La pintura

Por Andrea Abreu

Alejandra Pizarnik
La pintura

La cerveza. Retrato de Jaime Sabartés, Pablo Picasso.

 

Lo intentas. Intentas escribir un relato para Granta y no te sale. Llevas intentándolo muchos días seguidos. Probaste con una, dos, tres, cuatro cosas que ya tenías escritas, pero no. No van, no te sirven. Piensas que escribiendo aquí, en este sitio, vas a poder juntar cuatro palabras, pero ya llevas una hora y tampoco. Levantas la vista de la pantalla y te fijas en la pintura blanca. Está fresquita, como un quesillo acabante de sacar del horno. Mami mandó a tapar las marcas de tus patas, los roces, los rajuñazos, las humedades que componían la antigua personalidad de tu viejo cuarto. Sabes que es tu cuarto de siempre, pero ya no quedan cosas tuyas, y por eso ahora es tu cuarto antiguo. Lo miras, a tu cuarto, como si fuera una vieja amiga del colegio, te está contando sus problemas personales. Gesticula mucho, tu cuarto. Apenas un milímetro por abajo de la pintura, imaginas el rastro de pósters arrugados que tu madre arrancó hace unas semanas. Los collages y los tiques de los vuelos y las guaguas y la foto de Cortázar con cigarro pegado al labio que mandaste a imprimir y la cara de Clarice Lispector rajada por el borde, la cara de Clarice robada de una revista, brillante, un poco rajuñada como por un gato, la cara que te juzgaba entonces, cuando pensabas que ser guay era otra cosa, lo más parecido a dejar de ser lo que se era. Los años en los que querías aprender a escribir poesía, pero no sabías cómo —todavía no sabes—. Justo debajo de la pintura, todas las veces que venías en la guagua los fines de semana y te encerrabas a aprenderte de memoria el tema de Teoría de la Información, mientras todos esos recortes te apretaban el cerebro. Mientras practicabas las eses finales de las palabras, porque querías ser locutora y las locutoras pronuncian las eses finales como aspersores al caer la tarde. Justito debajo, ese poema de Pizarnik que repetías como una canción en aquellos tiempos en los que querías dejar la universidad y que pusiste escrito dentro de un marco de cristales de colores pegados con Gotita: extraño desacostumbrarme de la hora en que nací, extraño no ejercer más oficio de recién llegada. Ahora intentas juntar cuatro palabras en la misma línea y sientes que todavía te gustaría ejercer ese oficio, si es que alguna vez alguien trabajó de recién llegada. Buscas en Google la anterior lista de Granta. Eso te motiva y te pone nerviosa. Te viene a la cabeza un libro de Alejandro Zambra, cualquiera, te gusta cómo escribe, es muy limpio, como un vaso boca abajo sobre el fregadero. Tienes una angustia. No eres Alejandro Zambra, pero quieres escribir como se mea: sencillo, sin demasiado tinglado, ordenar las palabras como si fueran figuras encima del mueble de la tele. Ahora mismo, ninguna palabra funciona en este relato. Vuelves a leer el texto y piensas que no te gusta. Demasiado artificioso, no te le crees ni tú misma.

 

Aprietas los ojos y ahí están, debajo de la pintura, un poco más abajo, están lejos pero casi los tocas, aquellos objetos de la adolescencia: el corcho con fotos en las fiestas de Puerto Santiago, el cartel de la mani por la educación, el dibujo que te hizo un chico que te acosaba, la certeza de que querías hacer algo importante: salir en la tele, aprender a podar un duraznero, bajo ninguna circunstancia ser escritora. No es lo suficientemente abajo. Sigues rascando pintura. Sabes que hay más capas, muchas huellas de las manos escondidas entre el bloque y la superficie. Te preguntas por qué te alejaste tanto de las cosas sencillas. Te acuerdas de la niña que habitaba ese cuarto cuando solo había una mano de pintura blanca. De los relatos de duendes, de los poemas a la Virgen del Rosario —te encantaría saber escribir ahora un poema a la Virgen del Rosario—. Debajo, más abajo, aún más abajo, los años en los que no había pintura, en los que el cuarto era solo la unión entre cuatro paredes grises e inacabadas. Pero todavía hay más abajo, y sigues más abajo, y te inventas la imagen de ti misma siendo calva, tomando tetita, durmiendo en el maxicosi, masticando la chupa, escupiendo la chupa como un viejo que expulsa una flema amarilla en el patio de la casa. Y quieres ser de nuevo eso, esa cosa, un bebé al que todo el mundo le perdona los errores. Cagarse encima, arrojar sobre la cabeza de alguien, morder los dedos de los desconocidos, masticar las etiquetas con instrucciones de lavado de las mantas. Tener la seguridad de que nadie espera nada tuyo: ni otro libro, ni otra frase polémica en Twitter, ni otra foto en Instagram, ni otra respuesta a un correo, ni otro relato jediondo puto relato de mierda te mato te odio. Pero no puedes y tienes que acabar porque ya no te quedan días. Y pasa casi un año y el relato horrible resultó seleccionado para la lista de Granta, esa revista famosa que nunca pensaste que te tendría en cuenta. Resoplas en el mismo cuarto, vuelves a mirar la misma pintura. No sientes alivio y piensas que deberías sentir alivio. Llevas mucho rato intentando escribir una columna para Zenda. Lo intentas. No te sale.

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La pintura – Sarraute Educación María Magdalena

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