Universalizar la excelencia educativa para ganar el futuro

Por David Reyero

Nadie duda de que la educación es uno de los grandes pilares para el progreso personal y colectivo. Un entrenamiento y mejora de habilidades que el mundo laboral actual exige. Además, es necesario que sea continua para mantener una buena empleabilidad. Es lo que los anglosajones describen como “long life learning”, una actitud de constante aprendizaje que mantendrá nuestra mente abierta a la innovación y a nuevos conocimientos que nos serán clave para trabajar con calidad.

‘Aprovecharse’ sanamente de los mejores para que crezcan alumnos menos brillantes en lo académico es distintivo de los mejores centros educativos.

En el eterno debate sobre el modelo educativo perfecto aparecen siempre dos posturas enfrentadas: la que aboga por promover la excelencia y la que se esfuerza ante todo por no generar excluidos. Dos modelos educativos que históricamente hemos visualizado como contrapuestos e irreconciliables. Sin embargo, creo que éste es un falso dilema. Es posible encontrar un enfoque que aborde estos retos críticos para nuestro futuro.

Un punto de partida fundamental es potenciar el autoanálisis de los alumnos y conocer mejor su contexto, fortalezas y motivaciones. Hoy necesitamos educación más personalizada y ajustada al mercado laboral y reforzando (más de lo que suele hacerse) sus habilidades emocionales y cómo van definiendo su propósito vital.

Una educación que rete y ensanche la zona de confort a cada alumno, según su nivel, fomentando su madurez, autorresponsabilidad, autoestima o curiosidad, y potenciando su comparación consigo mismo y no con los demás.

En Japón, por ejemplo, animan a los jóvenes a definir su “Ikigai” (plan de vida), como elemento clave de una vida plena. Un autoanálisis que identifica opciones laborales donde convergen fortalezas personales, pasiones, oportunidades laborales y una retribución razonable. Una gran herramienta para no perder el rumbo ni la motivación cuando aparezcan las naturales dificultades y dudas.

Por otro lado, fomentar la excelencia educativa puede, y debe, ser prioritario. Entendida como factor multiplicador, una vía donde no se limite el crecimiento de los alumnos más brillantes y talentosos. Y enfocada, a la vez, a que éstos se responsabilicen de ayudar a quienes van más retrasados. Esto es potenciar verdaderamente el trabajo en equipo, la diversidad y la empatía entre los alumnos. Una educación que no solo enseñe conocimientos sino donde se aprenda a vivir de manera actualizada, profunda, integral y realista.

“Aprovecharse” sanamente de los mejores para que crezcan alumnos menos brillantes en lo académico es distintivo de los mejores centros educativos. Así avanzan con inteligencia en el crecimiento individual y colectivo, reducen el abandono escolar, potencian vínculos… Crean “escuela” en su mejor versión.

Abordar el fracaso escolar

Y es que un reto inaplazable para España es luchar contra el fracaso escolar, que actualmente se sitúa en el 17% (uno de los mayores de la UE), porque limita la igualdad de oportunidades.

Actualmente abunda la innovación educativa para afrontar este complejo asunto de manera efectiva. Pero es evidente que hay que seguir reforzando los recursos especializados de apoyo a niños y jóvenes con dificultades y a sus familias con un análisis multifactorial de sus causas (intelectuales, culturales, motivacionales, económicas, hábitos saludables…)

Involucrar más a la empresa privada también puede ayudar en la inserción profesional temprana y evitar su descarrilamiento laboral. Metodologías como la formación dual han funcionado muy bien en Alemania y ponen en valor la formación profesional como alternativa a la obsesión (insana muchas veces) por lograr un título universitario.

Para ganar el futuro necesitamos hoy universalizar la excelencia, como explica Adela Cortina en un inspirador artículo, cuya conclusión suscribo plenamente:

“No se construye una sociedad justa con ciudadanos mediocres, ni es la opción por la mediocridad el mejor consejo para lograr una vida digna y plena. Confundir «democracia» con «mediocridad» es el mejor camino para asegurar el rotundo fracaso de cualquier sociedad que se pretenda democrática. Una educación alérgica a la exclusión no debe multiplicar el número de mediocres, sino universalizar la excelencia”.

Es evidente que las mejores sociedades no dudan en subir los estándares, en romper los techos de cristal, en derribar barreras limitantes, potencian la excelencia y no “igualan por abajo”. Juegan a ganar y no a no perder.

En nuestro mundo actual, tan disruptivo y exigente, seguir mejorando la educación es un reto para afrontar con valentía y sin demora. Nos jugamos nuestro presente y el porvenir de nuestras siguientes generaciones.

Fuente:

Universalizar la excelencia educativa para ganar el futuro

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