Augurios para la educación

Por Natalia Merizalde Rubio

En un momento en el que la virtualidad se ha convertido en el paisaje cotidiano, la educación se enfrenta al reto de construir comunidades virtuales, al tiempo que cumple con su rol de educar desde el modelo de enseñanza para la comprensión.

No sé qué le enseñaron a mi abuela paterna —a quien no conocí— en el colegio. Muy probablemente, ella quiso ir a la universidad, pero sus posibilidades no llegaban tan lejos; nació en 1914. A pesar de eso, era una pianista y una artista maravillosa. Su esposo, mi abuelo, le llevaba veinte años. Estudió en el San Bartolomé, que aún en ese comienzo del siglo XX quedaba en la Plaza de Bolívar. Sabrá Dios qué aprendió. A mi abuelo materno le enseñaron en la universidad de derecho, justicia y filosofía. Fue un hombre soñador, también un hombre de su época que aún considera a las mujeres en un nivel inferior, y tiene en la mente la convicción de que el hombre es el que debe tener el poder sobre todos los asuntos humanos. A mi abuela materna le enseñaron del cuidado, del amor; dio todo por su familia, me enseñó a tejer y compartimos muchas tardes juntas.

A mi madre le enseñaron geografía en medio de la época de la Guerra Fría, y ciertamente a su generación la caracteriza esa polarización entre un mundo comunista y otro capitalista. A mi padre lo educaron los curas agustinos. Contaba él cómo a la clase de matemáticas entraba el profesor con un cigarrillo en la boca. Un día se estaba adelantando con el cuaderno de un compañero, y el cura, furibundo, lanzó su cuaderno por una ventana hacia la calle. Mi padre recuerda con gran humor aquel incidente en que las hojas de su cuaderno bailaban cayendo sobre la calle 93 con carrera 15. La educación funcionaba a partir de memorizar a la fuerza y repetir aquello que, a lo mejor, no es tan importante recordar.

A mí me educaron en un colegio de tradición católica. Desde 1998 hasta 2012 habité a diario ese mismo espacio físico. Aún de vez en cuando extraño estar todos los días cerca al campo, aprendiendo y charlando con las que entonces fueron mis amigas. Al entrar a bachillerato, la profesora de filosofía logró engancharme con el cuento. Y cuando llegó el año de graduarme, después de considerar el Derecho y la Medicina como caminos posibles en mi vida, salté al vacío y entré a estudiar Filosofía. Hay días en los que aún me engaño y creo que habría sido mejor estudiar una “carrera de verdad”. Crecí con ese prejuicio en la mente.

De hecho, crecí con muchos prejuicios, alimentados por aquellas personas que alguna vez fueron mis amigas. Crecimos con el imaginario de que ser profesor era “paila”, un trabajo agotador y sin gratificación; y agotador sí es, pero todavía no sabía lo gratificante que podía ser. Crecimos con el prejuicio de que solo algunas carreras valían para hacer una vida. Por eso, constantemente varias personas me preguntaban: ¿cómo vas a vivir de la filosofía? Ni yo lo sabía, mi plan era hacer doble programa con Comunicación Social, pues con eso encontraría el modo de vivir de las dos carreras. Los únicos que no cuestionaron mis decisiones fueron mis padres: ellos nunca pusieron resistencia a mis sueños.

Empecé a estudiar Filosofía, después me di cuenta de que no era mi camino y terminé graduándome de la carrera de Historia. Estuve trabajando en algunos colegios y hoy trabajo en uno que tiene muy claro su sentido de pertenencia. ¿A qué va toda esta historia? A que ya no dudo tanto de mi camino. Los años me han desdibujado los prejuicios y me han mostrado la importancia de la educación, de atreverse a educar, a transformar realidades y enseñar a adaptarse a los cambios que vengan en la humanidad. Y uno de esos cambios es innegable: la educación virtual.

Me ha costado la duración de la pandemia comprender que la realidad virtual no se va a ir a ningún lado. Con esto no quiero decir que la virtualidad es la única realidad posible y viable de ahora en adelante. Hay que confiar en que las vacunas (si algún día llegan) nos van a permitir retornar a algunas cosas que configuraban nuestra cotidianidad, ese suelo firme que nos sostenía (no siempre de la mejor manera). No puedo mentir, anhelo volver a tomarme un café en el colegio después de clase, charlar con los profesores sobre las ocurrencias de esas personas que educo, cruzar una que otra palabra con esas adolescentes que se han vuelto una parte fundamental de lo que define mi razón de ser en este momento. Anhelo volverlas a ver porque me transportan a mi pasado en el colegio, que, de alguna manera, me sigue marcando.

Pero incluso si volvemos a disfrutar de ese espacio físico, lo que les digo con insistencia a mis estudiantes es que ya nada es como antes. Todo ha cambiado, todo está cambiando. Considero que estos cambios que empezamos a percibir son de largo aliento; el mundo nuevo se mueve muy rápido, y, como individuos, nunca llegaremos a seguir el rastro de todo ese movimiento. Nunca comprenderemos todo aquello que se está gestando, pero sí hay algunos aprendizajes y elementos que debemos tener en cuenta de ahora en adelante, al menos en el mundo de la educación, que, a fin de cuentas, es el mundo que forma a los próximos líderes y tomadores de decisiones. Estas ideas se vienen construyendo en los últimos meses. En mi trabajo hay una visión a futuro que involucra conceptos claves para comprender lo que está ocurriendo: ciudadanos del mundo, comunidad, aprendizaje y aplicación. El futuro de la educación mundial está en la construcción de comunidades virtuales.

Antes de desarrollar esa idea, evidentemente hay un obstáculo enorme en Colombia: la ausencia de infraestructura para los estudiantes de áreas rurales, de colegios distritales y públicos. La virtualidad es una herramienta a la mano de todas mis estudiantes, pues tanto ellas como yo crecimos con privilegios. Pero hay que hablar de otros casos donde esos privilegios no existen.

Conozco profesores que han trabajado en el territorio, en la región del Urabá antioqueño. Durante la pandemia unieron sus fuerzas y han difundido por todos los medios posibles sus campañas de donación para poder llevarles computadores a sus estudiantes. Admiro profundamente su determinación y comparto desde la lejanía su sueño. Así como dicen que es inexplicable el amor que se siente hacia un hijo, el cariño que se construye con los estudiantes es una de las cosas más gratificantes y uno de los sentimientos más bonitos que puede sentir un ser humano. Sé que en el corazón de esos profesores el deseo más grande es que sus estudiantes continúen sus estudios y alcancen todo el potencial que sea posible, que sueñen en grande y encuentren su pasión. Bien lo dice Carolina Sanín: probablemente no veremos a nuestros alumnos cuando hayan alcanzado su mayor altura, pero, entonces, estaremos a la bajura de sus raíces.

Estar en los cimientos de esas adolescentes con las que comparto mis días implica que yo sueñe cada día mundos posibles en los que ellas sean mujeres con determinación. Y con esto vuelvo al punto de la construcción de comunidad. Desde tiempos remotos, los seres humanos comenzamos a construir en tribu, en grupo. Luego, con la herencia eurocéntrica, se da la posibilidad de constituirnos como individuos y no solo como parte de la comunidad. Eso trajo avances de todo tipo, pero también nos heredó una tradición en la que pensamos en lo que nos conviene personalmente, y ya no importa lo que nos conviene a todos.

Como humanidad, enfrentamos tiempos en los que las desigualdades se pronuncian, se hacen más visibles que antes. Una de ellas es esa enorme brecha que separa a los que tienen acceso a la tecnología y los que no. Ese problema requiere mucha logística y empatía para solucionarlo a escala nacional. Pero desde las iniciativas locales, como la del Urabá, es que empieza a surgir la magia. Ese es un problema que tiene una solución a largo plazo y requiere trabajo en equipo, de transformar la cultura, de mejores gobiernos y candidatos. Requiere educación para votar, requiere que la mayoría del país vea viable y urgente transformar las armas en lápices y en computadores, en plataformas de educación, en libros. Requiere que los monstruos del mundo viejo dejen de tomar decisiones por el resto de la sociedad.

Lo anterior es el primer paso para construir comunidad. El segundo paso es comprender en qué consiste esa comunidad. Esa comunidad ya no es solo física, se fundamenta en la virtualidad. Ya existe. Yo lo reconozco en mi trabajo, en mi maestría y más que todo en mis clases de yoga. La opción más económica sería dejar de pagar mis clases y ver videos de YouTube para hacer los ejercicios. Pero yo me siento parte de una comunidad: me gusta saludar a la profesora, sentir que me guía en vivo, charlar al final, y eso no me lo da un video. Hacer parte de la comunidad es mucho más valioso para sobrellevar la nueva realidad juntos.

Esas comunidades virtuales están en diversas actividades de nuestra cotidianidad en casa. Incluso en el trabajo hemos recibido muchos agradecimientos de los padres de familia. Ellos han aprendido a valorar desde otra perspectiva nuestra labor. He allí otra de las cosas positivas que nos ha dejado la pandemia: muchos aprendimos a valorar más las cosas que antes se daban por hechas: el ir a un parque a respirar aire y caminar, compartir una comida con nuestra familia; disfrutar de la salud física y mental, que no sabemos hasta cuándo tendremos; del presente, que es lo único que tenemos.

Nosotros, los adultos, llegamos a esta realidad en otro momento de la vida. Cada cual en su etapa. Mi papá, de 66 años, duró varios meses adaptándose a pagar sus cuentas por PSE en vez de ir al banco. Yo, de 26, rechacé esta realidad virtual hasta que comprendí que esa sería la única posible durante un período considerablemente largo.

Pero mis estudiantes están viviendo su adolescencia en medio de esta coyuntura y manejan la virtualidad de una manera distinta, podría decirse más orgánica. Sin duda, considero que en el horizonte debe estar la posibilidad de que socialicen presencialmente, de encontrarse con sus amigos en fiestas. Pero sus vidas van a estar marcadas por el mundo virtual. Y es allí donde reside la posibilidad de construir comunidades virtuales: hablar con estudiantes en todos los continentes, aprender de sus experiencias y compartir lo que han aprendido desde sus contextos particulares. Los maestros les transmitimos lo que sabemos y actuamos como guías, pero el conocimiento y la realidad son asuntos generacionales, y juntos, sin importar distinciones sociales, son los protagonistas de una nueva realidad difícil de comprender, en la que también residen muchas posibilidades.

La construcción de esas comunidades tiene su base en la virtualidad y hace parte de un proceso histórico de largo aliento, que implica otra serie de cambios. Uno de ellos es el de los currículos educativos nacionales e internacionales. Actualmente se está transformando la educación y los currículos deberían ser globales. Cuando yo estaba en el colegio, realizábamos proyectos de aprendizaje fundamentados en los contenidos de las asignaturas. Y a partir de esa experiencia es que yo enseño. Les enseño contenido histórico para que entiendan que el actuar humano está condicionado por el tiempo.

Pero el contenido no basta para las mujeres que estoy formando: ahora tengo que diseñar proyectos que apunten a aplicar el conocimiento, resolver problemas de la actualidad y hacer algo con el conocimiento adquirido. Debo tener en cuenta un modelo pedagógico llamado la enseñanza para la comprensión. Debo mostrarles la importancia de las humanidades para resolver los problemas actuales, algo que a mí no me enseñaron en el colegio.

Allí vemos el paso del tiempo. A mis abuelos, a mis padres y a mí nos enseñaron por enseñar (no porque quisieran hacerlo mal), no nos enseñaron para comprender y aplicar. Ese es el reto al que me enfrento todos los días: enseñar lo que no me enseñaron, enseñar lo que ellas necesitan, enseñar con empatía. A pesar de que no les llevo muchos años a mis estudiantes, hay días en los que noto la diferencia de edad que nos separa. Pero así siempre ha sido, los mayores nos enseñan y nosotros también aprendemos de los más jóvenes. Allí también se construye comunidad.

Fuente:

https://www.msn.com/es-co/noticias/otras/augurios-para-la-educaci%C3%B3n/ar-BB1eOOci

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