5 poemas de Andrés García Cerdán

Por Juan Domingo Aguilar

5 poemas de Andrés García Cerdán

 

 

Andrés García Cerdán es un poeta nacido en Fuenteálamo, Albacete, en 1972. Doctor en Literatura por la Universidad de Murcia y profesor en la UCLM. Ha publicado, entre otros, los poemarios Los nombres del enemigo (Aula de Poesía, Universidad, Murcia, 1997), Carmina (Nausícaä, 2012), La sangre (Valparaíso, 2015), Barbarie (Adonáis, Madrid 2015), Puntos de no retorno (Reino de Cordelia, 2017) y Defensa de las excepciones (Visor, 2018). También es autor del estudio El árbol del lenguaje. Desde la poesía de Julio Cortázar (Visor, 2021) y del antiensayo La muerte del lenguaje. Para una poética de lo desconocido (Libros del aire, 2019). Con The Rimbaud Company ha editado el disco Tyson.

 

 

***

CHARLES SIMIC

Me propongo –como Charles Simic–
escribir un poema
que hasta los perros puedan entender.

Sí, sobre todo ellos,
los perros.

***

DESPUÉS DE TANTO TIEMPO

Sin aparente explicación,
me hacen
feliz algunas cosas,

por ejemplo

las huellas de los pájaros
que inspiraron a Cang Jie la escritura,

lo que apunta Platón:
La lengua es el diálogo del alma
consigo misma,

el silencio elocuente de lo que no decimos,

el temblor mínimo
que descubro en tus labios
cuando hablas de vernos otra vez.

***

SOBRE EL ERROR

Me equivoco. Cometo errores.
Digo cosas inoportunas.
Con frecuencia excesiva deseo lo imposible.
No sé
cómo evitarlo.
A veces creo ciegamente en lo que no es.
A veces me deslizo
por la pista de patinaje
sin control. Soy
la posibilidad en su estado más puro.
Abundan en mí las carencias.
Si afirmo aquello
de lo que más seguro estoy, lo que hago
tal vez es dudar. Mi virtud
es un defecto.
Y me equivoco.
Sí, una y otra vez,
cometo
faltas y errores.
Son cosas que se pueden corregir
o hechos que no admiten reparación.
Cuando acaba el día, son míos:
en ellos
construyo mi refugio.
Como quiso Paul Valéry, errores
que sólo yo podría cometer.
Y, por supuesto, parte esencial
de mi inocencia,
lo que a mí me queda
cuando todos os habéis ido,
lo más propio y lo más sagrado
que soy.
Esto nos convierte -a mí y a ellos-
en trascendentes, íntimos engranajes
de lo fallido.

***

ANOTACIÓN SOBRE LAS OLAS

Fue una noche muy tarde en Basilea.
Nietzsche leía el griego hipnótico
de los cantos de Homero. El mismo Ulises
parecía ir contándole la historia
de sus largos esfuerzos contra todo
al oído. Aquella ciudad de nadie
dormía en los brazos de nadie.
Nietzsche leyó caballos y crepúsculos,
el romper de las olas a sus pies,
el latido del roble, un crujido
insistente en las jarcias y en los pulcros
hexámetros. La noche amenazaba
con derrumbarse en otras islas. Él
escaló la decrepitud inmensa
de los acantilados y conjuró los días
perdidos en el óxido de un mar
sin fin, antiguo como el tiempo.
Allí mismo, en mitad de todo aquello,
en mitad de la nada, el canto
de una sirena, el cielo en las heridas.
El hecho es que estoy muy triste, dijo
con toda la fragilidad de un dios.

***

LÍNEA DE COSTA

La diferente longitud del verso
y el lugar al que llega
cada vez que intentamos decir algo
esculpen una línea de costa imaginaria
en el poema. Ese
es el límite entre los mundos.
El litoral del tiempo y el lenguaje.
La erosión, la marea, las urbanizaciones
trazan un recorrido eléctrico
y una frontera sur,
un borde incandescente entre tú y el océano.
Algunos versos caen al poema
a plomo,
como caen los acantilados.
Otros versos extienden
sus blancas arenas con total docilidad,
hasta dejar de ser.
Se abre una bahía
en torno al verbo resistir.
Reconozco palabras que son puertos.
Las breves depresiones,
los accidentes,
las calas
ecualizan el canto. Vibra
sobre el papel el pulso
del viejo electrocardiograma lírico.
El corazón explota a diferentes
profundidades.
Si calla el horizonte, hay que callar.
No sé bien cómo, pero
voy a elegir contigo
una ensenada en esta costa,
un lugar que aún no haya sido invadido
por las excavadoras,
donde podamos estar solos
y bañarnos desnudos
y, en mitad de la noche, encender una hoguera
que arruine todos los satélites.

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