Verbolario de usar, tirar y practicar en la red

Por Chema Alonso

Hoy se ha puesto a la venta por fin Los años extraordinarios, el último y maravilloso libro de Rodrigo Cortés, que debe ser (tiene que ser) un buen compañero para este verano en el que nos hemos metido de lleno.

La novela atrapa y sorprende desde el primer instante: en cuanto la comienzas a leer, bastan diez palabras para saber que va a ser puro Rodrigo Cortés. Se te dibuja una sonrisa (idiota) en la cara. Un uso maravilloso del lenguaje para levantar un mundo mágico que mezcla lo bueno y lo malo, lo tosco y lo increíble de una España inventada (o tal vez no) que cruza el siglo XX de cabo a rabo. Realismo mágico, o realidad pura con coartada mágica, o la magia de ver la realidad con los ojos de un contador de historias irrepetible.

 

Basta, por ejemplo, con escuchar el arranque de la novela leído por él mismo (también se ha echado a la espalda el audiolibro) para saber que estás enganchado y que Los años extraordinarios no va a dejarte escapar, como esas caricias que te hace alguien que te gusta mucho, cuando se te eriza el vello y sabes que vas a tener que apagar el teléfono un rato.

Me confieso subjetivo y confundido. Subjetivo porque Rodrigo Cortés es una de esas personas que causa admiración conocer, y uno teme perderse en su influjo. Y confundido —como todos— porque, para admirar a Rodrigo Cortés, debes aceptar que estarás siempre lejos de conocerle, de poder estabularlo, y mucho menos comprenderlo por completo en todas sus aristas creativas, que no se acaban. Con él debes aceptar cierta sensación maravillosa de agorafobia y dejarte mecer por ella, como cuando miras un cielo estrellado desde una playa desierta.

Su dedicación a cuanto hace es absoluta; cuida, atiende y mima cada detalle, como la propia naturaleza, que es más bella cuanto más de cerca la miras porque está plagada de rincones, armonía minúscula, artificios de arte matemático que hace que todo encaje sin que uno sepa bien cómo. Con la obra de Rodrigo Cortes sucede lo mismo. Su cine. Sus libros. Su palabra exacta en un podcast. Su aporte en una charla privada con amigos. Todo está lleno de infinitos detalles, de información minuciosamente engarzada, como hacen los maestros orfebres cuando quieren crear belleza en cualquiera de sus piezas.

Su pasión por el matiz, por cada rasgo y microdetalle, la mejora constante de cada parte de cada obra en la que se sumerge, trasciende a través de sus ojos cuando mira. En sus silencios cuando observa algo puedes oír la maquinaria cuántica de su cerebro procesando la miríada de colores —que también saben ser grises— del mundo que lo rodea en ese instante preciso. Cuando los detalles se convierten en petabytes de información conectándose entre sí. Cuando los procesa para crear un mundo que los demás no habíamos visto antes.

Así que, aprovechando que hoy es el día en el que una nueva obra suya está al alcance de todos y que ya podemos perdernos en Los años extraordinarios, he querido hacerle un pequeño homenaje a otra pequeña obra suya que me encanta: su Verbolario, el diccionario satírico que publica en ABC, desnudando, más que definiendo, una palabra cada día. Esa forma de expresar con palabras cosas que son y no son. Ese juego dentro del juego, lenguaje hecho metalenguaje que se convierte en una nueva forma de expresión pasada, con sólo un puñado de palabras, por su tamiz.

Ahí va mi homenaje, siendo como soy, un simple aprendiz…

Hativista: El que práctica el activismo hacker con una cuenta anónima de Twitter desde la que aporta ceros y unos. Ceros a los demás y unos a su excelso y nunca bien valorado por la crítica, ego.

Ramonware: El que infecta y secuestra los datos de los ordenadores de aquellos que como única medida de protección tienen el sentido común. Ese mismo sentido común que debería decirte que debes proteger tu tecnología con algo más que con el sentido común. Malware de no necesaria alta calidad técnica.

Recuperación de contraseña: Forma elegante de reconocer que la gestión de las identidades que alguien utiliza es «no tengo gestor de contraseñas» y «tampoco memoria». Es una práctica ejercitada por futuros aplicantes a los puntos a «Me han robado la cuenta».

Me han robado la cuenta: Crisis nerviosa a la que se somete una persona que no utiliza segundo factor de autenticación, que aún no entiende bien el phishing, y que nunca tocó nada. Solo hizo clic aquí una vez.

Trompetweetsta: Ser digital de poca creación propia y mucha réplica a lo creado por otros. Solo compone con replies en Twitter cargados de sensibilidad contraria a las de las buenas intenciones.

Necesito hackear el WhatsApp de mi novia/o: Del refranero de Internet. Aprendiz de pre-Tinder que ha perdido a su crush.

BitCoin: Caldero de habichuelas mágicas de día, gallina de los huevos de oro de noche. No se debe mezclar con Sintrón si se lleva poco Martini on the rocks.

Buschackers: Criados con la idea de que si deseas algo mucho, mucho, mucho, el mundo confabulará para que le hackeen el WhatsApp a tu pareja, o te cambien las notas de la universidad. Son buscadores de lo que ellos piensans que son hackers en la red, con poco conocimiento del código penal.

Hackermans: Seres que cobran en criptomonedas por defraudar todos tus deseos de cometer delitos usando hacking para lograr, según ellos dicen, tus sueños y así solucionar tus problemas. Son la oferta creada por la demanda de los Buschackers. El bit los crea, y la Deep Web, y a veces ni tan Deep, los junta.

Echar unas partidas: Argot de tinderetero. Metáfora lírica para definir el acto mecánico de decir a ciegas siempre que sí con el objeto de crear un banquillo extenso para el amor por horas, cenas o entrepartidas.

Os deseo unos años extraordinarios…

Fuente:

Verbolario de usar, tirar y practicar en la red

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