Posverdad en educación

Por: Viviana Bonilla

Se valora y ensalza el sobre-trabajo docente, la multitarea en el hogar, la precarización de los métodos de enseñanza dispuestos por los jefes técnicos, las respuestas creativas sin recursos estatales, la solidaridad disfrazada de las comunidades, entre muchas, escondiendo nuevamente el rol del Estado en las políticas públicas.

El primero de marzo se inicia el año escolar 2021. Sabemos que los centros educativos son el lugar donde existe mayor probabilidad de propagar la pandemia; según la revista de la Asociación Médica Estadounidense, «los niños son, en general, importantes transmisores de epidemias virales como la influenza, porque pasan largos períodos cerca de otros niños en las escuelas y durante las actividades físicas». A pesar de ello, los docentes y asistentes de la educación no están contemplados en la proyectada remesa de la vacuna durante el primer trimestre del año 2021, anuncio recientemente realizado por el Presidente de la República: “Nuestra meta es iniciar el proceso de vacunación durante el primer trimestre del próximo año y asegurar la disponibilidad para los 15,2 millones de chilenos, chilenas y ciudadanos que constituyen nuestro grupo objetivo”. El grupo objetivo prioritario es Salud y Fuerzas Armadas. Cabe preguntarnos si la función del personal de la salud vale más que la de un docente, siendo que ambas profesiones están en la misma ponderación de riesgo y de ser portadores activos del contagio, como cuestionarnos si son las Fuerzas Armadas más importantes en la calificación de exposición al virus, considerando por ejemplo que las poblaciones de las ramas son zonas protegidas con resguardo y acceso restringido. Salud y Educación son dos grupos objetivos de igual importancia y el impacto de sus funciones conlleva el control de la pandemia. Son la real contención sanitaria para recuperar la anhelada “normalidad”.

¿Es tan urgente la respuesta educativa por sobre la sanitaria? Una vez más, ser profesor o profesora es una profesión de sacrificio, donde muchos descansan de sus responsabilidades.

Los relatos de sacrificio abundan por doquier expresando el heroísmo de los docentes en materia de enseñanza online, íconos de generosidad y altruismo, asignándoles hasta premios internacionales por la hazaña; por ejemplo, recorrer kilómetros para proveer de material a los estudiantes (“profesor estrella” y otras versiones). Sin embargo, hay un hecho objetivo: es indudable que esta pandemia nos adelantó la caída de una “educación basada en la repetición” (concepto propio), esa educación que fue retratada año a año en los resultados SIMCE, siendo los últimos 10 reportes sobre malos desempeños escolares y el nulo impacto para movilizar un cambio en el sistema educativo. Además de la correlación vulnerabilidad y resultados negativos. Por mucho tiempo hemos estado en un escenario de soportes técnicos educativos y asesorías financiadas con dineros del Estado, universidades, centros de perfeccionamiento y ONG, todos dispuestos para apoyar este cambio prometido, pero repitiendo la inercia y las soluciones administrativas por sobre las prácticas pedagógicas. Cuesta movilizar cuando el ideario del buen docente está anclado a un profesional que debe dejar de lado su desarrollo y responder a la cruda realidad de las comunidades escolares que repiten patrones socioeconómicos de desigualdad y pobreza oculta por el endeudamiento. Aun así, se valora y ensalza el sobre-trabajo docente, la multitarea en el hogar, la precarización de los métodos de enseñanza dispuestos por los jefes técnicos, las respuestas creativas sin recursos estatales, la solidaridad disfrazada de las comunidades, entre muchas, escondiendo nuevamente el rol del Estado en las políticas públicas.

El ministro de Educación, Raúl Figueroa, fortalece la respuesta mencionando al secretario general de la ONU (António Guterres), quién calificó la situación educacional como una catástrofe generacional. Con esto asignan novedad a lo evidente: una generación entera quedará atrasada en su desarrollo y la respuesta es urgente (volver a clases presenciales), cuando sabemos que incluso antes de la pandemia no logramos aprendizaje. Más aún, bajo esta versión remota los docentes conocieron del país simulado en la provisión de la conectividad digital. Es la certeza de que esta modalidad no está produciendo aprendizaje significativo y permanente. Según la reciente encuesta #estamosconectados, de Educación2020-IPSOS, entre 60% y 84% de los estudiantes señalan haber aprendido algo o nada en los últimos 5 meses en la educación a distancia, siendo la peor valoración en los colegios subvencionados. Además, hay desconexión en las percepciones entre estudiantes y docentes sobre la mejor estrategia pedagógica, siendo para los docentes la video-llamada o tutoría y para los estudiantes los videos creados y proyectos individuales, y la menos atractiva son los videos de YouTube. Cuando se vuelva a clases, el deseo del 50% de los estudiantes es tener más tiempo para organizar sus preferencias, 47% tener clases más cortas y 45% estar más con su familia. Presencial y no presencial, es una educación sin aprendizaje y para cerrar el año la evaluación formativa se convierte en nota para descansar el sistema en la “evidencia” basada en “proyecto” (dicotomía propia con uso de la terminología aprendizaje basado en proyecto y aprendizaje basado en evidencia). Proyecto, porque es una educación sin desarrollo específico y con muy poca evidencia de logro de aprendizaje. Lo bueno es la percepción positiva de los estudiantes de niveles de autonomía y el involucramiento de los padres en la educación.

Las responsabilidades son compartidas, en un vacío de representación. Los 250.000 docentes a nivel nacional no tienen voces de su experiencia y necesidades, menos de 100.000 están colegiados y sólo la mitad tiene injerencia por voto. La desconexión se repite en esta lógica de proyecto, todos concursables, y la baja creatividad en la respuesta pedagógica por parte de los equipos directivos y sostenedores poco capacitados, sin evaluación objetiva de desempeño, donde el sistema depositará las soluciones e implementación de las estrategias. Las comunidades educativas se autoperciben asustadas y estresadas, apoderados, docentes y equipos de gestión, siendo los estudiantes más motivados por el retorno escolar.

Se instala la doble lectura, la creación de un artificio de verdad repetido una y otra vez por la autoridad educacional: “la vuelta a clases se hará mientras las condiciones sanitarias lo permitan”, en una irrealidad donde no hay provisión sanitaria efectiva. La preocupación por la calidad educativa no tiene condiciones de aprendizaje presencial. Las estrategias provistas por el sistema educativo no tienen conocimientos indagatorios de los estudiantes. Los docentes no cuentan con vocería en la magnitud de representación. El sistema descansa sobre el ideario de sacrificio a costa del desarrollo profesional docente. En resumen, las “condiciones que lo permitan” se ponderan sobre la verdad manipulada que aparenta esperarlas más que proveerlas.

 

Fuente:

http://www.eldesconcierto.cl/opinion/2020/12/03/posverdad-en-educacion.html

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