«Todos somos hijos de la Ilustración»

Por Bernat Castany Prado

Los ilustrados, Serafín Senosiain
«Todos somos hijos de la Ilustración»

Conversación entre Bernat Castany Prado y Serafín Senosiain, director de Editorial Laetoli y de la colección “Los ilustrados”.

***

—La historia del pensamiento humanístico e ilustrado ha estado siempre ligada a grandes proyectos editoriales. La recuperación por parte de los humanistas de los siglos XV y XVI de manuscritos olvidados, como las Hipotiposis pirrónicas de Sexto Empírico, De la naturaleza de las cosas de Lucrecio o Las vidas de los filósofos más ilustres de Diógenes Laercio permitieron volver a poner en juego el escepticismo, el epicureísmo y el cinismo, respectivamente. Por otra parte, la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert fue fundamental no sólo en la difusión de conocimientos concretos, sino también en la construcción de un modo de pensamiento escéptico, hedonista y republicano. ¿Te sientes, de algún modo, heredero de aquellos proyectos? ¿Qué te proponías exactamente cuando empezaste a publicar una colección como “Los ilustrados”, uno de los núcleos principales de la editorial Laetoli?

 

—En cierto modo sí, me siento heredero de esos y de otros proyectos editoriales. Una editorial tiene una doble cara. Por una parte, es un proyecto comercial, mercantil, los números tienen que salir para que puedas seguir haciendo libros. Si no es así, tarde o temprano hay que cerrar. Y por otra parte, al menos en una editorial y una colección como estas, es un proyecto cultural. En este caso, dar a conocer unos libros y unos autores de la Ilustración llamada radical, prácticamente desconocidos en España, y que no son una curiosidad de bibliófilo, sino que están en la base intelectual de nuestra sociedad, de nuestra modernidad, es un proyecto cultural de largo alcance. Con esta colección tienes la sensación de estar aportando algo a la sociedad, no sólo para la actual sino para las generaciones futuras. Hay auténticos adictos a la colección, a los que esta les ha abierto un mundo nuevo. Gente, por ejemplo, que nunca había oído hablar de Holbach, ya que ni siquiera está en sus manuales de filosofía, y que ahora disfrutan leyendo unos libros ateos desinhibidos, mordaces, desconocidos, escritos muchas décadas antes de Nietzsche. Cuando llega un tuit de un estudiante, por ejemplo, que dice que tal cual libro le ha abierto un mundo, es muy halagador y ayuda a seguir adelante. 

Ya la colección “¡Vaya timo!” era un esfuerzo pedagógico, cultural, por sacar a la luz, analizar y ridiculizar teorías, pensamientos y pseudoterapias, supercherías varias que tenemos alrededor. Creo que cumplió su tarea y que ha dejado un poso. “Los ilustrados” juega en otra liga, desde luego. Pero el objetivo es el mismo.

—El ensayista mexicano Adolfo Castañón publicó en 1992 un artículo titulado “La ausencia ubicua de Montaigne”, donde plantea que el hecho de que Montaigne no se tradujese íntegramente al español hasta finales del siglo XIX, le impidió ejercer la influencia escéptica y epicúrea que sí ejerció en otros lugares. Según Castañón, esa ausencia ha supuesto un lastre no sólo literario sino también filosófico y político, que seguimos notando en nuestros días. Evidentemente, podríamos hablar también de “la ausencia ubicua de la Ilustración radical”. ¿Crees realmente que nuestra historia intelectual y política habría sido diferente si las ideas de estos autores hubiesen sido incorporadas hace siglos por nuestra sociedad?

—Hay unos hechos en el siglo XVI muy simbólicos de cómo España va apartándose de Europa y deja atrás las ideas más novedosas que irán formando nuestro mundo. Por ejemplo, a partir de 1559 ya no se puede salir a hacer estudios universitarios fuera de España. El país se va encerrando, encogiendo, empequeñeciendo. Parece que cuanto más se expande por el mundo, más se encierra en una ortodoxia ultracatólica. La censura es férrea. Todo ello gracias al poder de la Iglesia, que ha sido la gran responsable del atraso de este país. José Marchena dice, más de doscientos años después, que quien no sabe en España lenguas extranjeras (francés, inglés), no se entera de nada. No puede leer libros extranjeros (ni a Montaigne ni a los ilustrados, por seguir con tus ejemplos), por tanto está condenado a no leer prácricamente más que vidas de santos. En el libro que estamos ahora preparando, los Ensayos anticristianos de Voltaire, es deprimente ver que los únicos autores españoles que cita este son teólogos del siglo anterior (Sánchez, Súarez, Molina), y la mayor parte de las veces para mofarse de ellos. No hay librepensadores radicales en España, como los hay en Inglaterra, en Francia, en Holanda, en Italia, sólo hay o muy moderados o teólogos.

Apenas ha habido momentos en nuestra historia en los que estos libros hayan podido ser publicados. Los tres años del Trienio Liberal, de 1820 a 1823, cuando se publica mucho a Holbach. También los años de la Segunda República. O después de la muerte de Franco, pero entonces ya no interesaban. Para los marxistas resultaban autores demasiado burgueses. Es evidente la “ausencia ubicua de la Ilustración radical”, como dices. Aunque hay que señalar que esa ausencia es también importante en casi todas partes, incluida Francia.

—¿Hasta qué punto crees que una colección como “Los ilustrados” puede contribuir a hacerlo? 

Los ilustrados” es una simple colección de libros. Ojalá tuviera cierta influencia, como dices. Pero con tal de que haya unos cuantos individuos, cada vez más (unos miles mejor), que hayan descubierto autores y libros que desconocían, muchos de los cuales no se habían traducido nunca al castellano, ya es suficiente. Además, hay también lectores y seguidores de la colección en América. Cuando llegan emails o compras a la web desde Valparaíso, Medellín, Zacatecas o Buenos Aires, es emocionante. La realidad es que estamos haciendo algo que nadie hace en todo el mundo de habla castellana. Esos lectores de esas ciudades o leen a Holbach, Helvétius o Jean Meslier en Laetoli, o no pueden leerlos, al menos en español.

—¿Sientes que esta propuesta editorial está recibiendo la resonancia que se merece? ¿Podrías hablarnos de otras iniciativas editoriales o culturales que hayan recogido el testigo de tu propuesta?

—No tengo la sensación de que tenga la resonancia que merece. Los suplementos culturales están dedicados a las últimas modas literarias, sobre todo novelas, y hay que reconocer que el nivel cultural general del país es bajo, muy bajo. Laetoli es una editorial muy pequeña, que no forma parte de ningún grupo editorial, y además no está ubicada ni en Madrid ni en Barcelona, sino en Pamplona. Todo eso cuenta en su contra. Pero hay que ser optimistas…

—En su novela Conversación en la Catedral, Vargas Llosa trata de responder a una sola pregunta, que se enuncia en las primeras páginas: “¿En qué momento se jodió el Perú?” En su ensayo rePublicanos, Fernando Iwasaki amplía la cuestión y se pregunta: “¿En qué momento se jodió España?”, y dice que a mediados del siglo XVI, cuando la Contrarreforma persiguió y expulsó a los erasmistas. Ciertamente, Erasmo funda las bases del librepensamiento, con su actitud escéptica y hedonista, que luego retomará Montaigne y radicalizarán los libertinos eruditos del XVII y los ilustrados del XVIII. ¿Coincides con este diagnóstico? ¿Qué más podríamos hacer además de leer a estos autores?

—Sí, coincido con lo que dice Iwasaki. Antes te comentaba esa fecha simbólica de 1559 en la que se prohibió estudiar fuera de España. Otros hechos son la prohibición de Erasmo. La expulsión de los judíos. La instauración de la Inquisición. La persecución de los erasmistas. El concilio de Trento. La fundación de los jesuitas. Todo va en contra de las ideas que se plasmarán en la Ilustración y en la Revolución francesa. Tampoco tuvimos aquí Revolución, y todavía tenemos que soportar a los Borbones. Prácticamente no hemos tenido nada positivo en este país, excepto la II República. Sólo pronunciamientos militares, guerras carlistas, Inquisición y franquismo.

Serafín Senosiain.

¿Qué podemos hacer? Leer ciencia. Enseñar ciencia. Hacer ciencia. Defender la razón, rechazar las tonterías posmodernas y las supercherías. Ser activistas, para que estas pseudociencias y pseudoterapias no lleguen a las universidades. Leer a los ilustrados radicales. Leer y estudiar a los pocos filósofos del siglo XX que defienden estas ideas: Bertrand Russell, Karl Popper, Mario Bunge, pocos más…

En lo que a mí respecta, Mario Bunge ha sido un guía intelectual. Laetoli publica la Biblioteca Bunge, donde llevamos ya más de diez títulos publicados, y donde estamos terminando de publicar en castellano los ocho volúmenes del Tratado de filosofía. Si te das cuenta, todas estas colecciones —“Los ilustrados”, “Biblioteca Bunge”, “¡Vaya timo!” o la colección de ciencia “Las dos culturas”— están conectadas. Todas ellas son herederas del proyecto ilustrado.

—La verdad es que hace apenas dos siglos sólo por poseer muchos de los libros de la colección “Los ilustrados” se podía ir a prisión, tanto en España como en Francia, mientras que hoy son publicados sin ningún problema, a la vez que pasan un tanto desapercibidos o por lo menos resultan minoritarios (aunque algunos títulos han alcanzado una cierta resonancia, como la Memoria contra la religión de Jean Meslier, que ya va por la quinta edición). ¿No sientes que hay algo irónico o incluso sospechoso en el hecho de que se persigan letras de canciones relativamente simples mientras que se permite circular sin ningún problema algunos de los libros más potentes de la historia del pensamiento? Que estos libros no generen ya polémica puede ser tanto el signo de que la libertad de pensamiento y expresión se ha normalizado entre nosotros, como de que el bajo nivel cultural al que te referías los hace inocuos, y todo ataque o censura resultaría contraproducente, en tanto que les daría publicidad. ¿No has pensado en generar esa polémica? 

Creo que, como dices, cualquier ataque a los libros les daría publicidad. No es que a algún obispo no le hayan entrado ganas de llevar la Memoria contra la religión de Jean Meslier (su “testamento”) a los tribunales, pero saben que sería contraproducente. Así pasan más desapercibidos y no molestan. Pero no pondría la mano en el fuego, quizá algún día una Asociación de Abogados Católicos u otros tronados se decidan a ir a los tribunales. Por otra parte, no es lo mismo perseguir a unos raperos, unas feministas o un actor que ¡libros! ¡libros del siglo XVIII! ¡la historia del pensamiento! Hasta los obispos más cerriles dubirían antes de entablar cualquier acción legal. En eso llevan las de perder.

—Evidentemente, los textos de la colección “Los ilustrados” tienen un valor en sí mismos, tanto desde el punto de vista filosófico como literario. Sin embargo, parece necesario llevar a cabo una actualización de la Ilustración, ya sea en el ámbito del estilo y el imaginario, ya sea en el ámbito de los temas. ¿Qué formas crees que deberían adoptar los nuevos ilustrados? ¿Cuáles crees que serían los nuevos “infames” que Voltaire desearía aplastar en nuestros tiempos? 

—En España pienso que el “infame” sigue siendo el mismo que en la época de Voltaire. El poder de la Iglesia católica es gigantesco, y todo lo que se gana en derechos es siempre contra su voluntad. Ahora hemos tenido la experiencia con la ley de eutanasia, pero antes fueron el matrimonio gay, el aborto, el divorcio, etc. Por no hablar del escándalo de las inmatriculaciones. Ella es la gran valedora de la ultraderecha. No olvidemos que hace unos ochenta años esta Iglesia católica que soportamos apoyó decisivamente el asesinato, por no decir genocidio, de decenas de miles de españoles, más todos los años de posguerra en los que fue la fiel servidora de una dictadura sangrienta. ¡No hace 500 años, en las guerras de religión o en la noche de san Bartolomé, sino hace menos de 100, y con muchos más muertos! Pero cada país tiene su fanatismo particular. En Francia es el islamismo radical. En EE UU, los fundamentalistas cristianos, sobre todo protestantes… En España sufrimos a la Iglesia católica.

Los “nuevos ateos”, que hace unos años dieron bastante que hablar (Dawkins, Hitchens, Dennett, Harris), siguen los pasos de Holbach y de otros ilustrados radicales, quizá sin conocerlos. Ellos y otros han actualizado, como dices, el pensamiento ilustrado.

¿Ves en el panorama actual pensadores y escritores que compartan el estilo y el pensamiento de los ilustrados? 

—Como decía, Dawkins, Dennett y el resto de “nuevos ateos” están en la onda de la Ilustración radical. También pensadores como Jürgen Habermas en Alemania, Michel Onfray en Francia o incluso Steven Pinker en EE UU, cuyo último libro se titula Enlightenment Now (En defensa de la Ilustración, en su traducción castellana). También situaría en esa onda a Mario Bunge, quien en los últimos años de su vida se sintió afín y heredero de los ilustrados radicales. Leía los títulos de la colección.

Mario Bunge y Serafín Senosiain.

—Una de las joyas de la colección son las obras completas del Barón de Holbach, “el divino Holbach”, tal como lo llamó Michel Onfray. ¿Qué le dirías a aquellos que no lo han leídos para animarlos a hacerlo? 

—Holbach es un pensador ateo militante, un activista del ateísmo. Por lo tanto, también es un pensador sobre la religión. Me resulta difícil “animar” a alguien a que lea un libro, pues depende de sus intereses… Si a alguien le interesa la religión, se lo recomendaría. Y si le interesa el ateísmo, también. Al principio no tenía la idea de publicar las obras completas de Holbach, pero pasan los años, y libro tras libro, y ya llevamos once, casi sin darnos cuenta estamos ya acabando sus obras completas… Muchos de sus libros no se habían traducido nunca al castellano. Otros habían sido traducidos en la década de 1820, publicados por exiliados que habían huido de España tras el fracaso del Trienio Liberal, y los publicaban en Londres, Ginebra o Lisboa, donde podían. La mayoría de esas traducciones, todo sea dicho, dejan mucho que desear.

En mi opinión, el pensamiento ilustrado se basa, por seguir la división clásica de la filosofía, en una cognoscitiva escéptica, una ontología realista, una ética hedonista y una política democrática. El paseo del escéptico de Diderot sería un ejemplo perfecto de escepticismo; Sistema de la naturaleza de Holbach y  Memoria contra la religión de Meslier representarían, en buena medida, el realismo de corte inmanente; El arte de gozar de La Mettrie y Del espíritu de Helvétius, el hedonismo; y Política natural de Holbach o el Tratado teológico-político de Spinoza, el espíritu democrático. ¿Coincidirías con este retrato robot del ilustrado? ¿Querrías introducir algún matiz o añadir algunos ejemplos?

—Creo que lo has explicado muy bien. Todos los títulos de la colección pueden ir encajando en una de esas cuatro divisiones. Y los que vengan, pues si hay ya publicados unos 30, están en preparación más de 50… Es cierto que en alguna de esas divisiones, como el de la “ontología realista”, hay más títulos. Me parece lógico, pues la religión, y el cristianismo en especial, fue la bestia negra de los ilustrados, y no sólo de los radicales sino también de “moderados” como Voltaire que, cuando hablaban del cristianismo podían sobrepasar a Meslier y Holbach en furia e indignación. Nietzsche es su alumno.

En la categoría de “espíritu democrático” publicaremos más títulos, como Política natural o La moral universal, ambos de Holbach. Ya hemos publicado La República universal, de Anacharsis Cloots, una hermosa defensa del cosmopolitismo. Quiero apuntar aquí cómo muchas tendencias democráticas que han venido después, y que ahora están tomando toda su fuerza, nacen con la Ilustración. Olympie de Gouges, la autora de la Declaración de los derechos de la mujer, es una ilustrada, amiga de Condorcet, guillotinada por esa fuerza maligna de la contrailustración que fue Robespierre. Mary Woolstonecraft, hija de William Godwin (otro ilustrado, padre del anarquismo, del que publicaremos La justicia política), la autora de la Vindicación de los derechos de la mujer, es otra ilustrada, que va a Francia en 1792 para comprobar de primera mano cómo marcha la Revolución, y allí escribe una defensa de  esta (antes de Robespierre), que también publicaremos. Otro ámbito de reciente actualidad: el racismo. Condorcet escribe sus Reflexiones sobre la esclavitud de los negros, libro que clama por el fin de la esclavitud y que pocos años después tendrá gran influencia en Francia, cuando la Convención suprima la esclavitud. Incluso ahora hemos descubierto los ensayos de Jeremy Bentham sobre el homoerotismo, que acabamos de publicar, en los cuales se nos aparece casi como un activista gay. Es cierto que esos ensayos quedaron sin acabar y sin publicar, y que han hecho falta 200 años para que se publiquen, pero en ellos Bentham se muestra como un heredero de la Ilustración radical, que en Diderot, Holbach, Helvétius, Cloots y otros (no así en Voltaire) fue siempre comprensiva con la homosexualidad. Es decir, muchas de las áreas en las que se plasman movimientos democráticos en nuestros días (como el feminismo, el “Black lives matter”, o el activismo LGBT) tienen sus antecedentes en la Ilustración radical. Es bueno saberlo y decirlo, al menos para saber de dónde venimos.

—Una de las ideas fundamentales del movimiento humanista e ilustrado es la de la impostura religiosa, que consideraba que el poder político y el poder religioso formaban una alianza, cuyo objetivo era someter y explotar a los pueblos. ¿No te parece que, del mismo modo que el poder político ha mutado, y ya no nos enfrentamos al antiguo régimen ni a la monarquía absoluta, sino a la globalización neoliberal, la precarización laboral, la desestructuración de la clase obrera o el populismo, el poder religioso también se ha transformado, o se ha visto completado, por otras fuerzas como el nacionalismo, la miseria cultural, el positivismo tóxico o la cultura de la autoexplotación? Ciertamente, la colección “Los ilustrados” publica textos escritos fundamentalmente en el siglo XVIII, si bien empieza a incluir a algunos de sus precedentes, como los libertinos del XVII y los spinozianos, y también algunas obras del XIX, como José Marchena o Jeremy Bentham, que murió en 1832. ¿Sería excesivo incluir a autores del siglo XX de tendencia claramente ilustrada? ¿Crees que la etiqueta puede seguir usándose? Ciertamente, parece existir un nuevo interés por la Ilustración, a la que se le suele añadir el término “radical”, quizás para librarse de las críticas de Adorno y Horkheimer, y de la posmodernidad en general, que, como suele decirse, echaron al niño con el agua sucia del baño. Así, además de los “nuevos ateos”, ¿quiénes serían los nuevos ilustrados? 

—La colección ha ido ensanchando sus límites temporales. Ya con Spinoza y el Tratado teológico políticosubimos el tope temporal y continuaremos por esa senda, publicando a los llamados “libertinos barrocos” (La Mothe le Vayer, Gassendi, Patin, Bayle) y a los librepensadores ingleses (Toland, Woolston, Collins). Ahí cabe también el último título que hemos publicado, La superchería al descubierto, de Christovão Ferreira, seguido deDios refutado, de Fabián Fukan, dos renegados jesuitas en el Japón del siglo XVII, un libro traducido y editado por ti. Tenemos también la intención de publicar De la sabiduría, de Pierre Charron, el gran amigo de Montaigne, que es prácticamente desconocido en España. Montaigne sería el non plus ultra de la colección: nada más allá de Montaigne, es decir: no publicar nada antes de Montaigne.

Por el otro lado, el tope sería 1830. La aventura napoleónica ha terminado. En España, el Trienio Liberal ha fracasado. El último libro de Jonathan Israel, el gran historiador cuyos libros e ideas han nutrido y nutren la colección, es The Enligthenment that failed. Ideas, Revolution, and Democratic Defeat, 1748-1830 (La Ilustración que fracasó. Ideas, revolución y derrota democrática, 1748-1830). Ese es el tope: 1830. Desde 1580, cuando se publican los Ensayos, hasta 1830. 250 años, los más decisivos para la historia de Europa y del mundo.

Los autores del siglo XX ya no se llaman “ilustrados”. Aunque lo sean, se llaman “liberales, “anarquistas”, “socialdemócratas”, incluso “comunistas”. Ya son para otra colección.

Como decía Tzvetan Todorov, “todos somos hijos de la Ilustración”. En cierto sentido, todos somos ilustrados (o casi todos). Teniendo en cuenta que las ideas de la Ilustración radical han formado la Europa moderna (y el mundo moderno en general), todos (o casi todos) somos ilustrados, aunque no lo digamos o (lo que es peor) no lo sepamos. Nuestras democracias proceden de las revoluciones francesa y norteamericana. La Declaración de Derechos de la ONU de 1948 proviene de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1792. La misma Unión Europea, con todos los defectos que tiene, es una institución claramente ilustrada. El 80% o 90% de sus eurodiputados son ilustrados. Sólo la ultraderecha (de la que en nuestro país también participa gran parte del PP y de la Conferencia Episcopal) está fuera de los valores ilustrados. Se dice a veces que la Ilustración fracasó. ¡En absoluto! La Ilustración triunfó y sigue triunfando. Decenas de dictaduras han caído en las últimas décadas. Los índices de alfabetización y educación han crecido en todo el mundo. También los índices de sanidad. El fundamentalismo islamista se ha detenido. Apenas hay guerras, no sé si habrá más de tres o cuatro, muy localizadas. Esto no había pasado nunca. Sólo queda Irán como una teocracia anticuada, que no durará mucho, y las satrapías del Golfo, los amigos del emérito, que caerán también. Estos son los hechos y en este sentido debemos ser optimistas, como dice Pinker. Hay un libro muy bonito de un autor sueco, Hans Rosling, Factfulness. Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas. Te lo recomiendo.

Los autores posmodernos son los continuadores de la contrailustración, que ya en el siglo XVIII fue muy poderosa. En general, los románticos, los nacionalistas, la Iglesia católica, los autores de derecha y ultraderecha, los Bonald, de Maistre, los “antimodernos” de los que trata Antoine Compagnon; en nuestro país, los Forner, Donoso Cortes,  Menéndez Pelayo, los autores ultracatólicos, todos han dejado un rastro viscoso que ahora se plasma en autores y políticos de ultraderecha y de ultraizquierda. Afortunadamente, tienen poco que hacer, pero pueden dar sustos, como el reciente asalto al Capitolio. Uno de esos contrailustrados muy poderosos ha sido Trump, quizá ya en retirada. Los ultraizquierdistas, los Badiou, Vattimo, Latour y otros, son simplemente lamentables. Marx les daría  latigazos.

La mayoría de nuestras ideas e ideologías políticas (incluso el propio término “ideología”, que proviene del movimiento de los “ideólogos” durante la Revolución francesa) tienen su origen en la Ilustración: el liberalismo, el anarquismo, el socialismo e incluso el comunismo, como te decía. Todos ellos son ramas del tronco ilustrado.

—En el siglo XVIII, la filosofía y la literatura no estaban tan separadas como en nuestros días. Voltaire escribió tratados, ensayos, diálogos, relatos, dramas y poesías. ¿Crees que en el siglo XX es posible hablar de novelistas o poetas ilustrados? ¿Te has encontrado a autores equivalentes a Voltaire, Diderot o Jonathan Swift? ¿No sería bueno que la filosofía tratase de volver a salir a la calle quizás con textos más breves, polémicos, ágiles y accesibles que, como la literatura clandestina del siglo XVIII, corriesen de mano en mano? 

—Creo que en la literatura y el arte en general predomina la tendencia antimoderna. Ya lo hacía en el siglo XIX, con el romanticismo y después con autores como Baudelaire, o Chateaubriand. En Francia es predominante. Hay novelistas ilustrados, claro está, como Vargas Llosa, pero son los menos. Y para qué hablar de las series de televisión, llenas de poderes paranormales, brujas y brujitos, casas encantadas al estilo de Poe, ouijas, diablos, exorcistas y toda la basura que llena también el cine de terror. Si ves el catálogo de Netflix, verás que la mitad al menos de sus series y películas son pura basura. Hay muy pocas series, como The Big Bang Theory El joven Sheldon que promuevan el conocimiento científico y los valores ilustrados. Creo que no venden. Lo que vende son los detectives con poderes telepáticos, los héroes con superpoderes, los niños con poderes que estudian en una academia de brujería…

—Nietzsche decía: “Escoge bien a tu enemigo, pues acabarás pareciéndote a él”. ¿No te parece que, en ocasiones, la crítica ilustrada de la religión adopta un tono excesivamente dogmático o beligerante?  Voltaire fue un gran orfebre de la ironía y la sátira, y Diderot –de cuya mente Voltaire dijo que era como un horno que quemaba todo lo que cocinaba–, de la autoironía y el humorismo, pero en muchos otros casos, y dímelo si me equivoco, tengo la sensación de que falta un cierto espíritu lúdico o festivo, que es esencial de dicho proyecto, pues de lo que se trata, al fin y al cabo, es de buscar la felicidad individual y colectiva, mediante la optimización del placer y la reducción del dolor. Esta especie de acritud me parece más intensa en el siglo XX que en el XVIII. 

—Parece que Holbach no tenía mucho sentido del humor, o al menos no se refleja en sus libros. Quizá no dominaba lo suficiente el francés para plasmar las sutilezas y las ironías de Voltaire. O reservaba el humor para las cenas con sus amigos. A veces parece un profeta clamando lleno de indignación. Tampoco Meslier tenía mucho sentido del humor. Ten en cuenta que vivían situaciones opresivas, con un temor siempre presente a ser descubiertos. Meslier era cura de un pueblo y escribía barbaridades contra su religión por las noches, más de mil páginas en tres copias. ¿Qué habría pasado si lo hubieran descubierto? Holbach era barón, rico, va a la ópera, celebra cenas suculentas con sus amigos, pero luego, en el  ático de su mansión, en el centro de París, escribe las más virulentas bombas (como dijo Diderot) contra el cristianismo que se hayan escrito jamás. Los escritos se copian y a través de una cadena de mensajeros llegan a Ámsterdam, hasta su editor Marc-Michel Rey. ¿Qué habría pasado si uno de esos mensajeros hubiera sido detenido y hubiera confesado? Y así durante décadas… Hay en sus vidas una ansiedad, un miedo, incluso una amargura, de los que a veces no nos hacemos cargo. Voltaire vivía a unos pasos de Suiza. Si le llegaba la noticia de algún problema, en muy poco tiempo estaba a salvo en Ginebra. Pero otros… Ahora entendemos por qué Diderot decide no publicar más, después de un tiempo en prisión. A Helvétius le amargan la vida después de la publicación deDel espíritu y no publica nada más. DejaDel hombre (que hemos publicado también en Laetoli) muy bien preparado para ser publicado después de su muerte. Comenta en la introducción que la Inquisición era entonces más dura en Francia que en España… ¡Más dura que en España! No es extraño que no estén para muchas fiestas. En Diderot, sin embargo, sí hay mucho humor. Jacques el fatalista es muy divertida, claro que no la publicó en vida…

Veo que vas más allá del “pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad”. Ciertamente, las tentaciones apocalípticas, a pesar de disfrazarse de justa indignación, acaban desembocando en el fatalismo o en el cinismo. Uno de los principios humanísticos, y por lo tanto ilustrados, es que la experiencia humana es fundamentalmente la misma en todas las épocas y todos los lugares (¿cómo iban a interesarnos, si no, los escritos de la Antigüedad?). Ni el mundo está a punto de acabarse en una gran conflagración, ni está a punto de llegar un valiente mundo nuevo, sino que, con fluctuaciones que pueden ser dramáticas, pero no definitivas, “la nave va”. Como decía Borges en “La biblioteca de Babel”, a toda gran esperanza sucede, como es natural, una depresión excesiva. Eso no implica, claro está, que no haya mucha ignorancia, mucha injusticia y mucho sufrimiento en el mundo contra los que luchar. La Ilustración, en cualquiera de sus formas, sigue siendo necesaria, y, como indicas, está en la base de todo lo que merece ser defendido. Como diría Kant, nunca viviremos una época ilustrada, sino solamente una época de ilustración. Evidentemente, resulta necesario un trabajo de aggiornamento constante de las ideas y de las formas ilustradas, para lo cual es necesario regresar constantemente, como recomendaban los humanistas, ad fontes, esto es, a las fuentes, donde el agua está más clara y podemos beberla directamente con nuestras manos, sin que resúmenes, comentarios e interpretaciones nos roben la experiencia de medirnos cuerpo a cuerpo con los textos. En mi caso (y esto no es publicidad, puesto que no gano nada con ello, ni es propaganda, puesto que con ello todos ganamos por igual), la colección “Los ilustrados”, junto con algunas de esas obras que quieres incluir, como Montaigne o Charron, forman un conjunto de textos a los que regreso constantemente a la búsqueda de ideas, argumentos, estilos y también ejemplos existenciales comprometidos y poderosos. No me puedo creer que muchos adolescentes y jóvenes no puedan sentirse admirados por este tipo de figuras. ¿Hay iniciativas que busquen conformar un imaginario ilustrado que pueda trascender el ámbito meramente académico? ¿Qué crees que podría hacerse al respecto?

—Veo a muchos jóvenes, tanto en España como en América, que participan en las redes sociales, a los que les gusta la colección y para la mayoría ha sido un descubrimiento. En eso soy también optimista. “Los ilustrados” pone las bases, es decir, los libros, pero no puede hacer más. Los bibliotecarios tienen que comprarlos. Los profesores tienen que recomendarlos, o incluso imponer lecturas. Los críticos tienen que escribir sus reseñas, sus críticas (buenas o malas). Lo peor es el vacío.

Hemos tenido ahora bastante polémica con los negacionistas del covid y los antivacunas. Quizá me equivoque, y mi percepción esté muy mediatizada, pero me da la impresión de que han quedado ante la opinión pública como unos chiflados, algo así como los terraplanistas; y personajes como Victoria Abril o Miguel Bosé han quedado ridiculizados como unos charlatanes. No ha habido un gran seguimiento de las ideas negacionistas. La mayoría de los jóvenes han visto que las vacunas (¡que también fueron una creación de la Ilustración!) son positivas, que el mundo entero ha luchado por tenerlas lo antes posible, que se han conseguido gracias a la investigación científica, y por ello se vacunarían ya mismo si pudieran hacerlo. Y muy pronto lo harán.

No sé si conoces una de las mejores películas sobre la Ilustración, la danesa Un asunto real, basada en la biografía del médico del rey danés, el ilustrado Struensee. Entre él y la reina de la época lanzaron una campaña de vacunación a finales del siglo XVIII contra la viruela. Decreto a decreto, Dinamarca se convirtió en la punta de lanza de la Ilustración europea. Te la recomiendo.

¿Además de a José Marchena, qué otros ilustrados españoles o hispanoamericanos te gustaría editar? ¿No te parece que resulta necesario realizar un trabajo de vaciado de la triste y a la vez muy útil Historia de los heterodoxos españoles?

—Tal vez haya que leer a Menéndez Pelayo en busca de inspiración, como dices… No creo que se encuentre mucho. Durante toda la época ilustrada, la Inquisición fue asfixiante en España. Uno de los historiadores de primera fila de la literatura clandestina francesa y de la Ilustración radical francesa, el sevillano Miguel Benítez, quiere escribir un libro sobre Juan Antonio Olavarrieta, médico, fraile exclaustrado, periodista y activista, especialmente durante el Trienio Liberal, que huyó a América, a Guayaquil y Michoacán, perseguido por la Inquisición. Escribió un tratado materialista, El hombre y el bruto, que quizá publiquemos. Todo un personaje. Me lo ha prometido para Laetoli, pero antes tiene que acabar otros trabajos, que publica en francés, por cierto.

—Recuerdo con mucho interés libros como Las raíces globales de la democracia, de Amartya Sen, que fue premio Nobel de Economía en 1998, o La Ilustración de Dorinda Outram. En ellos se intentaba ampliar el universo del discurso de la Ilustración para acabar con la idea de que esta era una cuestión exclusivamente europea. Ciertamente, la malversación que el colonialismo europeo hizo del discurso ilustrado, en términos de mission civilisatrice y de “expansión de la democracia”, y la tarea funesta de cierta posmodernidad, reconvertida, como dijo Frederick Jameson, en la “lógica cultural del capitalismo tardío”, supuso que en muchas partes del globo se empezase a ver el discurso ilustrado o como un caballo de Troya colonial o poscolonial, o como una peculiaridad cultural, casi folklórica en el sentido herderiano, de Europa. Sin embargo, no hay argumento más eurocéntrico que considerar que la lucha por la libertad, la igualdad y la felicidad es una cuestión meramente europea. Quizás en el arco temporal que te planteas, que va desde que Montaigne publicó en 1580 la primera edición de los Ensayos hasta 1830, sea difícil hallar obras que podamos llamar “ilustradas” en un sentido restringido, pero sí ha habido antes, durante y después, iniciativas que participan de un espíritu “ilustrado”, esto es, escéptico (y tolerante), materialista (y muchas veces ateo) y hedonista (en términos individuales y colectivos). No sólo pienso en Luciano de Samósata, que es una de las grandes fuentes de la Ilustración, sino también en los faylasuf (“filósofos” en árabe) como Avicena, Ibn Warraq o Al-Ma’arri, el poeta persa Omar Khayyam, que fue claramente escéptico, materialista y hedonista, el príncipe budista Shotoku, y tantos otros. El trabajo de construir un imaginario ilustrado mundial está por hacer. ¿Se te ocurren más nombres al respecto, antiguos o modernos?

—La visión de bastantes posmodernos de la Ilustración no se sostiene. Como dices bien, la lucha por la libertad, la igualdad y la felicidad no es una cuestión meramente europea. La Ilustración es un fenómeno mundial, del mismo modo que la Declaración de derechos del hombrede Naciones Unidas de 1948 es una declaración mundial. ¿Es la ciencia también una “cuestión meramente europea”? ¿No es evidente que es un fenómeno mundial, aunque haya nacido, digamos, en la Europa del siglo XVII? Ilustración y ciencia van de la mano, antes o después.

Los ilustrados están continuamente leyendo y recordando el mundo griego y romano. Muy a menudo citan a los mismos autores: sobre todo a Epicuro, Demócrito, Lucrecio, Cicerón, Sexto Empírico, Diógenes Laercio, los poetas hedonistas romanos, como Virgilio, Horacio y Ovidio, el archihedonista Petronio… Quisieran anular los 1700 años de dominio cristiano para volver a esas fuentes clásicas: escépticas, materialistas, ateas, hedonistas. La palabra “ateo” aparece por primera vez en el siglo V a. de C… Peter Gay titula el primer volumen de su gran obra The Enlightenment “El ascenso del paganismo moderno”. En este sentido, los ilustrados son unos nuevos renacentistas, pero, como escribe Jonathan Israel, la importancia y las consecuencias de la Ilustración sobrepasan con mucho las del Renacimiento. Sin embargo, los libros dedicados a este último seguramente son mucho más numerosos que los dedicados a la Ilustración, lo cual es un sinsentido. Eso sí, el Renacimiento tuvo mejores pintores, aunque la Ilustración tiene a Goya, que es la gran aportación de España al movimiento ilustrado.

Bernat Castany Prado.

—Recuerdo que hace unos diez o doce años leí varios volúmenes de la Contrahistoria de la filosofía de Michel Onfray. Algunos de los nombres que recogía los conocía, pero muchos otros no, y empecé a buscarlos. Fue entonces cuando me encontré con la Memoria contra la religión de Jean Meslier que la editorial Laetoli había publicado. Poco a poco fui comprando muchos otros libros de la colección: Holbach, Diderot, Cloots, La Mettrie, Helvétius… A lo largo de estos años he ido recomendando y regalando varios de esos libros, que me parece que forman uno de los catálogos más interesantes del panorama editorial actual. Fue hace apenas dos años que te escribí con la intención de colaborar en dicho proyecto, y desde entonces he realizado varias reseñas y traducido varios libros que empezarán a salir en breve. Quiero pensar que mucha otra gente encontrará en este catálogo un conjunto de voces racionales, libres y valientes que les acompañen en estos tiempos irracionales y sumisos (como lo son todos, por otra parte). Quería preguntarte cómo se te ocurrió empezar esta colección, y también cuáles son tus expectativas al respecto.

—Curiosamente, todo empezó también con ese libro de Michel Onfray, el cuarto volumen de su Contrahistoria de la filosofía, al que en Anagrama se le puso un muy mal título, calcado del francés, Los ultras de las Luces, cuando debería serLos ilustrados radicales. Me pasó lo mismo que a ti. Busqué a esos autores de los que hablaba Onfray y no encontré ediciones en castellano por ninguna parte, o estaban agotadas desde hacía treinta años. Ni Meslier, ni Holbach, ni Helvétius, ni La Mettrie. Nada de nada. Mucho Heidegger en las librerías, mucho Vattimo, mucho Zizek, pero de nuestros ilustrados radicales ni rastro. Así que decidí editarlos. Afortunadamente, elSistema de la naturaleza Del espíritu habían sido publicados décadas atrás por Editora Nacional (también La Mettrie), traducidos por José Manuel Bermudo y su equipo, y bastó comprar los derechos. Así empezó todo. Luego un nombre lleva a otro, un libro a otro, y ya llevamos más de 30…

Desde hace un par de años, la colección se coedita con el Museo de la Ilustración de Valencia (MuVim). Es una gran ayuda. Ellos querían editar libros de la Ilustración y se dieron cuenta de que ya los estábamos editando nosotros. Así que se ofrecieron a apoyarnos. Los libros se imprimen en Valencia a cuenta del MuVim. Es un acuerdo perfecto, porque además imprimen muy bien. No entran para nada en qué títulos editamos: los imprimen y punto. Ojalá dure mucho esta colaboración.

Como te decía al comienzo de esta conversación virtual, hay por lo menos unos 50 títulos haciendo cola, unos en marcha, otros esperando. No hemos hablado de los autores de los epílogos. Para los que desconocen la colección y han llegado hasta aquí, les diré que la colección no lleva introducciones, sino epílogos, a veces extensos, de 30 páginas o más. Poco a poco han ido escribiendo esos epílogos algunos de los estudiosos más importantes dedicados a la Ilustración radical en la actualidad, como Jonathan Israel, pero también autores franceses, italianos, españoles, canadienses, ingleses, holandeses… Un mundo cosmopolita, como la propia Ilustración.

Seguiremos en la misma línea, poniendo especial atención en libros nunca traducidos al castellano, y también en esos autores preilustrados que te comenté antes, como los libertinos barrocos o los librepensadores ingleses. Hay países enteros que no hemos tocado: Alemania, Italia, Holanda, Estados Unidos, Latinoamérica… Hay mucho que hacer, mucho que investigar, mucho que leer, mucho que editar…

Fuente

«Todos somos hijos de la Ilustración»

Deja un comentario

«Todos somos hijos de la Ilustración» – Sarraute Educación María Magdalena

A %d blogueros les gusta esto: