México: La buena educación

México/ 15 Octubre, 2021/ Fuente/ https://julioastillero.com/

Foto: Miguel Tovar.

Por Daniela Rea

La infancia está rota por comer mal: niños y niñas de nuestra época viven con enfermedades que un tiempo atrás solo se daban tras años de vida licenciosa, en la adultez: como hipertensión y diabetes tipo 2. En México, con uno de los peores indicadores del mundo, en las escuelas se propuso una nueva materia para aprender a comer: Vida Saludable.

Nueve de la mañana. Desde la pantalla de la computadora escucho a la maestra de mi hija hablar sobre “el plato del buen comer”. Mi hija tiene 7 años y está en el primer nivel de la educación básica. “¿Y cuáles son los platillos que debemos eliminar de la dieta?”, pregunta la maestra. “La comida chatarra”, responden sin ánimo y al unísono  . “¿Y cuáles son los que debemos comer diariamente”, “las frutas y verduras maestra”, dicen a la pantalla.

El fin de la clase coincide con la hora del lonche. Entonces mi hija mayor va a la cocina, saca unos jitomates, los parte y les pone limón y sal. Le sirve la mitad a mi hija menor: “Ten, esto es comida sana”. La pequeña lo hace a un lado, se acerca a mí para jalarme la falda y pedir pan con nutella. La mayor le insiste: “Son sanas, come”.

Le pregunto a mi hija sobre su clase: “Me ayuda a comer mejor, a saber lo que me hace bien… pero me encantan las papitas”, dice y ríe cómplice.

“Comer bien” es un tema presente en casa porque casi toda mi familia paterna tiene diabetes o ha muerto por esa enfermedad. Constantemente persigo a mis hijas con peroratas del tipo “esto no es sano”, “tu cuerpo es tu casa y ahí vivirás siempre, tienes que cuidarlo”, “ya comiste suficiente azúcar por hoy”. Creo que estas frase y preocupaciones deben ser no sólo en nuestra familia.

En México 7 de cada 10 personas tiene obesidad y/o sobrepeso, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición elaborada en el 2018. Una de cada 10 personas mayores de 20 años tiene diagnóstico de diabetes; 2 de cada 10 tienen hipertensión, 2 de cada 10 tienen colesterol alto.

Foto: Miguel Tovar.

Nuestros cuerpos están enfermos y los de nuestres hijes comienzan a estarlo pero aún podemos prevenirlo: la misma encuesta que nos señala los niveles de obesidad y sobrepeso, nos alerta que el 22% de las niñas y los niños menores de 5 años están en riesgo de esos padecimientos. Leo esa cifra y pienso en mi propia hija de 4 años: me alarma pensar que pudiera ser una adulta con esos padecimientos y al mismo tiempo me alienta a pensar, desde ahora, cómo educarla para comer bien y ser una adulta sana.

En octubre del 2020 las autoridades mexicanas anunciaron la creación de la materia Vida Saludable dentro de los programas educativos de todas las escuelas públicas y privadas del país. Una novedad que llegó en el contexto de la emergencia de salud pública por Covid-19 y cuando ya había evidencia suficiente para saber que las enfermedades asociadas con la alimentación como son hipertensión, obesidad y diabetes eran de las principales comorbilidades en México: la hipertensión con un 17 por ciento, la obesidad con un 14 por ciento, la diabetes con un 13 por ciento.

La materia se sumó a una larga lucha por mejorar la alimentación de la infancia en el país. Una pelea que en la última década ha significado leyes, normas y reglamentos para prohibir la venta de comida chatarra en las escuelas y afuera de ellas, así como garantizar acceso potable allí y eliminar caricaturas de alimentos ultraprocesados. Esta lucha debe ser tenaz pues muy seguramente no acabará aquí. Durante diez años a cada intento por criar niños más sanos respondieron nuevas embestidas de la industria alimentaria por seguir posicionando sus productos.

Vida Saludable, dijeron sus promotores durante la presentación, no sólo busca poner a la alimentación en el centro sino vincularla con la actividad física, el sueño, la higiene  y  cuidado ambiental. Busca también explicar mejor a las infancias qué significa y por qué es tan importante para su cuerpo y para la Tierra.

“Una mejor forma de comunicar”, dijo Simón Barquera, director del Área de Investigación en Políticas y Programas de Nutrición, al presentar la materia a nivel nacional. Y con eso refería a  explicar a estudiantes  la alimentación saludable, el bienestar individual y bienestar planetario pero sobre todo que entiendan qué significa comer mal: “Comer mal era un concepto abstracto, ahora necesitan aprender qué alimentos no son deseables porque son críticos para la salud”.

Foto: Miguel Tovar.

Una materia sin programa

Las autoridades sanitarias y educativas anunciaron la materia Vida Saludable y un diplomado a maestros, materiales digitales y libros. A más de medio año, esto no se ha proporcionado todavía, dicen maestras de la Ciudad de México y Oaxaca, al centro y sur del país. No cuentan siquiera con un programa de estudios que guíe las lecciones escolares.

“En Oaxaca no hubo en sí una capacitación, no hubo un acercamiento a los contenidos de vida saludable”, dice la maestra Maria Teresa Yescas, que da clases a niños de quinto de primaria, entre 10 y 11 años, en la escuela Revolución Mexicana ubicada en las periferias más violentas de la ciudad de Oaxaca. Teresa es una maestra de 53 años de edad y casi 35 en servicio docente. Conversamos por videollamada una noche de mayo cuando acababa de dar clases a un alumno que debe repartirse el único celular de su casa con sus otros 3 hermanos. Este gesto me hizo pensar en ella como una maestra preocupada por sus estudiantes. Quizá por el cansancio de un largo día de trabajo a cuestas la escuché con poco ánimo por la noticia, en su experiencia el contexto opera en contra de cualquier buena intención a favor de la infancia.

Oaxaca es uno de los estados con mayor porcentaje de población indígena y uno de los estados cuya gastronomía tradicional es reconocida a nivel internacional. Los platos oaxaqueños se sirven de maíz, quelites, insectos y el arraigo de su cocina es tal que en Oaxaca se libró una resistencia contra la instalación de un McDonalds en el mero centro de la ciudad a través de protestas sociales encabezadas por el artista Francisco Toledo, que regaló tamales -una especie de torta de maíz rellena de queso o carne con chile y envuelta en hojas de plátano- a transeúntes. También en Oaxaca, durante la pandemia se aprobó una ley que prohíbe la venta y regalo de comida chatarra y refrescos a menores de edad, fue el primer estado en todo el país en dar este paso.

“¿Qué es lo que he visto que se ha hecho sobre la materia que agregaron?  Los compañeros han comprado o buscado planeaciones donde viene vida saludable y otras materias, han comprado libros de texto privados que adecuaron la materia, entonces lo que hacen es que leen, comentan, más o menos así han estado trabajando”, dice la maestra María Teresa. Ella decidió no comprar esos libros: se concentró en continuar con un método educativo que aplica desde hace seis años, el cual busca educar a través de experiencias cotidianas. En este sentido la pandemia por Covid-19 fue óptima para hablarles de la alimentación: uno de sus ejercicios, por ejemplo, fue que cada estudiante hiciera una lista de alimentos de su refrigerador e imaginara un platillo saludable; otro fue aprender sobre los alimentos medicinales y así sembraron ajos en sus casas para fortalecer el sistema inmune.

Isabel Elizalde Romero, dueña de la escuela privada Sócrates en el sur de la Ciudad de México considera que el anuncio de la materia es una buena noticia que aún no se concreta: “Todavía no tenemos la línea completamente a seguir, no se sumó la materia en la boleta de fin de cursos y tenemos la duda de si se implementará o cómo, pero como escuela no podemos dejar de lado el asunto de la vida saludable aun cuando no esté considerada como materia”.

Los elementos que tienen que ver con vida saludable (higiene, medio ambiente, alimentación) estaban de por sí incluidos en materias como ciencias naturales y educación física. La novedad es, a decir de Simón Barquera, el especialista en el país sobre nutrición y uno de los promotores de la materia, el enfoque integral cuerpo-planeta Tierra y el lenguaje para comunicarlo. Para saber ello habrá que esperar a que el programa se publique.

Aunque se aprobó la materia el diseño de ésta aún no se implementa, dice el doctor Simón Barquera, pero los contenidos para las clases siguen generándose. Por ejemplo, se imprimió un millón de copias de libro ¿Hasta que los kilos nos alcancen?, para un total de casi 2 millones de docentes en el país, y 11 millones de copias de Las aventuras de dulce Clarita para estudiantes, en un país con 25 millones de estudiantes de educación básica.

Foto: Miguel Tovar.

Cuerpo sano, tierra sana

El 24 de noviembre del 2020 las autoridades educativas de México realizaron en línea el seminario Vida saludable para la educación, como parte de la implementación de la nueva materia. Nueve meses después, el video tiene sólo 886 visualizaciones en un país con 1,2 millones de maestros en educación básica, en escuelas públicas y privadas.

El seminario empezó con datos preocupantes en voz del subsecreatrio de educación básica Marcos Bucio: En México el sobrepeso es un problema grave en niños: 8.2 por ciento en población de 0 a 4 años: 35 por ciento entre 5 y 11 años; casi el 49 por ciento en adolescentes de 12 a 19 años.

“México presenta los mayores casos de obesidad, diabetes e hipertensión en América Latina (…) Estos datos indican que una proporción muy importante de personas en educación básica tiene problemas de alimentación y que de los 0 a 14 años de edad la obesidad es una de las principales causas de enfermedades; padecimientos por combinación de vida sedentaria y consumo de alimentos procesados. Tenemos una epidemia de estas enfermedades”. En mis casi dos décadas de reportera los problemas alimenticios han estado siempre presentes, recuerdo particularmente cuando escribí sobre la combinación de problemas de desnutrición y obesidad en las comunidades más marginadas del país, a donde no llegaban los doctores pero sí los camiones cargados de frituras, refrescos y pastelillos.

Luego intervino el doctor Simón Barquera, uno de los responsables de la incorporación de la materia.  Una novedad de Vida Saludable, explicó entonces Barquera, es que entiende la salud de los cuerpos en relación con la salud de la Tierra: “Hay que enseñarle a los niños que la salud humana y la sostenibilidad ambiental están íntimamente ligadas”. En el mundo somos 6 mil millones de personas, se calcula que en 30 años seremos 10 mil millones. No hay planeta que aguante el patrón de consumo de alimentos que tenemos las personas hoy en día.

¿Por qué no dejar de tomar bebidas azucaradas en botellas de plástico y mejor beber agua natural en vasos de reuso? ¿Por qué no dejar de producir fórmulas lácteas que cuestan 4700 litros de agua para generar un kilo de polvo y mejor amamantar (en la medida de lo posible para las madres) que no tiene impacto en el ambiente?  ¿Por qué no dejar de consumir alimentos que se producen a miles de kilómetros de distancia y cuyo traslado contamina el ambiente y gasta energías, en lugar de consumir verduras y frutas locales y de temporada?

Un concepto clave que deben entender quienes educan, explicó Barquera, es distinguir entre alimentos y productos: un alimento procesado que tiene 20, 50 ingredientes (entre conservadores, saborizantes, colorantes, aromatizantes) ya no es un alimento, es un producto y esos productos son los que hacen daño.

Y esa distinción, que suena a poco o tal vez la hemos pensado poco, resulta crucial. Porque México es uno de los principales países latinoamericanos en consumo de alimentos ultraprocesados, en promedio consumimos 214 kilos de estos productos por persona al año, según datos de La Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Otra parte de la clase para maestros, la advertencia final del doctor Barquera: “No usen la palabra gordito, hablen de personas que viven con obesidad, en lugar de decir personas obesas. Hay que cuidar su parte emocional. La obesidad es causa del entorno, no de las acciones individuales, sino del entorno: un entorno donde hay churritos, refrescos, en casa o en la escuela”.

Foto: Miguel Tovar.

Interés

Aquella tarde en el seminario para educadores sobre la nueva materia Vida Saludable el doctor Simón Barquera se presentó y dijo algo que llama la atención, algo poco frecuente de escuchar: “No tengo ningún interés o no recibo remuneración por dar esta presentación. Hay profesionales que están visitando escuelas en todo el país para decir cómo usar edulcorantes en niños, lo cuales NO se deben usar en niños”.

En México el lobby de empresas para impedir la restricción de alimentos chatarra es cosa seria, tanto que en uno de los casos más graves de violaciones a libertad de expresión y persecución política de los últimos años se descubrió el espionaje a activistas por el aumento de impuestos a refresqueras, uno de ellos el activista Alejandro Calvillo, director de la organización Al Consumidor, punta de lanza de la lucha por una alimentación sana para las infancias.

El largo camino contra la chatarra

La nueva materia Vida Saludable llega después de una década de legislaciones, pactos, normativas para sacar la comida chatarra de las escuelas y garantizar alimentación saludable para estudiantes.

En el año 2010 se hizo el primer intento para sacar la comida chatarra en las escuelas pero las presiones empresariales pudieron sobre la Secretaría de Educación Pública que, en lugar de prohibirlo por ley, se limitó a dar recomendaciones y sugerencias. Apenas una serie de  “lineamientos generales para el expendio de alimentos y bebidas en las tiendas o cooperativas escolares de los planteles de educación básica”.

Cuatro años más tarde, en el 2014, se logró que se incluyera dentro de la Ley General de Educación la prohibición de vender comida chatarra en escuelas desde kínder hasta la universidad y la prohibición total de vender refrescos, leches, bebidas light y yogures saborizados. Sin embargo, la prohibición no aplicaba todos los días: los viernes había algunas limitantes.

Para Barquera permitir la venta de comida chatarra los días viernes no tiene sentido, más que entenderse como una concesión a la industria.

“Prohibir la chatarra en escuelas era algo muy controversial, los empresarios sentían que se dañaban sus derechos comerciales, advertían que se dañaría la economía y pues en ese sentido se les dio chance de vender comida chatarra un día y pusieron el viernes, que en  términos educativos y según las teorías conductuales, es contraproducente porque estás vinculando el viernes, el día que más les gusta a los niños, el del fin de semana, lo estás asociando a comida chatarra. Mejor lo hubieran hecho en lunes. Pero hay que entender que las políticas públicas son graduales”.

Además de los productos ultraprocesados, se prohibió también la de publicidad  dentro de la escuela y la venta de estos afuera de las instalaciones educativas. Porque en México es común que a la hora de la salida, afuera de las escuelas se instalen vendedores ambulantes ofreciendo todo tipo de comida: frutas o verduras como piña, mango, pepinos y jícamas con limón, sal y chilito; palomitas, churritos o frituras de harina con salsa y limón; dulces, paletas, pastelillos. Además de ese sinfín de golosinas, también se venden juguetes como pelotas o yoyos,  plumas de colores, broches para el pelo. Estos productos -salvo los dulces- no suelen ser procesados o de marca, sino elaborados por los mismos vendedores ambulantes que llegan a las escuelas con sus carritos en busca de un ingreso para sus familias. Esta tradición la recuerdo desde que yo iba a la escuela: comer frutas o churritos con limón y chile era una manera de atemperar el hambre (¿o antojo?) en lo que llegábamos a casa a sentarnos frente a un plato de sopa, arroz y ensalada.

La Ley General de Educación  estableció también que se debían instalar bebederos, pero lo cierto es que en México el 23 por ciento de las escuelas no cuentan con agua. Y en un país de estas dimensiones eso implica más de 46 mil planteles.

Todos estos avances, leyes, reglamentos, fueron resultado del trabajo y empuje de organizaciones de la sociedad civil vinculadas con espacios académicos y de salud pública preocupadas por la salud de los adultos y las infancias en el país, una lucha que ha costado muchos años, muchas vidas enfermas y recursos económicos. Para intentar que esa vez sí hubiera avance concreto, la sociedad civil no se conformó con la publicación de la ley y creó el sitio miescuelasaludable.org para dar seguimiento a su cumplimiento. En en el ciclo 2014-2015 en el portal se reportaron 366 escuelas que no cumplían la prohibición. Cuatro años después, para el ciclo 2018-2019 la situación empeoró exponencialmente:  se reportaron 4 mil 137 escuelas en las cuales  se vendía comida chatarra de lunes a jueves y en 6 de cada 10 no había bebederos con agua potable.

Para el año 2019 se modificó la normatividad para obligar a la industria alimentaria a colocar un etiquetado de advertencia en sus productos: si estos tienen exceso de calorías, de azúcares, de grasas saturadas, de grasas trans y de sodio; además advertir si contienen cafeína o edulcorantes.

Alejandro Calvillo es director de Al Consumidor, una organización no gubernamental que ha dado batalla desde hace una década para garantizar la salud alimentaria de las personas.

“Esto viene desde hace años, no se ha podido implementar y ¿por qué? Es un negocio multimillonario de las empresas, tienes una población cautiva de decenas de millones de estudiantes, cautivos 5 horas en una escuela para comercializar tus productos”.

Simón Barquera respira profundo después de reparar la larga lucha por la alimentación saludable en México. “Son procesos muy largos, cuando empezamos a darnos cuenta que los refrescos le hacian daño al país, fue a finales de los 90 y en el 2000 empezamos a pugnar para el impuesto al refresco; lo logramos en el 2014 . Lo del etiquetado lo empezamos en el 2007 y se logró en 2020, son procesos muy largos”.

Y conforme se gana terreno en el consumo de alimentos sanos, la industria alimentaria y refresquera responden con mayor sofisticación la embestida. Ahora se habla de publicidad oculta o influencers, o que en lugares públicos, como el centro de diversiones Six Flags, te vendan más cara el agua que el refresco, esos son elementos que aún no están regulados.

“Cuando hicimos la jarra del buen beber en el año 2010 -un análisis de las bebidas saludables para niños y adolescentes explicada en porcentajes de consumo diario- se bloqueó desde Presidencia -entonces Felipe Calderón era el presidente de México-. Ya había material para libros de texto y posters y se canceló. Era radical, sólo decir toma agua en el 2010 era radical. Ahora se dice no sólo toma agua, sino tomar refresco hace daño. Y ahí vamos, cada vez más conscientes del buen comer”.

Foto: Miguel Tovar.

Ambiente obesogénico

Comer bien, de manera saludable, y tener un cuerpo sano no sólo es decisión de la persona como nos lo ha hecho creer el capitalismo en casi todas los espacios de nuestra vida. Comer bien es posibilidad y consecuencia de un contexto determinado por cuestiones ambientales, económicas, sociales y políticas.

Cuando yo era niña vivía en una ciudad pequeña en el centro del país. La comida que se servía en la mesa era sopa de pasta, de verduras, arroz, frijoles, ensalada, un par de veces por semana; los lonches que llevábamos a la escuela eran sandwiches de jamón o de frijol con queso, agua natural o de frutas en nuestra propia botella. A veces, cuando no le daba tiempo de prepararnos lonches, mi mamá nos daba dinero y comprábamos frituras, golosinas. Pocas veces mi mamá compraba alimentos ultraprocesados porque eran más costosos y no de tan fácil acceso.

Luego, a mediados de los 90`s, inauguraron el primer McDonalds en la ciudad e ir ahí fue como un asunto de estatus. Yo tardé  un par de años en ir a uno, sobre todo porque era costoso.

Poco a poco los alimentos ultraprocesados empezaron a estar más al alcance de nuestras manos y bolsillos, recuerdo que cuando mi mamá trabajaba en otra ciudad y no había quien nos cocinara, varios días a la semana comíamos quesadillas (tortilla con queso) o sopas maruchan (esas de fideos de cartón con gran cantidad de colorantes, saborizantes y conservadores). Desde ese momento el consumo de comida procesada fue irreversible: cada vez están más cerca y más accesibles los alimentos chatarra. Cuando me tocó ser mamá el tema de la buena alimentación, del riesgo de obesidad y diabetes, ya era parte de nuestras preocupaciones y para mi suerte, mi hija mayor me pide ensalada de lonche, frutas o verduras con aderezo, tortitas de garbanzo. Pero apenas ve una soda o unas frituras no puede resistirse.

Aprender a comer sano y hacerlo -creo- son la búsqueda de un equilibrio constante entre la salud, el placer, el tiempo y el dinero. Sobre todo, para la gran mayoría de las familias mexicanas, influyen el tiempo y el dinero.

Así que cada vez que veamos a un grupo de estudiantes comiendo pastelitos de chocolate, en lugar de una barra de amaranto, no culpemos e elles o a sus mamás. En México vivimos un ambiente obesogénico que es consecuencia de políticas económicas y estatales.

Alejandro Martínez, académico de El Colegio de México, publicó un estudio titulado “La consolidación del ambiente obesogénico en México” en el cual explica cómo se fue creando este contexto. Él, experto en estudios de población, marca una de las claves: el momento en que el consumo del maíz y de plantas, dieta básica de los pueblos originarios fue considerado como insuficiente y causante del poco desarrollo civilizatorio, poniendo sobre el grano del maíz al de trigo y las proteínas animales.

Muchos, muchos años después de la llegada de los españoles y ya durante la fundación del Estado mexicano, entre 1950 y 1982, la modernización industrial fue la apuesta del desarrollo económico del país sobre la agricultura, lo que fortaleció la producción de alimentos industrializados. Después, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, acuerdo entre Estados Unidos, Canadá y México que rige desde 1994, facilitó el acceso físico y económico a estos productos. Los estantes de los comercios comenzaron a llenarse de productos ultraprocesados que habíamos conocido a través de las películas que Hollywood nos exportaba: cereales de colores y azucarados, bolsas de papas fritas de tamaños cada vez más grandes, refrescos de todos los sabores, galletas con ultra chocolate, palomitas de microondas, comidas congeladas de todo tipo: papas a la francesa, dedos de pescado, mini pizzas, salchichas, hasta tacos dorados mexicanos. Tener esos alimentos en la despensa o el refrigerador era un asunto de status y de modernidad.

“La población urbanizada -explica Alejandro Martínez- le atribuyó significados al consumo que iban más allá de la mera necesidad alimentaria. Además de que existía una diferenciación clara respecto a los lugares de compra (autoservicios y minisúpers para los niveles económicos más altos; tiendas de abarrotes, mercados y tianguis, para los de menor nivel), el hecho de que los alimentos industrializados eran consumidos primordialmente por las clases acomodadas dio pie a que esos productos fueran asociados con bienestar, estatus y movilidad social”. Poder comprar se convirtió en un privilegio ostentable, como quien hoy camina por la calle con un vaso de café que lleva la marca de Starbucks.

La diversidad regional de insumos alimenticios y estilo de cocinar, continúa Alejandro Martínez,  se enfrentó a un proceso de homogeneización y de mayor diferenciación entre los estratos sociales: acceder a dietas saludables y variadas se hizo cada vez más difícil en términos económicos y físicos.

Lo confirma en presente @datavizero, un usuario de redes sociales, quien mapeó el acceso a comida chatarra de les habitantes de la Ciudad de México y encontró que el 96% de quienes vivimos aquí tenemos una tienda de abarrotes o minisuper a menos de 100 metros de distancia, 2 o 3 minutos caminando. Es decir, estamos rodeados de lugares donde el 100 por ciento de la oferta son productos industrializados; en cambio el porcentaje de población que tiene un negocio de frutas y verduras a menos de 100 metros disminuye a 51%.

Para la maestra María Teresa, de Oaxaca, la nueva materia es un aporte cuyo impacto está en duda no sólo por la falta de programa académico. “Es muy importante que veamos el contexto en el que estamos viviendo: económico, cultural, medios de comunicación, estilos de vida… es muy difícil revertir la costumbre”, dice la maestra, desde el otro lado de la línea la escucho algo esperanzada. “La normatividad en las escuelas es un primer paso, se han dado pasos: prohibir la venta de chatarras en las escuelas, el etiquetado, la publicidad, son pasos pero es muy difícil porque mucho tiempo el consumo de alimentos procesados era un asunto aspiracional, nos enseñaron que esa era comida buena, que las tortillas, los frijolitos eran comida de pobres… son muchas capas del problema”.

Foto: Miguel Tovar.

¿Sacamos la chatarra de las escuelas?

A casi 500 kilómetros de la ciudad de Oaxaca, en una escuela privada en el sur de la Ciudad de México, han dado una batalla para sacar a la comida chatarra. Se llama Sócrates e Isabel Elizalde Romero es dueña y administradora. Aquí desde hace casi 30 años hay una cooperativa escolar, de aquellas que solían funcionar en varias escuelas del país en los años 80 y 90 como una forma de generar una comunidad de trabajo e ingreso para padres o para la misma escuela.

“La cooperativa ha sido un elemento muy importante para la escuela porque en ella han participado alumnos y maestros. Aprenden sobre alimentación pero también sobre matemáticas”, dice Isabel. Pero sobre todo en la escuela Sócrates la cooperativa siempre se concibió como un espacio para promover la alimentación sana: “Al inicio sí vendíamos dulces, dulces tradicionales y sin procesar como amaranto, cacahuate, cocadas, pero no tuvo éxito entre los niños. Luego  entramos el dulce comercial durante una temporada hasta que un día dijimos ya no. Nos generaba inquietud que fuera  a pasar con los niños al quitarlos y no pasó nada, a los 3 meses uno me preguntó qué había pasado, por qué ya no había dulces y le dije: ¿lo necesitas? Y pues la respuesta fue no”.

En la cooperativa de esta escuela capitalina nunca se  vendieron refrescos ni papas fritas, solo Boing, “un poco de contrabando”, dice Isabel. Boing es una bebida azucarada sin gas de mucha tradición en México por su origen local y por su antecedente de lucha laboral: en la década de los 80 ante la negativa de un incremento laboral los trabajadores de la refresquera que produce el Boing se fueron a huelga durante mil días, asesorados por el Partido Mexicano de los Trabajadores; la empresa se declaró en bancarrota y los trabajadores la compraron bajo una sociedad cooperativa que a la fecha se mantiene.

Con la prohibición de venta de bebidas azucaradas en las escuelas, en el año 2014, Isabel supo que tendría que dejar de ofrecer Boing. “Les escribí a  la cooperativa para que le bajaran la cantidad de azúcar, lo hice pensando mucho en apoyar a la cooperativa como un espacio de lucha y de trabajo, pero no tuve respuesta”.

Ahora en el patio de su escuela, durante el recreo, sólo venden comida.

El menú incluye enfrijoladas (tortillas de maíz rellenas de pollo o queso bañadas en salsa de frijol), molletes (pan horneado con frijoles y queso fundido), tacos de guisado con pollo, papa o calabacitas, tortillas rellenas de pollo guisado con jitomate. También arroz yakimeshi (frito estilo oriental), enchiladas (una versión de las enfrijoladas, pero con salsa de jitomate y un poco de chile), tortilla tostada con frijoles, pollo, lechuga, jitomate y un poco de queso, huevo duro con arroz, cereal con leche, amaranto, palomitas de maíz. La mayoría de los platos incluyen maíz, el grano principal y ancestral en la dieta mexicana porque la intención es también promover el alimento local. Nada de hotdogs ni hamburguesas.

–¿Y qué dicen los niños?

–Les gusta, procuramos hacer alimentos que sean sanos y que les gusten también a ellos. Ahorita sus favoritos son el arroz yakimeshi, que tiene verduras y huevo, y también los molletes con frijolitos. A veces los papás se involucran y nos dan sugerencias, otras nos preguntan las recetas porque sus hijos les piden comer lo que comen en la cooperativa, pero en sus casas.

La escuela Sócrates está ubicada en un barrio residencial de la Ciudad de México, con servicios de agua potable, transporte, energía eléctrica y acceso a alimentos garantizado. Desafortunadamente no es la realidad de las casi 200 mil escuelas públicas del país: en zonas rurales una de cada tres escuelas no tiene red de agua potable, 7 de cada 10 no tiene drenaje, y 1 de cada 10 no tiene luz eléctrica. Y sólo 4 de cada 10 hogares en todo México tiene seguridad alimentaria, según la encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2018. La seguridad alimentaria es poder acceder física y económicamente a los alimentos, además de tener el tiempo y las herramientas para cocinarlos de manera saludable.

-¿Cómo hacerle en contextos precarios?–se le pregunta a la maestra Isabel.

–Yo considero que la escuela puede ser un generador de empleo de algunos papás que trabajen en comunión con la escuela, pidiendo que un papá o una mamá se haga cargo de la cooperativa y poniendo condiciones. Así se le genera un empleo a  ese papá o a varios papás como socios; se vende comida sana y estás logrando que los niños coman sano y a la escuela una pequeña ganancia para lo que se vaya necesitando. Esto podría funcionar bien, siendo claros, honestos en el objetivo: si mi objetivo es que estudiantes tengan alimentación sana pues estas personas se pondrían de acuerdo para ver dónde comprar la materia prima y esto impactaría a nivel nacional.

La maestra María Teresa, en el estado de Oaxaca, vuelve a su oficio y pone sobre la mesa la pregunta ¿cómo aprendemos las personas?

“Tendríamos que empezar a replantear el asunto de cómo aprendemos todos. Los niños no aprenden a partir de que lean sino a partir de cómo viven, qué experiencias ven alrededor en su entorno, en su casa, en su escuela. No se trata sólo de incluir una materia descontextualizada de su entorno, hay que acompañar, hay que generar las condiciones para que si les decimos que coman frutas y verduras puedan acceder a las frutas y verduras”.

Con esas palabras en mente, le pregunto a mi hija cómo cree que pueden aprender a comer sano.

“Diciéndole a nuestro cuerpo que las cosas sanas son buenas para él. Sembrando papas en nuestro balcón y haciendo la comida con ellas. Ya no comprando los alimentos que tienen etiquetas negras. Disfrazando la comida sana de dulce”, me dice ella y yo pienso que una parte de su respuesta viene de mi repetir cotidiano sobre el buen comer cada que nos sentamos a la mesa y su comprensión, a su edad, a su tamaño, de que su cuerpo es su casa y ahí vivirá siempre.

Han pasado seis meses desde que se anunció la materia Vida Saludable y mi hija no ha vuelto a tener otra clase de ese tema en la escuela.

Se estima, por las estadísticas de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, que 1 de cada 2 niños nacidos a partir del año 2010 en México desarrollará diabetes a lo largo de su vida. La emergencia no implica sólo una tarea escolar, implica pensar en cómo queremos vivir nuestro futuro y el de nuestres hijes. Mientras tanto, en casa seguimos con el intento de que las hijas aprendan a comer sano. Naira, a su vez, con su intento de que su hermana menor coma frutas, con su técnica de disfrazar la comida sana de dulce. Hace unos días le llevó a la hermana menor un plátano en rebanadas bañado en chocolate hershey y chispitas de azúcar de colores. La hermana, claro, lamió el chocolate y dejó en el plato la fruta.

Fuente

La buena educación (por Daniela Rea en Bocado)

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