México: Saberes indígenas y reconstrucción lingüística en la era de Covid-19

México/ 20 febrero 2021/ Fuente/ https://aristeguinoticias.com/

Por Julio Moguel

Saberes indígenas y reconstrucción lingüística en la era de Covid-19 | Artículo

Hannah Arendt señalaba que “Ya Kafka [había demostrado], en América, cuán ridícula y peligrosa es la vacía dignidad que nace de identificarse con la función que se desempeña.”

Parecería claro que, por tal razón, Arendt no aceptaba que la consideraran filósofa. Porque el filósofo sólo es cuando está siendo. Y el estar siendo siempre define una realidad paradójica. Porque el “ya ser” supone el “ya saber”, el “ya conocer”, y ello elimina o limita en mucho la razón o la condición dialogante, reduce o limita enormemente la capacidad de producir “verdades” nuevas por medio del “procedimiento” mayéutico. Implica reducir o anular las capacidades de asombro que supone decir “yo sólo sé que nada sé” para poder recibir saberes “exteriores” y sorprendentes, mágicos algunos, haciendo a un lado nuestros prejuicios y la sobrecultivación que engolfa y adormece nuestras capacidades reales de aprendizaje y de escucha.

Ese parecería ser un mal propio de las lógicas dominantes de la conceptualización occidental, pero el problema va más allá y se inscribe en las estructuras mismas del lenguaje o de las lenguas.

Desde esa óptica, pudiera decirse que, en muchos sentidos, las lenguas indígenas tienen mayores capacidades para dar base a un nuevo lenguaje universal en los tiempos aciagos que ahora vivimos, pues el español apenas percibe en sus esencias los vínculos estructurantes entre “lo natural” y “lo social”.

Cuartoscuro

II

Carlos Lenkersdorf, en Los hombres verdaderos. Voces y testimonios tojolabales, señala que el tojolabal “no puede percibir la comunicación ni hablar de ella a no ser que sea dialógica. En cuanto tal requiere que sujetos se interrelacionen con sujetos; dicho de otro modo, se exige complementariedad entre iguales, es decir, la intersubjetividad”. Mientras que el español tiene una “estructura piramidal en forma de cadena de mando vertical y unidireccional”.

Lo interesante en este punto es que la estructura sintáctica del tojolabal puede incorporar en un solo concepto o frase la bidireccionalidad del acto de hablar y de escuchar. Por ejemplo, no dicen “te digo” sin implicar al mismo tiempo la idea de “me escuchas”, marcando así una lógica dialógica bidireccional.

Quiere ello decir que la estrategia mayéutica del habla, ausente en el positivismo iluminista del español, se impone en el tojolabal como parte propia de su estructura generadora y comunicacional.

A esta virtud se refiere Peter Sloterdijk cuando señala que el polilingüismo tiene que ser considerado como una construcción liberadora y positiva. Remitiendo por lo demás justamente al sentido de una construcción de comunicación intersubjetiva que parta de un “absolutismo mayéutico” como el de Sócrates, quien, cuando afirma que él “sólo sabe que nada sabe”, lo hace para generar el procesamiento dialógico “del nacimiento” de “lo nuevo” a través de la escucha que, desde allí posibilita el desarrollo de un proceso deconstructivo del pensamiento.

(Hannah Arendt y Peter Sloterdijk)

III

La distancia entre las estructuras lingüísticas que tendríamos que entender y asimilar, para que pudiéramos nutrirnos positivamente del “diálogo de saberes”, se descubre cuando se acerca uno a las formas en las que se definen algunos conceptos o términos en español y en algunas lenguas indígenas.

Ya habíamos señalado, en un artículo anterior, que el español –o cualquier otra lengua latina– es básicamente abstracto y en muchos sentidos densamente conceptual, mientras que las lenguas –y los saberes– indígenas o campesinos son en una buena medida iconográficos y vinculantes a algún “motivo” mágico, natural o espiritual. El español es, desde esa perspectiva, una lengua que se ha forjado desde la lógica imperativa de “apropiación”, mientras que las lenguas –y los saberes– indígenas son naturalmente lenguas “de escucha y de recepción”.

Un ejemplo pudiera ser relevante. La separación emblemática y conceptual –desde un aterrizaje morfológico– entre la “mente” y el “corazón”, para referirse en el primer caso a la razón y en el segundo a los sentimientos, debe tener algún anclaje en determinada etapa de la historia humana. Que tal distancia o separación morfológico-conceptual tuvo sus momentos de mayor definición en los tiempos del Iluminismo racionalista pareciera ser lo más obvio, pero se requiere de cualquier manera hacer una revisión del tipo de los que solía delinear Michel Foucault en libros como el de Arqueología del saber, para ubicar la genealogía correspondiente de dicho proceso transformativo de la lengua.

La separación entre mente y corazón para establecer la diferencia entre razón y sentimiento marca un clímax en la construcción del sujeto moderno en su versión o calidad antropocéntrica, ególatra o egocentrista, y en la construcción de una distancia entre la razón y el sentimiento que se implica en las entrañas del sistema patriarcal.
Pero tal separación no tiene ningún sentido en algunas lenguas indígenas, simple y llanamente porque “el corazón” para ellos no da base a una cosmovisión antropocéntrica o egocéntrica –básicamente “humana”–, desligada del resto de los hilos que forjan los espacios vitales de “lo humano”.

En tojolabal, siguiendo la aproximación ya citada de Lenkersdorf, el sentido que se le da al término corazón se inclina más a una connotación de vida y/o de espiritualidad vital que anida en el ser humano pero que anida también en prácticamente cualquier otro ser viviente o existente, sea éste planta, piedra o animal. Hay en ello sin duda una conceptualización animista, en la que a “la cosa” se le da el rango de “sujeto”, pero ello no lo inferioriza con respecto a la chata y abstracta cosmogonía implícita en el habla dominante del mundo occidental.

En la lengua Tu’un Savi, corazón (Ini) es “adentro”, lo que está adentro del cuerpo, en lo profundo, pero esa profundidad también es animista, pues puede ser el “adentro” o lo más profundo de una planta o de cualquier otro ser vivo.

Pero repito que habría que ensayar algunas pistas genealógicas como las que lleva a cabo Foucault en algunos de sus libros. Podríamos empezar por identificar el hecho, de sobra conocido, de que en francés “aprender algo de memoria” connota que “se aprende con el corazón o por el corazón” (apprendre par cœur). Lo que es una buena pista que nos puede llevar a otras que nos lleven a vincular las señaladas palabras o conceptos abstractos con su “uso” originario y vitalista o en el pasado.

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