La incertidumbre sobre la escuela presencial

Por Nadia González

Han pasado 18 meses desde que se declaró la pandemia de SARS-CoV-2. Nuestra vida se llenó de incertidumbre. No conocíamos nada de cómo lidiar con este virus. Todavía recuerdo esos días en los que todos imaginamos que esto pasaría a lo más en un mes. Soy médica e investigadora en neurociencias en un hospital infantil y me dedico al estudio del impacto de la adversidad infantil y de la resiliencia en la conducta y en la arquitectura del cerebro de niños y jóvenes. Como tal, no era personal de salud de primera línea; además, como madre de dos niños menores de 5 años, me permitieron trabajar desde casa, pues se temía que la población infantil fuera vulnerable para enfermedades respiratorias.

Después de semanas de estar con mis hijos, leer muchos artículos sobre SARS-CoV-2 y ver cómo se desarrollaba la tragedia, me pidieron que regresara a trabajar al hospital, porque a pesar de no tener una saturación en su capacidad hospitalaria, tenía una alta tasa de contagios entre el personal de salud. En ese momento comenzábamos a darnos cuenta de que los niños no eran tan susceptibles al SARS-CoV-2, así que ser madre de menores de 5 años dejó de ser criterio para ser considerado vulnerable. Regresé al hospital para colaborar con el servicio de epidemiología para intentar encontrar la fuente de contagios entre el personal de salud. A pesar de la incertidumbre —y aunque ya contábamos con información suficiente para saber que los aerosoles eran la primera fuente de contacto— fue necesario seguir trabajando, no podíamos parar.

Esta encomienda fue mi bienvenida al mundo de la investigación en SARS-CoV-2; no obstante que el foco de mi trabajo son las neurociencias cognitivas, estoy en este trabajo porque me gusta entender los fenómenos que rodean la fisiología humana y me obsesiona encontrar indicios de certidumbre. La conclusión de mi labor fue que la mayoría de los contagios en el personal de salud ocurrían en la comunidad y no venían de los pacientes. Las cadenas de transmisión más grandes dentro del hospital eran de gente que había contraído el virus fuera de éste. La transmisión se puede mitigar si somos cuidadosos y seguimos todas las medidas ya conocidas, sobre todo cuando hay una transmisión muy alta en el lugar que vivimos. Hasta hoy he podido realizar mi trabajo y no he presentado síntomas; tampoco he necesitado hacerme ninguna prueba, pues no he sido considerada contacto de nadie. En este momento, una certeza en mi vida es que se puede trabajar en persona sin correr un riesgo alto de contagio.

Comenzaba septiembre de 2020 y los países europeos pujaron para el regreso de clases presenciales. La evidencia indicaba que los niños rara vez desarrollaban una presentación clínica grave de la infección por SARS-CoV-2 y eran menos propensos a transmitirla que los adultos. Por ejemplo, en Inglaterra, un estudio reciente concluye que el SARS-CoV-2 rara vez es mortal en niños y adolescentes, incluso entre aquellos con comorbilidades subyacentes. El riesgo para ser hospitalizado en terapia intensiva es 1 en 50 000 y de muerte es 2 en un millón.

En México no era muy claro cuál era el riesgo para los niños de infectarse gravemente y morir a causa de una infección por SARS-CoV-2.  Evidentemente, nuestros sistemas de salud tienen más limitaciones que en países de altos ingresos. Además, teníamos más enfermedad grave y muerte en grupos etarios más jóvenes. Un grupo de madres médicas nos dimos a la tarea de hacer un análisis sobre la mortalidad de población pediátrica en niños en diferentes países, incluido México, así como un análisis sobre la  el riesgo de muerte en sujetos infectados por SARS-CoV-2 por grupo de edad y según la presencia de comorbilidades en Ciudad de México. En el primer trabajo, observamos que la mortalidad por SARS-CoV-2 en niños es muy baja. Sin embargo, existe una importante heterogeneidad internacional en la mortalidad pediátrica por covid-19 —que se correlaciona a la mortalidad neonatal histórica—,  la cual es un indicador de la calidad de los sistemas de salud y señala la importancia de los determinantes sociales de la salud en las disparidades de mortalidad pediátrica por covid-19 (y por cualquier otra causa). En México, al igual que en el resto de los países, la mortalidad en niños también es muy baja; sin embargo, los niños de 0 a 4 años tenían una mortalidad de 9.85 por millón, un poco más alta que en otros países. En un trabajo posterior confirmamos que el riesgo de muerte por infección por SARS-CoV-2 en niños es muy bajo y depende casi por completo de la presencia de comorbilidades. Para ponerlo en contexto: antes de la pandemia, en Ciudad de México el riesgo de muerte por causas prevenibles como infecciones congénitas (1871 muertes por millón en <1 edad); violencia (16 muertes por millón en 1-4 años); accidentes (15 muertes por millón en personas de 5 a 14 años), y suicidio (47 muertes por millón en personas de 15 a 19 años) fue igual o mayor que el riesgo de muerte por infección de SARS-CoV-2 en los grupos de edad pediátrica (ver gráfica 1).

La mayoría de los países europeos decidieron reiniciar la educación inicial y básica en forma presencial antes de la disponibilidad de vacunas contra SARS-CoV-2. En nuestro país no parecía cercano el momento del regreso a clases presenciales a pesar de que la transmisión comunitaria disminuía. Había argumentos fuertes de no hacerlo, como la falta de infraestructura en las escuelas y la vulnerabilidad de maestros y padres de familia. Además, México era de los países con datos más alarmantes sobre mortalidad en personas entre 40-59 años. Aun así, se autorizó la apertura de centros comerciales, restaurantes, bares y estadios.

Yo veía en mis hijos la necesidad de socializar con otros niños. Los dos cursaban preescolar y todos vivimos la frustración de la escuela en línea por lo poco que les aportaba para su desarrollo cognitivo en cuanto a autonomía, regulación emocional  y habilidades sociales. Además estaban las constantes luchas para que se conectaran a pesar de que claramente manifestaban su aburrimiento. Decidí que mi hijo menor —de 3 años— renunciara a la escuela: no se estaba beneficiando y quizá se estaba lesionando por esa modalidad. La participación del padre de mis hijos en la crianza fue lo que me ha permitido desarrollar mi trabajo plenamente, pero éste no es el caso de la mayoría de los hogares; antes de la pandemia, las madres eran el cuidador principal de niños en el 60 % de los hogares, y durante la pandemia ha aumentado a casi 80 %. Esto sin contar que el número de horas de cuidado que requiere la población infantil por parte de la familia ha incrementado sustancialmente desde que no contamos con escuelas ni centros de desarrollo infantil. Como efecto secundario, las repercusiones en el avance laboral de la mujer han sido catastróficas: 7 de cada 10 desempleos generados por la pandemia son de mujeres, según datos del Inegi.

Ya abiertas las escuelas en algunos países, podía medirse el efecto que tenía en la transmisión del virus. Los estudios demostraron que las escuelas no son una fuente importante de contagio. Uno de los estudios más grandes sobre covid-19 en escuelas en Estados Unidos examinó a más de 90 000 alumnos y profesores en Carolina del Norte durante nueve semanas el otoño pasado. Dada la tasa de transmisión en la comunidad, “hubiéramos esperado ver unos 900 casos”. Pero cuando los investigadores realizaron un rastreo de contactos para identificar transmisiones relacionadas con la escuela, identificaron sólo 32 casos. Los críticos argumentan que sin las pruebas de vigilancia, los niños que no presentan síntomas no serán identificados ni contados, por lo que el número real podría ser mucho mayor. En Salt Lake City, los investigadores dieron un paso más: ofrecieron pruebas de covid-19 a más de 1000 estudiantes y personal que habían entrado en contacto con cualquiera de los 51 alumnos que habían tenido una prueba positiva. De las aproximadamente 700 personas que se sometieron a las pruebas, sólo 12 tuvieron un resultado positivo. Luego, los científicos utilizaron el rastreo de contactos y la secuenciación genética para identificar las transmisiones que ocurrieron en la escuela. Sólo 5 de los 12 casos estaban relacionados con la escuela, una tasa de ataque de únicamente 0.7 %. También se observó que cuando las medidas de mitigación no se respetan, los contagios pueden aumentar, como sucedió en una escuela secundaria en Israel durante una ola de calor.

Recientemente, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) ha hecho varios llamados para la apertura de las escuelas. Señala que es posible que:

[…] las pérdidas que sufrirán los niños y los jóvenes por no asistir a la escuela sean irrecuperables [….]. Los más afectados son a menudo los niños de entornos de escasos recursos que no tienen acceso a herramientas de aprendizaje remoto y los niños más pequeños que se encuentran en etapas clave de desarrollo.

En México, alrededor de 36.5 millones de niños, niñas y adolescentes no acuden a los planteles educativos desde marzo, al igual que en otros 19 países. Según el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP), a partir de datos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2020, se estima que la matrícula de alumnos se contrajo 2 millones como “posibles efectos de la pandemia”. Aún no están disponibles los datos sobre rezago escolar en México,  pero muy probablemente los años perdidos no podrán recuperarse. Con respecto al estrés mental, la encuesta Encovid reporta que un 32 % de los adultos presentaban síntomas severos de ansiedad y 25 % síntomas de depresión. En ambos padecimientos, se observa que la prevalencia de estas enfermedades es mayor en los hogares con menores recursos socioeconómicos. Además, alrededor del 50 % de los niños presentan signos de alteraciones emocionales. El problema de violencia estructural en que vivimos es particularmente relevante: de acuerdo a reportes de Save the Children México, 7 de cada 10 niñas y niños en el país son víctimas de algún tipo de violencia. México es el primer lugar de violencia y abuso infantil en países de la OCDE. Cada día mueren tres niñas o niños a causa de la violencia. En los últimos años fueron atendidas en servicios de salud 317 996 niñas por violencia sexual. El encierro por la pandemia ha agravado las situaciones de violencia preexistentes: la violencia contra los menores de edad aumentó durante el confinamiento hasta en un 100 % según datos del Sistema nacional de protección integral de niñas, niños y adolescentes, y se estima que 3 de cada 4 menores son violentados dentro de sus hogares. Además, se calcula que un 13% de los menores de 6 años no son cuidados por una persona adulta. Por otra parte, un 81 % de los hogares con niños de 0 a 3 años dejó de vacunarlos. Debemos recordar que todo esto va en detrimento del bienestar de niños y adolescentes.

La mayoría de los datos mencionados arriba se engloban en el concepto que conocemos como adversidad infantil (AI). Las evidencias epidemiológicas y neurobiológicas muestran efectos acumulativos, en cascada y multidimensionales del trauma y el estrés asociados con las experiencias adversas de la niñez. La AI es un factor de riesgo importante para los niños y adolescentes en el desarrollo social, emocional y neuronal. La infancia se encuentra en alto riesgo de una variedad de resultados adversos en todas las etapas de desarrollo. Por ejemplo, la OMS calcula que el 30 % de las enfermedades mentales están relacionadas a la AI. Además, estudios recientes mostraron vínculos con enfermedades cardiometabólicas en etapas más avanzadas del curso de la vida, incluidas las enfermedades cardíacas y la diabetes mellitus tipo 2.

Dado que una de las limitantes más importantes para el regreso a clases se ha mitigado con la vacunación a personas mayores de 18 años, y dado que el impacto del cierre de escuelas en el bienestar de niños y adolescentes es —probablemente— irreversible,  yo respondería “sí” a la pregunta sobre el regreso a  las aulas.

La pregunta que nos debe ocupar ahora es el cómo. A lo largo de estos meses he participado en el comité de salud de la escuela de mis hijos. A finales de junio se regresó a un día presencial de clases a la semana. Pude darme cuenta de algunos problemas que van surgiendo al momento de abrir:

  1. Preocupación de los maestros y padres de estar suficientemente protegidos con la vacunación. Es necesario presentar los datos de efectividad de las diferentes vacunas aplicadas en México, sobre todo las que no tienen datos publicados de la tercera fase para enfermedad, hospitalización y muerte. Si alguna de las vacunas tiene poca eficiencia, debe iniciarse un protocolo para reforzar la vacunación; se ha mostrado que la combinación de vacunas produce una muy buena respuesta inmune.

  2. Un diagnóstico de las necesidades escolares y comunitarias para el aprendizaje.

  3. Implementar las medidas de mitigación con eficacia comprobada para prevenir la infección por SARS-CoV-2 (uso de cubrebocas, lavado de manos, ventilación).

Otro aspecto básico es proveer a las autoridades escolares de apoyo en la toma de decisiones relacionadas con el acontecer epidémico. Los directivos y profesores no son epidemiólogos y requieren asesoría para manejar información como cuándo considerar a una persona contacto, cuántos son los días de infectividad de las personas antes de comenzar síntomas, entre otros. El Estado debería ofrecer este servicio de asesoría permanente para las autoridades educativas y no dejar esta tarea a comunidades escolares que no tienen porqué tener la  preparación profesional para realizar análisis epidemiológicos.

Aún quedan incógnitas que resolver: por ejemplo, si los niños y adolescentes que tuvieron infección quedarán con alguna secuela. Al día de hoy, ésta y mucha otra información todavía es escasa o inexistente. Este bicho nos ha enseñado que la incertidumbre es parte de nuestra vida, que hay que aprender a vivir con ella y que hay que usar las pocas certezas para tomar decisiones importantes . Y una certeza es que los niños y adolescentes necesitan la escuela. Como dijo Justin Lessler, epidemiólogo de la Universidad de Johns Hopkins: “Hemos decidido que la escuela es importante. Y debemos hacer las cosas importantes, incluso si son difíciles”.

*Médica e investigadora en neurociencias en el Hospital Infantil de México

Fuente:

La incertidumbre sobre la escuela presencial

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