Emilia Pardo Bazán y la novela española de los siglos XIX y XX

Por Marisa Sotelo Vasquez

Si para estudiar la evolución de la novela española del siglo XIX es imprescindible leer atentamente a Galdós, maestro indiscutible en todas sus facetas –novela histórica, de tesis, realista, naturalista, espiritualista, dialogada–, y, por supuesto, también al autor de La Regenta, no es menos cierto que ese recorrido debe forzosamente acompañarse de las novelas de Emilia Pardo Bazán, cuya producción abarca desde 1879, con Pascual López, autobiografía de un estudiante de medicina, pasando por Un viaje de novios, La Tribuna, El cisne de Vilamorta, Los pazos de Ulloa, La madre naturaleza, Insolación, Morriña, Memorias de un solterón, La Quimera, La sirena negra o Dulce dueño, ya de 1911, por citar los títulos más representativos de su fecundo quehacer narrativo.

Además, Emilia Pardo Bazán, al igual que sus colegas masculinos, no solo escribió novelas sino que reflexionó abundantemente sobre su poética narrativa en prólogos y en múltiples artículos de crítica literaria analizando los personajes, el punto de vista, la composición, el lenguaje, los modelos y, en definitiva, la naturaleza y la evolución del género. Su crítica literaria es inseparable y complementaria de la tarea narrativa, y hay que considerarla deudora de la filosofía de la historia de Taine. Dos son los componentes esenciales de su labor crítica: el historicismo y el comparatismo. Y, sin renunciar a la mejor tradición hispánica, encarnada en Cervantes, aspira al sincretismo cultural aprovechando la influencia decisiva de los novelistas europeos, singularmente franceses –Balzac, Flaubert, los hermanos Goncourt y Zola– y, a partir de 1886, incorpora también a los rusos –Turgueniev, Dostoievski y Tolstói–, a los que dedicó sus conferencias en el Ateneo de Madrid en la primavera de 1886, recogidas en un libro con el título de La Revolución y la novela en Rusia (1887). En las páginas iniciales de estas conferencias reivindica la tradición hispánica a la vez que un profundo europeísmo cultural:

A veces me ha sucedido oír censuras por mi afición a estudiar el movimiento literario extranjero y darlo a conocer en mi patria; siendo así que no tienen las le­tras españolas, las castizas, las de manantial, quien con más sincera devoción las ame y procure servirlas. Mas esta devoción no pide la ignorancia, desprecio y odio fanático de la belleza cuando se realiza en países extraños. Nunca, que yo sepa, alcanzó la valla de los Pirineos ni los mares que nos cercan a aislarnos inte­lectualmente del resto del orbe y peor para nosotros si tal llegase a suceder (Pardo Bazán, 1972, p. 761a).[1]

Al andamiaje teórico tainiano de raza, medio y momentos históricos, hay que añadir la influencia de Sainte-Beuve y en algunos momentos de su trayectoria también de Jules Lemaître, como se deduce de los volúmenes dedicados a La literatura francesa moderna El Romanticismo, La transición El naturalismo–, publicados en 1914No es casual que estas influencias procedan siempre de la literatura francesa, pues la formación intelectual de la autora coruñesa está marcada desde su adolescencia por la cultura del país vecino, que, además, frecuentó en múltiples ocasiones.

Otra fuente de información imprescindible sobre su aprendizaje literario son los «Apuntes autobiográficos», con que, a petición de Yxart, prologó Los pazos de Ulloa en 1886. En ellos, Pardo Bazán evoca cómo nació su vocación literaria ligada a la lectura de la prensa, en contacto con la biblioteca familiar y escribiendo poesía no sentimental –como era frecuente en las mujeres de su tiempo– sino patriótica. El paso de la poesía a la novela se debe a la orientación decisiva de don Francisco Giner en estos años de aprendizaje (Penas, 2004), cuando la autora leía apasionadamente cuanto caía en sus manos. Así, pasará del entusiasmo por Nuestra señora de París, que influyó en su concepto inicial de novela –«Esto sí que es novela, pensaba yo relamiéndome. Aquí nada sucede por modo natural y corriente […]. Aquí todo es extraordinario, desmesurado y fatídico» (Pardo Bazán, 1973, p. 706b)–, a la lectura de los españoles Valera y Alarcón –Pepita Jiménez El sombrero de tres picos, en primer lugar– para terminar recalando en los Episodios nacionales galdosianos. A partir de esas lecturas, y tras asumir que la novela no necesariamente debía plantear cuestiones o sucesos extraordinarios encarnados por héroes de inauditas hazañas, decide que «si la novela se reduce a describir lugares y costumbres que nos son familiares, y caracteres que podemos estudiar en la gente que nos rodea, entonces –pensé yo– puedo atreverme; y puse manos a la obra» (Pardo Bazán, 1973, p. 716b). Y en otro momento se refiere al medio ambiente característico de las novelas de algunos de sus coetáneos y al de las suyas, planteando que todos ellos eran, en definitiva, escritores con territorio:

El medioambiente se impone, y a su imposición debemos el conocer la montaña santanderina de Pereda, las costumbres madrileñas de Galdós, la región asturiana de Palacio Valdés y Leopoldo Alas, los pueblecillos catalanes y la segunda capital de España en Oller. Cada novelista, por natural impulso, acota su pedazo de tierra. A mí me ha tocado en suerte el país gallego, digno de mejor pincel por su romántica hermosura, sus variados aspectos, sus tradiciones y costumbres pintorescas, sus razas antiquísimas (Pardo Bazán, 1973, p. 727b).

Tomada la decisión por parte de Emilia Pardo de escribir sobre las gentes y el medio que le eran familiares, el camino se trazaría atendiendo a las características y a la evolución de la novela en el último tercio del siglo xix y principios del XX, itinerario narrativo muy fecundo en el que, por razones de espacio, distinguiremos dos momentos cenitales: el primero, en torno a 1886-1887, y el segundo, en 1903. El andamiaje teórico-crítico aplicado a sus lecturas de los novelistas franceses y españoles coadyuvará decisivamente en su propio itinerario. Refiriéndose a la evolución que su inicial concepto de novela había experimentado desde los estudios dedicados a Galdós en la Revista Europea (1880), escribe en La cuestión palpitante:

Desde aquella fecha, mis opiniones literarias se han modificado bastante, y mi criterio estético se formó como se forma el de todo el mundo, por medio de la lectura y la reflexión; desde entonces me propuse conocer la novela moderna, y no solo llegó a parecerme el género más comprensivo e importante en la actualidad, y más apropiado a nuestro siglo, que reemplaza y llena el hueco producido por la muerte de la epopeya, sino el género en que, por altísima prerrogativa, los fueros de la verdad se imponen, la observación desinteresada reina, y la historia positiva de nuestra época ha de quedar escrita con caracteres de oro (Pardo Bazán, 1989, p. 314).

Son años en que empieza a destacar en el panorama narrativo español la generación hija de la Revolución del 1868 y la novela progresivamente desplaza el interés del público por la poesía y el teatro, que habían gozado de enorme éxito en el Romanticismo. Doña Emilia, a pesar de que había publicado Pascual López (1879) todavía bajo los efluvios del Romanticismo, era plenamente consciente del cambio de rumbo que se estaba produciendo, así como de la necesidad de sustentar la genealogía de la novela realista en el costumbrismo de Mesoneros y Pereda. La novela debía ser una historia llena de verdad y de ingenio, espejo del carácter nacional, de las señas de identidad de la cultura española, reivindicando –como hiciera tempranamente Galdós en las «Observaciones sobre la novela española contemporánea» (1870)– una novela realista, española, contemporánea y que atendiera a las características de la clase media, como en otros países europeos vecinos: «Allá por Inglaterra y Francia la novela tiene un ayer; acá en España, solo un anteayer, si es lícito expresarse así. Allá los noveladores actuales se llaman hijos de Tackeray, Scott y Dickens, Sand, Hugo y Balzac, mientras acá apenas sabemos de nuestros padres, recordando a ciertos abuelos de sangre muy hidalga, del linaje de los Cervantes, Hurtados, Espineles y otros apellidos no menos claros» (Pardo Bazán, 1989, p. 300).

Y también como Galdós reivindicará el magisterio cervantino: «Ven, Miguel de Cervantes Saavedra a concluir con una ralea de escritores disparatados, a abatir un ideal quimérico, a entronizar la realidad, a concebir la mejor novela del mundo» (Pardo Bazán, 1989, p. 184). El camino hacia la novela realista-naturalista estaba ya trazado y se iniciaba con Un viaje de novios, La Tribuna y El cisne de Vilamorta para culminar con Los pazos de Ulla La madre naturaleza.

En el personal itinerario narrativo pardobazaniano desempeña un papel importante su viaje[2] al balneario de Vichy en 1880, de cuya experiencia surgirá su segunda novela Un viaje de novios (1881), que empezó siendo cuaderno de viajes. La estancia por motivos de salud en el balneario propicia la lectura de Balzac, Flaubert, Goncourt y Daudet, modelos que serán determinantes a partir de entonces en su concepción narrativa: «Al cabo comprendía […] los rumbos de la novela moderna, su importancia, su papel principalísimo en las letras contemporáneas, su fuerza incontrastable y su obligación de vivir y reflejar, como epopeya que es, la naturaleza y la sociedad sin escamotear la verdad para sustituirla por ficciones más o menos bellas» (Pardo Bazán, 1973, p. 719a). También de dicha lectura extrae una conclusión fundamental: «Cada país debe cultivar su tradición novelesca», sin perjuicio de aceptar los métodos de trabajo modernos basados en principios racionales y sin prejuzgar negativamente su procedencia transpirenaica, en una clara alusión al naturalismo, en aquellos momentos en plena efervescencia con la publicación de Le roman expérimental de Émile Zola, discurso teórico de la doctrina francesa.

En el prólogo a Un viaje de novios Pardo Bazán puntualiza una serie de cuestiones con respecto al naturalismo francés como haría posteriormente en los artículos de La cuestión palpitante a propósito del determinismo filosófico, en el que se aparta radicalmente de Zola como otros novelistas españoles contemporáneos, pero sin renunciar a la nueva metodología francesa basada en la observación minuciosa, la necesaria documentación y la experimentación artística, que Clarín definió como la construcción de la novela. Además, conviene añadir que Pardo Bazán admiró mucho más al Zola novelista que al teórico –lo que en términos de Mitterand (1986) equivale a la distinción entre el modelo teórico y el modelo de producción del naturalismo–, convencida de que ni él mismo hubiera podido aplicar la totalidad de sus doctrinas con la rigidez teórica con que estaban formuladas so pena de no escribir novelas. Aparte de que hay una sensible evolución y distanciamiento del canon teórico de Zola desde La fortuna de los Rougon a Le docteur Pascal, primera y última novela de la serie de Les Rougon-Macquart (1871-1893).

Las conexiones entre Un viaje de novios y la nueva doctrina quizá no sean tan rotundas y determinantes –tal como señaló el profesor Baquero Goyanes en su espléndida edición (Labor, 1971)–, pero sí merecen ser tenidas muy en cuenta como acompañamiento armónico que complementa la tarea creativa de la autora y ayuda a entender correctamente las reflexiones del prefacio a la novelaEn él se postulan la observación y el análisis como herramientas imprescindibles en la construcción de la novela realista, que debe convertirse en «estudio social, psicológico, histórico» (Pardo Bazán, 2003, p. 52). Las objeciones que se hacen a la doctrina zolesca se refieren esencialmente al relieve concedido a lo fisiológico, a la elección sistemática de lo escabroso y a las descripciones prolijas, así como al tono acusadamente pesimista de las novelas. Sin embargo, es significativa la importancia que adquiere la fisiología en determinados capítulos de la novela pardobazaniana, en los que a través de un personaje secundario, la tuberculosa Pilar, con la que coincide la protagonista en el balneario de Vichy, se presta una especial atención a los aspectos relacionados con dicha enfermedad, sus síntomas y manifestaciones. Otro tanto ocurre con las frecuentes digresiones descriptivas de la segunda parte de la novela y con el pesimismo visceral de Ignacio Artegui, lo que invita a pensar que, en el prefacio, la autora también estaba intentando justificar con sus objeciones al naturalismo estas cuestiones. Más auténtica resulta su oportuna defensa del realismo al calificar la novela como «trasunto de la vida humana», capaz de reflejar por igual la risa y el llanto que conforman «el fondo de la eterna tragicomedia del mundo» (Pardo Bazán, 2003, p. 54); realismo en la tradición de la Celestina, el Quijote, la pintura Velázquez[3] y Goya, y en la vena cómico-dramática de Tirso y Ramón de la Cruz.

La aproximación al naturalismo, que no identificación, por parte de doña Emilia se produce en La Tribuna, novela escrita a la par que los artículos de La cuestión palpitante, por ello Yxart pudo decir en la reseña de La Época (7 de enero de 1884) que la autora había dado el paso de «predicador a celebrante» del naturalismo (Cabré 1996, p. 196). La que sería la primera novela española sobre el proletariado femenino la obligó a seguir una determinada metodología –observar minuciosamente las costumbres de las cigarreras de la Granera, la fábrica de tabacos de la Coruña; visitarla y documentarse sobre la elaboración de los diversos tipos de cigarros–, así como también a leer con atención la prensa revolucionaria para describir con exactitud el medio sociohistórico en que se ambienta la novela, desde la Septembrina a la proclamación de la República en 1873. El recuerdo de la metodología empleada en La Tribuna es evocado por la autora a la altura de 1898 en una entrevista con Eduardo Gómez Carrillo, «Intimidades madrileñas», en Madrid Cómico (16 de abril de 1898):

La escribí con pasión artística, empleando en su preparación un sistema muy poco usual entonces en España y ya en Francia adoptado con frecuencia por los maestros del realismo: el sistema de la observación detallada y del verdadero análisis del modelo vivo en todos los momentos interesantes de su vida, y sobre todo en el medio ambiente en que se mueve y cuya influencia naturalmente contribuye a su evolución personal. Durante días fui a la fábrica de Tabacos de la Coruña para examinar a las obreras, y eso causaba extrañeza por la persistencia con que yo lo hacía.

 Como ha quedado visto en el prólogo a Un viaje de novios, la escritora coruñesa rechazaba el exclusivismo de la escuela naturalista, pero del fragmento transcrito se deduce bien a las claras que aceptaba aplicar su metodología como instrumento para la necesaria renovación de la narrativa española. Además de la observación del natural, en los «Apuntes Autobiográficos» indica la documentación que leyó para trazar el contexto sociopolítico de su novela más histórica: «Me procuré periódicos locales de la época federal (que ya escaseaban); evoqué recuerdos, describí la Coruña según era en mi niñez […] y reconstruí los días del famoso Pacto, episodio importante de la historia política de esta región» (Pardo Bazán, 1973, p. 725).

Es evidente que doña Emilia, durante este período de aprendizaje, va perfeccionando también la técnica narrativa, sobre todo en lo que atañe al punto de vista con la utilización del estilo indirecto libre, innovación zoliana que ella definía en La cuestión palpitante: «Presenta las ideas en la misma forma irregular y sucesión desordenada pero lógica en que afluyen al cerebro, sin arreglarlas en periodos oratorios ni encadenarlas en discretos razonamientos y, con este método hábil y dificilísimo a fuerza de ser sencillo, logra que nos forjemos la ilusión de ver pensar a los héroes» (Pardo Bazán, 1989, p. 272). Pone en práctica tímidamente este método por primera vez en La Tribuna y de manera más perfeccionada y consciente en El cisne de Vilamorta, novela indudablemente influenciada por la atenta lectura de Madame Bovary de Flaubert (Sotelo, 2005, pp. 163-182).

En el fecundo itinerario narrativo de Emilia Pardo Bazán la publicación de Los pazos de Ulloa (1886) y de su segunda parte, La madre naturaleza (1887), supone un punto culminante por la madurez de su arte narrativo, plenamente consolidado. Los pazos de Ulloa, que se publicó en la barcelonesa editorial Cortezo inaugurando la colección de Novelistas Españoles Contemporáneos, precedida de los mencionados «Apuntes autobiográficos», suscitó desde aquel momento el interés de los críticos, especialmente del más temido y respetado, Clarín: además de elogiar la novela y resaltar la importancia del personaje de don Julián, capellán de los pazos, juzgó muy positivamente el valor de los «Apuntes» como auténtica radiografía del temperamento artístico de la autora, primero en tres entregas en La Opinión y posteriormente en dos entregas en La Ilustración Ibérica (Sotelo, 1990, pp. 65-88).

Partiendo de los mencionados artículos de Clarín, el profesor Darío Villanueva sostiene que Julián es el auténtico eje y protagonista de los Pazos y, en consecuencia, teniendo en cuenta la psicología y la evolución del personaje, la novela puede perfectamente considerarse una novela de formación o bildungsroman, que poco tendría que ver con las doctrinas del naturalismo francés, cuya decadencia ya se había iniciado en esos momentos (Villanueva, 2017). Apoya su interpretación en una serie de argumentos referidos tanto a la construcción de la novela –el punto de vista del personaje, mayoritario en un número importante de capítulos– como al ambiente de crisis que se anunciaba ya en el naturalismo francés con À rebours de Huysmans (1884), y que tendría su máximo exponente en la ruptura del cenáculo de Medan con la publicación de La terre y el Manifeste des cinq en 1887, un año después de la de Los pazos de Ulloa. Dando por buena la interpretación del profesor Villanueva de Los pazos de Ulloa como bildungsroman, creo que no es incompatible con una lectura de la novela como representativa de la aplicación de la metodología naturalista o, dicho de otro modo, como producto de un naturalismo heterodoxo, escasamente dogmático, como fue la aplicación de dicha doctrina por parte de los novelistas españoles, empezando por Galdós en La desheredada, leída por Clarín (1991, p. 87) como verdadero manifiesto español del naturalismo: «Muchas de las doctrinas del naturalismo las ha tenido por buenas el autor y ha escrito según ellas, y según los ejemplos de los naturalistas».

La influencia zoliana, en el caso de doña Emilia, enlaza con la curiosidad por el darwinismo[4] y se percibe de manera especialmente intensa en Los pazos de Ulloa, primera parte del proyecto narrativo que, como se ha dicho, junto a La madre naturaleza supone la culminación de su arte como novelista. Cabe preguntarse cómo aplica doña Emilia la preceptiva naturalista, es decir, el determinismo de las leyes de la herencia biológica y del medio, en Los pazos de Ulloa: de manera un tanto heterodoxa, pues no hay que olvidar que –por encima de los marbetes que queramos ponerle a una obra literaria, costumbrista, realista o naturalista– es esencialmente un trabajo de creación, fruto de la mirada atenta y de la sensibilidad de su autora.

En Los pazos de Ulloa doña Emilia concibió la idea de escribir una novela siguiendo en buena medida los dictámenes sobre la influencia de la herencia biológica y del medio ambiente expuestos por Zola en sus diferentes textos teóricos, desde el prefacio a la segunda edición de Thérèse Raquin (1868), pasando por el prólogo a la serie de Los Rougon Macquart (1871), hasta los textos canónicos de Le roman expérimental (1880) y Les romanciers naturalistes (1881). Para ello, localizó la acción de la novela en un medioambiente que conocía muy bien –el medio rural galaico con su corolario de primitivismo y caciquismo ancestral– y allí situó a unos personajes auténticos, genuinos, tomados directamente de la observación atenta de la realidad: el señor de los pazos, don Pedro Moscoso, verdadero señor feudal; Primitivo, el capataz, astuto como un zorro, cauto y cazurro; su hija Sabel, bella y descarada aldeana, convertida en barragana del amo por conveniencia de su propio padre, pero a la vez con un novio gaiteiro y con veleidades amorosas con el anterior capellán de los pazos, como maliciosamente sugiere el narrador, y Perucho –casi un buen salvaje rousseauniano–, hijo de Sabel y de don Pedro Mosco. Y, en torno a estos personajes, los curas y abades, los labriegos, las criadas, las meigas, las sanadoras, etcétera: seres que pueblan el universo galaico entre real y mítico y que viven apegados de manera visceral e instintiva al medio rural del que nunca han salido ni saldrán y, en consecuencia, fuertemente determinados por él.

Hasta aquí la novela hubiese sido un buen relato de costumbres campesinas fácilmente clasificable en lo que se conocía como novela regional, al estilo de las escritas por Pereda. Pero doña Emilia, siguiendo los postulados del naturalismo francés, a la vez que recreaba ese mundo rural y feudal, se propuso comprobar, «experimentar», cómo se comportan no solo esos personajes que se desenvuelven en su medio natural sino también aquellos que llegan a ese mundo desde el medio urbano: primero, Julián, el joven e inexperto capellán de los Pazos y, poco después, Nucha, la mujer de don Pedro Moscoso. Ambos son seres educados y sensibles que fracasan porque no son capaces de adaptarse al medio primitivo y brutal en el que se ven obligados a vivir. Hay mucho darwinismo encubierto en la novela, del que es portavoz el médico del pueblo de simbólico nombre, Máximo Juncal, que profetiza que solo son capaces de sobrevivir en un medio agreste y primitivo seres fuertes, sanguíneos, dotados por la naturaleza de la energía y las cualidades que no poseen ni la pobre y enfermiza Nucha ni el indeciso y pusilánime capellán de los Pazos, tan distinto de don Fermín de Pas, y al que Clarín (2003, p. 819) no duda en calificar de «Hamlet tonsurado y reducido, como es natural, a la humilde condición de capellán gallego, Hamlet por la poca maña y energías con que maneja los negocios mundanos, y por su prurito de perderse en idealidades cuando sopla con más furia lo que llamaba el señor Cánovas el huracán de las circunstancias».

En La madre naturaleza, continuación de Los pazos de Ulloa, con el protagonismo de Perucho, el bastardo de don Pedro Moscoso y Manolita, la hija legítima de este y la malograda Nucha, también es fundamental el determinismo del medio, acorde con los postulados del naturalismo francés. La clave de la novela se sustenta en la actitud de Gabriel Pardo, el hermano de Nucha y tío de Manolita, con quien pretende casarse al descubrir el incesto entre esta y Perucho, ignorantes de que son hermanos de padre. Para él, la naturaleza en la que han vivido los dos jóvenes y que ha determinado su conducta no es madre, sino madrastra, pues «no ha protegido a sus hijos, los ha dañado de un modo mezquino empujándolos al mal» (Penas, 2014, p. 26). Por su parte, Baquero Goyanes, en el estudio La novela naturalista española: Emilia Pardo Bazán, fue el primero en destacar la gran cantidad de resonancias literarias de la novela: desde Pablo y Virginia, Dafnis y Cloe, La faute de l’abbé Mouret, el Cantar de los cantares y el Emilio, sin olvidar la influencia de Darwin y de la filosofía de Schopenhauer, sintetizadas por la profesora Penas (en  Pardo Bazán, 2013, pp. 38-48) en su edición de la novela.

Un año después, en 1889 Pardo Bazán publicará dos novelas en las que se acentúa el psicologismo: Insolación Morriña, que fueron objeto de una crítica arbitraria e injusta de Clarín, y más medida y acertada de Valera. Ambas novelas han sido justamente revalorizadas por la crítica posterior (Penas, 2005 y 2007). En la primera, afloran las ideas feministas de la autora en su defensa de la libertad de conducta de la mujer en el terreno amoroso y, en la segunda, el fino análisis psicológico del personaje de Esclavitud, la humilde protagonista, paradigma del alma galaica. La lectura y análisis detenido de ambas pone de manifiesto hasta qué punto es necesario volver sobre los textos sin los antifaces de la crítica, aunque sea la del eminente Clarín, que, a fuerza de ser lúcido, también se equivocaba algunas veces. Las reseñas de Morriña Insolación son una buena prueba, que solo se entiende desde la enemistad del autor de La Regenta con la coruñesa.

Un segundo momento que me interesa destacar coincide con la popularidad que a partir de 1886-1887 van consiguiendo los novelistas rusos y con la superación del naturalismo y el consiguiente desplazamiento hacia fórmulas realista-espiritualistas, más atentas a la psicología. En este periodo doña Emilia publica Una cristiana y La prueba (1890-1891), que podrían clasificarse como novelas de tesis. Hacia el final de esa etapa, tal como vio Nelly Clemessy (1981), la autora publica El saludo de las brujas (1897), novela con gran cantidad de rasgos neorrománticos, precursores de la estética de fin de siglo, del modernismo y del decadentismo. Así, dicha novela puede considerarse de transición y un ensayo de las de la tercera etapa (La Quimera, La sirena negra o Dulce dueño), ya en los primeros años del siglo XX.

Una vez más, Emilia Pardo Bazán es plenamente consciente de la evolución de la novela y de los cambios que se venían produciendo desde finales del siglo XIX. Emprende entonces la escritura de una trilogía que debían integrar La Esfinge, La Quimera La sirena negra. Según declaraciones de la propia autora en El Gráfico (3 de septiembre de 1897), venía planeando esas novelas desde 1897, y parece que tenía escritas unas cien cuartillas de la que se titularía La Esfinge. Si bien esta no llegó a publicarse, las otras dos sí lo hicieron, La Quimera (por entregas en la Lectura entre 1903 y 1905) y La sirena negra (1908), novelas representativas de la estética decadentista finisecular, con argumentos distintos pero que presentan una serie de afinidades tanto en la elección de un asunto mítico-legendario –el mito de la Quimera y Beloforonte en el prólogo de la primera y la leyenda gallega[5] de la sirena de la muerte en la segunda– como en la factura de los personajes protagonistas, seres quintaesenciados, refinados estetas y neuróticos obsesivos. La Quimera constituye un caso de novela de artista (Sotelo, 2018), cuyo protagonista, Silvio Lago, es un trasunto de Joaquín Vahamonde, pintor coruñés amigo de la autora que falleció prematuramente, cuidado por ella y por su madre en Meirás. Silvio es un ser profundamente insatisfecho y obsesionado por la obra perfecta nunca realizada. En el caso de La sirena negra, el protagonista es Gaspar de Montenegro, obsesionado por la idea de la muerte, que le seduce cual amante fiel. De ambas, indudablemente, la más ambiciosa por su estructura, temática, sincretismo genérico y personajes es La Quimera, interpretada por Marina Mayoral (1992)[6]como un roman a clef, pero que también posibilita otras lecturas. El hecho de que doña Emilia colocara como pórtico de la novela una obrita teatral titulada La muerte de la Quimera funciona como símbolo y profesión de fe idealista, reafirmada en la conferencia sobre La Quimera pronunciada en 1912 en el Centro Gallego de Madrid: «La aspiración artística es la más alta que cabe en el individuo y en la colectividad, como la estética debiera ser el fin sumo de las civilizaciones, que van desencaminadas cuando no lo comprenden y anteponen a lo bello lo útil». Estas palabras se verán reforzadas por el desarrollo de la trama argumental de forma creciente, sobre todo en el diálogo entre la Esfinge y la Quimera, claramente deudor de la atenta lectura por parte de la autora de La tentation de saint Antoine de Flaubert. La Esfinge es símbolo de la materia, del peso de la razón y de la sensatez; mientras que la Quimera lo es de lo intangible, del ideal, de las ansias de perfección nunca satisfechas. Pardo Bazán cristianiza el mito pagano y solo concibe una salida espiritual para las aspiraciones del pintor Silvio Lago, la conversión religiosa final. Esta defensa del idealismo resultó muy grata a Miguel de Unamuno (1905, p. 426), que al reseñar la novela en La Lectura escribía: «A mí sus ataques a la razón me son altamente simpáticos. Y ¿cómo no, si los prodigo en mi última obra, en mi ya citada Vida de don Quijote y Sancho, que es en el fondo, una protesta contra el racionalismo?». La intención declarada por la autora en el prólogo fue estudiar un aspecto del «alma contemporánea, una forma de nuestro malestar, el alta aspiración» del artista hiperestésico en la encrucijada del fin de siglo, en la línea del héroe barojiano de Camino de perfección o del protagonista de La voluntad. Silvio Lago presenta todos los rasgos definidores del artista finisecular: apasionamiento obsesivo, sensibilidad enfermiza y vehemente y cierta parálisis de la voluntad e intoxicación de nihilismo, que resulta de proyectar sobre el modelo real la filosofía nietzscheana (Sobejano, 1962, p. 180). Y precisamente en este aspecto radica, a mi modo de ver, el auténtico significado e intencionalidad de la obra: La Quimera está basada, como queda dicho, en la trayectoria artística de un personaje real, al que ayudó la autora en sus comienzos como pintor de la alta sociedad madrileña antes de trasladarse a París. La personalidad de doña Emilia se oculta en la novela tras el personaje de la compositora musical Nimia Dumbría, que ayuda al malogrado pintor. Pero ahí no acaba el autobiografismo de la obra: el itinerario artístico del pintor protagonista es una síntesis de la evolución literaria de la autora desde el realismo-naturalismo de los años iniciales al decadentismo y espiritualismo del final, del que precisamente La Quimera es un magnífico ejemplo (Sotelo, 1989). Esta novela en la línea de las novelas de artista –Manette Salomon de los Goncourt y L’ouvre de Zola– es, sin duda, la mejor del último periodo. Se trata de un texto proteico, resultado de la asimilación de múltiples influencias: Baudelaire, Verlaine –su poeta favorito entre los simbolistas–, el psicologismo de Paul Bourget –«el relojero del alma»– y «desde Huysmans a Jean Lorraine pasando por Eduard Rod, un tipo de héroe de decadente refinamiento que impresionó la imaginación de la novelista» (Clemessy, 1981, p. 717).

Estas breves calas en el itinerario narrativo de Emilia Pardo Bazán justifican sobradamente situarla en el lugar que le corresponde junto a Galdós y Clarín, y por delante de Pereda, Alarcón, Palacio Valdés e incluso Valera, pues a lo largo de su fecunda trayectoria siempre fue consciente de la necesidad de innovar sin prescindir de la tradición y de atender a los cambios de rumbo de la novela europea, guiada por una clara inteligencia y una extraordinaria curiosidad. Valgan estas palabras del volumen dedicado al naturalismo a modo de conclusión sobre la importancia de que ella concedía a la novela:

Lejos de ser género frívolo y vano, la novela, del Romanticismo a acá, me parece lo más sincero, eficaz y significativo de la literatura […]. La variedad casi infinita de las formas novelescas es tan numerosa y copiosa como la realidad, como el oleaje de los sucesos, como los cambios y aspectos de la sociedad, como los matices del sentimiento y las aspiraciones, quejas y dolores de la familia humana. Cuando se creyera agotada la novela, renuévase con una fuerza de espontaneidad que maravilla. Fracasadas las epopeyas, que no pudieron acercarse a los modelos griegos y latinos; rotos los poemas en mil fragmentos de espejo, reflejaron más claramente que nunca y con intensidad a la vida en sus innúmeras manifestaciones. La segunda mitad del siglo XIX pertenece a la novela, desde que Balzac presta al género la importancia de la historia (Pardo Bazán, 1914, pp. 15-16).

 

NOTAS

[1] En parecidos términos le escribe a Narcís Oller (1962, p. 99) el 12 de octubre de 1886: «En España creo ser una de las pocas personas que tienen la cabeza para mirar lo que pasa en el extranjero. Aquí, a nuestro modo, somos tan petulantes como pueden ser los franceses, y nos figuramos que más allá del Ateneo y de San Gerónimo no hay pensamiento ni vida estética; ¡error peregrino cuya enormidad nos asusta así que atravesamos el Pirineo!».

[2] La actividad viajera de la escritora fue otro factor fundamental en su formación literaria porque la puso en contacto con otros países, otras lenguas y culturas y fomentó su cosmopolitismo y su curiosidad, dos rasgos fundamentales de su personalidad literaria y humana.

[3] Modelo pictórico que, junto a Cervantes, es también reivindicado por Galdós (1972, pp. 116-117) en «Observaciones sobre la novela española contemporánea» cuando escribe: «Examinando la cualidad de la observación de nuestros escritores, veremos que Cervantes, la más grande personalidad producida por esta tierra, la poseía en alto grado. […] Y en otra manifestación del arte, ¿qué fue Velázquez sino el más grande de los observadores, el pintor que mejor ha visto y expresado mejor la naturaleza?».

[4] Emilia Pardo Bazán había publicado en 1877 una serie de artículos con el título de «Reflexiones científicas contra el darwinismo» en La Ciencia Cristiana IV y V (en Obras completas III, Aguilar, Madrid, 1973, pp. 530-570).

[5] Leyenda cuyo recuerdo se conserva en una cancioncilla popular: «Ai! A serpe soi do mare…! / Ai! Serpe vin pidiendo / unha rede pra enredare…! / Ai la laaa!».

[6] Opinión que algún crítico ya se apuntó en su tiempo, aunque doña Emilia la desmintió en el prólogo: «Había prescindido en mis novelas de todo prefacio […] y esa costumbre seguiría en La Quimera si, apenas iniciada su publicación por la excelente revista La Lectura, no apareciese en un diario de circulación máxima un suelto anunciando que “claramente se adivina, al través de los personajes de La Quimera, el nombre de gentes muy conocidas de la sociedad de Madrid”»(Pardo Bazán, 1905, p. 5).

Fuente:https://cuadernoshispanoamericanos.com/emilia-pardo-bazan-y-la-novela-espanola/

Fuente de la imagen: https://www.abc.es/cultura/libros/abci-emilia-pardo-bazan-contra-violencia-machista-201902090235_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F

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Emilia Pardo Bazán y la novela española de los siglos XIX y XX – Sarraute Educación María Magdalena

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