4 poemas de «Un mar de nombre impronunciable», de José María Paz Gago

Por Laura Di Verso

poesía
4 poemas de «Un mar de nombre impronunciable», de José María Paz Gago

 

 

José María Paz Gago es escritor, gestor cultural y profesor universitario de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, especializado en el estudio de las relaciones de la Literatura con las Artes y las Tecnologías, especialmente con el Espectáculo, el Cine o la Moda. Cosmopolita y viajero infatigable, ha enseñado en universidades de cuatro continentes.

 

Entre sus libros académicos más destacados pueden citarse La recepción del poema: Pragmática del texto poético, La máquina maravillosa: Tecnología y arte en el Quijote, o El Octavo Arte: La moda en la sociedad contemporánea. Como poeta, ha publicado cuatro poemarios: Manual para enamorar princesas (2005), traducido al francés, macedonio, árabe, rumano, italiano e inglés; Guía de lugares inexistentes (2011), traducido al francés; Wha(ts)appa: Piropoemas para mensajes de móvil (2013), traducido al italiano, y Expulsión del paraíso: Poemario del Caribe (2018, Premio Gustavo Adolfo Bécquer). Sobre su obra poética, ha aparecido en Italia el libro de Elisabetta Vaccaro La poesía de José María Paz Gago, Roma, Nuova Editrice Universitaria, 2017. 

Su obra lírica está presente en numerosas antologías, como La poesía y el mar, Guía viva de Ortodoxos y Heterodoxos en la poesía contemporánea gallega, Vieiros da palabraLos mejores poemas de amorWorld Poetry Yearbook (English Version), The World Poets Quarterly: Froitos do tempo. Poesía Latina, o Poesía de interior: Cuarentena poética.

Con el libro Un mar de nombre impronunciable, centrado en los problemas de los mares y en los desastres ecológicos que les afectan, ha ganado la novena edición del Premio Internacional Claudio Rodríguez de la Diputación de Zamora.

*****

Por extraños avatares del destino

escribo estos versos

frente a un Mar Negro.

Sus aguas sueñan en el tiempo,

su gélido azul resplandece

en los amaneceres de Arcadia

reflejando una atmósfera

de inédita luminosidad.

 

Sigo las huellas del poeta fugitivo,

sus azares y sus versos

impregnan las largas avenidas

que no recuerdan ya

gestas imposibles, fiestas galantes,

secuencias de guerra y visiones alucinadas

que reconstruyen el transcurrir

de un mar todavía en plácida calma.

 

Como un cetáceo urbano

en su santuario definitivo,

la ciudad de Odessa duerme

sobre un lecho marino

reviviendo su decadencia

entre la claridad de los arenales,

eternas mareas incansables

y los antiguos balnearios olvidados.

 

Escribo compulsivamente

frente al futuro incierto

que se despliega ante mi mirada:

Negras sombras amenazantes,

señales de un enigma apocalíptico,

máquinas de guerra a la deriva

a orillas de un mar de nombre impronunciable.

 

Planeta en sombra

El planeta ha perdido

su viva tonalidad.

Las hecatombes cotidianas

tiñen de acuarela desvaída

los mares y las almas.

 

Con precisión cronológica

se suceden las mareas negras

como sombras aguerridas

que oscurecen la piel líquida

de este cuerpo celeste a la deriva.

 

Gases y fluidos,

combustibles líquidos o sólidos,

tiñen de negrura maloliente

el gélido azul de los cielos y los océanos

con insospechada persistencia.

La sutil existencia submarina

amenazada por vertidos asesinos

que esparcen su mancha sanguinolenta,

con taimada contundencia,

por toda la faz de la Tierra.

 

Mareas negras

Tienen la sorda sonoridad

de estrellas del espectáculo,

ecos de antiguos mitos griegos,

reminiscencias de falso prestigio

y obscena soberbia tecnológica.

 

Naves a la deriva,

destructores, cargueros,

petroleros que circundan

los mares en tensa calma

con su obscena carga apocalíptica.

 

De sus vientres pestilentes

sale un veneno mortífero,

sangre negra, oro negro

– negros presagios –

mareas de color impronunciable.

Desde los albores de esta plaga

de naufragios suicidas,

los monstruos vierten sin pudor

heces tóxicas, excrecencias ácidas,

el hálito del mas profundo de los avernos.

 

Como un castigo divino,

como una ancestral maldición bíblica,

los golfos, las playas y las rías

digieren en sus entrañas

este lento envenenamiento fatal.

 

Urquiola

Los terrores de mi infancia

tienen una extraña

sonoridad consonántica.

Los monstruos de mi niñez

no eran ogros ni gigantes

ni dragones de fantasía.

 

Yo veía en mis sueños

una máquina infernal

que escupía bocanadas

de fuego y un vómito oscuro.

 

Los pescadores lloraban

como si los peces muertos

fueran sus propios hijos,

sangre de su propia sangre.

 

Lloraban desesperadamente,

con esa desesperación

de lo irremediable.

Nadie podría evitar ya

un destino cruel y absurdo

que desprendía un hedor mortal.

 

Aquel barco maldito

les jugaba una mala pasada

del destino,

aniquilaba la vida,

los amores, las pasiones,

el futuro y los hogares.

 

Mis pesadillas y las suyas

eran de humo y hambre,

desprendían una pestilencia ácida

que henchía de angustia los estómagos

y se incrustaba en el caparazón

de los hombres y los crustáceos.

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Autor: José María Paz Gago. TítuloUn mar de nombre impronunciableEditorial: Hiperión. Venta: Todostuslibros

Fuente

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