Tychê, la diosa de la incertidumbre

Por Mariano Nava Contreras

Los antiguos griegos tenían la prudente costumbre de divinizar todo aquello que no podían comprender, como si la sola razón fuera instrumento para secularizar y, quizás también, para humanizar lo incomprensible. Tychê es una diosa extraña. Apenas se le menciona en la Teogonía de Hesíodo (360) como una de las Oceánides, las hijas de Tetis y Océano, lista que se reproduce en el Himno homérico a Deméter, cuando se le nombra (420) entre las ninfas hermosas que cogían flores junto a Perséfone cuando ésta fue raptada a los infiernos. Como a Dioniso, no se le nombra en los poemas homéricos, de lo que se queja Pausanias (IV 30, 4), y solo en tiempo muy tardío se le incorpora al catálogo divino. En ese sentido, la incertidumbre, como la embriaguez y la enajenación teatral, comparten el dudoso privilegio de haber llegado tarde al banquete de los dioses.

No nos queda más remedio que acudir a la etimología. El nombre de Tykhê (Tique o Tiqué, como algunos prefieren castellanizarlo) proviene del verbo tynkhánô, “encontrar”, “encontrarse”, “obtener casualmente” algo. En todas sus acepciones remite a una idea de casualidad, azar, suerte, eventualidad, contingencia, algo que no podemos prevenir, fortuito y generalmente favorable, en cuyo caso los griegos no dudan en llamarla directamente Eutykhia, “la buena fortuna”. Pero a veces también la suerte podía no ser tan favorable. Solo con el tiempo su fama y poder fue creciendo, y en el siglo II un historiador como Pausanias reclama que el Himno a Deméter se haya limitado a mencionarla, así, sin más, sin proclamar que es “la mayor de las diosas en los asuntos humanos y la de mayor influencia”. Se ve cuán grande es el influjo del azar en tiempos de Pausanias.

Pero el ascendente de Tykhê es sin duda anterior y su culto más extendido. Prueba de ello es que después de Alejandro se le haya asociado a ciertas divinidades orientales, también y muy especialmente a la egipcia Isis, con cuyo culto llega a sincretizarse, cosa por demás común en el singular período de mestizajes que fue el helenismo. Se le representaba con los ojos vendados, para significar que era ciega, portando distintos objetos que indistintamente eran atributos de la fortuna: un ramillete de espigas, símbolo de la fertilidad, o un cuerno de la abundancia. Así aparece en dos estatuillas, ambas encontradas en Andalucía, quizás no tan casualmente: la llamada “Fortuna de Itálica”, hallada cerca de Sevilla, y la “Tyche de Antioquía”, que se conserva en el museo de Antequera. Incluso se le llega a representar asiendo un timón, para significar que dirige el destino de la humanidad, o hasta balanceándose sobre una pelota, para simbolizar cuán inestable es la fortuna humana. Sin embargo el más irrefutable de sus atributos era la curiosa corona que ceñía sus sienes: las murallas de una ciudad con todo y sus torres. Resulta que los antiguos no solían separar los asuntos públicos de los privados de modo tan tajante como nosotros, y estaban perfectamente claros en que su destino personal estaba estrechamente ligado al de su ciudad. La suerte de su comunidad era, pues, la suya propia. Por ello casi cada ciudad tenía su propia Tychê, una diosa poliada cuyo culto cuidaban con esmero los ciudadanos.

Tampoco debe extrañarnos el que la diosa Fortuna haya ocupado lugar muy principal en el panteón romano desde que fuera tempranamente introducida por el rey Servio Tulio en el siglo VI a.C. Tan antiguo era su culto. Cuenta Ovidio en sus Fastos (VI 573-584) que Fortuna, siendo virgen (Fortuna Virgo), se enamoró perdidamente del Servio Tulio, en cuyo palacio se introducía por las noches a través de una pequeña ventana. Después Fortuna confesará llena de culpa sus ilícitos amores, pues ilícito era para una diosa enamorarse de tal forma de un mortal. Por ello, muerta de vergüenza, desde entonces se tapa la cara con un velo. Al parecer, en el templo de la diosa en Roma se conservaba una estatua en la que se representaba a ella con la cara tapada con un velo y a Servio Tulio cubierto con togas. Los romanos, tan pragmáticos, solían distinguir varios apelativos con los que la invocaban dependiendo del caso: Fortuna redux, para proteger a los viajeros que volvían a casa; Publica, para salvar a la ciudad (muchas veces de sus mismos ciudadanos); Huiusque Dei, para ayudar a resolver los pequeños inconvenientes cotidianos. La existencia de una Fortuna publica revela cuán cerca se encuentran, para los romanos, el azar y los asuntos del poder.

Hay quienes, a pesar de Pausanias, dicen que Tykhê no era una diosa, pues carecía de un mito propiamente, y que era más bien un juego de símbolos, no más que una elaborada abstracción. Esto lo dice por ejemplo Pierre Grimal, que sin embargo la incluye en su Diccionario de mitología griega y romana (París, 1951), quizás por miedo a atraerse la mala fortuna. En todo caso, su existencia nos revela lo ciertos que estaban griegos y romanos del peso de la incertidumbre en la vida de todos nosotros.

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