Un cuento “De Música ligera”

Por Octavio Escobar Giraldo

Octavio Escobar Giraldo está invitado al Festival Centro para conversar sobre la íntima relación entre la música y la literatura. Aquí uno de los cuentos de su libro “De música ligera”, que en 1998 ganó el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura.

De música ligera

a Aimar Labaki

Al regreso del taller recogí a Catalina en la portería del edificio, como había prometido. No pregunté por qué trabajaba un sábado por la tarde y la dejé frente a su oficina. En la mañana tuvimos una discusión bastante tonta, era mejor ser prudente. Ofrecí recogerla en la noche, pero se retiró de la ventanilla. Nos encontraríamos en el apartamento: “Lo prefiero”, afirmó, y vi sus piernas superar las escaleras de granito con ligereza.

Después de unas cuadras metí el carro en un parqueadero y sin muchos deseos de hacer algo compré la entrada a cine. El globo terráqueo de la Universal terminó su circunvolución rutinaria y la cámara me precipitó al mar. Vi Waterworld entre distraído e interesado. Kevin Costner respira bajo el agua por unas branquias situadas detrás de sus orejas y aunque se enamora, al final deja Tierra Firme porque es un mutante, ya no es un ser humano. A la salida compré una caja de chicles y me embutí tres pastillas. El sabor de la canela se pegó a mi boca con deseos de quemar pero la sensación pasó y como el centro no tenía nada para mí, caminé hasta el parqueadero y lo abandoné oyendo las noticias: un ataque guerrillero, pequeños escándalos en la gobernación, los problemas políticos del alcalde de Bogotá, líos entre las estrellas de una telenovela, cosas normales.

La gente intentaba subir a los buses, algunos con apuro, convencidos de la proximidad de la lluvia. El alumbrado público se encendió: mientras algunas farolas tenían un cansado tono rosa, otras brillaban con fuerza. Frente al hotel Colonial esperaba una rubia de unos dieciocho años. Me impresionó su cabello; era largo y parecía demasiado claro para ser verdadero. El bluyín ceñía bien las caderas anchas y la camiseta blanca, elástica, dejaba a la vista el ombligo. Disminuí la velocidad cuando pasé a su lado. No esperaba una cara tan brusca, como si cada línea la hubieran corregido con un lápiz de punta demasiado gruesa. No obstante me atrajo, había algo vulgar en ella. Examinó el carro con esperanzas pero aceleré de inmediato. Resulta divertido recorrer la avenida sin destino gastando el tiempo y la gasolina; el motor respondía perfecto después de la revisión. Cerca de la antigua estación del tren viré en U en el semáforo y me acerqué al centro comercial a curiosear.

Bajé al parqueadero subterráneo para evitar la carrera de obstáculos: así denomina un amigo al esfuerzo de superar a los pordioseros y los vendedores ambulantes, siempre al asedio en la entrada principal.

En un almacén de ropa deportiva hay una cachucha de Los Angeles Lakers muy atrayente. En uno de los de regalos y otras chucherías vi un espejo rectangular de mediano tamaño con un mensaje llamativo: “Cuando sabía todas las respuestas me cambiaron todas las preguntas”. Las vitrinas del negocio de artículos importados del segundo piso vibraban con el CD de Aerosmith; ensayaban un equipo de sonido y al mismo tiempo ahuyentaban a los curiosos más susceptibles. Steven Tyler repetía con desgano Janie’s Got a Gun. Esa canción le gusta a Catalina.

El hambre me impulsó hasta el tercer piso. Allí sigue uno de mis sitios preferidos de cuando no salíamos juntos, Giorgio’s Pizza. Pregunté, “¿Tienes algo especial para mí?”, pero la mesera no se interesó. Pedí una pizza mini de anchoas y champiñones. Catalina odia la pasta y yo dejé de comerla por consideración con ella.

Aunque se tardaron en traerla, las anchoas no podían estar más saladas. Bebí la cerveza despacio, entretenido por el flujo de la gente y los carros. La música era de esa de orquesta elegante; un amigo la llama “esterilizada”. En la mesa de al lado discutían sobre si es mejor el Subaru Legacy o el Toyota Lexus. Me gusta el Citroen Xantia, prefiero los franceses a los japoneses. Catalina pronto comprará uno. Cuando me paraba, los estúpidos se dividían entre Meg Ryan y Demmi Moore; había sonado el tema musical de Ghost.

Es superior Sharon Stone, consigue cuanto quiere. La noche resultaba agradable: aún con la neblina sobre las montañas, la temperatura no descendió mucho. En la peluquería al frente del ascensor, típica de homosexuales, se acababa el noticiero de las siete y media. La presentadora se veía tan bien como siempre, seria pero casi sonriente, su ropa impecable. Decidí tomarme unas cervezas. Volví a la superficie y aceleré no más el semáforo estuvo en amarillo pero me adelantó un Honda Accord de color indefinible. Fue irritante. El nombre de la peluquería es muy especial: Cutícula.

En Descarrilados me recibió el solo de batería de In – A -Gadda – Da – Vida. El dueño deliraba con los diecisiete minutos y pico del disco de Iron Buterfly. Ordené. El bar parece sucio: en las paredes y las sillas noté los estropicios del uso. Al unicornio de la pared del fondo se le está borrando la punta del cuerno y tiene una herida de humedad en el pecho. Tras de una canción de los Rolling Stones y otras dos de quién sabe quien, dejé el sitio sin visitar la planta baja: no estoy interesado en esconder nada en mi nariz por ahora.

En Saxo & Sexo sonaban los éxitos de Carlos Vives y dos muchachos bastante jóvenes, borrachos, insistían en bailar imitando los pasos de una danza folclórica incongruente con la canción. Comenzaron a beber muy temprano o bebían porprimera vez, pensé. La terraza, tan iluminada como un árbol de navidad, estaba desierta. Ni siquiera bajé del carro. Las cosas mejoraron en París Café. Fue sencillo parquear. Charles Aznavour alternaba con cantantes de la Vieja Nueva Ola y los presentes tenían una apariencia relajada. Tomé otra cerveza y dejé al barman hablar: al poco tiempo percibió mi indiferencia ante el fútbol y consideró cumplido su deber. Las luces de neón brillaban ociosas, también zumbaban como es habitual. Los carteles históricos de Coca-Cola, exhibidos en las columnas, han perdido brillo y encanto con el tiempo. Pagué cuando Adamo acometió La noche y caminé hasta mi próxima escala dos cuadras más arriba.

En Caballo Loco unieron varias mesas y unas veinte mujeres recién salidas de la adolescencia gritaban y se reían con inclemente felicidad. Entre todas contabilicé cuatro bustos apetecibles, seis pares de nalgas interesantes, tres celulares y dos conjuntos notables: una chica con cara de Barbie, buena para nada en tres años, y una morena demasiado segura de su belleza. Desde la cabecera de la mesa me sonrió la hermana de un compañero de negocios. Me senté en la barra y agregué dos empanadas al pedido. El televisor de sesenta pulgadas estaba sintonizado en un concierto de Queen con cantantes diferentes al extinto Freddy Mercury. El escenario lo ocupaba un desconocido para mí.

Antes de volver al carro revisé de nuevo París Café: Aznavour seguía dominando al auditorio de sillas metálicas pintadas de rojo. Una mujer madura, vestida para el gimnasio, trotaba con la cabeza muy hacia adelante, como si estuviera a punto de caer.

La radio volvió al accionar el encendido: un funcionario judicial recitaba decretos o algo así, convencido de fascinar a todo el mundo. Busqué una emisora musical y me quedé en donde Gloria Estefan cantaba Don´t Wanna Lose You Now. Conduje hasta Juan Sebastián Bar. Tato limpiaba ceniceros cuando entré. Han cambiado la distribución de las mesas pero no es nada sustancial. Me saludó con la cabeza y preguntó por Catalina; respondí con una frase cualquiera. Me sirvió una cerveza. Hotel California atronaba en su versión antigua, con toda la electricidad. “Some dance to remember, some dance to forget”, canté sin darme cuenta. “Yo no bailo: los hombres duros no bailan, dice Norman Mailer”, ensayó Tato una conversación pero le contesté levantándome. “Cortesía de la casa. A ver si se repite la visita”, sonrió, señalando la cerveza, “¿quieres un taxi?”. Le enseñé las llaves del carro.

Recorrí la avenida abusando de la velocidad, aburrido. Pasé frente a nuestros bares acostumbrados pero estaba seguro de toparme con amigos mutuos y comenzarían a preguntar, a interesarse en un tema intrascendente, nada importante para ellos: Catalina y yo.

Intenté en Bar Rock Co., un sitio marginal a nuestros intereses pero la música estaba a demasiado volumen y era house. La mayoría de la clientela es muy joven y me sentí fuera de lugar. Cuando salía me crucé con un viejo conocido cuyo nombre no recuerdo. Traía un cuarto de brandy en una bolsa de papel y me obligó a beber. “¿Vuelves?”, preguntó vacilante. “Vuelvo”, respondí.

Mis luces bajas vigilaban el pavimento. De la radio emergía la voz de Phil Collins y el tráfico estaba perfecto. Tardé unos treinta minutos en llegar hasta la salida de la ciudad y quise seguir y seguir pero me estaba quedando sin gasolina. De regreso paré en el cajero automático: no pudo leer la tarjeta.

Pagué un cuarto de tanque ajustando con monedas y volví al apartamento por la vía más corta. El portero del edificio demoró una eternidad en abrir la puerta del garaje y no le importó mi protesta. Subí los escalones de dos en dos y al entrar accioné el contestador automático: dos amigos para invitarnos a una fiesta, la prima de Catalina preguntando si iré a la finca de la familia a arreglar unos problemas con los trabajadores; un mudo o una muda, vaya usted a saber: pura estática telefónica.

La cama matrimonial intacta, ningún rastro de Catalina. Prendí el televisor. Telenovela mejicana, película de acción con Lorenzo Lamas, telenovela colombiana, programa de concurso español, una película de treinta años atrás: ni entonces debió ser buena; telenovela venezolana, Cristina Saralegui agrediendo a un grupo de gente, cámara escondida original y la argentina, etc., etc., etc. Lo habitual. Me detuve en un canal peruano: pasaban un video de Soda Stereo; Cerati cantaba “De aquel amor de música ligera, nada nos libra, nada más queda” con el grupo flotando sobre un fondo de flores marchitas, pétalos y semillas, todo muy dinámico.

En USA transmitían Un Hombre-Lobo americano en Londres. La película me gustó cuando era adolescente y repetí el final de pie, en medio de la habitación, con el control remoto en la mano: dos jóvenes norteamericanos se van a caminar Europa y una noche en Inglaterra son atacados por el Hombre-Lobo. Uno muere pero al otro lo rescatan. Ya fue mordido y queda infectado por la maldición. En el hospital se enamora de una enfermera muy tierna pero su amigo vuelve de la tumba para advertirle: “Debes suicidarte: no tengo con quién conversar, la eternidad es muy aburrida; además en luna llena te convertirás en un monstruo”. Su predicción se cumple y el protagonista mata a varias personas sin darse cuenta; intenta entregarse pero el policía no le cree: “Circule, usted no es un Hombre-Lobo”, le dice. Su amigo lo visita otra vez y trae consigo a todas las víctimas; se reúnen en un cine porno. El protagonista está arrepentido y discuten formas de suicidio con cierto humor negro. Comienza a transformarse al anochecer y huye de la policía hacia un callejón sin salida. Está atrapado; la enfermera, también enamorada, corre hacia él e intenta convencerlo, le pide una oportunidad, “Déjame ayudarte, por favor, podemos hacerlo. Ten fe”, suplica. Tras un momento de duda, la fiera hace un movimiento agresivo y los policías disparan. La enfermera llora ante el cadáver del protagonista, llora con mucha dulzura, como a mí me gustaría llorar ahora, si supiera cómo.

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Un cuento “De Música ligera” – Sarraute Educación María Magdalena

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