enquistan en la piel. Quiero que suceda en mí lo que ocurre en este libro: amar sin carne ni estación, entregar el vientre a una tierra con sabor a aceituna y olor a incienso de parroquia. Ser rumor de belleza, comprender la luz, romper las horas, sentir la piel de “mármol bruto, / grafito impuro, sal de un mar desbrozado; / sílice y corteza”.

Carne y Dios. Palabra y oración. Música y silencio. Todo ello en unos poemas que se incendian de belleza, que generan un ritmo natural, pero extraordinario, en la lectura, que han sido esculpidos por un amante que no cuenta al amado, sino que dialoga con él y lo convierte en el centro de todo; que asume que el amado está en el mundo, en todo lo que percibe con su cuerpo.

Estoy hablando contigo
entre los árboles.
Tu voz es el recuerdo.
¿Sabré volver? La lluvia
que me descubres dice
mi nombre. Señalas
y nombras todas las cosas.

Sabré vivir mejor, con este cuerpo
nuevo que se me ha dado.
Conoceré de nuevo
(de nuevo me explicarás)
los amplios misterios
y reirás conmigo:
por ahora yo sólo conozco
el olor del viento en este bosque.

Luz de agua

Hay una luz de agua esta tarde. Un sol que se refleja en un mar inexistente. Una playa desierta en la que el frío desaparece cuando “aun viejo el corazón en la memoria, / el pájaro palpita y te sonríe”.

Paseas de mi mano por la arena. Estamos allí aunque esté solo ante este libro hermoso. Estamos allí por este libro verdadero que leímos. Y nuestras manos. Y tus ojos pardos en entrega.

Déjame, Juan, robarte un verso. Dárselo a ella: “Comienza la vida en este invierno”.

Fuente

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