Hablemos del profesorado y su trabajo

Las funciones del profesorado han ido cambiando, como el mundo que nos rodea. El profesorado ya no son aquellas personas que enseñaban las cuestiones básicas para poder acceder a la cultura con un libro único para todas las materias, sino que además se han convertido, en profesionales de la educación y del conocimiento donde las cuestiones sociales son muy importantes
Como todas las profesiones que se dedican a la expansión de la cultura y al desarrollo de la inteligencia, y, por lo tanto, de la libertad, el profesorado no es un colectivo uniforme, donde todos hacen y piensan lo mismo, pero sí que como colectivo, muchos y muchas, han pasado por etapas muy difíciles en su trayectoria común. El hecho de educar genera una forma determinada de ver la realidad social, de reflexionar y hacer reflexionar sobre lo que pasa, y por este motivo, muchos y muchas han sido perseguidos durante mucho tiempo, han sido sancionados, han sufrido humillaciones, y también el exilio y la muerte por defender sus ideas o por enseñar las ideas a otros que pensaban diferente.

Es cierto que muchos sistemas políticos han perseguido controlar ideológicamente la educación de las personas y, por lo tanto, han visto al profesorado como un colectivo fundamental para difundir una determinada ideología, con una función de sometimiento y dependencia a los poderes establecidos. Recordemos las largas noches negras de las dictaduras en muchos países. Introdujeron en las aulas un concepto de profesor anodino, autoritario, conservador, con un integrismo religioso e ideológico y donde la resignación y el castigo eran el pan de cada día de la educación. Porque el totalitarismo busca no solo la dominación despótica sobre las futuras generaciones, sino un sistema en el que las personas se vuelvan superfluas y practiquen un individualismo gregario en el que cada uno esté aislado de los demás.

Pero también muchos profesores y profesoras ofrecieron una resistencia ya sea en el campo educativo como en el social y político. Forma parte de la profesión de muchos profesores y profesoras ese compromiso político y social. La esencia propia de la profesión docente es la capacidad de crear a personas libres. No es la elección o justificación sobre lo que ha sido, sino trascender el legado cultural para empezar algo nuevo, con voluntad de entendimiento, de comunicación y con la capacidad de actuar en común.

Ser profesor o profesora de cualquier etapa siempre ha sido una tarea laboriosa y difícil. Aunque en el imaginario colectivo existe la idea de que se trata de un trabajo sencillo porque se trabaja con niños o adolescentes, con muchas fiestas y vacaciones y de fácil quehacer, lo cierto es que la educación siempre ha sido una tarea compleja. Y también de un trabajo paciente, si se hace bien. Paciencia que, en definitiva, se requiere para aceptar y atender la diversidad existente en un aula, diversidad en cuanto a experiencias previas y expectativas, anhelos y proyecciones, sentimientos y capacidades.

El profesorado se abre camino en muchos vericuetos, algunos de ellos quebrados, en otras ocasiones hostiles. Todos ellos aceptan varias alternativas. Tomar un atajo para ayudar a alguien a aprender a leer, desviarse, por segundos, para acometer un conflicto con una familia, seguir adelante para llevar a buen puerto un proyecto compartido con los colegas. En todo esto reside la dificultad, también la riqueza de ser y hacer de profesor o profesora. Una actividad, en suma, intelectual, relacional, imprevisible y viva.

Pero en estos tiempos hay que añadir otras cuestiones que refuerzan esa complejidad y perplejidad. Nos referimos a cambios vinculados al contexto macro y a la evolución de los valores y las concepciones sociales. Tendríamos que hablar también de cambios en el contexto de la escuela y del aula, con todas las derivaciones curriculares y metodológicas que comportan. Y, por último, cambios importantes en el contexto político y administrativo. Como consecuencia, las exigencias que se reclaman al profesorado van en aumento, quizás también en parte por la pérdida paulatina de responsabilidad ante una sociedad poco cohesionada, desigual e injusta. Estas exigencias además de muchas son también a veces contradictorias. El profesorado debe asegurar la adquisición de conocimientos sin olvidar los valores y actitudes. Ahora de repente, y sin mucha explicación, aparecen las competencias como eje estructurador del curriculum, de la planificación e intervención del profesorado. Y, en realidad, no sabemos aún si los nuevos currículos que aparecerán representan un cambio profundo u otra manera de nombrar lo que ya se venía haciendo. Es importante también para el profesorado aprender a manejar métodos y estrategias acordes con los nuevos enfoques de enseñanza, disponer de habilidades interpersonales para convivir con el alumnado, familias, colegas; y tener el deseo y las habilidades suficientes para dominar las más avanzadas tecnologías de la información y la comunicación, y el arte de saberlas integrar en el currículum y en la educación, sin rupturas y sin convertirlas en un apéndice ocasional, anecdótico. Y las leyes educativas se van sucediendo, dejando bastante al margen al profesorado, sin apenas considerar el modo de hacer en las aulas, y sin abordar, con rigurosidad, la cuestión de la profesionalización, el desarrollo y la carrera docente.

La profesión educativa trae a una cotidianidad invisible puesto que se tiene que establecer una difícil convivencia entre vivir la realidad de lo que nos rodea para introducirla en las tareas de cada día, recordar el pasado para que se reconstruya la inteligencia a partir de lo que fue creado, y proyectarse al futuro con la intencionalidad de que las nuevas generaciones puedan crear un mundo mejor. La quietud contemplativa del conocimiento frente a la inquietud de la vida activa introduce un equilibrio entre la validez del conocimiento creado con la capacidad de producir acciones, palabras y actos como cualidad propia de la condición humana. Y esta complejidad vale para todo el profesorado desde los que tienen niños y niñas pequeños con funciones más cercanas a la asistencia vital, hasta los que tienen alumnos y alumnas más mayores con funciones de preparación para la vida cotidiana y profesional. Todos sufren la tensión de pasar de las viejas funciones de hacer de profesor o profesora a las nuevas funciones requeridas por la sociedad.

Pero no queremos ser ingenuos ni corporativistas. Como cualquier colectivo, no todo el profesorado de todas las épocas se ha comportado adecuadamente. La propia tarea docente de pensar y de enseñar a pensar lleva a aceptar la diversidad de ideas, pero a lo largo de la historia, muchos maestros no lo han hecho.

Las funciones del profesorado han ido cambiando, como el mundo que nos rodea. El profesorado ya no son aquellas personas que enseñaban las cuestiones básicas para poder acceder a la cultura con un libro único para todas las materias, sino que además se han convertido, en profesionales de la educación y del conocimiento donde las cuestiones sociales son muy importantes. La realidad social existente dentro de las instituciones escolares refleja los conflictos que se viven hoy en día en la familia, en las relaciones, en el mundo profesional, en los grandes medios de comunicación, en los sistemas políticos, etc., y el profesorado asume nuevos papeles educativos y el reto de estar al día sobre lo que sucede en el campo científico y social. Y ser un dinamizador importante de la cultura y de la comunidad. Pero esto también comporta sus peligros puesto que el aumento de exigencias puede comportar una intensificación del trabajo educativo (trabajar mucho y hacer muchas cosas mal) y una cierta desprofesionalización originada por una falta de delimitación clara de las funciones del profesorado.  En todo caso el contexto político y administrativo no debería acostumbrar al profesorado a ejecutar órdenes, no tiene que actuar, sino saber y actuar a partir de su propia autonomía. Saber qué hacer y hacerlo, diferencia la profesionalidad del docente de actividades superfluas. La acción docente es construcción, libertad, revolución y esperanza para la consecución de una vida justa y buena. Es una acción política porque la historia la harán las futuras mujeres y hombres, y la esfera pública y plural de la escuela es el único espacio donde pueden mostrar quiénes son.

Y, por todo ello, continúa la lucha por una mejora de la profesión.

(*) La imagen inicial es del artista japonés Tetsuya Ishida (1973-2005), perteneciente a la exposición “Ishida. Autorretrato de otro”, organizada por el Museo Reina Sofía.

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