Josan Hatero: «El sexo es un atajo para conocernos»

Por: JAVIER ORS

Josan Hatero nació en 1970, así que viene de los ochenta y noventa, de las madrugadas bien callejeadas y las noches mal dormidas. Coincide de aquella conjunción de escritores que eran Ray Loriga, del 67, Juan Bonilla, del 66, y José Ángel Mañas, del 71. Josan Hatero es un escritor fraguado en un instinto propio, que viene permeado de impresiones y vivencias, que es lo que calafatea su escritura. Gozó de nombre y reputación, y después se perdió en una laguna de diez años para reaparecer ahora, igual que un Nautilus, con una novela de mucho tirón sexual y abundante nervio. Josan Hatero se ha marcado una narración de intimidad, pero sin intimidades; sin inhibiciones, pero tampoco con indiscreciones. La intimidad de los viajeros (Destino) es hoy un libro para muchos extraño, donde los personajes ligan a la cara y no por móvil; el sexo no sale de una cita, sino de un encuentro, y la compañía habla más de nuestras soledades que de nuestras riquezas. Es la historia de Yago, que es contratado por un extraño para conquistar a una mujer y después romper su corazón. Una venganza que dará pie a enseñar el trampantojo de sus existencias y alguna cosa más.

 


—¿El hombre se rebela en su manera de seducir?

—La manera de seducir dice mucho de nuestra manera de ser, pero en la literatura, sobre todo, me interesa el sexo por aquella frase de Paul Valéry que dice que «lo más profundo que hay en el hombre es la piel». Descansa mucha verdad en eso. Es en la intimidad donde nos mostramos muchas veces como somos en realidad. Nuestras parejas conocen facetas de nosotros que no conocen ni nuestras familias ni nuestros amigos. La intimidad nos muestra. Cuando salimos a la calle, igual que nos ponemos la chaqueta nos ponemos una máscara y representamos un papel. En cada grupo que tienes adoptas un rol diferente. En uno eres más comedido, en otro más gracioso…

—¿El hombre es un animal de máscaras?

 

“No me dan envidia los jóvenes por eso. Creo que el otro medio tenía su encanto. Eso de tontear, darte el teléfono, esperar a que llamen, a que se produzca otro encuentro”

 

—Totalmente. De lo contrario, seríamos salvajes. La buena educación, las leyes son una máscara para paliar los instintos, para refrenarlos y no darnos de bofetadas por la calle. Todos tenemos una máscara y eso no es malo. Esta gente que dice que va con la verdad por delante suele ser más agresiva que un puñetazo. Esta máscara es necesaria para la convivencia.

—Esta es una novela donde las personas no ligan por Internet.

—Es que se me hace raro lo de ahora. Esto de ligar por Internet. Ahora con la pandemia es más complicada aquella manera de ligar porque no hay ocio nocturno y los festivales de música se han suspendido… No tengo experiencia con estas aplicaciones para ligar, pero me imagino que existe una clara inmediatez, pero también una falta de calidez. Es la impresión que me da, aunque a lo mejor estoy equivocado. Lo veo y para mí es como ir al súper, a un videoclub o mirar Netflix. Ya no tienes que ir a ligar a un lugar. En el móvil tienes un catálogo impresionante. Eso cambia la manera de relacionarte porque es automático. ¿Tú no quieres? Bien, pues la siguiente. No me dan envidia los jóvenes por eso. Creo que el otro medio tenía su encanto. Eso de tontear, darte el teléfono, esperar a que llamen, a que se produzca otro encuentro.

—En esta novela hay mucho sexo, también.

—El sexo no ha cambiado en mil años. Se ha sofisticado algo, pero nada más. Lo que me interesa del sexo es que es omnipresente en la sociedad. Nos entra por la publicidad, por todas partes, pero, y esto es curioso, en la literatura se pasa de puntillas. Me interesaba por eso. Hay sexo en la literatura, pero solo en la literatura erótica, pero no me interesa eso de poner caliente a un lector. Aquí el reto era emplear un lenguaje que no fuese ni vulgar ni cursi, pero sí muy sensorial; visual, pero no grosero. Y, sobre todo, que me sirviera para pensar y diferenciar a los personajes. En Matilda, uno de ellos, materialicé el tacto, en Carrington el gusto y en Yago el olfato. Eso sirvió para describir sus escenas de sexo. El sexo en la literatura, en mi novela, es un atajo para conocernos. Es un espejo para descubrir cosas de nosotros mismos, facetas nuestras que no conoceríamos.

—¿En este tiempo del #MeToo es posible aún la figura del Don Juan?

 

“Hay personas que se enamoran cuarenta veces al día. Lo que sucede es que confunden la belleza con el amor. Esto les pasa más a los hombres que a las mujeres, tengo la impresión. Hay que saber enamorarse”

 

—Creo que existen una serie de prototipos que están en nuestro cerebro, que muchas veces son culturales, y que han estado y estarán presentes. Lo único que se modificará es la manera que tendrán de llegar a los sitios, el recorrido, pero llegarán, porque funcionan. Hay una frase de la novela, cuando una de las protagonistas le pregunta a Yago si le gusta el sexo y él contesta que lo que le gustan mucho son las mujeres. O sea, le gusta la feminidad, sentir el cuerpo de la mujer, que, en este caso, es una manera de llenar su vacío.

—El sexo llena muchos vacíos.

—Estoy convencido. Si preguntáramos a un psicólogo nos sorprendería su respuesta a esto. Para llenar parte de nuestros vacíos usamos el sexo. Mientras no sea una adicción, puede llegar a ser una de las más saludables para llenar el vacío. Es una manera, como el fútbol, el bingo y otras cosas, de completar la vida y combatir el vacío existencial.

—El hombre está desapareciendo, como dice en la novela.

—(Risas). Bueno, me he tomado esa licencia. En realidad, está cambiando, no desapareciendo. Está evolucionando, afortunadamente, en muchos casos. Recuerdo un programa de radio que pusieron de los años 60 y era tremendo. Te avergonzaba. Eso sí ha desaparecido, y creo que vamos a mejor.

—¿Es tan fácil enamorarse, o lo que sucede es que la gente ve demasiadas películas?

 

“Nunca había escrito una novela como esta. Mientras la escribía, me iba enseñando. El escritor debe ser un poco médium de la historia, debe servir a la historia, y tenía que aprender a desarrollarla”

 

—Hay personas que se enamoran cuarenta veces al día. Lo que sucede es que confunden la belleza con el amor. Esto les pasa más a los hombres que a las mujeres, tengo la impresión. Hay que saber enamorarse. Esto te lo da la experiencia. Existen unos valores importantes. He conocido a mi chica con 46 años y lo nuestro es un amor más puro, más consciente de los valores. No es como antes, que simplemente pensabas si una chica era guapa o te fijabas en ella porque le gustaba el mismo grupo que a ti.

—¿Por qué ha tardado diez años en publicar?

—En primer lugar, porque tenía un trabajo que no me satisfacía. Llegaba cansado a casa. Pasaban las semanas y no escribía. Cuando pude, lo dejé para dedicarme a escribir. Pero la realidad es que tienes que pagar el alquiler. Haces cosas pequeñas en la periferia del periodismo y la literatura. Esta es una parte de la explicación. He escrito cinco novelas juveniles y un guion de cine, y la verdad es que me divierte mucho la novela juvenil.

—¿Por qué?

—No tienes la misma presión que con la novela, de si tiene que salir una crítica, de las entrevistas seguidas… y te lo pasas muy bien. Donde siempre me he sentido cómodo es con el relato corto. Mi anterior novela era una nouvelle construida con pequeñas historias y con saltos en el tiempo. Nunca había escrito una como esta. Mientras la escribía, me iba enseñando. El escritor debe ser un poco médium de la historia, debe servir a la historia, y tenía que aprender a desarrollarla.

—¿Cuál es la diferencia entre la novela y el cuento?

—Una novela es un matrimonio; un relato, un lío de una noche. Pero es más complicado un libro de relatos que una novela, porque es un abanico diferente de tonos y personajes, y suelen ser más intensos. El relato admite la perfección, la novela no. Esta expectativa de perfección es posible con el relato. También sucede que el relato lo puedo escribir en dos semanas, luego lo abandonas, después lo repasas… Una novela no puedes escribirla en una semana y no la puedes dejar y retomar. Exige continuidad.

—Tu novela está contaminada de vida.

—No puedo desligar la escritura de mi vida. Antes salía más y no tenía paz. Con 25 años era un torbellino. Escribir no es lo que hago, sino lo que yo soy. Echo de menos la juventud, pero ahora me encuentro en un momento vital muy sereno, estoy centrado en escribir y leo más que nunca. Estoy muy bien. Tuve una juventud agitada, eso sí.

—¿Dejó heridas?

 

“Ahora siento que el estilo trabaja para mí, para la historia, y sé lo que puedo conseguir. Antes intentaba evitar los diálogos largos. Creía que no se me darían bien, pero hoy me siento muy cómodo con ellos”

 

—Tengo una fantasía recurrente: ¿Y si mañana vuelvo a tener 25 años? Siempre me convenzo de que haría, seguramente, mil cosas diferentes a las que hice: no saldría tanto, no fumaría, ahorraría más… pero esas cosas que hice en el pasado son las que me han llevado a lo que soy hoy. No todo lo que ocurre conviene y está bien, pero así fue mi vida, y lo que tengo claro es que nunca hay que dejarse abatir por la nostalgia.

—¿Tu pulso literario ha cambiado en estos años?

—Soy más seguro que con mi primer libro de relatos, que escribí entre los 22 y 25 años. Eran relatos de frase corta, con una prosa más directa, más cómoda… Ahora siento que el estilo trabaja para mí, para la historia, y sé lo que puedo conseguir. Antes intentaba evitar los diálogos largos. Creía que no se me darían bien, pero hoy me siento muy cómodo con ellos. Llevo más años escribiendo que no escribiendo. El estilo no admite atajos. Tienes que probar. Es bueno, porque descubres lo que no funciona.

—¿Son importantes los folios que se tiran a la basura?

—Te voy a poner un ejemplo. Empecé esta novela en presente y quería que fuera lineal en el tiempo hasta llegar al momento actual, con unos capítulos alternándose… una soberana mierda. Me di cuenta de que no tenía sentido. Pero lo he tenido que hacer. Hasta que no lo hice, no encontré la estructura adecuada. A los 18 o 19 años escribí una novela que, al volver la mirada ahora hacia ella, era un espanto. Todo lo que no debía ser estaba ahí. Era pretendidamente profunda y lo que decía no eran más que chorradas. Pero la envié a todas las editoriales. Me respondió una: Debate. Su editor, Constantino Bértolo, de su propia mano, me escribió una carta en la que decía: «La novela es una mierda, pero hay un escritor en ti. Cuando la tengas, me la mandas». Para llegar aquí tuve que escribir esa mierda. Escribir es una carrera de fondo.

Fuente de la Entrevista: https://www.zendalibros.com/josan-hatero-el-sexo-es-un-atajo-para-conocernos/

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Docente - Investigadora Educativa.
Venezolana.
Doctora en Cs. de la Educación, Magíster en Desarrollo Curricular y Licenciada en Relaciones Industriales.

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