El día en que murió Borges

Por Karina Sainz Borgo

El día en que murió Borges

 

 

Viernes de verano, siete de la tarde. Bruno Pardo, periodista de la sección Cultura en ABC, cierra las páginas del fin de semana con Julio Bravo, crítico de danza, reportero especializado en información teatral y firma del periódico desde 1985. La tarde se derrite como un chicle en un andén. Hace calor y en la redacción las sillas vacías se quitan la palabra. Es casi víspera del puente de La Paloma y en esta ciudad hasta la sombra de los árboles se ha marchado de vacaciones.

 

Bruno consulta el archivo del periódico: tiene a su alcance más de cien años de portadas y páginas digitalizadas. Lo que antes se llamaba microfilm, en versión online. Mientras doy caza a mis propios gazapos en la doble página del domingo, los escucho hablar de las viejas firmas y los grandes episodios reseñados en la sección y también en la antigua Blanco y Negro, la revista creada por Torcuato Luca de Tena en 1897 y predecesora del actual ABC Cultural. 

 

“La fotografía de un Borges ya envejecido se despliega hasta ocupar toda la portada. El retrato está sangrado y muestra al escritor sosteniendo el bastón con las dos manos y la mirada perdida en algún lugar fuera del encuadre”

 

Bravo, siempre sobrio y parco en palabras, se explaya esta vez en una anécdota; y no cualquiera. El periodista recuerda la muerte de Jorge Luis Borges el 14 de junio de 1986. Ese año cayó en fin de semana, un sábado para ser más exactos. Entonces Bravo debía de estar a punto de completar su primer año como reportero de ABC, España entraba en la Comunidad Económica Europea y el gobierno socialista ganaba por un amplio margen el referéndum sobre la permanencia en la OTAN.

La noticia puso del revés la edición prevista para el domingo siguiente. «Dimos 24 páginas», asegura Julio Bravo. Espabilo al instante. «¿24 páginas, en serio?». Él asiente. Bruno, que aún consulta el archivo, se lanza a comprobarlo y da con el ejemplar del 15 de junio de 1986. Me levanto de golpe y corro al ordenador de Bruno. La fotografía de un Borges ya envejecido se despliega hasta ocupar toda la portada. El retrato está sangrado y muestra al escritor sosteniendo el bastón con las dos manos y la mirada perdida en algún lugar fuera del encuadre.

 

“Unos meses antes de la fecha de su muerte, en abril de 1986, se casó con su secretaria, María Kodama, hoy implacable albacea de su obra”

 

«Ha muerto Borges». Debajo del titular, aún más grande que el logo de la cabecera, se despliega la lista de autores que aportaron perfiles, obituarios y demás glosas sobre la obra del argentino. «Borges, el hacedor, el supremo urdidor de ficciones, aquel que convirtió la palabra en un territorio fantástico sin fronteras para la imaginación, el autor de versos en los que precisión y belleza caminan codo con codo, uno de los más grandes escritores en lengua castellana de este siglo, falleció ayer en Ginebra a los ochenta y seis años. Como él dijo refiriéndose a Quevedo, con su muerte desaparece no un literato, sino toda la literatura».

Colaborador asiduo de ABC, Borges, como Nabokov, fue a morir a Suiza. Lo dejó todo listo, hasta su tumba en el Cimetière des Rois de Ginebra, con su inscripción en inglés antiguo y su sobrio diseño helvético. Unos meses antes de la fecha de su muerte, en abril de 1986, se casó con su secretaria María Kodama, hoy implacable albacea de su obra. Lo curioso, acaso, es que, de todos los lugares del mundo, Borges eligió para morir aquel donde pasó sus primeros años: Ginebra.

 

“Con el legajo en la mano, continúo leyendo el texto de primera: El lector encontrará hoy en Tercera la segunda parte del último artículo que nos envió Borges

 

Hijo de una familia acomodada, Borges estudió en esa ciudad en los años de la Primera Guerra Mundial. Su juventud transcurrió en Europa, un continente que lo marcó y a su manera condicionó su relación con la literatura. En aquellos años descubrió los clásicos de la literatura francesa, como Victor Hugo, Baudelaire o Flaubert, pero también a los vanguardistas. De hecho, a principios de los años veinte ya cultivaba tal cosa como una vida de vanguardias: fundó revistas y movimientos. Vicente Huidobro, Cansinos Assens, Guillermo de Torre, Gerardo Diego, Jacobo Sureda formaban parte de su círculo. Eran los tiempos de Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) Cuaderno San Martín (1929) y Evaristo Carriego (1930).

Atornillada a la moqueta de la redacción, repito lo mismo, una y otra vez: «Es un portadón». Y lo es. «Imprímela, Bruno». Ignoro si he dicho o no por favor, y no sé si corro a la impresora o es Bruno quien vuelve con dos impresiones en formato A3. Con el legajo en la mano, continúo leyendo el texto de primera: «El lector encontrará hoy en Tercera la segunda parte del último artículo que nos envió Borges».

El editorial del día estuvo dedicado al autor de Ficciones, y en un cuadernillo central desplegaron artículos de Octavio Paz, Ernesto Sabato, Adolfo Bioy Casares, Mario Vargas Llosa, Augusto Roa Bastos, Alfredo Bryce Echenique, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Fuentes, Carlos Bousoño, Juan Goytisolo, Francisco Nieva y Luis Rosales. Abajo, en un delgado faldón, se lee: «La oposición y el senado, entre el diluvio de encuestas».

 

“Me sigue pareciendo un portadón, incluso una epopeya de la profesión. Si me han legado valor, como rezaba aquel poema del argentino, estoy obligada a ser valiente”

 

Lo hicieron todo en una tarde: no 24, pero sí 18 páginas. Sin Google ni atajos, sin audios de WhatsApp ni correo electrónico. Dieciocho páginas. ¡Dieciocho! Casi tres décadas han bastado para demostrar no sólo que la cultura pierde terreno, también resulta evidente una sensación de sacrificio. Lo viral es intrascendente: no ocupa lugar ni memoria, es el puro diluvio de aquellas encuestas que el ABC desplegó en sus páginas interiores aquel día y que ya a nadie recuerda.

A la mañana siguiente —un sábado, por cierto—, paso revista a la primera del ABC del 15 de junio de 1986. Me sigue pareciendo un portadón, incluso una epopeya de la profesión. Si me han legado valor, como rezaba aquel poema del argentino, estoy obligada a ser valiente. ¡Dieciocho páginas! ¡Dieciocho!

Doy otro sorbo al café. Está frío. Cojo las llaves y salgo a la calle, para comprar el ABC y una docena de gladiolas blancas. «En el mejor de los mundos posibles», pienso mientras subo la calle Biarritz en dirección hacia la avenida de Bruselas. El día en que murió Jorge Luis Borges, un periódico centenario como ABC le dedicó dieciocho páginas. ¡Dieciocho! Treinta y cinco años después, examino la portada como si de una reliquia se tratara. Y lo es.

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