Orígenes de la leyenda del Rey Blanco en la América española

Por Juan Maura

 

Pues según atestiguan sus crónicas, antes de nuestra llegada allí nunca oyeron hablar de nosotros a quienes ellos llaman los ultraequinocciales salvo una vez hace unos mil doscientos años que cierto navío naufragó en la isla de Utopía arrastrado allí por la tempestad.
TOMÁS MORO, Utopía (pp. 48-49)

 

Desde los inicios de la conquista de América aparece en la literatura de la época una figura prehispánica, un precursor «blanco y barbado», que llegó muchos años antes que Cortés a tierras americanas para nuevamente marcharse con la promesa de volver a aparecer en tiempos venideros. Esta historia/fábula podía haberse empleado, según algunos, en beneficio de la evangelización cristiana del llamado «Nuevo Mundo»; igualmente se empleó con fines políticos durante la independencia de México en su lucha contra España para justificar con ella la derrota de los mexicanos frente a Cortés, aduciendo que ya estaba profetizada desde tiempos antiguos (Hemingway y Hemingway, 2004 y 2000). Fray Diego Durán (1537-1588), en su Historia de las Indias de la Nueva España, lo pone en boca de Moctezuma contando cómo éste había proveído de joyas, piedras preciosas y plumajes a los españoles que estaban llegando a sus feudos porque tenía la sospecha de que podrían ser los que en otro tiempo señorearon su tierra:

Y deseo que sepas que quién es el señor principal de ellos, al cual quiero que le des todo lo que llevares y que sepas de raíz si es el que nuestros antepasados llamaron Topiltzin, y, por otro nombre, Quetzalcóatl, el cual dicen nuestras historias que se fue de esta tierra y dejó dicho que habían de volver a reinar en esta tierra, él o sus hijos, y a poseer el oro y plata y joyas que dejó encerradas en los montes y todas las demás riquezas que ahora poseemos (Durán, 1880, II.69, p. 5).

Varios de estos padres de la iglesia, al igual que algunos cronistas, resaltaron similitudes entre algunos ritos prehispánicos con sus homólogos judíos, griegos y cristianos, arguyendo que tanto alguna tribu perdida de Israel como santos, obispos cristianos o incluso el mismo Jesucristo ya habían plantado su semilla en tierras americanas. Además de la historia del diluvio, presente tanto en la Biblia como en varios textos sagrados prehispánicos, encontramos tradiciones equivalentes a las de la existencia de un primer hombre y una primera mujer –el equivalente a Adán y Eva–, el bautismo, la circuncisión, la comunión, la confesión, el paraíso, el diablo, el ayuno, la cruz, la mitra, el báculo, etcétera, que llevan a sugerir que dichas tradiciones no eran nuevas en las tierras americanas (Durán, 1880, II.6, pp. 80-86). De acuerdo con esta teoría, algunos han identificado al dios mexica Quetzalcóatl con figuras bíblicas, incluido el propio Jesucristo, quizá por la adopción de un sincretismo cristiano que pudiese facilitar las labores de catequesis con las culturas precolombinas.[1] Como escribe Jonsoo Lee (2008, p. 3):

A diferencia de los franciscanos, algunos frailes de otras órdenes religiosas como los dominicos, agustinos y jesuitas mantuvieron un enfoque difusionista más que milenial, argumentando que el Nuevo Mundo ya había sido predicado por santo Tomás, uno de los apóstoles a quienes Jesús envió a evangelizar el mundo. Estos frailes encontraron varias similitudes significativas entre las prácticas religiosas cristianas e indígenas, como el uso de la cruz, el ayuno y el autosacrificio. Con base en estas similitudes, argumentaron que el Nuevo Mundo ya había sido predicado, incluso antes de la conquista, por un misionero cristiano.

Otro franciscano, fray Toribio de Benavente (1482-1569), recoge en su obra Historia de los indios de la Nueva España la misma información que el resto de sus homólogos franciscanos y jesuitas, pero detallando el número de días que duró la navegación a una tierra del Caribe (San Juan, La Española o Cuba) o a la Nueva España, que podría haber sido poblada por «generación de moros» y, según otros, por «los nietos de Noé»:

Aristóteles, en el libro De admirandis in natura, dice que en los tiempos antiguos los cartagineses navegaron por el estrecho de Hércules, que es nuestro estrecho de Gibraltar, hacia el Occidente, navegación de sesenta días, y que hallaban tierras amenas, deleitosas y muy fértiles. Y como se siguiese mucho aquella navegación, y allá se quedasen muchos hechos moradores, el senado cartaginense mandó, so pena de muerte, que ninguno navegase ni viniese la tal navegación, por temor que no se despoblase su ciudad. Estas tierras o islas pudieron ser las que están antes de San Juan, o la Española, o Cuba, o por ventura alguna parte de esta Nueva España (Benavente, 1914, epístola proemial XI).

Bernal Díaz del Castillo (1983, p. 163), en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, narra de forma muy sumaria el diálogo que mantuvieron Moctezuma y Cortés, y cómo el primero tenía noticia de la llegada de los españoles: «[Q]ue verdaderamente debe ser cierto que somos los que sus antecesores, muchos tiempos pasados, habían dicho que vendrían hombres de donde sale el sol a señorear estas tierras».

Por su parte, en la Historia de la conquista de Méjico, Antonio de Solís (1610-1686) nos cuenta, de una forma más prolija, el diálogo entre Moctezuma y Cortés cuando el primero visitó al segundo en sus aposentos:

Quiero que sepáis antes de hablarme que no se ignora entre nosotros, ni necesitamos de vuestra persuasión, para creer que el príncipe grande a quien obedecéis es descendiente de nuestro antiguo Quezalcoal, señor de las siete cuevas de los Navatlacas, y rey legítimo de las siete naciones que dieron principio al imperio mejicano. Por una profecía suya, que veneramos como verdad infalible, y por la tradición de los siglos que se conserva en nuestros anales, sabemos que salió de estas regiones a conquistar nuevas tierras hacia la parte del Oriente, y dejó prometido que andando el tiempo vendrían sus descendientes a moderar nuestras leyes, o poner en razón nuestro gobierno (Solís, 1970, III.11, pp. 182-183).

En el Perú, se atribuye al Inca Viracocha la profecía de que habría de llegar a sus tierras «gente nunca jamás vista» a conquistar su imperio, algo equivalente al Quetzalcóatl de los mexicas. Escribe Garcilaso (2006, V.38, p. 270) en sus Comentarios reales: «A este Inca Viracocha dan los suyos el origen del pronóstico que los reyes del Perú tuvieron que después que hubiese reinado cierto número de ellos había de ir a aquella tierra gente nunca jamás vista y les había de quitar la idolatría y el Imperio». Esta fue la razón por la que los incas dieron el nombre de Viracocha a los españoles, por haberse cumplido la profecía de su líder. Según el Inca Garcilaso (2006, V.22, p. 258), la estatua se asemejaba a las imágenes de los apóstoles, en particular a la de san Bartolomé, «porque le pintan con el demonio atado a sus pies, como estaba la figura del Inca Viracocha con su animal no conocido. Los españoles, habiendo visto este templo y la estatua de la forma que se ha dicho, han querido decir que pudo ser que el apóstol san Bartolomé llegase hasta el Perú a predicar a aquellos gentiles, y que en memoria suya hubiesen hecho los indios la estatua y el templo». En el capítulo 21 del libro VI de la Historia general del Perú, titulado «Del nombre Viracocha y por qué se lo dieron a españoles», escribe Garcilaso (1617, VI.21, p. 255):

Y porque el príncipe dijo que tenía barbas en la cara, a diferencia de los indios que generalmente son lampiños, y que traía el vestido hasta los pies, diferente hábito del que los indios traen, que no les llega más de hasta la rodilla, de aquí nació que llamaron Viracocha a los primeros españoles que entraron en el Perú, porque les vieron barbas y todo el cuerpo vestido.

Algo parecido ocurre con Bochica, también llamado Nemterequeteba o Xué, considerado el padre y héroe de la civilización de los chibchas o muiscas en Colombia. Los indios decían que el dicho Bochica había venido desde el Este, por los llanos que llaman continuados de Venezuela, y que les había enseñado a hilar algodón, a tejer mantas y, sobre todo, a construir cruces. En sus Noticias historiales de tierra firme en las Indias Occidentales, fray Pedro Simón (1891, noticia 4, cap. 3, p. 284), narrando su llegada al pueblo de Bosa, en el que murió un camello que traía consigo y cuyos huesos conservaron los indios, cuenta:

A que ayuda mucho una tradición certísima que tienen todos los de este reino, de haber venido a él, veinte edades, y cuentan en cada edad setenta años, u hombre no conocido de nadie, ya mayor en años y cargado de lanas, el cabello y barba hasta la cintura, cogida la cabellera con una cinta, de quien ellos tomaron el traer con otra cogidos los cabellos como los traen… Desde allí vino al pueblo de Bosa, donde se le murió un camello que traía.

Estas documentadas y potenciales llegadas de hombres blancos barbados desde tiempos remotos constituirían la protohistoria de lo que desde el comienzo de la conquista española de América se conoció como «la leyenda del Rey Blanco». Una leyenda que, en cierta manera, terminó siendo real.

En 1946, Charles E. Nowell (pp. 450-466) escribió un artículo para la Hispanic American Historical Review atribuyendo a una persona específica el título de Rey Blanco: «Aleixo Garcia and the White King». Nada más comenzar, el autor deja claro que los primeros en llegar al Río de la Plata y Paraguay no fueron Irala, Ayolas y Cabeza de Vaca; ese honor correspondía a un portugués llamado Aleixo Garcia.

Cuando los aventureros españoles Irala, Ayolas, Cabeza de Vaca y Nufrio [sic] de Chaves exploraron el Paraguay y atravesaron el Chaco, se dieron cuenta plenamente de que otro hombre blanco los había precedido y que solo estaban siguiendo su rastro. El verdadero pionero en esa región a principios del siglo xvi fue Aleixo Garcia, de quien todas las evidencias coinciden en que era portugués. La historia ha encontrado poco lugar para Aleixo. La suya ha sido una figura fantasma, considerada por algunos como legendaria. Escritores de renombre han ignorado su existencia o, si es que lo han reconocido, lo han pasado por alto como un aventurero de poca importancia. Otros se han deshecho de él en una sola línea o lo han relegado a una nota a pie de página (Nowell, 1946, p. 450).

Lo cierto es que Nowell no iba muy descaminado. Sin embargo, desconocía otras expediciones anteriores al Cono Sur en las que ya había sido mencionado el Rey Blanco. Que yo sepa, la primera relación donde aparece la expresión «Rey Blanco» como tal es la «Carta de Luis Ramírez a su padre» (Ramírez, 2007).  Dicha carta fue escrita en 1528 por Luis Ramírez, miembro de la tripulación que llevó Sebastián Caboto en su armada y del que poco se sabe.  El manuscrito de esta relación, cuya transcripción y estudio llevé a cabo en el año 2007, cuenta las penalidades que tuvo que sufrir la tripulación de Sebastián Caboto cuando este pasó a ser el piloto mayor de Indias y le fue encomendado por la Corona española realizar un viaje hasta la Especiería. Desobedeciendo las órdenes de sus superiores, Caboto acabó en el Río de la Plata, alentado precisamente por todas las golosas noticias que corrían de boca en boca acerca de los tesoros que en esa región existían y de ese mítico Rey Blanco. En el año 1526 llegó al Río de la Plata con la misión de realizar el mismo recorrido que habían hecho anteriormente Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano alrededor del mundo. Sin embargo, al llegar a la isla Santa Catalina, frente a las costas del Brasil, se perdió una de las naves principales y Sebastián Caboto se encontró con otros supervivientes de la expedición de Juan Díaz de Solís que habían permanecido entre los indios desde 1516 y que habían explorado el interior del continente hasta las faldas de los Andes. Estos españoles relataron a Caboto la existencia de una región en la que abundaba el oro y la plata y a la que era posible llegar remontando los ríos Paraná y Paraguay. Deslumbrado por los relatos de estos hombres, Sebastián Caboto desistió de la misión que le había encomendado la Corona española y decidió unilateralmente explorar la región del Río de la Plata.

Dicho esto, sería injusto no incluir que después de las presuntas y tempranas expediciones portuguesas y de la de Juan de Díaz de Solís (1515-1516) –de las que presumiblemente algunos de los supervivientes trajeron increíbles noticias del Rey Blanco y de las «sierras de plata»–, resultaría ingenuo pensar que Sebastián Caboto fue el único o el primero en dejarse llevar por la «codicia» ante tan increíbles historias. En el manuscrito «Carta de Luis Ramírez a su padre desde el Brasil» (1528), conservado en la biblioteca del Real Monasterio de El Escorial, se narra la experiencia de algunos españoles supervivientes de la expedición de Sebastián Caboto en 1526 al Río de Solís, más tarde llamado de la Plata. Basándose en esta relación de 1528, algunos defienden que hubo expediciones clandestinas a esas tierras –como las de Diogo Ribeiro y Estevão Fróes en 1511– anteriores a la de Solís, que tuvo lugar en 1515-1516. Dice el manuscrito:

[Y] que en esta sierra abia mucha manera de metal y que en ella abia mucho oro y plata y otro jenero de metal que aquello no alcanzaba que metal hera mas de quanto ello no hera cobre e que de todos estos jeneros de metal abia mucha cantidad y questa sierra atrabesaba por la tierra mas de duçientas leguas y en la alda della abia asimesmo muchas minas de oro y plata y de los otros metales. Y este dho dia sobre tarde vino a la mesma nao capitana el dho melchor ramirez su compañero porque al tpo [tiempo] que supieron nra [nuestra] benida no estaban juntos y como cada uno lo supo lo puso por obra la benida este tambien dixo mucho bien de la riqueza de la tierra el qual dixo aver estado en el rio de Solis por lengua de una armada de portugal y el señor capitan jeneral por mas se çerteficar de la verdad desto le pregunto si tenian alguna muestra de aquel oro y plata que dezian u otro metal que deçian los quales dixeron quellos quedaron alli siete onbres de su armada sin otros que por otra parte se abian apartado y que destos hellos dos solos abian quedado alli estantes en la tierra y los demas bista la gran riqueza de la tierra e como junto a la dicha sierra abia un rey blanco que traya […] bestidos como nosotros (Ramírez, 2007, p. 25).

También hay que tener en cuenta la «Relación de Juan de Mori» (1535) sobre la jornada del explorador Simón de Alcazaba desde el estrecho de Magallanes hasta lo que se pasaría a llamar Nueva León, al igual que la del veedor Alonso (1536) sobre la misma expedición, cuya importancia radica en ofrecer información sobre el hecho de que algunos de los supervivientes con los que se encuentran salpicados por ese enorme territorio afirmaban haber llegado a esas tierras en la primera década del siglo XVI (1509-1511), esto es, unos nueve o diez años antes que Magallanes. La Corona española, consciente de la existencia de estos viajes portugueses clandestinos, no estaba en ese momento interesada en la creación de asentamientos permanentes en territorios tan lejanos. Este detalle es relevante, ya que son estos viajes los que de alguna manera darán información e inteligencia geográfica y cartográfica a navegaciones posteriores tan importantes como la llevada a cabo en 1519 por Magallanes alrededor del mundo.

Así pues, estos supervivientes habrían llegado cinco años antes de la expedición de Juan Díaz de Solís, quince antes de la expedición de Sebastián Caboto y veinticuatro o veinticinco antes de las fechas de 1534 y 1535 en que comienzan las expediciones de Alcazaba y Pedro de Mendoza respectivamente. Muy probablemente, al hablar de estos «hombres blancos» nos estemos refiriendo a supervivientes de las expediciones de Diogo Ribeiro y Estevão Fróes de 1511. Juan de Mori nos informa de cómo en una ocasión un grupo de españoles en situación desesperada fueron ayudados por unos hidalgos portugueses que aparecieron de la nada y les salvaron la vida:

En esta baya hallamos un portogues q[ue] avia veynte e cinco años q[ue]  estaba ally entre los yndios y con el otros seis o siete portogueses q[ue] avian quedado ally de una armada de Portogal q[ue]  se avia perdido en aquella costa / Y este portogues me dio lo que tenya que es la comida de aquella tierra harina de un palo que dizen yuca y algunas batatas y rayzes de apio y harto poco y ally cierta gente de la que yo llebaba salto en tierra y los yndios los pusieron qual su madre los pario y aun segun despues supe estubieron para los comer si no fuera por un otro hidalgo portogues que estaba ally que lo estorbo…

No obstante, el Archivo de Indias en Sevilla conserva documentación sobre Alexo García que nos informa sobre el nombre del jefe de su expedición, el nombre de sus padres y el lugar del que era natural. Aleixo Garcia –más bien Alexo García– no llegó en la expedición de Juan Díaz de Solís, como afirmaba Nowell, sino en la de Simón de Alcazaba en 1535, como podemos constatar gracias a lo que se dice en el siguiente documento: «Alejo García, hijo de Baltasar García y de Juana Martín, vecinos de Paredinas [sic]. Pasó con Simón de Alcazaba». Así pues, no era portugués, sino de Paradinas, un pueblo salmantino muy cercano a Portugal. El documento también nos dice que «no es de los proybidos», esto es, que no era de origen moro o judío.  Por lo tanto, la afirmación de Nowell (1946, p. 454) sobre la llegada de Alexo García en la expedición Juan Díaz de Solís –«Aleixo and his Portuguese comrades were originally members of the Juan Diaz de Solis expedition. This left Spain in 1515 and explored the Rio de la Plata, which for some years thereafter the Spaniards generally termed Rio de Solis»– es incorrecta.

Hasta hace relativamente poco tiempo se consideraba la expedición de Juan Díaz de Solís de 1516 como la primera armada europea en llegar al Río de la Plata. El cronista portugués Gaspar Correia, en su obra Lendas da India, escribe que un piloto portugués llamado João de Lisboa llegó al menos hasta la boca del estuario del Río de la Plata, esto es, hasta el cabo de Santa María (hoy Uruguay), en 1514, poco más de un año antes que Juan Díaz de Solís: «E d’aquy forão nauegando até chegarem ao cabo de Santa Maria, que João de Lisboa descobrira no anno 1514» (Correa, 1861, tomo 2, parte 2, cap. 14, p. 628). El historiador Antonio de Herrera (1601, década 2, libro 9, capítulo 10, vol. 1, p. 294) confirma la información de Correia en su obra Historia de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar océano haciendo mención del citado suceso: «No pudieron reconocer otra señal, sino tres cerros que parecian islas, los quales dixo el piloto Caravallo que eran el cabo de Santa Maria, y que lo sabia por relacion de Juan de Lisboa, piloto Portugues, que avia estado en él».

Al parecer, Estevão Fróes estuvo en 1512 en el mismo río en el transcurso de la expedición portuguesa que iba al mando de Diogo Ribeiro y que terminó bajo su dirección al morir este a manos de los indios. A su vuelta a Portugal, con los navíos en muy mal estado, Fróes se refugió en la isla Española, donde fue preso por españoles. De aquí que tengamos noticia manuscrita de sus quejas en una carta enviada al rey de Portugal. La citada carta fue descubierta por Adolfo Varnhagen en el Archivo Nacional da Torre do Tombo de Lisboa, y un fragmento de ella dice así: «[S]eñor, no quieren dictar sentencia, ni recibir la prueba de lo que alegamos, o sea, que vuestra alteza poseía estas tierras hace más de veinte años y que ya Juan Coelho, el de la Puerta de la Cruz, vecino de la ciudad de Lisboa, ya había venido por donde nosotros vinimos a descubrir y que vuestra alteza estaba en posesión de estas tierras…» (Versión española de Laguarda Trías, 1973, p. 76).

Simón de Alcazaba no es mencionado ni una sola vez por Nordenskiöld o por Nowell, lo cual hace pensar que desconocían esta temprana expedición. Nowell defiende sus argumentos basándose en Ruy Díaz de Guzmán, cronista conocido por ser poco fiable en sus testimonios. A pesar de todo, Nowell se percata de que las fechas que da Díaz de Guzmán son erróneas, ya que la capitanía de San Vicente –hoy Santos, Brasil– no se había fundado aún y que Sousa –o Sosa– no llegó al Brasil hasta 1531. Igualmente afirma que, según fuentes incaicas, el líder inca que estaba en el poder a la llegada de Alexo García era Huayna Cápac y que este murió en 1526. Por lo tanto, la llegada de estos portugueses debió de ser anterior. Escribe Novell (1946, p. 454), equivocando algunos datos:

Aleixo [Alejo] y sus camaradas portugueses fueron originalmente miembros de la expedición de Juan Díaz de Solís. Este abandonó España en 1515 y exploró el Río de la Plata, que durante algunos años a partir de entonces los españoles generalmente denominaron Río de Solís. El líder se perdió en una pelea con los indígenas en la costa de Uruguay y sus barcos regresaron. Mientras navegaban hacia el norte, un barco naufragó frente a la isla brasileña de Yuru minrin (Santa Catalina) y quedaron dieciocho supervivientes, quizá en la isla o quizá en el puerto de los Patos, a poca distancia en tierra firme. Entre ellos estaban Aleixo Garcia y otros tres a quienes conocemos por su nombre: Enrique Montes, Melchor Ramírez y un mulato llamado Pacheco. Con la excepción de Ramírez, en casi todos los documentos se describen como portugueses. Aunque Solís había comandado una expedición española, él mismo era portugués, y no es sorprendente encontrar a sus compatriotas sirviendo en un número considerable en su flota.

Nordenskiöld piensa que Pizarro y sus compañeros no llegaron a los límites más septentrionales del Imperio inca antes de 1526, y que él y sus compañeros no fueron los primeros europeos en cruzar la frontera de aquel «poderoso reino», que esa hazaña correspondería a Alexo García. Según Nordenskiöld (1917, p. 119), «la “armada” con la que llegaron los portugueses y saquearon las fronteras del Imperio inca fue, según Luis Ramírez, la de Cristóbal Jaques. Este es un hombre de cuyos viajes, lamentablemente, parece que sabemos muy poco».

Charles Nowell piensa que esta leyenda tiene que ver con uno de los miembros supervivientes de la expedición de Juan Díaz de Solís, dando por hecho, sin facilitarnos el dato, que Juan Díaz de Solís era portugués.  Sin embargo, fuentes de información fiables del siglo XVI encontradas en el Archivo de Provincial de Sevilla lo hacen «vecino» de Lepe (Huelva).  Así, en el «Asiento con Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís» se recoge: «Las cosas que yo mande asentar con vos viçente yañes pinçon vezino de moguer e juan diaz de solis veçino de lepe mis pilotos y de lo que abeis de hazer en el viaje que con la ayuda de nuestro señor… ». Si bien es cierto que la distancia entre el pueblo de Lepe y Portugal no es mucha y que muchos vecinos de ambas partes del río Guadiana eran parientes, en este caso hay que decir que Solís no era portugués.

Algo parecido a lo que Nowell (1946, p. 454) hizo con Alexo García y su insistencia en bautizarle portugués sin darnos ningún dato: «They are described in nearly all the documents as being Portuguese». La confusión puede venir de una mala lectura de un fragmento de la relación de Juan de Mori, que Nowell no tuvo la oportunidad de ver, pero otros sí. La  «Relación de Alonso veedor sobre la armada de Simón de Alcazaba», de 1536, nos informa de que Alexo García era herrero de profesión: «E asy mesmo prendieron a un Falcon de Lebrixa e a un criado de Pabon de Xerez e asy mesmo prendieron la tierra adentro que no pudieron ser avidos Anton de Baena vecino de Trebuxena e otro Diego Ximenez e Anton Martinez e asy mesmo a un Alejo Garcia herrero». Más adelante, en la misma relación, se relatan las espantosas muertes de los oficiales a manos de los rebeldes y como a Alexo García le condenaron a un destierro de diez años:

Y en brebe tiempo ficieron justicia e los sentenciaron e degollaron a los capitanes e los pronunciaron por traydores e asy mysmo sentenciaron a Chaos e Ortiz cabos de escuadras e Pedro de Caraça  e Diego del Rincon alferez que fuesen ahorcados e les echasen sendas pesgas [pesas] a las gargantas e los echasen a fondo; asimismo aforcaron de la entena de la nao a Benyto Falcon de Lebrixa e a Juan Gallego criado de Pavon e al alguacil que avia nombre  Alexo Garcia, que avian elegido los dichos  capitanes a que quedase desterrado en esta tierra por diez años e proçedieron contra los ausentes que eran los que fuyeron (Fol. 6r.).

Por lo tanto, la situación de Alexo García cobra sentido al saber que estuvo desterrado diez años por esas tierras y no es de extrañar que fuese él quien viese las famosas cataratas del Iguazú, años antes que Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Sin duda tiene mucho mérito la supervivencia de Alexo García, entre otras cosas porque el mismo manuscrito del veedor Alonso nos informa de que ese destierro equivalía a una sentencia de muerte por la enorme dificultad que suponía sobrevivir en tierra tan áspera: «[E]n este dia [17 de junio] el maestre de la nao capitana y sus consortes sentenciaron al capitan Rodrigo Martinez e a Nuño Alvarez portogues e al dicho  Alexo Garcia a que quedasen desterrados en el dicho puerto de los leones en tierra firme por diez años donde sy dios no los remedia sera por toda su vida por razon de la mala tierra e no tener que comer y ser ynabitable».

La «Relación de Hernando Ribera», de apenas tres páginas y escrita al final de los Comentarios, no está incluida, ni mucho menos, de forma gratuita por el escribano de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Pero Hernández. Dudo incluso que el autor fuese el mismo Hernando de Ribera o que este tuviese la oportunidad de llegarla a ver y mucho menos contrastar la información. La inclusión de alusiones a metales preciosos o de pasajes revestidos de fábula, ya sea sobre las Amazonas o el Dorado, era un acicate para que estos testigos presenciales contasen con una serie de prerrogativas sobre dichas tierras frente a otros conquistadores que debían esperar su turno. Sin embargo, no todos encontraron Imperios como el azteca o el inca, aunque todos los tuviesen en su imaginación y ninguno se resignase a que los reinos ya encontrados por otros fueran los únicos con semejante cúmulo de riquezas. Esto era lo que la Corona quería oír y esto era lo que los conquistadores ofrecían en sus crónicas. Casi al final de sus Comentarios, escribe Cabeza de Vaca (1555, fol. 142 r.):

Y que delante de las poblaciones que están pasados los pueblos de las mujeres, hay otras más grandes poblaciones de gente, los cuales son negros, y a lo que señalaron tienen barbas como aguileñas, a manera de moros. Dijeron que porque los habían visto sus padres y se lo decían otras generaciones comarcanas a la dicha tierra, y que era gente que andaban vestidos, y las casas y pueblos tienen de piedra y tierra, y son muy grandes, y que es gente que posee mucho metal blanco y amarillo, en tanta cantidad que no se sirven en otras cosas en sus casas de vasijas ollas y tinajas muy grandes y todo lo demás.

Todos estos conquistadores tenían la misma meta y era la de encontrar ese mítico reino donde abundaban el oro y la plata. En varios casos estos aventureros no respetaron las clausulas pactadas con la Corona en las capitulaciones hechas a tal efecto, como ocurrió con Sebastián Caboto y Cabeza de Vaca, que, sin embargo, tampoco pudieron disfrutar de tan ansiada riqueza. Ese reino que buscaban sí existía pero se encontraba al otro lado de la cordillera de los Andes y era el Tahuantinsuyo, el extensísimo Imperio de los incas, que finalmente conquistaría Francisco Pizarro.

Toda la evidencia acumulada –tanto escrita como arqueológica, y a la que más recientemente se ha unido la genética– lleva a deducir que desde siempre las embarcaciones han navegado entre continentes a lo largo de las diferentes épocas históricas, iniciándose probablemente con los cartagineses, con desplazamientos y desvíos provocados por tormentas, y por último con las navegaciones de embarcaciones portuguesas que profundizaban en el Atlántico haciendo «a volta da Mina» y que terminaban, por accidente o empujadas por las corrientes y vientos, en las costas del Brasil. No resulta descabellado pensar que los supervivientes de dichas travesías e incluso sus descendientes, los famosos «reyes blancos» y «hombres barbados», lograsen sobrevivir en esas nuevas tierras, convirtiéndose en herederos de la temprana presencia de otros pueblos en el continente americano.

Fuente: https://cuadernoshispanoamericanos.com/origenes-de-la-leyenda-del-rey-blanco/

Fuente de la imagen: https://revistadehistoria.es/la-leyenda-del-rey-blanco-y-la-codicia-de-los-conquistadores-espanoles/

 

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