Descansa como un niño este verano con ayuda de la ciencia

Por Carlos Manuel Sánchez

La neurociencia, la psicología, las ciencias de la conducta, la ingeniería en computación… Toda una serie de disciplinas se han lanzado a investigar cómo debemos afrontar las vacaciones para conseguir que descansemos de verdad. Te lo contamos.

La ciencia nos está ayudando a superar la pandemia, pero ¿puede ayudarnos también a disfrutar de las vacaciones perfectas? Esa es la idea. Desde la neurología a la economía, pasando por la psicología, las ciencias de la conducta y la ingeniería en computación, toda una serie de disciplinas se han lanzado a investigar cómo deberíamos afrontar los días libres para conseguir que descansemos de verdad y no volvamos al tajo más exhaustos, estresados y malhumorados de lo que estábamos. La fatiga pandémica afecta al 45 por ciento de los españoles. Por eso, este verano es tan importante ‘resetear’. Lo advierten los psicólogos: después de un año y medio de estrés anímico y físico sostenidos, hay que tomarse muy en serio el periodo estival. Nos va la salud y el equilibrio mental en ello. Si lo aprovechamos, nos aportará ese plus de resiliencia para lo que venga en otoño.

La fatiga pandémica afecta al 45 por ciento de los españoles. Por eso es tan importante ‘resetear’

Que hay ganas lo demuestra que los españoles nos gastaremos 1191 euros por persona estas vacaciones, recuperando así el nivel de 2019. Pero no todo depende del presupuesto. Evolutivamente estamos diseñados para alternar actividad y reposo. Y el equilibrio es frágil. ¿Cuánto debe durar una escapada perfecta? ¿Es mejor llenar la agenda de actividades o tumbarse a la bartola? ¿Hay que planificar o improvisar? ¿Hacer lo de siempre o lanzarse a la aventura? A continuación, un cursillo acelerado de una asignatura más difícil de lo que parece: disfrutar de uno de los veranos más importantes de nuestras vidas.

Siete reglas para las vacaciones perfectas

 

1 Planificar con cabeza

La pandemia se ha traducido en un sinfín de cancelaciones en hoteles y líneas aéreas. ¡Vuelva a hacer planes! Matthew Killingsworth, de la Universidad de Pensilvania, afirma que la planificación fomenta una perspectiva optimista. «Como humanos, pasamos gran parte de nuestra vida mental viviendo en el futuro. Y puede ser una fuente de alegría si sabemos que se avecinan cosas buenas, sobre todo si se trata de viajar». Pero no se pase: hay que dejar cierto margen a la improvisación. Si programamos al minuto, el ocio se convierte en una obligación.

¿Dónde vamos? ¿De crucero, de safari, a un parque temático, de periplo gastronómico…? Conviene limitar las opciones. Cuando el cerebro se encuentra con demasiadas posibilidades donde elegir, se bloquea. Si le sirve de ayuda, un estudio de la Universidad de Virginia señala que los introvertidos prefieren la montaña y los extrovertidos, la playa.

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2 Elegir al mejor compañero de viaje

En cualquier caso, no es tan importante dónde, sino con quién. «En términos de felicidad, las relaciones que construimos a través de experiencias compartidas son más importantes que la propia experiencia», sostiene el investigador Graham Hill. ¿Pero quién es ese quién? La opción obvia son los seres queridos. Aunque los estudios muestran que relacionarnos con desconocidos con ideas afines nos hace más felices. No obstante, este es el verano de la reconexión, más que de la desconexión. Para las familias separadas durante mucho tiempo por las restricciones ha llegado el momento de reunirse. «Unas vacaciones multigeneracionales, con niños, abuelos y cuñados, son una forma de volver a conectar mientras se permanece en una burbuja familiar segura. Pero no es fácil que la cosa marche sobre ruedas. Puede haber una figura dominante, como un padre que estaba acostumbrado a mandar a muchos empleados y quiere hacer lo mismo con su familia; o una madre que se siente herida porque sus hijos quieren pasar tiempo a su aire. O pueden surgir viejas rencillas. Lo mejor es consensuar de antemano desde los niveles de privacidad de cada cual hasta el presupuesto para que nadie se vea obligado a pagar más de lo que puede permitirse», sugiere el psicoterapeuta Matt Lundquist.

Los confinamientos produjeron aislamiento social, sobre todo entre los mayores. Pero también produjeron el efecto contrario: nos hicieron pasar más tiempo acompañados. Y es que no es lo mismo la soledad cuando anhelamos compañía que estar a solas cuando queremos tomarnos de forma voluntaria un tiempo propio. Un déficit de momentos de microsoledad puede llegar a convertirse en un problema. Pasar algo de tiempo de calidad con uno mismo en vacaciones mejora el bienestar emocional.

3 Las vacaciones son elixir de vida

Y si se desespera de estar mano sobre mano, piense que no tomar vacaciones acorta la vida. Esta es la conclusión de un estudio de la Universidad de Helsinki realizado a lo largo de 40 años y en el que participaron 1222 ejecutivos varones. Los que tomaban menos de tres semanas de vacaciones al año tenían un 37 por ciento más de posibilidades de morir antes. Las vacaciones también alteran el genoma (para bien). Se ha comprobado que aparecen mutaciones beneficiosas a partir del sexto día de descanso consecutivo. Bajan, además, los niveles del péptido beta-amiloide (relacionado con la depresión, la demencia senil y el alzhéimer). Y mejoran los biomarcadores de los procesos inflamatorios, lo que influye en la salud cerebral a largo plazo. El corazón también se beneficia. Una investigación de la Universidad de Siracusa señala que las personas que toman vacaciones tienen un menor riesgo de afección cardíaca. Y el subidón de la vitamina D por las horas de luz solar mejora nuestro ánimo.

4 Rejuvenecer por fuera y por dentro

Por si fuera poco, las vacaciones rejuvenecen. Cuentan que el pelo de María Antonieta se volvió gris de la noche a la mañana justo antes de su decapitación, en 1791. Aunque tal leyenda es inexacta –el pelo que ya ha salido del folículo no cambia de color–, un estudio de la Universidad de Columbia relaciona el estrés con el encanecimiento. Pero lo más sorprendente es que la pigmentación del cabello puede recuperarse cuando se elimina la tensión, en especial durante las vacaciones. Lástima que solo sean unas pocas decenas de pelos de los cien mil que tiene el cuero cabelludo por término medio. «Que las canas sean reversibles demuestra que el envejecimiento no es un proceso lineal, sino que se puede detener», afirma el neurólogo Martin Picard.

5 Viva intensamente

Que las vacaciones sean más largas no significa necesariamente que estas sean mejores. De hecho, la duración tiene una limitada influencia en cómo se sienten las personas durante un viaje y después del mismo. Varias escapadas de una semana, sin ir más lejos, suelen ser más satisfactorias que un mes del tirón. Lo que sí influye es la intensidad. «Realizar actividades que nos absorban por completo suele ser muy positivo», asegura la psicóloga Elizabeth Dunn. No tienen por qué ser actividades físicas, pero sí que deben tener un componente de exploración y de variedad. Por ejemplo, asistir a una clase de cocina en lugar de salir a cenar fuera; o realizar un recorrido arqueológico en lugar de pasar todos los días metido en la piscina.

Las leyes de la probabilidad pueden ayudarnos a decidir cuándo probar cosas nuevas y cuándo quedarnos con lo conocido. En computación, el problema se conoce como ‘explorar/explotar’, y es una manera de definir el eterno dilema entre avanzar y profundizar. «Por lo general, hay que ser más explorador al principio de las vacaciones y más ‘explotador’ al final –explica el ingeniero computacional Brian Christian–. Esto se debe a que las posibilidades de encontrar un lugar, una comida o una experiencia que nos guste más que las que ya hemos probado disminuyen a medida que pasa el tiempo. Todo es nuevo el primer día. Para el séptimo, ya sabemos más o menos lo que nos gusta, e incluso si hacemos un gran descubrimiento, no tendremos tiempo de volver».

6 Pruebe a dormir de otra manera

Y quizá va siendo hora también de replantearnos nuestros hábitos de sueño. A estas alturas no vamos a descubrirle las virtudes de la siesta, aunque quizá no sepa que la palabra viene del latín sexta (‘mediodía’), y que a esa hora los legionarios romanos, cuando podían, se echaban un sueñecito. Pero cada vez hay más evidencias científicas de que dormir ocho horas por la noche de un tirón es antinatural. Ninguna civilización lo hacía hasta la Revolución Industrial, como demostró el historiador Roger Ekirch. Lo habitual, tanto en Europa como en otros continentes, era irse a la cama un par de horas después del anochecer, despertar de madrugada, leer un rato, o tener sexo, o rezar… Y luego seguir durmiendo hasta el amanecer. Este patrón de sueño, dividido en dos segmentos, se adecua mejor a los ritmos circadianos. Y también a las noches calurosas…

Alargar el efecto vacacional

¿Cuánto cargamos las pilas? El efecto relajante o euforizante, por lo visto, empieza a desvanecerse en las primeras dos semanas después de la vuelta al hogar y se disipa por completo al cabo de ocho. Si una excursión, un monumento o un restaurante le han entusiasmado, cuénteselo a sus amigos y compañeros de oficina. Las investigaciones sobre la felicidad sugieren que las personas pueden revivir el sentimiento que les produjo una experiencia hablando de ella. Hasta que pueda tomarse otro respiro, solo queda recordar lo bien que lo ha pasado.

Fuente

https://www.abc.es/xlsemanal/a-fondo/como-desconectar-verano-consejos-salud-cerebro-relax.html#

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