Tempestad en víspera de viernes, de Lara Moreno

Por Juan Domingo Aguilar

Tempestad en víspera de viernes, de Lara Moreno

Foto: Jairo Varga

 

 

Lara Moreno es una poeta y narradora que nació en Sevilla en 1978, creció en Huelva y en la actualidad vive en Madrid. Además de sus cuentos recogidos en varias antologías, ha publicado los libros de relatos Casi todas las tijeras (Quórum, 2004) y Cuatro veces fuego (Tropo, 2008). En poesía ha publicado La herida costumbre (Puerta del Mar, 2008), Después de la apnea (Ediciones del 4 de Agosto, 2013) y Tuve una jaula (La Bella Varsovia, 2019). En 2013 recibió el Premio Cosecha Eñe por su relato Toda una vida y publicó su primera novela, Por si se va la luz (Lumen, 2013) a la que seguiría Piel de lobo (Lumen, 2016). En 2020 publicó el ensayo Deshabitar (Ediciones Destino) y a día de hoy trabaja en su nueva novela titulada La ciudad. Presentamos una selección de poemas de Tempestad en víspera de viernes, un libro que reúne todos sus poemarios anteriores y poemas inéditos, editado por Lumen este pasado mes de octubre y que arrastrará de manera inevitable a cualquier lector que se atreva a asomarse a sus páginas a una tormenta perfecta de la que difícilmente podrá escapar.

 

 

ESTOY A UN PEQUEÑO PASO DEL GAME OVER

Guardo
recuerdos de la selva que no son míos
una medusa por corazón
la certeza de saber que quizá aún
no haya experimentado la resaca más grande de mi vida

y guardo
también
más cosas
y me duele
tu cuerpo sobre el mío
ahora que estás lejos
a veinte centímetros de mí
en la otra orilla
en tu almohada

*
Por qué te echo de menos
tanto
a veces.
Estaría subida
en este taxi
recorriendo la ciudad
en este día de niebla
hasta que te disiparas.
Es por la mañana, dicen,
y eso qué es,
mañana.

*
Esta vida incontrolada.
El pánico a las estrategias.
La inseguridad paralizándome
las cejas y el vientre y
arrancándome el corazón,
corazón inestabilizado
e hirsuto y despiadado
y mártir y prohibido
y demacrado y desolado
e inflado y corrupto
y apócrifo y nunca
corazón.
Ya no sé qué
guardo entre las costillas.
A qué animal suicida
alimento de mentiras
y otros lujos.

*
A veces amanece
y la ciudad se ha ido.

Las farolas con sus pasos
desgarbados,
el ruido torpe
del puente de hierro.

No quedan gaviotas en el mar.
Un milenio agotado.

Después, los gritos de los
niños escapando,
el alborozo de todas
las faldas al vuelo.

Hay un paso de cebra
dibujado en mi colchón,
la sombra de un atropello
entre mis sábanas.

PERDER EL TIEMPO

Perder el tiempo no es mirar embobado
el cielo azul de las diez de la mañana.
No es hacerse el remolón en la cama,
decidirse por una leche con miel.

Perder el tiempo no es ir a buscarla a ella
para desayunar, sacarla de la cama,
desmenuzar las experiencias de la noche.

Perder el tiempo no es no tenerlo claro,
o cambiar el taxi por el autobús.
Subir la cuesta del parque del Oeste.

Perder el tiempo no es no saber adónde ir
ni adónde mirar.
Dejar el trabajo para más tarde.
Cancelar las citas del día.
Todas (hasta las verdaderamente importantes).
Dejar que pasen las horas de la mañana
fumando hachís entre medias y frío.

Perder el tiempo no es acercarse a un cuerpo extraño
con todas las dudas colgándote del pelo,
arriesgándote a no sentir,
a no percibir.
Tomar la parte por el todo,
y no querer huir, que ya es tanto.
Recolectar colillas a las tres de la mañana,
oler los gatos en las escaleras.
Una rendición falsa, un aplazamiento.

En la cabeza otro nombre
a punto de salirse por la boca;
mirar de reojo, por si acaso estuviera.
Y sin embargo sentir,
sentir la calma.
A ratos mucha calma.
Las manos ásperas,
los labios blandos.

Hay algo en esta vida que me gusta.

Perder el tiempo no es pararse a mirar a través de los cristales.
Perder el tiempo es otra cosa.
Es estar muerto, en orden.

Fuente

Tempestad en víspera de viernes, de Lara Moreno

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