5 poemas de Jacobo Bergareche

Por Laura Di verso

Jacobo Bergareche, poesía
5 poemas de Jacobo Bergareche

Zenda publica cinco poemas de Jacobo Bergareche, poeta, dramaturgo y autor de la reciente novela Los días perfectos (Libros del Asteroide). El primero de estos poemas, “Hortensias”, pertenece a su anterior libro, Estaciones de regreso. Los otros cuatro son inéditos, escritos en los últimos 15 años.

*******

HORTENSIAS

A mi hermano Roque, en el primer aniversario de su muerte.

A tientas,
Llegamos al fin
De dar la vuelta entera
Hasta llegar otra vez
A la orilla de este Sol
Donde te dejamos

Venimos de doblar los cabos
Sin saber de vientos,
De subir los picos
Sin saber del hielo,
De ir por donde van
Los que conocen la meta
Pero no el camino.

Y nos dicen que mañana
partimos de nuevo,
Es el mismo viaje
Pero habrá menos picos
Menos cabos
Rectas más largas
Autopistas
Mapas
El camino está aprendido,
Serán pocas las novedades
Porque ya sabemos cómo es
La muerte de un venado sin ti
El parpadeo del faro sin ti
La canción que cierra la noche
Sin ti
Y todo sin ti va a ser igual otra vez,
Nos dicen:
Llegaremos de nuevo a este Sol
Y llegaremos al venado muerto,
al faro y a la canción que cierra,
Y serán igual otra vez
Y también tu cara seguirá igual en la foto
Y lo único que amarilleará
Será la nuestra en el espejo
De este lento tiovivo de ausencias
En el que vamos
Acomodando la pena

Y hoy al llegar a esta orilla fugaz
Pienso en lo que debo hacer
Para no salir mañana
A buscarte otra vez
Allí donde no queda más
Que lo que hicimos juntos.

Y me vienen a la cabeza
Las hileras de hortensias,
Que enmarcan el mar
en los jardines del verano.
Las flores que mejor crecen,
donde te enterramos.
Flores imprevisibles,
Que en sus pétalos traducen
La memoria química
De lo que queda atrapado
En cada grano de la tierra
Año tras año.

Y año tras año
En el añil de un pétalo,
En el violento carmín de otro,
En el pálido gris de un ramo
Seguimos mezclándonos
La ceniza de tu cuerpo
La mía de un cigarro,
Una lágrima, el orín del perro,
Siete tormentas,
La sal de la espuma
El sudor de un día de verano.

En esa hilera de hortensias
De imprevisibles colores,
Nada es igual dos veranos,
En ellas estas tú
Estamos nosotros,
Juntos
Delante del pasado.

2

A mi hermano Roque, en el octavo aniversario de su muerte

Tanto nos parecíamos
que no hacía falta explicar que éramos hermanos.
Le llevaba siete años.
Hoy le llevo quince,
y se me acaba el tiempo
en que el espejo
aún me devolvía
algo de su cara
en la mía.

Solo quien muere joven
sigue siendo igual a sí mismo,
con las ondas de su deseo
aún en expansión.
Lo cierto es que somos los demás
los que no dejamos de morirnos día a día,
cana a cana,
muela a muela,
arruga a arruga,
hasta que los escombros
de mil tardes de domingo
nos entierren vivo al deseo.

3

Neurocirujía pediátrica

–al Doctor Javier Esparza

Saldremos temprano
a bañarte en la espuma
que separa muerte y sueño,
donde las cuchillas te cortarán
con la suavidad de una pluma
que cae sobre tu piel almizclada.

Hasta ese umbral te acompaño
con el índice preso
en tu puño tan blando.

No temas, niña, no temas
cuando veas apagarse todas las ventanas,
cuando de la oscuridad no emerjan
las aterciopeladas cabezas de tus amigos inertes.
Sólo será una fugaz inmersión
bajo esa superficie
en que se reflejan los sueños
antes de hundirse,
allá donde la luz de tu conciencia
no alcanza a alumbrar ningún fondo,
en esa lejana ausencia interior
que ni el dolor puede habitar.
Serás vaciada de tiempo,
Serás piedra animada, silencio latente,
sangre lenta.

Reposarás suspendida sobre la mullida membrana de la muerte,
Y despertarás como las mariposas
Tras romper tu crisálida de abismos.

 

4

India

Me voy de viaje,
lejos.
Me regalaron el billete,
a pocas horas de mi viaje estoy borracho,
y ni sé qué meter en la maleta.
Tengo pocas expectativas:
espero ver nuevos colores en las caras de la gente,
espero ver pájaros que no sepa nombrar,
espero ver gestos de cortesía ininteligibles:
«entre, siéntase, hasta la vista, muérete gringo…»
Que me lo digan con manos y ojos,
que deseen mi muerte, mi dinero, mi cuerpo,
que deseen mi vida, mi ropa, mi mujer.
Quizás me maten,
pero probablemente no pase nada,
porque nunca pasa nada
hasta que tienes un aneurisma
con 78 años
o un cáncer de próstata.
Si me matan en este viaje
tendré una lápida curiosa:
dirá que nací en Londres,
y morí en un impronunciable lugar de India:
la farsa de mi vida exótica será perfecta,
quien lea mi lápida no sabrá que soy madrileño
y que me pasé la vida demostrando que soy vasco.
Quizás la visión de un mundo nuevo
pase por mi imaginación como un huracán
y tumbe árboles de certeza
edificios de verdades,
probablemente lo que vea no dé
ni para apagar una vela,
será un soplo agotado
sobre las rocas
de todo lo que no puedo dejar de ser.
Y volveré lo más seguro,
y me pesaré,
y trataré de adelgazar un poco,
y seré el mismo,
un año más.

5
El universo desde la cabeza de mi perro

But if a man would be alone, let him look at the stars.
Ralph Waldo Emerson

Ya no sé cuántos miles de años llevo mirándolas,
pero recuerdo la primera vez que las vi
aún no habíamos inventado las horas, las semanas
no habíamos nombrado a los días
ni sabíamos aún que el tiempo gira sobre sí mismo
y vuelve a empezar sin nosotros
deja de respirar con nuestros pulmones
hasta dejarnos en piedra, en aire, calor
metralla
para la próxima gran explosión.

No sé cuántos miles de años las llevo mirando
ya he olvidado sus nombres,
aquéllos con que las bautizamos
cuando decidimos que cualquier cosa
puede ser encerrada en una palabra para habitar
dentro de nuestros cuerpos.

Me siento en el zaguán,
acaricio a mi perro, los dos cansados
de perseguir por el monte
a otro sol que se nos escapa,
y veo sus orejas inquietarse
se tensan hacia arriba
y atrapan una brisa nocturna
que silba por los huecos de las encinas
que deshoja el azahar del naranjo lunero
y empuja a través de la oscuridad
el croar de las ranas que habitan
todos los charcos del camino.
El monte entero
queda invisiblemente dibujado
en esa brisa que mi perro observa
con sus orejas.
Yo sin embargo no veo nada,
sólo mi memoria me devuelve
el recuerdo de lo que un sol
me iluminará mañana al despertar.

La poca luz que al cielo le queda
se desagua por las estrellas.
Vuelvo a alzar mi vista hacia ellas,
como solía hace miles de años,
me pregunto si mi perro también las ve,
y entro entonces en su mente
para mirar las estrellas
asomado a sus ojos
y en ese instante el universo,
se libera de las palabras,
de las ideas,
de las dimensiones,
de las magnitudes
en que lo hemos comprimido
para que quepa en nuestras mentes.
El misterio se hace infinito
y ya no puedo ver las estrellas.

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5 poemas de Jacobo Bergareche – Sarraute Educación María Magdalena

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