El delirio de un moribundo, un cuento de Borja Goyenechea

Los cuentos que nos presenta Borja Goyenechea en El francés y otros relatos (Kalathos Ed.) tienen un hilo conductor en su temática, que roza siempre el límite entre el realismo, por un lado, y la fantasía o el mundo incierto de la subjetividad de los personajes, por el otro. Los personajes que aparecen en ellos son seres incomprendidos, discriminados o solitarios, como descubriremos en La primera vez que alguien caminó al revés, en Será mejor no parar de escribir o en No le des de comer al perro. En otros casos nos topamos con personajes atormentados por las cadenas de su propia percepción estereotipada, como en El señor enorme y la fecha que no lo atravesó o 45 centavos. Sorprende encontrar dos cuentos que giran alrededor del tema de la justicia: Ojos de tinta negra y El francés. Este último deja un extraño sabor, que mezcla temas como el dominio colonial, las brechas sociales de la sociedad y la atormentada mente del personaje principal.

Zenda adelanta El delirio de un moribundouno de los relatos que componen la obra.


El delirio de un moribundo

Papá salió de la pobreza por su cuenta. Llegó a este pueblo cuando aún era escombro, y lo levantó igual que se levantaba bien temprano todas las mañanas para trabajar. Ahora papá está encerrado en la casa, y está muerto. Le dio un virus en el que no creía, y lo tenemos recostado en la mesa, tapado con sábanas blancas, porque últimamente mucha gente se muere, y, aunque papá alcanzó a no ser pobre, no dejó de serlo lo suficiente como para de sus ahorros poder comprar un ataúd con los precios que les han puesto, y no irnos mamá y yo directos a la quiebra.

Mamá dice que debíamos habernos encargado del ataúd desde antes, desde que cayó enfermo. “Solo por si acaso”, dice. Yo creo que se equivoca. Creo que, si papá hubiera visto en el pasadizo, apoyado contra la pared, el ataúd, esperándolo, vigilándolo en cada movimiento suyo, entonces se hubiera muerto antes de tiempo, como quien ve la cama y le entra el sueño, aun no habiendo cenado. De cualquier forma, viendo así a mi madre, tan triste como está, no encuentro la convicción para discutirle. Además de que no sirve para nada gastar energías poniéndose a pensar en lo que hubiera sido mejor hacer, primero, porque lo que pasó ya pasó, y segundo, porque son innumerables las cosas que hubiéramos podido hacer de otro modo, de uno más conveniente, tantas que no nos alcanzarían las horas del día para discutirlas completas.

El virus llegó al pueblo desde Lima; “igual que como llegan todas las cosas malas”, decía papá, que no sé qué rabia le tenía a la capital, en la que nació y de la que escapó para construir esta casa, que comenzó siendo de arcilla y deshaciéndose con la llovizna, pero que ahora es de ladrillos. Supimos que había llegado, porque el director del colegio cayó enfermo, con todos esos síntomas de los que hablaban en las noticias, y nos dimos cuenta de que el mal este era cosa seria, porque el director era un hombre de los robustos, esos de pecho inflado y manos de árbol, que no se ausentan en el trabajo ni aunque se les muera la madre. Yo no lo vi enfermo, pero los que pasaron por el hospital y pudieron de alguna forma asomarse por la ventana de su puerta dicen que, tirado en la cama, se le notaba a leguas que no se levantaría más. “Como una plantita que se queda sin agua”, decían las señoras, que tampoco lo habían visto, sino escuchado al detalle la condición penosa del pobre hombre, que las manos se le habían adelgazado hasta los huesos, el pecho se le había desinflado y el bigote le sudaba a toda hora. Pero preferían suavizar la descripción por la tristeza que les contagiaba lo vívida de ella, y acababan diciendo nada más que parecía una plantita que se queda sin agua.

“Se inventan excusas por todos lados para que no trabajemos”, decía papá. “Para ellos es mejor si nos pasamos el día vagando, si caemos como moscas en la tierra. A mí no me agarran de huevón”, “ellos” siendo los limeños, esos que salían en la tele y a los que papá no les creía una palabra. Era así de drástico él con ese asunto de no confiarles ni la hora. Alguna vez he escuchado que lo que dicen en televisión acaba siendo verdad, porque todos lo creen así. Pero con papá era lo opuesto, él siempre tenía la razón y los de la pantalla no, y ahora la pantalla está prendida en la cocina, y siguen hablando del virus, y a papá lo tengo al frente, acostado en la mesa sobre la que escribo, cubierto de sábanas y empezando a apestar con el calor de este marzo del diablo.

Cuando el profesor cayó enfermo, la cascarilla del pánico más o menos que tembló, y por ahí y por allá parecía que se quebraba, porque hubo gente que ya no salía a las calles, y en la bodega veías a uno que otro cliente con un trapo en la cara, asegurándose que nadie se le acercara demasiado, bien atento al entorno, para salir despavorido si a algún desatinado se le ocurría estornudar. Papá se burlaba de ellos, y, todo lo opuesto, empezó a salir con más ganas que nunca. Organizaba juergas justamente en la bodega, el único lugar al que todo el mundo estaba obligado a ir en algún momento del día. Sacaba las mesas y sillas de plástico, el parlante, pedía no sé cuantas botellas de cerveza, con el descuento que tenía por ser él, El Patrón, como le decían, y la calle se volvía un jolgorio al que cada uno de los vecinos terminaba atraído, emocionados por el desmadre y convencidos por sí mismos de que el virus no sonaba tan mal, si se tenía una bebida fría en la mano.

“Hijo, ve y trae a tu madre”, me decía, porque a las últimas a mí también me entraba la cosita esa que te hace olvidar de lo que preocupa y te manda a unirte a la multitud; cruzaba la avenida polvorienta, de faroles que apenas alumbraban hasta el piso, y me adentraba en eso que se iba armando a los pies de la bodega: el griterío de gente que andaba como ciega y tomaba desesperada del pico de la botella, como náufraga. “Mamá no sabe que estoy acá, si se entera me cuelga”, y papá me repetía que fuera por ella, ignorando por completo lo que yo le decía, seguramente ignorando también que me servía un trago, y me ponía a buscar a mis amigos y practicaba esa disciplina de no hacerle caso al viejo cuando andaba así de borracho.

Yo no la pasaba mal en esas fiestas, porque después de todo, una fiesta es una fiesta, y el alcohol emborracha aunque el mundo entero se esté muriendo. Pero esa vez, algo más tarde, reconocí su voz de mandamás del pueblo pregonando sobre cómo el virus era pura tontería, que el director seguro andaba con la gripe nada más, un poco fuera de temporada y ya, y entonces no pude dejar de pensar en todo lo que decían en la tele, que yo sí creía, por más que tuviera que callarlo, y que me traía asustado hacía ya algunos días. Al poco rato me marché, sin anunciar mi despedida. Entré de puntitas en la casa, y calladito me encerré en mi habitación, seguro de no haber despertado a mamá. Me quité la ropa, me atrincheré en la cama y cerré los ojos fuerte, como para convencerme incluso a mí mismo de que venía durmiendo desde temprano, que no había salido de ahí la noche entera. Pero la verdad es que me quedé despierto hasta el amanecer, casi, e incluso entonces, solo dormí unos minutos, de tanto darle vueltas a lo que pudiera pasar de ahí en adelante: todas esas desdichas que uno anda convencido de que solo ocurren lejos, aunque bien pueden colarse en el porvenir de cualquiera, así, de un momento a otro, porque lo único que acaba siendo verdad en esta vida es que la desgracia no discrimina, caray.

A papá lo escuché llegar la siguiente mañana. Habrán sido las diez, quizás. Mamá lo esperaba en la sala, por compromiso, porque en realidad sabía muy bien que no tenía esperanzas de cambiarlo, o de hacerlo lamentarse, menos aún cuando tomaba.

“Lo hemos visitado al director”, dijo cuando entró por la puerta, que hizo sonar, porque no supo calcular la fuerza con la que la empujó. “Yo lo veo de lo más bien. Son tonterías las que andan hablando por el barrio. Incluso podría apostar que el tantito débil que se le ve es por las ideas que los vecinos le han metido. Esos sí son peor que cualquier virus”. Pero a la semana el director murió. Dicen que se asfixiaba como si estuviera bajo el mar, pero entre las sábanas, aunque sí sudando por cada poro del cuerpo, empapado de pies a cabeza. El funeral fue rápido, luego de un velorio familiar, a puertas cerradas, sabiéndose muy bien que nadie se atrevería a visitar el cuerpo, excepto aquellos cercanos que extravían la sensatez entre la maraña de la tristeza.

Pero ni con eso papá se inmutó sobre el asunto. “Todos los días la gente muere. Hasta de hambre se les ve caer en la calle, y ahora todos se ponen de acuerdo para cagarse de miedo, porque uno más ha expirado. Además, yo lo he visto poquito antes de que estirase la pata, y no me ha contagiado nada, muy bien parado que me ven acá”. Así decía papá, y efectivamente se le veía muy bien, trabajando todos los días. Incluso, seguramente por necio, se le dio por despertarse más temprano que nunca, y desempolvar las pesas que de joven levantaba, para ponerse a hacer ejercicio. Asustaba a la casa entera con el sonido de los fierros, que a propósito hacía sonar más de la cuenta, por si mamá o yo no nos habíamos enterado de que se encontraba más sano que nunca. Después, en el desayuno, se comía unos platos bien repletos, de huevos revueltos y tostadas, con un vaso de leche y otro de jugo, y recién ahí, cuando la gallina cantaba, partía al trabajo, a trote ligero, sin taparse la cara y riéndose de los que lo hacían.

Así hasta que pasó una semana más, y la tos le entró como un invierno. Y entonces eran sus pulmones saliéndosele lo que nos despertaba antes del amanecer, y ya no sus ejercicios, porque para eso no le quedaba más aire. “Unos días en cama y voy a estar bien”, decía. “Ni loco me voy al hospital; si me muero va a ser por la incompetencia de esos doctores, que no saben nada”. Y se agazapó bien cubierto en la cama, y no se dejaba ni tocar la frente, porque era un resfrío como tantos de los que había salido. Tampoco toleraba tal cosa como mamá queriendo venirse a dormir conmigo por miedo a contagiarse, o la voz de los limeños que hablaban en la tele, diciendo que los síntomas del virus tardan dos semanas en manifestarse, que los casos suben de cien, a doscientos, a cuatrocientos al día.

Pero al fin y al cabo terminó tan descompuesto que no tenía las fuerzas ni siquiera para exigir cosa alguna de nosotros. Igual lo acompañábamos, de pura compasión, pero su mal llegó a tal punto, que mamá acabó durmiendo las últimas noches de papá a mi lado, despertando a la madrugada para llorar en silencio, sin saber que yo tampoco conciliaba el sueño, sorprendiéndose cuando le agarraba la mano y no le decía nada, porque de verdad no se me ocurría qué decir, con el viejo muriéndose ahí en el cuarto de al lado, y el barrio entero cayendo enfermo, uno por uno, a un ritmo al que ya no alcanzaba ni para sentir pena.

Poco antes de que muriera, le escuchamos unas palabras secas, escuálidas como su locutor, que con el tiempo creo más o menos haber llegado a descifrar, si acaso la esperanza no me ha engañado con la idea de que estas tuvieran sentido, y, en realidad, no fueran nada más el delirio de un moribundo. “Yo he trabajado duro”, decía. “He trabajado desde que nací. Desde que en Lima me las vi para juntar mis centavos. Este pueblo lo he levantado desde puro escombro. Con estos hombros he cargado el cemento para construir esta casa, para alzar este techo. Soy importante, soy querido; eso lo saben todos. Un virus no me puede matar a mí, no a esta edad ni con este semblante, de piedra, como ya ven. De estas salgo, denme un par de días nomás. Van a ver que vuelvo a estar como siempre”.

Pero en un par de días papá había muerto. Murió una noche, mientras mamá y yo dormíamos. O quizás ya había amanecido, no lo sé. El hecho es que despertamos tarde, y por eso supimos que había muerto, porque la tos de al lado no había hecho de alarma, cuando el sol ya quemaba sobre la calle y se colaba por las cortinas. Mamá se tomó su tiempo para sacarse las sábanas de encima, seguramente con la ilusión de creer que seguía dormida, que ese silencio pertenecía a un sueño del que ya despertaría. Al final fui yo quien entró primero a ver al viejo. Lo encontré con los ojos abiertos y la boca descolgada. Perecía como si se hubiera muerto en plena conversación con alguien que venía a despedirse, seguramente contradiciéndolo con el tema de que estaba a punto de dar su último suspiro. También fui yo quien salió a hacer todos los arreglos de la muerte, esos trámites que uno agradece tener que cumplir, por ser una forma obligatoria de distraer la mente. Pero no pude distraerme más de la lástima cuando fui a arreglar el asunto del ataúd, y vi una cola que alcanzaba la cuadra entera, en su mayoría compuesta por jóvenes como yo, con caras de extraviados, como si hubieran vuelto a nacer sin quién les dijera cómo hacer las cosas.

“Cinco mil soles el ataúd”, dijo el señor del mostrador, con una voz que se le quebraba, no por aguantarse el llanto, sino por frenar la tos. Era demasiado, y se lo hice saber. “Han venido desde otros pueblos a comprar, y desde Lima también. Si no quiere, deje que el siguiente pase, por favor”. No era que no quería, sino que el precio no estaba dentro de mi presupuesto. No me tomé la molestia de explicarle tal cosa. Me marché, viendo cómo nadie me prestaba atención, todos indiferentes a lo que los rodeaba.

Así acabó papá sobre la mesa, cubierto por sábanas, las mismas sobre las que murió, “no vaya a ser que se infecten las otras”, dice mamá. El calor de marzo está atroz, y empiezo a darme cuenta de que el cuerpo ya viene apestando desde hace mucho, y que me he acostumbrado al olor como si fuera este el que siempre me ha rodeado y el que siempre me rodeará. “Tenemos que hacer algo con él, mamá. No puede quedarse mucho más tiempo acá”. Pero no hay qué hacer con él. Hemos visto cómo en otras casas han preferido poner sus cuerpos afuera, para no tener el problema de aroma que tenemos nosotros. A mamá no se le ocurre hacer tal cosa, sabiendo cómo se pasean los perros en las noches, y el afán que tienen estos de mordisquear todo lo que encuentran en el camino. Así que no sé cuánto tiempo más tendremos que aguantarnos el horror de dormir bajo el mismo techo de un fallecido. Encima de que los días pasan y la descomposición empeora, naturalmente, y, aunque no lo decimos, dejamos claro que no nos atrevemos más a levantar las sábanas, sabiendo probable que encontremos en la piel del muerto unos colores que no queremos comprobar: tonos de púrpura y de gris que quizás ni siquiera nos permitirían reconocer al viejo; le veríamos el rostro, y los brazos, y la ropa, pero no lo veríamos a él; veríamos un objeto que no sabríamos explicar, que no comprenderíamos como algo real.

Pero lo que más me aterra es mi madre. Hace unos días escuché en la tele que jóvenes como yo no corremos riesgo de caer gravemente mal; que el virus solo ataca a los mayores. Mamá tiene la misma edad que papá, y es probable que las noches que pasó al lado del enfermo terminen cobrándole factura. Por lo pronto, la disfruto como puedo, consolándola en su situación, que, en realidad, es nuestra, una pena tanto suya como mía, pero que se la regalo toda a ella, aceptando que ya tendré tiempo para un sufrimiento solo mío, cuando a la pobre le entren las primeras toses y se eche en la cama sin atreverse a dormir.

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Autor: Borja Goyenechea. Título: El francés y otros relatosEditorial: Kalathos. Venta: TodostuslibrosAmazon y Casa del Libro.

Fuente:

El delirio de un moribundo, un cuento de Borja Goyenechea

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