Miguel Munárriz: «Busqué a la Maga, como don Julio, por las calles de París»

Por Manuel Llorente

Miguel Munárriz: «Busqué a la Maga, como don Julio, por las calles de París»

 

La melena cana y larga de quien ha leído, visto y escuchado lo suyo.Y descalzo, como cuando escribía Gabo, encorsetado en aquel feo buzo de mecánico. Miguel recibe y muestra su casa fina y blanca en la muy castiza calle madrileña de Hortaleza en una mañana lucida de domingo y protesta. Los libros acolchan, acogen y señalan al visitante por dónde cojea el anfitrión.

 

Miguel es Miguel Munárriz (Gijón, 1951), el promotor, editor y agitador de un quintal de aventuras literarias y el también coordinador editorial de esta casa, de Zenda. La excusa del encuentro es la reciente publicación de La escritura contra el tiempo. Ayer fue miércoles toda la mañana (Luna de Abajo), 228 páginas de su pasión por los libros, tan amplio y curioso como el arcoíris. Y donde sugiere y persuade.

—¿Qué estás leyendo ahora, Miguel?

—Estoy picoteando. Vengo leyendo de aquí, de allá… últimamente no termino ningún libro, diría que estoy en un periodo de búsqueda.

—¿Debido a la pandemia o por una cuestión más personal?

—Pienso que ya empecé la pandemia así. Me cuesta concretar si es que no encuentro nada que me interese lo suficiente como para terminar un libro o si es que estoy picoteando porque paso mucho tiempo en casa y simplemente salto de libro en libro. Me gusta mucho eso: tratar con los libros, hojear aquel libro que leíste hace tiempo y quieres recuperar, a veces incluso leer un prólogo. También me gusta bastante leer los prólogos.

—Es cierto que a veces te alumbran —si son buenos, claro—.

—A pesar de que muchos prologuistas suelan decir que lo que escriben es más o menos prescindible de cara al libro, para mí suele ser muy interesante. Los prólogos son el pórtico que me abre un camino hacia el libro que voy a leer, y también me proporcionan una voz distinta a la del escritor para poner en contraste.

—¿Dirías, ahora mismo, que relees más que lees?

—Últimamente me planteo bastante este asunto. Creo que no voy a tardar mucho en empezar a releer. Ahora, como te digo, estoy solo picoteando, no únicamente libros de novedades sino también en otros que ya he leído. Pero creo que la relectura va a llegar muy pronto.

—Pero ya habrás empezado a releer, ¿no?

—Sí, pero no con dedicación. Yo he leído para disfrutar, pero también para escribir. Estoy seguro de que enseguida empezaré lo que podríamos denominar la década de las relecturas, también de rellenar huecos literarios. Se me ocurren por ejemplo los Episodios Nacionales de Galdós, que habré leído uno. Por supuesto, me interesará volver a leer grandes libros por los que pasé en la juventud y de los que me queda un aroma, libros que creo que con mi edad de ahora sabré entender mejor, o quizá acceder a ellos mejor. Proust, Musil… toda esa gente.

—Con las relecturas suelen llegar también las decepciones: por una parte, ya no somos los mismos; por otra, los libros nos dicen cosas distintas dependiendo del momento… Es decir, que también entraña cierto peligro.

“Yo he leído para disfrutar, pero también para escribir.”

—En algunas ocasiones hablo de esto en el libro. Por ejemplo cuando escribo de…

—¿De Rayuela?

—Bueno, creo que Rayuela no me va a decepcionar, fundamentalmente porque tengo una fuerte ligazón espiritual con él. Yo creo que ahí sí que busqué a la Maga, igual que don Julio, por las calles de París. Pero lo menciono cuando hablo de otros libros, al hablar de los Durrell, por ejemplo. Recuerdo a Lawrence Durrell y mi lectura de El cuarteto de Alejandría sobre el 78 o el 79. En aquel momento sufrí una fascinación por ese tipo de literatura, y la pregunta que me hago es si esa fascinación resistiría una segunda lectura ya más madura, no sé si decir profesional pero sí más ojo avizor, conociendo más trucos… algún día quizá lo intente.

—Suena a que lo vas posponiendo un poco.

—Sí, se puede decir que lo voy posponiendo, sí. A veces porque quiero leer otras cosas, o porque quiero picar en otras cosas; otras porque sí tengo cierto temor a que me disguste. Pero creo que estos asuntos hay que tratarlos con naturalidad.

—¿Te fías más de las críticas de los suplementos literarios o de los comentarios de amigos a los que respetas?

—Un poco de todo. Creo que, a lo largo de mi vida, lo que siempre me ayudó más a la hora de encontrar un libro o empezar una lectura fueron las recomendaciones de los amigos. De amigos de los que te fías porque son buenos lectores. Pero también he sido siempre lector de suplementos literarios. En general he tratado de utilizar mi propio criterio, pero en ocasiones si un crítico aparecía y te contaba un libro con cierto grado de apasionamiento, lo seguías. Por ponerte un ejemplo, para mí Guelbenzu siempre fue una guía muy importante, y lo sigue siendo. A mí me gusta el crítico que lee un libro, le gusta y me lo cuenta; es entonces como el amigo del que hablaba antes. Me fío perfectamente.

—Qué bien lo cuenta Guelbenzu, además. O Vargas Llosa. Son gente que te contagia.

—Vargas Llosa escribió en La verdad de las mentiras acerca de los libros fundamentales de su vida, y pienso que la distancia entre ese libro y el mío es abismal ya no solo por su capacidad lectora, sino porque tanto él como los críticos profesionales analizan los libros de otra manera. Creo que lo que yo he hecho en La escritura contra el tiempo ha sido contarle a los amigos lectores la impresión que me han causado algunos libros de una manera, si quieres, muy pedestre.

—Lo explica Ricardo Labra en el prólogo cuando dice que en el libro no sólo hay conocimiento y anécdotas, sino que hay algo más, una especie de elemento humano que creo que es lo que lo diferencia de otros libros similares, escritos por eruditos y conocedores.

—Porque yo no soy un erudito, soy un lector formado con la lectura y no con el estudio de Filosofía y Letras. Yo me he formado con una lectura medida, descansada y reflexionada, y al cabo de los años te vas construyendo dentro de esa dinámica. Es por eso que yo cuento así las cosas, las cuento tal como soy yo, y de ahí esa sencillez. Es verdad que cada artículo está lleno de información, de fechas y de títulos, pero en último término soy yo contando mi vida lectora.

—En un momento dado recomiendas veinte cuentos fundamentales, a Salinger, a Borges… Ahí sí te adentras de lleno en tus lecturas y se puede decir, igual que con La verdad de las mentiras, que de algún modo el libro te incita a decir: como hoy no sé qué leer, abro por aquí a ver qué me recomienda Miguel. También sugieres, persuades.

—Me gusta que me lo digas, porque cuando uno se sienta a escribir tampoco tiene en la cabeza ninguna idea concreta; tiene una pulsión, unas ganas de contar cosas. Si todo eso termina siendo persuasivo con el lector es que lo has conseguido, es que el otro te está escuchando y está compartiendo contigo ese apasionamiento por la lectura. Respecto a los cuentos que mencionas, yo elegí veinte al azar de entre todos aquellos que disfruté, aunque por supuesto hay muchísimos más. De Salinger elegí Un día perfecto para el pez plátano porque en él se da una conexión con su mundo literario, con lo que en el fondo de lo que hablo es de la historia del propio Salinger, de la historia de un hombre sin historia. Lo que me interesa es disponer de un hilo conductor a través de todas esas lecturas que a mí me han formado, me han impresionado, me han informado y me han hecho como soy. Las lecturas de Hemingway, Salinger, Borges, Bioy… y claro, si se da el caso de que conocí a alguno de ellos, aprovecho para meter algo de mi propia vida.

—Poemas por supuesto, relatos no lo sé, pero novelas creo que no has escrito.

—No. Relatos sí, novelas no. Y es una cosa bastante curiosa, porque en el fondo siempre he estado escribiendo, pero siempre tuve un gran temor a la escritura novelesca. No sé si me pasa como a Borges, que decía que no quería meterse en una novela porque era un esfuerzo agotador. No debería tenerle tanto miedo a la novela… Bueno, en realidad a lo que tengo miedo es a no hacer una buena novela, qué coño.

—A la hora de leer, ¿te da por obsesiones? Recuerdo una vez que, estando tú y yo en Sevilla, hablábamos de alguien que se puso enfermo y aprovechó para leer de golpe todo Proust.

—Creo recordar que habíamos viajado para unas sesiones universitarias sobre Vázquez Montalbán, yo iba a hablar de su poesía y tú, si no me equivoco, de su labor periodística. Fue Palmira (Márquez) quien nos contó esa historia sobre un profesor suyo de la Facultad de Periodismo, que enfermó y leyó compulsivamente a Proust. No es mi caso, creo, aunque en mi juventud sí fui así. Recuerdo, por ejemplo, que con 20 años leí La autopista del sur, de Cortázar, y me quedé fascinado. Yo venía de lo que aquí se llamaba la ‘generación de la berza’, los autores españoles de la generación del 50: Ana María Matute, Ferlosio, un Martín Santos que ya revolucionaba un poco ese tipo de literatura… y entonces me encontré con esa manera de mirar el mundo y la literatura, con gente como Cortázar, y me dio vuelta la cabeza. Empecé a leer a Cortázar compulsivamente, y me sucedió también con otras lecturas, por ejemplo con García Márquez. Creo que puedo decir que, en esa juventud primera, mis primeras lecturas de formación fueron de la mano del boom latinoamericano. Yo entro alrededor del año 70 en la lectura de Cien años de soledad, que se había publicado sobre el 67. Y claro, son descubrimientos, son fogonazos. Leo todo Márquez, todo Borges, todo Vargas Llosa, todo Manuel Puig…

—¿Y sentías que en las letras españolas había algún tipo de envidia, como si aquellos autores estuviesen ocupando su sitio?

—No lo sentía, pero leí sobre ello después. Entonces no lo percibía, pero date cuenta que la sociedad literaria que yo vivía era todavía franquista, yo me formo en todas estas lecturas antes del 75. Los libros los buscabas y los encontrabas como podías, no era tan fácil como ahora, y leías sin conocer la sociedad literaria, sin saber quién decía esto o quién decía lo otro. Yo empiezo a acceder a ese mundo con el programa Encuentros con las letras, de Carlos Vélez —padre de Lea Vélez—, un espacio de TVE que me parece que nació al poco tiempo de morir Franco, en el 75 o el 76. Por aquel programa en blanco y negro pasó la flor y nata de la literatura del mundo. Yo tenía 23, 24 años y cada jueves a las siete de la tarde encendía el televisor para quedarme embobado viendo a todos aquellos escritores hablando de literatura, cosa que era impensable antes del 75, o al menos no era lo normal. Detrás del programa había un gran equipo, junto a Carlos Vélez había nombres como Sánchez Dragó, Alfonso Grosso, Miguel Bilbatúa para hablar de teatro… Respecto a lo que tú me preguntabas, sobre esa envidia leí a posteriori: La llegada de los bárbaros, coordinado por Jordi Gracia y Joaquín Marco, habla específicamente sobre cómo esa entrada tan poderosa de la literatura latinoamericana sí llegó a hacer sombra a los que también eran grandísimos escritores españoles.

—A ver cómo te contienes diciéndote dos palabras: Ángel González.

—Fíjate… Creo que puedo decirte que este libro, La escritura contra el tiempo, lleva consigo a Ángel González. Lo homenajeo ya al principio con un acróstico, y luego escribo varios artículos sobre él. Recojo también un libro que escribió Ricardo Labra, que creo que fue su tesis doctoral… pero más allá de todo eso pienso que está impregnado, que este libro está impregnado de Ángel González. Y yo también. Yo estoy hecho de Ángel González.

“Este libro está impregnado de Ángel González. Y yo también. Yo estoy hecho de Ángel González.”

—Pero… como persona y como poeta. Inténtalo.

—Vamos a ver, en mi relación con Ángel lo que vino primero fue la admiración que sentí como lector de sus poemas, que conocí junto a los de Gil de Biedma o Brines, los miembros de la Generación del 50. Yo venía de leer mucho a los del 27 y en ellos encontré a alguien más cercano: eran poetas todavía vivos, que, como se suele decir, todavía vivían, bebían y escribían. Estaban creciendo al mismo tiempo que yo, aunque me llevaran treinta años. La lectura de los poemas de Ángel González, que me cautivó y me enseñó a mirar el mundo de otra manera, a ser sencillo en la exposición y complejo en lo que se expone, no hubo ninguna decepción, sino todo lo contrario. Coincidí por primera vez con él en una lectura de poemas en Oviedo a la que acudí junto a un grupo de poetas jóvenes al que pertenecía. Entonces publicábamos revistas literarias y libros y le propusimos a él hacerle un libro homenaje. Aceptó y en ese momento dio comienzo la comunicación con él y la profunda amistad que sostuvimos toda la vida. Hacia Ángel González siento una gran admiración como poeta, pero también como persona. No siempre se puede decir eso. Era una persona buena.

—Me contaste que, cuando lo leías, sentías que estaba escribiendo expresamente para ti.

—¿Sí? No lo recuerdo, pero eso es lo mejor que se puede decir de alguien. En el fondo, cuando te adscribes a un autor es porque sientes que te está contando algo a ti. Esa es la grandeza de la literatura: su transformación en sentimiento. Sucede algo parecido a lo que pasa con el amor, y es que si tú no logras que tu pareja se sienta única en el mundo por estar contigo, entonces es que estás atento a muchas cosas menos a esa. Aquí es lo mismo. Yo leo a Ángel González y siento que está escribiendo para mí. Creo que ese es el gran logro de la comunicación.

—Ya se han ido, además de Ángel González, Caballero Bonald y Brines.

—Sí, los últimos que quedaban… Afortunado, yo los junté tres días en Oviedo, en el marco de aquellos encuentros literarios que organicé a lo largo de diez años. En 1987 organicé los Encuentros con el 50. La voz poética de una generación. Los llamé por teléfono y se presentaron todos allí como un solo hombre, tres días todos juntos. También invité a críticos de prestigio, como Emilio Alarcos, para que debatiesen con ellos sobre poesía.

—Y estarían encantados, porque juntarse otra vez…

—Cuando tenían la oportunidad de juntarse era una maravilla. Me lo habían sugerido en Lastres, un pueblo marinero en el que yo pasaba parte del verano con unos amigos. Coincidí allí con Orlando Pelayo, José Agustín Goytisolo, Ángel González… y Goytisolo me comentó que dos años atrás habían asistido a una serie de encuentros de poetas y escritores de la generación del 50, organizados por Luis García Montero, y me sugirió que yo podría llevarlo a Oviedo perfectamente. Me pusieron en contacto con Luis y así lo conocí. Él se portó muy bien, me dio las coordenadas para ponerlo en marcha y en el 87 se celebraron los encuentros en Oviedo. Organicé un tinglado fantástico en el Campoamor, invité además a varios artistas asturianos para que les hicieran un homenaje y se llenó el teatro de cuadros y esculturas. Fueron tres días de un goce tremendo.

Me consta, como ellos siempre decían, que aquel era un grupo de poetas amigos. Lo pasaban muy bien juntos. Había que ver a Claudio Rodríguez con Ángel González, con Francisco Brines, con Carlos Barral… era una camaradería tremenda. Salían por la noche y bebían —aunque eran bebedores solventes y hablaban como nunca después de varios whiskys—, y al día siguiente, a la primera hora de la jornada que tocase, aparecían todos recién peinados. No aparecía solo el que tuviese que hablar en la primera sesión, sino que ninguno de ellos faltaba para verlo. Veías clara esa camaradería, ese gusto por estar juntos. Una amistad a lo largo, como diría Gil de Biedma. Y yo aprendí, aprendí mucho. Aprendí una manera de estar en el mundo, una manera divertida que no perdía de vista lo esencial.

“Había que ver a Claudio Rodríguez con Ángel González, con Francisco Brines, con Carlos Barral… era una camaradería tremenda. Salían por la noche y bebían —aunque eran bebedores solventes y hablaban como nunca después de varios whiskys—, y al día siguiente, a la primera hora de la jornada que tocase, aparecían todos recién peinados.”

—¿Cuál fue el primer libro que te deslumbró?

—Fui un niño lector típico. Creo que mi primer deslumbramiento fue más bien con la palabra. Recuerdo la fascinación al abrir un libro de poemas de Lorca, muy jovencito. Machado también me fascinó, y fíjate qué maneras tan distintas de ver el mundo desde la poesía; desde la austeridad de Machado al jolgorio verbal y colorista de Lorca. Pero lo primero creo que fue simplemente la palabra. Fue entrar en ese universo y decir: aquí hay algo que me está llamando.

—¿Hay algún clásico, puesto así entre comillas, con el que no hayas podido del todo?

—Ya he hablado de esto algunas veces, y creo que es algo que nos sucede a muchos que sentimos una gran pasión por la literatura, y es que mi relación con el laberinto verbal de Joyce es algo ambigua. Creo que la primera vez que traté de entrar en el Ulises era muy jovencito, pero siendo lector ya sientes que hay algo ahí que te está llamando. Me ha sucedido leyendo poesía surrealista, buena poesía surrealista. No acabas de entender, porque el poeta no quiere dar a entender explícitamente, pero sí puedes llegar a sentir un deslumbramiento por cómo lo está diciendo. La literatura también es el cómo. Sin entender muchísimas cosas, estoy sintiendo. El asunto es que no tienes que ver nada ahí: el pensamiento es a priori abstracto y eres tú después quien tiene que concretarlo como puedas. Y es lógico que en ocasiones no llegues a hacerlo. Recuerdo, por ejemplo, La muerte de Virgilio de Hermann Broch. Son libros muy complejos que pienso que ahora no abordaría, pero en los que en su momento intenté adentrarme. Al final acababa quedándome con Cernuda, con Cortázar. Con Marsé también. Con esos novelistas que te contaban grandes historias e intuías que te estaban escribiendo a ti, que resultaba tan fácil leerlos…

—¿Subrayas los libros?

—Subrayé mucho. Y es interesante que me preguntes por esto, porque ahora no suelo hacerlo. Es muy raro que hoy en día subraye. Ahora bien: los libros que subrayé, y tengo muchos, me dan la idea de quien fui. Yo era aquel que subrayaba. A lo mejor releo una frase y me pregunto cómo pude subrayarla. Es muy curioso, como reencontrarte contigo mismo muchos años atrás.

—¿Cómo solucionas el problema del espacio? Escuché una vez a Enric González decir: libro que entra en casa por libro que sale. 

—Nosotros damos muchos libros, porque quieres tenerlos y almacenarlos todos pero te das cuenta de que ni tienes sitio ni tampoco es muy normal tener tanto. No sé quién dijo que con tener cerca de cien libros ya sería suficiente. Yo no soy capaz de tener solo cien que me digan quién soy yo, pero quizá con mil o con quinientos sí sería suficiente. En un principio quieres atesorarlo todo, pero tienes que ir sacándolo. De hecho, mi colección completa de poesía la doné a una biblioteca asturiana llamada El Aula de las Metáforas, en el municipio de Grado, especializada en poesía y fundada por Fernando Beltrán. Ahí les fueron unos 600-800 libros. No es tanto como libro que entra, libro que sale, pero… salen, claro. Tienen que salir a la fuerza, si no salgo yo.

Iniciativas como esa biblioteca rehabilitada por Fernando Beltrán creo que son fundamentales para crear lectores, que en el fondo es lo que necesitamos. No podemos seguir siendo los mismos cien mil de hace veinte años, o los que seamos. Supongo que el número de lectores sí habrá aumentado, porque ha aparecido mucha gente que busca solamente en ciertos libros un entretenimiento. Me parece fantástico: lo pasan bien, alimentan el sector y dan vida al gremio editorial… pero yo estoy hablando de literatura dura, que no tiene por qué ser difícil, sino literatura que te forma. Hablo del libro del que sales diferente. Yo entro, por ejemplo, de joven, una tarde a leer La voz a ti debida de Pedro Salinas, y termino de leerlo y soy otra persona. Me transformó. Sucede cuando entras en la literatura, la gran literatura, y te revuelve por dentro. Y cambias, y te forma, y buscas más. Ese es el perseguidor de Cortázar, ahí estás formándote como lector y ampliando tu mundo.

—Y ya eres otro para siempre.

—Porque ese camino intrincado de lo literario te va llevando a esa formación que necesitas, a esa forma de ver el mundo. Eso que se dice de viajar al leer, de que has vivido muchas vidas… ¡es que es verdad! ¡Es que lees Madame Bovary y estás ahí metido, en el contexto y en las pasiones de esa mujer equivocada!

—O sea, que tú eres como Borges cuando decía «que otros se jacten de las páginas que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído».

—Él era un falso modesto, pero decía cosas muy interesantes. Uno tiene que enorgullecerse de eso, porque el mundo está lleno de grandísimos libros, enormes libros. Moby Dick es un grandísimo libro. Es tan gratificante estar dentro del universo de un escritor, o de la literatura en general… es un gustazo y una suerte.

—Me gustaría saber, a colación de lo que hablábamos antes sobre los libros en los que no acabas de entrar, si alguna vez has sentido que no llegas, que te quedas atrás. 

—Yo no creo que, si no llegas, sea debido a tu incapacidad cultural… No es eso lo que nos pasa, es más bien cuestión de la incomodidad que te produzca ese escritor. Yo me quedo con frecuencia, en estos casos extremos de escritores tan complejos, con el sentimiento de que me dejan sin saber contar la historia que me están contando. No estoy en esa liga de grandísimos críticos, tratadores de los misterios de la literatura. Yo me quedo con lo que me toca a nivel de piel. Pero tampoco tengo la sensación de estar por debajo de ellos; me considero lo suficientemente preparado para leerlos, pero al final pienso que tampoco tengo por qué aguantarlo si no me satisface. Yo abandono los libros que no me gustan, y no precisamente porque no los entienda, sino porque todo eso forma parte de tu manera de concebir el hecho literario.

Manuel Llorente y Miguel Munárriz. Foto de Palmira Márquez.

—————————————

Autor: Miguel Munárriz. Título: La escritura contra el tiempo: Ayer fue miércoles toda la mañana. Prólogo: Ricardo Labra. Fotografías: Daniel Mordzinski. Editorial: Luna de Abajo. Venta: en la página web de la editorial.

Deja un comentario

Miguel Munárriz: «Busqué a la Maga, como don Julio, por las calles de París» – Sarraute Educación María Magdalena

A %d blogueros les gusta esto: