Un caramelo envenenado

Por Inés Belmonte Amorós 

La escritora Elisa Victoria (Sevilla, 1985) vuelve a apostar por BlackieBooks para la publicación de El Evangelio (2021), novela precedida de la exitosa Vozdevieja (del mismo sello, lanzada en 2019, y recién traducida al inglés). No obstante, la autora ya lleva a sus espaldas una larga trayectoria de publicaciones en circuitos, eso sí, más underground: los libros Porn&Pains y La sombra de los pinos con la editorial Esto no es Berlín, así como numerosas colaboraciones en revistas, periódicos y fanzines (Ardemag, Cáñamo, Vice, El Estado Mental, etc.).

 

La adolescencia es un topos muy manoseado en el universo ficcional de la novelista, al que esta vuelve otra vez la mirada con El Evangelio; más concretamente con la figura de Eulalia, una veinteañera que vive en el extrarradio de Sevilla y cursa estudios de Magisterio Infantil. En mitad de un período de desencanto y dejadez, a la protagonista se le olvida echar la solicitud de destino de las prácticas, de modo que le asignan (cruel azar) un colegio católico y adinerado en el centro de la ciudad. Este será el punto de partida de la narración de El Evangelio, que acontece durante algunos meses de dos mil siete, poco antes del estallido de la burbuja inmobiliaria.

“El sexo, tópico omnipresente en la literatura de Elisa Victoria, ocupa un espacio simbólico significativo también aquí”

Narrada en primera persona, la novela revela un tono en muchas ocasiones embrutecido, esculpido desde el ansia por lo bello y lo agradable, pero también desde la ira o el tedio por una vida inesperadamente violenta (“este lugar de desgracia, este putísimo infierno”, piensa la protagonista). El personaje de Eulalia abraza las bondades, por minúsculas que sean, como reacción a esa hiperconsciencia de sí misma y de las maldades que rondan su mundo y lo envenenan. En esta línea, cabe mencionar el dulce papel de su amiga Gloria, su ancla a la tierra (como en su anterior novela lo fue la abuela de Marina). El fluir mental del tiempo en la protagonista también actuará como un mecanismo de sanación: a través del espejo —mágico artificio— la mirada de la Eulalia presente se conecta con la futura, estableciendo una red de apoyo por medio de su propio desdoblamiento: “Tu piel no es tan firme como la mía pero estoy segura de que has aprendido recursos, de que eres más hábil y más sabia que yo. Bríndame dignidad, Eulalia. Ten piedad. Tiéndeme la mano y sálvame”.

El sexo, tópico omnipresente en la literatura de Elisa Victoria, ocupa un espacio simbólico significativo también aquí. Si la masturbación y la fascinación fetichista por las actrices porno son otra ancla en la cordura, el sexo con los otros se erigirá como una de las aristas que irá punzando el ánimo de Eulalia. En contraste con Vozdevieja, donde para Marina el sexo es aún misterioso, fascinante y primigenio, en la protagonista de El Evangelio —creándose una ilusión de continuidad entre un personaje y otro—, este bajará a la tierra de los mortales. El sexo con los otros será aburrido, en el mejor de los casos; una performance, anímicamente triste, pero también un canal abierto a la violencia: “Mi coño es una herida que supura, mal cicatrizada y mil veces reinfectada. Hubiera sido más práctico que me clavaran un palo cubierto de astillas”.

Como también serán aristas el clima asfixiante del hogar (injustamente ocupado por un tío abuelo muy irrespetuoso); el sobreesfuerzo, a los veinte años, de las clases mañaneras que se juntan con las tardes de Telepi; o ser testigo de cómo la escuela va comiéndose apresuradamente la infancia de los niños, y más si se les aplica una pedagogía religiosa. A este respecto, Eulalia tratará de adelantarse a un mundo negro, actuando de cojín mullido para los diminutos estudiantes en sus primeros atisbos del universo adulto, pero también para la Eulalia pequeña, en un ejercicio de introspección sanador: “[Quería] proporcionarme en diferido las atenciones que nadie fue capaz de brindarme a través de esa carne nueva que no era mía pero que podía haberlo sido. Quería hablarme a mí en el mismo y exacto lugar del universo en el que había estado mi cuerpo en desarrollo, generar cierto conjuro que nos curara a todos a la vez”.

“Puntaditas que te dan escalofríos, pero inteligentemente recubiertas de sarcasmo”

El costumbrismo de El Evangelio, en fin, rebosa de crudeza política (esta es la España de la clase media-baja sureña, la de las posadolescentes que tienen que estudiar a la vez que trabajan, empalmando dos autobuses para llegar al centro); moral (la pérdida precipitada de la infancia, los chicos y el sexo, la imposición religiosa…); o estética (las frecuentes escenas dedicadas a la higiene íntima de Eulalia, o las imágenes, metáforas y expresiones radicalmente carnales, empapadas de fluidos).

A todo ello se le suma otra nota original: la inclusión, en ciertos pasajes, de líneas propias del género de terror. Puntaditas que te dan escalofríos, pero inteligentemente recubiertas de sarcasmo. Sarcasmo, de hecho, que encontramos en el genial diseño físico de la novela: la portada negra de tapa gruesa, surcada por una gran cruz católica en relieve con unas pequeñas tijeras en el centro, se combina con unas páginas tintadas de fucsia chillón. Como diría la propia Elisa Victoria, “un caramelo envenenado”.

Fuente:

Un caramelo envenenado

 

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Un caramelo envenenado – Sarraute Educación María Magdalena

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