Últimas flores para Laura

Por Agustín Vidaller 

I

Los samuráis o Miguel Blesa no dejan de sugerirnos al oído lo fastuoso y digno del suicidio ante los imponderables del deshonor o la derrota. Tanto el sepukku extremoriental como la romana tradición de arrojarse sobre la propia daga todavía aspiran —gracias quizá a cierta rebuscada literatura— a sobreentenderse como sendos hitos en la elevación del espíritu sobre la morosa carne, sobre ese empeño tan común, tan humano, de querer sobrevivir a la indignidad particular. De entre los hombres, ni siquiera el vencedor se ve libre de la idea de lo innoble, del mero cansancio de vivir. Y es que algo de todos nosotros muere —o quiere morir— cada vez que la Aventura nos remite a nuevas visiones de lo intolerable en lo heroico, o quizá viceversa. Soldado es quien sabe morir, no quien sabe matar.

Esto respecto a las gentes de acción. En cuanto a los poetas, podemos situar en la aparición de una hipotética tercera obra el momento álgido para morir por la propia mano. Digo tercera porque hasta entonces no suele invadir al vate la certidumbre de haber concebido un hijo muerto. Las aves migran, amaneceres y ocasos pierden su esplendidez; el verano del Estilita, gracias a Dios, se desvanece. Uno de esos días llega, de la parte del iluminador, la fe de los pliegos que verosímilmente inmortalizarán a aquél que mora sobre el elevado capitel. No, para los nuevos credos no es pecaminoso que sus ascetas hocen entre los estercoleros de este mundo, buscando la Fama en lugar de la Verdad. No obstante, treinta años de reflexión —de insolación— han conducido al anacoreta a recalar en el puerto de aquel desmesurado refrán: omnia vanitas. Ante estas dos palabras, que alguien muy pagado de sí mismo combinó en su día en nombre de su ingenio, se abren las puertas de una humildad ya imposible y de una resignación que nadie tolerará en la era de las Grandes Promesas Científicas. He ahí el dilema que tan sólo la muerte por anticipado resolverá.

Ya el primer poemario proporcionó aquellos quince minutos de gloria, tan sólo quince. Más allá de eso los amigos y las influencias conquistadas en un principio se difuminan en condescendencia durante el segundo intento, ocasión en que de lo prosódico se pasa a lo sobrecargado y lo epatante se convierte en redundancia. Nadie que escriba aceptablemente una vez deberá hacerlo de nuevo. Todos conocemos bien a esos autores fascinantes que afortunadamente sólo escribieron una obra. Sí, todos estamos llamados, rememoran benévolos nuestros cándidos críticos literarios. Malditos sean los elegidos, conmemoran los profetas del Fracaso, pues ellos no pasarán por el Ojo de la Aguja.

II

«Y en medio de estos días escuálidos, feos y cansados, no buscan al final, sin encontrar consuelo, ningún remedio en esta vida maldita, para aliviarse de todo con la muerte». Así Robert Burton sobre la melancolía, gaje común entre los que cortejan a las Musas. Diríase que los renglones torcidos de Dios conducen a un compromiso entre lo espantoso y lo indecente. ¿No os estremece el número de quienes nacieron para la gloria, hallando el hospital? Son como ese minúsculo arácnido que recorre el techo de mi estudio a finales del estío, sin encontrar alimento ni otra cosa que la extensión de yeso, blancura propicia para expresar el horror, igual que en Gordon Pym. No hace falta añadir nada sobre mi estado actual, diríamos sugestionable, y mi empatía hacia el reino de lo entomológico. La pequeña araña y yo habitamos dos desiertos simétricos de diez metros cuadrados. Ella morirá al comenzar el otoño; supuestamente yo me prolongaré más allá, a lo ancho de prosas que pretenden alegorizar la vida en la aridez. Y es que hace poco tuve un hijo muerto.

Algún día nos sonrojará nuestro sentido de la desdicha. Es un escándalo quejarse de haber publicado infructuosamente por tercera vez en este país de un millón de inéditos. Lo cierto es que sería un contratiempo consagrarse con una primera obra. Nos faltaría el combustible de la frustración, la larga deconstrucción del despecho. Desde Gilgamesh, hay que triunfar en el fracaso. De qué valdrá la planta de la inmortalidad cuando el mayor de nuestros estupefacientes es jugarnos la vida. Nada le sienta mejor a los nervios que una partida de ruleta rusa.

Pero qué hacer con ese hijo muerto que, sepultado en algún confín de la Biblioteca, tan poco hace con su silencio —con su incomunicabilidad— por mi victoria personal sobre el anonimato. Dos años de gestación incondicional, dos años que la Muerte me concedió no a título de viviente, sino de insomne, son mi deuda con el Tántalo. Estoy de pie sobre la roca Tarpeya o sobre la cúspide del Paripopamiso, a punto de saldar la deuda. Quizá mi vida como sombra me conduzca, allende el monzón del Sudoeste, hasta esos distantes mercados en los que se venden al por mayor tanto las especias y la seda como esos otros libros que yo hubiera debido escribir —con el seudónimo de Dan Brown— antes de dedicárselos personalmente a José Manuel Lara. No miento: bajo este cielo hay más decencia en quitarse el hambre que en buscar el nombre.

III

Pasan los años y no nos dan razón de aquel príncipe que buscó el escondite de las arenas. Hace un siglo el Mundo era ya presa de nosotros, las masas. No es extraño por tanto que las gentes de sangre azul huyeran hacia las zonas en blanco de los mapas. Saint-John Perse no mixtificó a su héroe al conducirlo hasta la Alta Asia —el Gobi o el Tarim— la última posesión de los emperadores Quing. Tartarias en las que exilarse, lejos de las prosaicas sediciones de Xanadú, la desleal. Moritorios en donde consumar el Tao de la sobredosis, sin que un nuevo Sima Quian registrase tal ofrenda en la historia de los cuarenta mil caracteres. Así pereció la dinastía manchú; en honor al opio que fue su oprobio.

Saint-Exupéry nació en un palacio y también evemerizó a príncipes, y a desiertos. Llegó hasta ellos en avión, no en camello, porque nadie nace a su debido tiempo, o eso deberíamos creer que le ocurrió a alguien capaz de escribir Ciudadela, la cual sólo hubiera podido ser exitosa como parte del Avesta. La aparente pasión del francés por la aeronáutica no era sino la huida hacia delante de quien habría sido más feliz jugando al ajedrez de Anushirwan junto a las fuentes y los arcos de Ctesiphonte, o traduciendo del sánscrito al persa pahlevi la versión prima de las Mil y una noches.

Está Citadelle henchida de parábolas y sentencias que no llegaron a originar una nueva religión. Pertenece no obstante a esa literatura que sería imposible sin la insuflación de Dios. A su teoría no le faltó un mártir, el propio conde Antoine, desaparecido durante su séptima misión de guerra sobre el Mediterráneo. Dejó atrás los folios aparentemente desordenados de su obra póstuma, que solamente algunos devotos consideramos acabada. Hay un principio más o menos indiscutido, pero luego —es cierto— la divagación se bifurca y se bifurca, infatigable en su pretensión de revelarnos la Verdad al precio que quiera imponer la Sed. Nos habla el reyezuelo, quien a pesar de hablar de sus soldados o sus odaliscas está, como no tardamos en comprender, a solas con un mundo de arenales. Qué más da el Taklamakán que el Teneré. La festiva mundanalidad de Anábasis, veinte años después, ha dado lugar a las tan hebreas exigencias de Ciudadela. Tanto Perse como Saint-Exupéry nos acaban delatando al mismo personaje, anticuado para el aquí y el ahora, impotente a pesar de la influencia de su verbo. Para la Literatura, no es la primera vez que el Desierto se torna en Laberinto, ni que Asterión celebra a Teseo. Dos Guerras del Opio y dos Guerras Mundiales para que todo coincida en el cansancio de un solo hombre. Pasan los años y del siglo XX nos queda la añoranza de las aristocracias exóticas, ésas que, entre el tiro en la nuca o la sumisión a las muchedumbres, supieron escoger a tiempo la suerte de las caravanas extraviadas por el simún.

IV

Si alguien intenta fijar las similitudes existentes entre Kipling y Conrad lo logrará fácilmente: coetaneidad apreciable, procedencia excéntrica al meridiano 0, encomio de una nación incursa en plena metástasis planetaria, exotericidad, un hijo peligrando en el frente francés, carácter tórrido de sus climas novelescos, etc. Una búsqueda de las desemejanzas, como suele suceder en los humanos, será igualmente afortunada: concesión del Nobel a uno solo de ellos, disparidad étnica y de clase, querencia por la jungla o el mar, muerte o no del niño-soldado… Saber que Korzeniowski fue el único en atentar contra su propia vida será más concluyente para nuestro propósito.

Fue en Marsella, ese rincón de imperecedera mala fama adonde el polaco había acudido, tiempo atrás, a consumar el enigma de su atracción por el mar. De una tierra rica en alazanes había pasado a un mar interior cuya aventura se había empequeñecido tiempo hacía. Algo lo debía de haber colmado el contrabando de armas en las ensenadas de Cataluña, donde aguardaban los exóticos valedores de Don Carlos. No parece que se tratase de problema romántico alguno, a no ser que sea romántica la crónica falta de dinero en que su vida, hasta la publicación de Azar, discurrió, conduciéndolo a sucesivos desmoronamientos nerviosos. A los veintiún años las deudas lo indujeron a la desesperación.

No creo que intentar suicidarse sea algo contradictorio con la condición juvenil; ahí está la fatalidad de la estadística. Por encima de cualquier otra cosa, las equivocaciones son a la juventud lo que la resignación a la vejez: algo ineludible. Lo único que nos cabe esperar es que el error en cuestión sea de alguna manera reversible, nada en general tan determinante como un tiro en el pecho. Quizás un afortunado desconocimiento de la anatomía torácica —el Adriano de Yourcenar llevaba tatuada una estrella en el decisivo espacio intercostal— llevó al inmaduro Joseph Teodor a sobrevivir, a diferencia de Van Gogh, pero caben pocas dudas sobre la voluntad de quien escoge, entre todos los posibles, un medio tan fulminante. Lord Jim o Kurtz le deben la vida a una bala de trayectoria excéntrica.

Por esa misma Marsella rufianesca deambuló Arthur Rimbaud, hacia la misma época, de ida a sus peripatetismos vitales o de vuelta de ellos. En torno a 1878 no es imposible que ambos mozos coincidieran en una de esas tabernas llenas de apátridas y meridionales de germanía. Sin duda se ignoraron, entre otras cosas porque la Literatura, lo único que hubiera podido unirlos, los separaba a esas alturas. Uno ya había dicho todo su refrán poco antes de escupir sobre él; el otro, más asequible, estaba en trance de aprehender los paisajes que sólo tardíamente describiría. Sólo uno de ellos ha pasado a la Posteridad auroleado como genio: Conrad no tenía esa irretornable imperiosidad de serlo que aqueja a los locos de Calíope la musa. En algunos casos, la necesidad origina la posibilidad. Sólo la posibilidad.

Dios sabe qué habría sido de la época eduardiana si uno de sus más elevados prosistas se hubiese mostrado certero en aquella pensión sin historia. También ignoramos hasta qué punto la mística rimbaudiana habría conocido una mayor apoteosis de haberse librado el antiguo bohemio, por sí mismo, de un prosaico cáncer en la misma Harar. El suicidio alimenta mitos pero destruye reputaciones. De ahí que, en un mundo perfecto, los hombres de una pieza perseveren y los poetas ebrios enloquezcan a su debido tiempo. Rimbaud vive para siempre entre sus autoflagelantes. Korzeniowski (el polaco, el charnego, el aristócrata, el conocedor de las mareas, el padre afortunado, el negligido por la Academia Sueca) sigue compitiendo con Kipling, en el cielo de los súbditos ejemplares, por definir el ethos de los constructores del imperio. Rule Britannia.

V

Nos asegura Emir Rodríguez Monegal que Borges jugó con el propósito de quitarse la vida. Eran —dice— los años falaces de su anonimato, el tiempo en que podía numerar a sus lectores y lo humillaba la necesidad de un trabajo remunerado. Tenía unos cuarenta años y ni el Amor ni la Fama, sus dos inocentes anhelos, le habían llegado. Estaba por venir la septicemia cuya agonía al parecer —el nacido dos veces— le inoculó la genialidad. ¿Creeremos que anhelaba la vida de acción —la vida— de sus ancestros castrenses y que envidiaba el albur de gauchos y cuchilleros? Para él el suicidio equivalía a ingresar de alguna manera en ese juego de mata o muere que Martín Fierro había profesado, ese walhalla de los nórdicos cuya literatura tanto había de paladear más tarde.

Lo cierto es que vivió tal infame pulsión de la misma manera con que lo abordó todo, es decir, con timidez; con esa epatante pacatería que emplea para introducir sucesos tan dispares como el Zahir o Beatriz Viterbo. A ese melindre, a ese exceso de reflexión que detiene lo activo, debemos hoy la infinita relectura de Undr, escrito por un Borges felizmente septuagenario.

Existe según cierta estética o sofística la invitación a morir joven. Lo cierto es que quizá Chatterton habría escrito algo más que meros plagios de no acogerse a esta máxima. Lautréamont habría podido redimirse de su papel, demasiado primario, como resentido social. Ashoka pasó a la Historia como rey de la Paz porque tuvo más tiempo que su contemporáneo Alejandro para reflexionar sobre la guerra. Dios me salve de decir algo sobre Cristo. Sí en cambio aduciré algo inquietante: creo que todos los que me han seguido hasta aquí pasando por encima del tedio o la mera repulsa han conocido alguna vez ese morboso meandro del razonamiento en que se contempla la muerte como tentación u opción. A despecho de todas las promesas, la vida nos ha cansado antes de colmarnos. Una sensación de impotencia ante lo que subjetivamente entendemos injusto, un ver en el espejo la sombra de lo que habría podido ser, naturalmente la pérdida a destiempo de un lazo vital, y el demonio de lo cotidiano empieza a tejer su telaraña. No hay nada de lo que asustarse. Nuestros siquiatras —a quienes algún día se perseguirá, igual que ocurrió con nuestros clérigos— aseguran que es éste un accidente universal por el que todos pasamos al menos una vez en nuestra vida, sin salir en general malparados.

Dejo al entendimiento de cada cual la teoría del hijo muerto y sus consecuencias. Cålano el gimnosofista escenificó su final, arrojándose a la pira ante Alejandro, porque no concebía una muerte que no hubiese elegido su propia voluntad. Quiso demostrar a un rey el verdadero poder de quien no impera sobre el Orbe, sino sobre sí mismo. De qué te vale el Mundo, etc. Aconsejo a nuestros futuros genios de la Literatura que antes de nada se tumben en una cama durante una noche en blanco con un revólver cargado al lado. Luego ellos sabrán.

Pero el suicidio es otra cosa. Hace falta haber contemplado —detenidamente— la blancura de Moby Dick, hace falta argüir el rigor mortis, pertenecer a esa legión de condenados por la Usura de Ezra Pound o las Plagas Egipcíacas, esa gente a cuya miseria nada nos igualará. Cien cigarrillos al día a lo largo de un mes de insomnio prácticamente total son cifras meramente orientativas acerca del Horror al que induce la inmediatez de la sima, una vez redactada la nota de adiós. Otros conductos a lo inefable son el ser enterrado vivo o el protagonismo en una snuff movie. Estamos al final de nuestro paradigma como poetas de carne y hueso. Únicamente la inteligencia artificial será capaz de expresar el Infierno en palabras.

Lo que los Cuarenta y Siete Ronin o Séneca nos sugieren no es más que la idea de hacerse a la idea, ese para mortem que en realidad nos hará vivir mejor. Honor o Sabiduría están hechos para el paraíso de quienes, de acuerdo al aforismo árabe, entienden que la vida es una buena manera de pasar el tiempo. Según tales aristócratas de la sensatez, morir nunca será tan malo como dejar de vivir.

(Más allá del balcón abierto, el cierzo constata el fin del verano mientras intento averiguar cuál fue el final del último emperador Quing, cuyo velado suicidio se sugiere solamente en la ficción de estas prescindibles páginas. Me gusta pensar que algún día yo también sobrevolaré la Costa Azul junto a Saint Exupéry, o que consultaré con Borges la entrada referente a Uqbar en la undécima edición de la Enciclopedia Británica. Estilita o Minotauro, éstas son mis palabras.)

Pomar de Cinca, en la noche.

Fuente:https://elcuadernodigital.com/2020/12/01/cinco-epigrafes-para-una-insensatez-elucubraciones-escritas-a-contrecoeur-antes-de-hacerme-rico-y-famoso-gracias-a-fernandez-labrada/

Fuente de la imagen: https://www.elestanteliterario.com/listas/5-poemas-de-amor

 

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