5 poemas de Cristina Sanz Ruiz

Por Cristina Sanz Ruíz

 

Piensen en el negativo de una escultura. El hueco por rellenar. El hueco absurdo. El vacío. Oquedades es un retrato al revés de alguien ­­—yo— que se empeña en abrir la piel, rebuscar en las cavidades, rebañar las entrañas, lamer la espátula de silicona con placer de repostero. El cuerpo-cuenco. La muerte, siempre acechante. La vida, testaruda, que se impone. Oquedades nació como intento de conjurar la depresión —vacío de vacíos— pero se dejó llevar por el afán arqueológico y terminó excavando cada recoveco del yacimiento, exhumando cada hueso. No, no es el miedo a la muerte. Es el miedo a la vida. Vivir: perder, desprenderse, llenarse de huecos. Oquedades. Pero no me tomen demasiado en serio. Como me dijo un crítico de renombre, cráneo privilegiado, maestro de todas las letras, algún día, mis (inéditas) obras completas podrán titularse La alegría de la huerta.

 

 

El poemario inédito Oquedades quedó finalista del Premio Adonáis 2020.

******

Rigor mortis

 

He asistido a mi autopsia

en una morgue limpia

de paredes blancas

con un bisturí afilado

abriéndose paso

hacia las entrañas.

 

Por las hendiduras del muerto

—recuerden: que soy yo—

brotan humores negros,

se alivia la presión,

y el cadáver es un cuerpo

que por fin se relaja.

 

El forense de bata blanca

se refleja en mi cara,

responde con mi voz,

pronuncia mis palabras.

 

Las manos del forense

—sépanlo: también soy yo—

me cantan una nana.

***

Día 12

 

Mi reloj de arena solo contiene

un minuto

pero se está echando la siesta

y ahora lo contiene todo.

Se convierte en playa

y si conjuro los reflejos

del cristal logro

ver el mar.

 

Ya no hay clepsidras,

el mundo en suspensión

y este tiempo es su regalo.

 

Pero mis manos tiemblan

porque el reloj de arena

que solo contenía un minuto

—solo uno—

y ahora lo contiene todo

empieza a pesar demasiado

y temo que se caiga

y temo que se haga pedazos.

 

Temo este regalo envenenado

en el que palpita el deseo

 

del descanso eterno.

***

Me hundía, boqueaba, enredada en

algas-lianas-calamaresgigantes-medusastransparentes,

cerré los ojos. Solté los brazos. Ya basta.

(Me rendí, lo juro). No más calambres,

no más sal abrasando la garganta,

no más lucha, no más zafarse.

Abrazadme, conducidme al tálamo

de los cien tentáculos.

 

Me rendí, lo juro.

 

Pero en alguna parte,

no sé cómo,

un rumor me mantiene a flote. 

 ***

Victoria

 

«¿Qué llevo en mi bolso?»

 

Dinero, teléfono, llaves,

clínex, lápices de Ikea

y la cabeza de Medusa

cercenada.

 

 

Victoriosa Persea, apoyo los pies, celebro la gesta,

ofrezco a los dioses un hermoso cordero.

Palas me conduce y Niké me eleva:

que Apolo trence hojas de laurel en mi cabello

y que el poeta ciego cante ¡oh, musas! la epopeya que merezco.

 

 

No era esta la gloria que soñaba

 

pero hoy celebro

 

que he salido de la cama, me he duchado

 

y llevo en el bolso pintalabios.

***

Res non verba

 

Para ti, papá

 

Tu amor me pesa

abocada a la certidumbre

de que un día no estarás;

nadie será entonces refugio

ni me mirará como si fuese

feliz juego de la edad tardía,

otro milagro de la primavera.

 

Hoy me fijo en tu cojera o en las manos que te tiemblan

en medio del humo que forma el tabaco

y resuena en mi cabeza el olmo viejo, hendido por el rayo,

etcétera (ya sabes),

todos los versos compartidos

desde aquellos primeros cuentos.

 

Y el día en que me toque subir al alto Espino

cuando la sombra del ciprés te alcance

y estés debajo del almendro,

iré a pasear con Anita y José Arcadio, con Kutuzov,

Sorel, Meursault, Maximiliano.

Volará, quizás, una bonita milana, el cuervo Jacobo.

Cantarán conmigo esta

elegía tejida a tantas manos:

 

Que por mayo era por mayo

pensando en ti, como ahora pienso

las palabras entonces no sirven, son palabras.

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi

que tenemos que hablar de muchas cosas.

Aquél de buenos abrigo, amado por virtuoso de la gente

polvo será, mas polvo enamorado,

tanto amor y no poder nada contra la muerte…

dichoso el árbol que es apenas sensitivo

¿ké fareyó ‘o ké serád de mibi?

Estos días azules y este sol de la infancia

tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas.

Duerme, vuela, reposa: ¡también se muere el mar!

Deja un comentario

5 poemas de Cristina Sanz Ruiz – Sarraute Educación María Magdalena

A %d blogueros les gusta esto: