Los 85 de Vargas Llosa

Por Karina Sainz Borgo

Un 28 de marzo de 1941, a sus 59 años, Virginia Woolf se llenó los  bolsillos con piedras y se arrojó al río Ouse. Tuvo que pasar un mes para recuperarse su cuerpo sin vida. El año siguiente, un 28 marzo, el poeta Miguel Hernández murió enfermo en la cárcel de Alicante, donde cumplía una condena de 30 años de prisión, una conmutación de la sentencia original: la pena de muerte. También un 28 de marzo, pero de 1936, nacía en Arequipa un Premio Nobel: Mario Vargas Llosa, que este 2021 cumple 85 años. Raro compendio de sucesos para una misma fecha: un escritor que nace cuando otros se apagan.

La infancia de don Mario transcurrió en Cochabamba, arropado primero en la «bíblica» familia materna. En 1945 su familia vuelve al Perú y se instala en la ciudad de Piura, donde cursa el quinto grado en el Colegio Salesiano de esa ciudad. Culmina su educación primaria en Lima e inicia la secundaria en el Colegio La Salle. Fueron los años en los que apareció su padre, a quien pensaba muerto. «Fue un cambio total en mi vida. Con él conocí la soledad. Pasé de vivir con una familia casi bíblica, la familia de mi madre, a vivir casi solo en Lima con una figura autoritaria, distante, intransigente. Con mi padre descubrí el miedo».

“Su participación en el cisma del Caso Padilla dividió a la izquierda del Boom y coincidió con algunos desencuentros, entre ellos un puñetazo al Gabo”

Lector de Victor Hugo, Homero y Faulkner, también devorador de Flaubert, fue forjando una vocación y una voz literaria en sus años en el Leoncio Prado y luego en la Universidad de San Marcos. Tras La ciudad y los perros, novela con la que Carlos Barral lo colocó en el epicentro del Boom, así como por su paso por Madrid, Vargas Llosa escribió en París la que puede considerarse una de sus novelas clave: La Casa VerdeSin embargo, y como él mismo asegura, Barcelona lo hizo escritor. Y no es de extrañar. Vivió allí desde el verano de 1970 hasta mediados de 1974, arropado por su editor, Carlos Barral, y una joven Carmen Balcells, quien se presentó en su casa londinense unos años antes y le dijo: «Renuncia a tus clases en la Universidad de inmediato. Tienes que dedicarte solo a escribir».

Su participación en el cisma del caso Padilla dividió a la izquierda del Boom y coincidió con algunos desencuentros, entre ellos un puñetazo al Gabo. Él nunca ha dado demasiado detalles al respecto, y aunque siempre se ha atribuido a un malentendido sentimental, el trasfondo es una cuestión ideológica. Hay una larga tradición de intelectuales que se encontraron ante las cáscaras rotas de las ideas en las que alguna vez creyeron. Mario Vargas Llosa es, si se quiere, uno de los últimos integrantes de aquella modernidad en tomar el testigo del escarmiento. Es el eslabón más reciente de lo que podría llamarse esta genealogía de la decepción.

“El Nobel habla del hombre de letras porque todavía entiende la acción política como parte de un discurso moral”

El Nobel habla del hombre de letras porque todavía entiende la acción política como parte de un discurso moral. La revisión de una cosa implica directamente a la otra. Vargas Llosa disputó la presidencia de Perú a Fujimori, en 1990, pero la derrota le valió el exilio. En aquellas memorias tituladas El pez en el agua (1993) Vargas Llosa ejecutó un minucioso detalle de aquellos años y explicó las razones por las cuales no retomaría la carrera política. El escritor, a quien le ha sido concedida la fortuna y la losa de la longevidad, es el creador y guardián de una obra de arquitectura aventajada y ascenso progresivo, que se detuvo como un vértigo en La fiesta del chivo, cuyo espíritu no encontró eco en las novelas que van desde Travesuras de la niña mala hasta El héroe discreto y que reaparece en Tiempos recios, publicada, como toda su obra, por Alfaguara, en octubre de 2019.

Tiempos recios tiene los diálogos cruzados de Conversación en la catedral, los planos y saltos temporales de sus mejores novelas, la amargura de Historia de Mayta y la maestría de La fiesta del chivo. Ambientada en la Guatemala de 1954, esta novela el golpe militar perpetrado por Carlos Castillo Armas y auspiciado por Estados Unidos a través de la CIA para derrocar al Gobierno de Jacobo Árbenz, un personaje trágico y fugaz que intentó poner en marcha la democracia liberal en Guatemala y que justo por eso terminó acusado de comunista por la administración de Eisenhower.

“Después de sus intentos por narrar el Perú moderno, Vargas Llosa se mantiene como el creador de un árbol genealógico y el Virgilio de la tragedia latinoamericana”

Todo es atávico al mismo tiempo que concluyente. Tan antiguo como definitivo, porque supone una visión de conjunto tanto de la historia de América Latina como de la obra del académico de la lengua y Premio Nobel de Literatura 2010. Académico de la Lengua, articulista en medios como El País y más recientemente asiduo al papel couché.  Algo en su romance con Isabel Preysler, con quien comparte relación desde hace casi un lustro, recuperó al Vargas Llosa de La tía julia y el escribidor, el mismo que dejó a su esposa Julia Urquidi por Patricia Llosa, prima del escritor y sobrina de la de Urquidi.

85 años de una vida larga y prolífica. Después de sus intentos por narrar el Perú moderno, Vargas Llosa se mantiene como el creador de un árbol genealógico y el Virgilio de la tragedia latinoamericana representada en el Boom. Cada 28 de marzo, y aunque el tiempo pase, muere un poeta, se suicida una escritora y nace un Nobel.

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Los 85 de Vargas Llosa – Sarraute Educación María Magdalena

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