200 años con Baudelaire

Por Julio Moguel

“Castigada” la monumental arquitectura poética de Las Flores del mal, con su primera edición de 1857, Baudelaire fue obligado no sólo a pagar una multa de 300 francos, sino también a eliminar de ésta, su primera “gran obra”, seis de sus piezas.

  • Julio Moguel

200 años con Baudelaire | Artículo

Hace 200 años, el 9 de abril de 1821, nació el gran poeta del mundo: el fundador, junto con Edgar Poe y Stéphane Mallarmé, de la literatura moderna.

Desquiciado no pocas veces por la fatuidad y por la “estrechez” en la que se movía en sus tiempos la literatura francesa, muy dada a despreciar con altivez y soberbia la literatura extranjera, él encontró desde muy joven los magníficos cuentos y relatos –algunas nouvelles– de Edgar Poe, a quien hizo los saludos de honor correspondientes traduciéndolo al francés sin la menor reserva. Abrevó con fertilidad de otras letras extranjeras como las de De Quincey, y estaba muy atento de los grandes vuelos artístico-musicales del momento, como los de Chopin y Wagner.

No fue menos importante en la construcción literaria de Baudelaire su temprana dedicación a “la crítica” de la pintura, con textos, entre otros, sobre Delacroix e Ingres, que aun hoy pueden leerse con significativo provecho. Esa “mezcla” constructiva le ayudó a comprender mejor la necesaria “plasticidad” requerida por la buena literatura, haciendo a un lado la excesiva retórica “romántica” y el persistente uso del texto decorativo.

Roberto Calasso nos dice, en La Folie Baudelaire, que “la avidez de los ojos, nutrida por los innumerables objetos de arte examinados y escrutados, son un estímulo poderoso para la prosa de Baudelaire”. Y el propio autor de Las Flores del mal confesó en un momento dado de su vida que: “glorificar el culto de las imágenes [era su] grande, [su] única, [su] primitiva pasión)”.

Hoy podemos comprender perfectamente, desde ese ángulo, por qué no es un Delacroix sino un Constantin Guy –pintor considerado “menor” en el medio artístico de la época– a quién Baudelaire rindió los máximos honores y a quien consideró sin duda su maestro o “su igual” en materia del arte.

Edgar Poe y Stéphane Mallarmé

Edgar Poe y Stéphane Mallarmé

II

Baudelaire, sabemos, casi siempre fue a contracorriente. “Castigada” la monumental arquitectura poética de Las Flores del mal, con su primera edición de 1857, fue obligado judicialmente no sólo a pagar una multa de 300 francos, sino también a eliminar de ésta, su primera “gran obra”, seis de sus piezas que el Tribunal que lo condenó consideró “inadecuadas para el bien de moral”. Leamos el veredicto:

Teniendo en cuenta el error del poeta, en el objetivo que quería alcanzar y en el camino que siguió, cualquiera que fuera el esfuerzo de estilo que pudiera haber hecho, cualquiera que fuera la censura que precediera o que siguiera a sus descripciones, no puede destruir el funesto efecto de los cuadros que presenta al lector, y el que las piezas incriminadas conducen necesariamente a la excitación de los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor. Teniendo en cuenta que Baudelaire, Poulet-Malassis y De Proise cometieron delitos de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres, a saber: Baudelaire, por publicar; Poulet-Malassis y De Broise, por publicar, vender y poner a la venta la obra titulada: Las Flores del mal, la cual contiene pasajes o expresiones obscenas e inmorales, se condena a Baudelaire a 300 francos de multa, a Poulet-Malassis y a De Broise a 100 francos de multa cada uno [y] se ordena la supresión de las piezas que llevan los números 20, 30, 39, 80, 81 y 87 de la recopilación.

Baudelaire debió haberse carcajeado de esta dictaminación y de este castigo, pues la acción “de la justicia” no hizo más que potenciar en una gran medida la popularidad con la que ya contaba el escritor “grosero y ofensivo”.

Charles Baudelaire

Charles Baudelaire

III

Considerado algo más que l’enfant terrible de la literatura francesa, Sainte-Beuve –el gran “dictaminador” de lo que era bueno o malo en dicha literatura– lanzó un flamígero escrito público contra él para evitar que el autor de Los pequeños poemas en prosa ingresara a La Academia Francesa.

Las letras que publicó Sainte-Beuve en contra del poeta son una verdadera joya para quien quiera adentrarse en la historia de la infamia dentro del mundo literario de todas las épocas:

En definitiva, M. Baudelaire ha encontrado la manera de construirse, en el extremo de una lengua considerada inhabitable y más allá de los confines del romanticismo conocido, un quiosco raro, muy decorado, muy atormentado, pero coqueto y misterioso, donde se lee a Edgar Poe, donde se recitan sonetos exquisitos, donde nos embriagamos con hachís para después reflexionar sobre ello, donde se toma opio y mil drogas abominables en tazas de porcelana muy fina. Este quiosco peculiar, hecho de marquetería, de una originalidad ajustada y compleja, que desde hace un tiempo atrae las miradas hacia la punta extrema de Kamchatka romántica, yo lo denomino La Folie Baudelaire.

El señalamiento crítico de Sainte-Beuve contra Baudelaire pudiera considerarse como una pieza invaluable para el análisis clínico. Porque no se da cuenta, el gran comendador, que en sus palabras se cuela un cierto “elogio a una locura” que Sainte-Beuve sencillamente no era capaz de descifrar.

Sainte-Beuve

Sainte-Beuve

IV

La larga marcha de Baudelaire dirigida al encuentro de un camino propio en la escritura literaria ha sido tema de multiplicados esfuerzos de biógrafos y críticos, en un campo de interés que aún ahora mueve a debate y a fértiles y variadas reflexiones. Pero hay uno en particular que conviene destacar, señalado por el ya mencionado Roberto Calasso en La Folie Baudelaire:

Cuando Baudelaire entró en el paisaje de la poesía francesa los puntos cardinales se llamaban Hugo, Lamartine, Musset, Vigny. Toda posición podía ser definida en relación con ellos. Adondequiera que se mirase el espacio ya estaba ocupado […]. Pero sólo en horizontal. Baudelaire eligió la verticalidad. Hacía falta introducir en la lengua una gota de metafísica, que hasta entonces faltaba. Baudelaire la poseía en sí mismo […] Baudelaire tenía algo de lo que estaban desprovistos sus contemporáneos: el anatema metafísico […] Preliminar a todo pensamiento, la pura aprehensión del instante, la congénita inclinación a sorprenderse en ciertas ocasiones en que la vida, como desenrollando una gran alfombra, revelaba la profundidad definitiva de sus planos.

“La pura aprensión del instante”, “la congénita inclinación a sorprenderse…” La curiosidad y capacidad para descubrir una verdad iluminadora “en un rincón cualquiera”. Y con ello, su propia obsesión por revisar una y mil veces cada una de sus líneas, usando dinamita, cuando ello era necesario, para rearmar sus líneas literarias desde esa mirada deconstructiva que lo convirtieron, después de su muerte, en una verdadera “explosión” cuyas ondas expansivas cubrieron todo el planeta y todos los tiempos.

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