Una conversación necesaria sobre el español

Por Sofía García-Bullé

La función de la Real Academia Española es documentar el uso del español. Quienes realmente lo regulan, son los hablantes.

“–Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no es algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta ínsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué enviar, de aldas o de mangas.”

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El anterior pasaje se lee extraño, la sintaxis en el párrafo, el uso de determinadas palabras, el tono… no se parece a lo que hoy en día conocemos como el uso correcto del lenguaje. Si un alumno escribiera de esta forma en un examen de español, muy probablemente su maestro le daría una calificación baja, quizás puntos extra por creatividad si se trata de un maestro flexible. ¿Qué tal un error como cambiar la h por la f? ¿Escribir facer en vez de hacer o fermosas en vez de hermosas? Seguramente quien escribe así no sabe nada de español y debería regresar a primero de primaria, todos de acuerdo con eso, ¿No? De hecho, no. Miguel de Cervantes Saavedra no estaría de acuerdo, probablemente nos retaría a un duelo por la afrente al uso de su pluma. Esto porque en 1605, año en la que el legendario autor publicó las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, la f tenía un uso muy similar al que hoy le damos a la h. Estamos tan acostumbrados a escribir hacer con h, que verlo de otra forma nos parece incorrecto. El anterior es un ejemplo de la evolución y plasticidad del lenguaje.

El español, como todos los idiomas, funciona en base a la practicidad y la costumbre. Es completamente normal que no hablemos y escribamos como hace más de 400 años, la realidad que vivimos es completamente diferente, y el español, para seguir sirviendo a su propósito debe adaptarse para describir lo más fielmente posible estas realidades, además de ser un puente de comunicación efectiva entre los hispanoparlantes.

Hoy existen palabras que no existían hace veinte años, hace cinco, hace dos. El lenguaje ha sido más retado en estas últimas dos décadas de los cuatro siglos que nos separan del Quijote. La navegación en internet y los canales globales que abren las redes sociales y sitios de contenido han venido a marcar un nuevo ritmo de evolución para el lenguaje, como en su momento lo hizo la imprenta. Vocablos como chat, web, emoticon fueron creadas con celeridad y se han vuelto constantes en nuestro uso del lenguaje. Acepciones nuevas como “ladrillo” para esos primeros teléfonos celulares a principios de la década del 2000, o “vapear” como otra forma de fumar diferente al cigarro.

El proceso es claro, vemos un nuevo objeto, situación, realidad o acción, la reconocemos e ideamos cómo nombrarla. Pero este ejercicio de construir el español ha crecido de una forma enorme en las últimas dos décadas. En su edición impresa del 2001, el Diccionario de la Real Academia Española registró 11,425 nuevas entradas y 24,819 nuevas acepciones, en una edición más reciente, publicada en 2014, reportó 93,111 entradas y 194, 439 acepciones. Tan solo el año pasado, ingresó 3000 cambios en su versión digital. El español crece a pasos agigantados.

Sumado a esto están los términos incluidos en el Observatorio de la Real Academia Española, que agregó recientemente 80 nuevas palabras, entre las que se cuentan términos tan creativos como uwu, cruzazulear y veroño.

La flexibilidad y capacidad de adaptación de la lengua para describir y comunicar cosas nuevas es la base de lo que la hace funcionar como lengua. Somos perfectamente capaces de comprender la necesidad y practicidad de una palabra como chatear para denominar nuestras conversaciones en línea, o de maravillarnos con “cruzazulear”, un término forjado a través de las derrotas de un equipo de fútbol en numerosas finales, rompe la barrera del versus futbolístico y se encamina a ser una palabra universal para describir los fracasos dolorosos en los puntos más altos.

¿Y el lenguaje inclusivo?

Entendemos todo esto como evolución natural del lengaje, no una deformación, excepto cuando hablamos de las identidades de género, y de las palabras que surgen ante la necesidad de nombrar y describir la realidad de las personas diversas. El debate no es nuevo y no corresponde a la explosión de un solo evento viral. El sentimiento más inmediato de muchos al hablar sobre nuevas formas de referirnos a las personas no heteronormadas, es el de la ofensa y la molestia ante el uso incorrecto del lenguaje o la falta de respeto a la lengua.

La lengua no es una persona, ni una institución, podríamos decir que está viva en el hablar de quienes la usamos, pero esa vida depende totalmente de su utilidad y practicidad para definir, comunicar y normalizar nuestras realidades.

Si solamente argumentamos uso incorrecto del lenguaje cuando las palabras que buscamos dejar fuera de la corrección son las de diversidad de género, el problema no es que esté bien o mal inventar una palabra, si lo pensamos en forma simple, todas las palabras son inventadas. El problema es que el propósito de estas palabras es admitir la existencia y normalización de las personas trans, no binarias y de género fluido, y aquí entran diferencias de pensamiento mucho más complejas que pertenecen más al terreno social que al lingüístico.

Otro aspecto a considerar es que el español, con toda su variedad y flexibilidad, es un idioma muy inhóspito para la construcción de una estructura inclusiva de base. Carecemos de un lenguaje inclusivo y de neutros reales, tenemos un femenino exclusivo y un masculino que también tiene la tarea de ser inclusivo, ante el empuje de de los grupos diversos a ser nombrados específicamente, esta tarea le está quedando grande.

Si hablamos del uso correcto del español, también debemos entender que inclusivo y neutro no es lo mismo. En términos de género, la RAE define el neutro como la ausencia del mismo, mientras que si decimos inclusivo nos referimos a la capacidad o virtud de incluir. Si bien son términos relacionados que van de la mano para entender el lenguaje de visibilización para personas diversas, no son términos intercambiables.

Si solo contamos con un exclusivo femenino y con un masculino inclusivo no dejamos absolutamente nada de espacio para referirnos a nada que no sea binario. Este es el punto ciego del español como lenguaje en el tema de diversidad de género. Para que un cambio en el lenguaje sea bien aceptado y perdure tiene que ser práctico, fácil, una evolución natural.

Desafortunadamente en el caso de los vocabularios para la diversidad de género el cambio ha tenido que ser con base en el activismo, y aún si es un cambio a favor de la humanidad y dignidad de las personas no heteronormadas, no es un cambio orgánico, es un cambio que enfrenta barreras tanto lingüísticas como sociales. Sin embargo, en lo que podemos generar soluciones más duraderas que vengan desde la estructura gramatical del español, y que faciliten aflojar la resistencia de muchos hispanoparlantes sugerimos seguir el consejo de la RAE:

Fuente: https://observatorio.tec.mx/edu-news/conversacion-espanol

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Una conversación necesaria sobre el español – Sarraute Educación María Magdalena

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