Momentos

Por Pablo Luque Pinilla 

Hará cosa de una década asistía yo a la presentación de un libro algo singular. Singular por su contenido, qué duda cabe, pues en aquel volumen se concitaba parte de la mejor poesía escrita en castellano por autores españoles cuya obra emergiera durante el último tercio de la pasada centuria. Y singular por la manera de escogerse, pues el compilador se había propuesto seleccionar a vates destacados de las letras hispanas en función de tramos de su trabajo que había hallado sobresalientes, más que por considerar este sobresaliente en su conjunto respecto de la trayectoria de sus coetáneos. De este modo, se privilegiaba la elección de poemas que, por su hondura emocional, su profundidad psicológica y filosófica, su altura crítica, su plasticidad, su eufonía, y, en definitiva, su generosidad a la hora de prestarnos alguna forma de estremecimiento ético y estético, sobresalían respecto de lo escrito en el periodo mencionado, inclusive la propia producción poética de los autores incluidos en el libro. Por último, se aclaraba haber elegido un ramillete de poemas de una serie de escritores, en lugar de composiciones sueltas de muchos poetas, para no privar al lector de la debida contextualización de los textos, al juzgarse cruciales las relaciones que nutrían la vida/poesía de los autores para comprender su creación literaria. El antecedente más parecido y cercano en el tiempo a esta iniciativa era la antología Hitos y señas (Laberinto, 2001)del poeta, escritor y músico Ricardo Virtanen, en cuyas páginas incluyó poemas de libros clave ―‘hitos’― por su influencia decisiva en la historia literaria de una época muy similar a la de nuestra compilación, sin atender a si los artífices de dichos poemarios eran los más significados cuando publicaron sus obras. Volumen cuya repercusión hubiéramos deseado mayor, pues el proyecto nos pareció encomiable. De hecho, Virtanen ha conseguido a través de los años sorprendernos con planteamientos originales y siempre pertinentes en sus propuestas. En el caso que nos ocupa, la idea de seleccionar según momentos irrenunciables de la poesía de algunos de nuestros bardos ―y, por lo tanto, de nuestras letras―, en lugar de hacerlo en función de obras completas, despistó a unos pocos, dando lugar a situaciones chocarreras y desopilantes, que todavía hoy consiguen dibujarnos una sonrisa en la que se aúnan el cachondeo y la satisfacción por la elocuencia con que nos instruye el suceso. Así, durante el acto de presentación del referido artefacto editorial y tras la entusiasta explicación del responsable del tomo ―poniendo de manifiesto su evidente ingenuidad a la hora de confiar en la lectura detenida y ponderada de los criterios electivos escogidos para su libro―, uno de los integrantes de la mesa, poeta también, argumentó que, dado el criterio que había guiado el escrutinio, sus textos deberían figurar en el libro. Suceso al que se le sumaron otros. De esta manera, al estrado fueron accediendo a lo largo del evento lectores de poemas de la selección presentada, uno de los cuales no dudó en reivindicarse del mismo modo. Por si todo esto no fuera suficiente, entre el abanico de reseñistas del trabajo ―el volumen tuvo un seguimiento razonablemente bueno en la prensa especializada y apareció en dos programas de televisión― hubo quien afeó al compilador haber hecho una antología a pesar de desmarcarse de ese propósito, cuando este último siempre defendió haber tenido esa intención, aunque desde unos planteamientos que, a la vista está, provocaron estupor y rechazo entre algunos.

Este episodio narrado no hace sino confirmarnos la veracidad de una reflexión subsiguiente, según la cual resulta palmaria nuestra dificultad para reconocer, ya sea en el ámbito de las ocupaciones o habilidades, o en el de las virtudes personales, que lo mejor se nos regala casi siempre de forma discreta/discreta. Y que incluso cuando consideramos asombrosa la trayectoria de un individuo, porque apreciamos sus logros o su manera de encarnar algún ideal estimado y, en definitiva, valoramos su magisterio, sus más altas expresiones aparecen entre desempeños buenos, satisfactorios o simplemente pasables. Cuestión que suele provocarnos un evidente malestar cuando nos la recuerdan, proclives como somos al mito, y a elevar a la categoría de intachable y perfecto todo aquello cuanto encontramos extraordinario, casi siempre como proyección de nuestras propias aspiraciones/frustraciones. Cuando lo cierto es que las figuras merecedoras de admiración por nuestra parte, pues nos deslumbran en cualquier aspecto humano, lo son porque al hacer alguna conquista de enjundia acostumbran a pensar en la vastedad de lo inexplorado. A añorar siempre un lugar en el territorio de lo aún por descubrir. ¿Por qué nos empeñamos, por tanto, en hacerles soberanos de un reino no reclamado para sí?

En el ámbito de los méritos y las bondades humanas, celebremos cada meta alcanzada, cada hito, cada momento. Esta es la única mitificación razonable. Es llave y puerta al mismo tiempo. El mejor modo de participar de lo universal e indiscutible. Y el medio de hallar modalidades de seguimiento personal buenas y realistas para nuestra vida.

Fuente:https://elcuadernodigital.com/2020/12/02/momentos/

Fuente de la imagen: https://thelastpageofmybook.wordpress.com/2013/06/13/momentos/

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Literatura

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