Lo personal es político

Publicado: 11 noviembre 2023 a las 8:00 pm

Categorías: Arte y Cultura / Literatura

Por Marta Lamas y Ana Sofía Rodríguez Everaert

El libro Lo personal es político (Lumen, 2023) es una antología compilada por Marta Lamas y Ana Sofía Rodríguez Everaert que reúne textos fundamentales de la segunda ola feminista y da un panorama de lo que fue en México. Incluye dos estudios históricos a cargo de las compiladoras además de textos cruciales de Rosario Castellanos, Alaíde Foppa, Lourdes Arizpe y la propia Marta Lamas, entre otras. El siguiente pasaje es un fragmento de la presentación, a cargo de Ana Sofía Rodríguez.

Los movimientos sociales se vinculan de formas muy distintas con sus genealogías, y las relaciones que tienen los feminismos con sus antecesoras parecen especialmente complicadas. Quizás por la radicalidad presentista de su lucha y la sensación de que siempre se puede y debe alcanzar más, el diálogo entre generaciones de feministas con frecuencia haya terminado en el desencuentro. Esta es una aseveración que admite excepciones, pero las pruebas de estas rupturas son muchas —y existen no sólo para el caso de los movimientos feministas contemporáneos—. Las mujeres que se movilizaron en México en la década de 1930 alrededor de una agenda de expansión de derechos, por ejemplo, no dudaron en calificar de “libertinas” a las jóvenes feministas de la década de 1970 por su defensa de la libertad sexual. A su vez, estas no supieron ir más allá del “símbolo” que significaban sus antecesoras, como ha escrito la historiadora Gabriela Cano. Mientras que ciertas feministas de la vieja guardia ven con suspicacia los esfuerzos por llevar cada vez más lejos las reflexiones sobre el género y renovar las estrategias de lucha, algunas jóvenes se convencen de que en el pasado no hay explicaciones ni armas para el presente Lo primero es decepcionante, pero lo segundo puede ser peligroso.

La pérdida histórica que supone dejar que el oleaje se lleve mar adentro los vestigios del pasado es evidente. Sin embargo, el riesgo más grave que corren los feminismos con la desmemoria es creer que la lucha ha sido lineal, que en materia política y teórica no ha habido más que una sucesión progresiva de conquistas. Recuperar la historia del feminismo mexicano en este momento puede ser crucial para volvernos a situar frente a lo que creemos que es urgente y lo que es importante.

El feminismo mexicano que surgió en la década de 1970 es particularmente revelador. Sus agendas, formas de organización, estrategias y alianzas están llenas de lecciones. Pero su historia también es importante en sí misma. En el panorama internacional del movimiento de liberación de la mujer, los grupos feministas mexicanos se desarrollaron en una serie de condiciones contextuales específicas que lo hicieron original y perspicaz. Aunque en general estuvieron muy influidas por el feminismo estadounidense y europeo, las feministas mexicanas de la década de 1970, más allá de sus orientaciones ideológicas, fueron conscientes de los problemas sociales endógenos. Eso dio lugar a análisis y discursos críticos del feminismo del norte global. El movimiento que se constituyó en México fue un movimiento muy latinoamericano, en el sentido de que hablaba concretamente de los problemas de la región, que, sin embargo y a pesar de todo, se desarrolló en un contexto político más libre que el que permitían los gobiernos militares al sur del continente. Esto se reflejó en la influencia que tuvo el exilio político en algunos de los grupos feministas mexicanos. Pero más importante aún, esta apertura garantizó la presencia del feminismo en algunos espacios institucionales, como la universidad, dando lugar a diálogos muy concretos entre las feministas y el statu quo, incluido el propio gobierno mexicano. La historia del feminismo mexicano de la década de 1970 es una mirilla privilegiada desde la cual ver los temas y dilemas del feminismo de la llamada “segunda ola”, muchos de los cuales siguen teniendo una increíble actualidad.

Este libro reúne textos de esa época escritos por autoras vinculadas a uno de los grupos más importantes y longevos del feminismo mexicano. Inspiradas por las protestas del año de 1970 en Estados Unidos, poco más de una veintena de mujeres de la Ciudad de México formaron Mujeres en Acción Solidaria (mas). Su primer acto público fue una acción de protesta alrededor de la maternidad como destino manifiesto de las mujeres, en mayo de 1971. A principios de 1974, el grupo se escindió y la mayor parte de sus integrantes formaron el Movimiento de Liberación de la Mujer (mlm) con la intención explícita de identificarse con la corriente internacional que pugnaba por la liberación de la mujer. Por su origen de clase media, se ha vuelto un lugar común desestimar a estas mujeres con el mote de “feministas blancas”, una designación que se usa para describir de forma crítica a buena parte de las protagonistas de la segunda ola del feminismo por no prestar atención a las opresiones de clase y raza enfrentadas por la mayoría de las mujeres. Además de ser una descripción simplista, esta ignora el contenido de las ideas de esas mujeres y el contexto político, social e intelectual en el cual estaban insertas.

Como muestran los textos de esta antología, el activismo del MLM se preocupaba sobre todo por la relación de las mujeres con el capitalismo, su lugar y condiciones en el proceso de producción. Entre sus primeras actividades estuvieron el apoyo a huelgas y la participación en reuniones sindicales en diversas partes del país. No obstante, a decir de ellas mismas, encontraron poco eco en las obreras que “estaban de acuerdo con el análisis que hacíamos”, pero para quienes la lucha por el sindicalismo independiente era prioritaria, además de que consideraban las diferentes situaciones de subordinación de las mujeres como “problemas privados”. El grupo del MLM se basaba en la “toma de conciencia” de la mujer sobre su situación y abogaba por su libertad, incluida la sexual. De manera progresiva incorporó a sus demandas la igualdad legal, doméstica y social entre hombres y mujeres. El interés de estas activistas por las clases medias —que era secundario al interés por las trabajadoras— tenía que ver con la impresión de que las mujeres que pertenecían a ellas eran el primer blanco de la ideología dominante y, por lo tanto, eran reproductoras acríticas de la misma. Las autoras de estos textos estaban conscientes de que si no había soluciones “para todas las mujeres” no las había para ninguna.

Desde un principio buscaron adaptar las ideas que circulaban en el ámbito internacional a la realidad mexicana en donde las mujeres más precarias eran campesinas, el trabajo doméstico era subcontratado —el “colchoncito en que ahora reposa nuestra conformidad”, como lo describió Rosario Castellanos— y el machismo parecía ser un hecho cultural incontestable, una herencia a la vez indígena y colonial. En ese sentido, el MLM es una vertiente concreta del movimiento de liberación de la mujer que podríamos caracterizar como “feminismo del tercer mundo”, en su doble acepción geográfica y política.

El tercermundismo se trata de una corriente ideológica porosa pero con gran densidad histórica. Se popularizó en las décadas de 1960 y 1970 tras las independencias de decenas de países en Asia y África y los esfuerzos de articulación que sus gobiernos emprendieron —junto con países como la India, Yugoslavia y México— para mejorar su situación al margen de la bipolaridad capitalismo-socialismo de la Guerra Fría. Los ideales tercermundistas aspiraban a la liberación nacional y la soberanía; partían de un análisis de las condiciones de dependencia económica que caracterizaban a los países en vías de desarrollo y planteaban una serie de iniciativas multilaterales para atajarlas. Si bien estuvo influido por los ideales socialistas, el tercermundismo era crítico del “imperialismo” de la Unión Soviética. Por otro lado, aunque a menudo era un discurso promovido por los gobiernos del sur global, también fue enarbolado por intelectuales y activistas.

Aunque no se definía como tercermundista, la corriente feminista que representan estos textos se debe interpretar con ese escenario ideológico en mente. Estas mujeres entendían que la opresión de género en México estaba cruzada por el subdesarrollo y las desigualdades materiales estructurales. Al mismo tiempo, eran conscientes de los límites del socialismo en la liberación de las mujeres. Lourdes Arizpe lo deja claro en la inauguración del Primer simposio mexicano-centroamericano de investigación sobre la mujer organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México, El Colegio de México y el Instituto Nacional de Bellas Artes, en 1977: “Cabe preguntar si la doble jornada en países socialistas en donde la mujer constituye la mitad de la fuerza de trabajo asalariada… es una mejoría o un doble yugo?”.

Sin embargo, como bien muestra el texto de Marta Lamas sobre el Año Internacional de la Mujer, el mlm fue crítico de las causas que en nombre del tercer mundo se estaban gestando en ese momento en la Organización de las Naciones Unidas (onu) —el principal escenario de la lucha tercermundista. El episodio de la Conferencia Internacional de la Mujer que tuvo lugar en la Ciudad de México en junio de 1975 es un ejemplo muy claro de estas desavenencias y marcó las diferencias que existían entre feministas del norte y del sur global, e incluso dentro del propio México.

Desde un principio, el MLM calificó el evento de la ONU como una manipulación. Tras las manifestaciones de “inconformidad con el lugar que se nos ha asignado [a las mujeres]”, explicaban, la ONU había reaccionado destinando un año a la mujer con el objetivo de “canalizar nuestro potencial físico y político a la continuidad del sistema capitalista”. La reacción al slogan de la Conferencia, “Igualdad, desarrollo y paz”, dejaba clara la posición del grupo: “No queremos igualdad de condiciones para ser explotadas de la misma manera que los hombres. No queremos un desarrollo que perpetúe la desigualdad económica, racial y sexual. No queremos una paz que sólo signifique la estabilidad del sistema actual” (Boletín de prensa, MLM). En su rechazo se distinguieron de otros grupos, por ejemplo, del Movimiento Nacional de Mujeres (MNM), que decidió participar en las actividades alrededor del Año Internacional de la Mujer de la mano del gobierno mexicano.

En la discusión sobre el aborto y los métodos anticonceptivos se revelan también las tensiones que admitía el tercermundismo. Este tema fue importante en la Conferencia porque seguía con el plan de control poblacional planteado en la ONU en la década de 1960 para garantizar el desarrollo, retomado por el gobierno mexicano con el presidente Luis Echeverría. Mientras Echeverría dirigió los esfuerzos del gobierno a la reducción de las tasas de natalidad, entre algunos de los exponentes del tercermundismo se consideraba que usar anticonceptivos era jugar con el imperialismo, como relata el texto firmado por Grupo Siete de 1972 que aquí se reproduce. Este alegato ciertamente no lo sostenían las mujeres del MLM, pese a su desconfianza a la retórica del control poblacional en aras de la producción, tanto de la ONU como del gobierno mexicano, y la negativa del segundo de integrar el aborto como parte de esta política.

En 1976, algunas mujeres se separaron del MLM y formaron La Revuelta con la intención de crear un grupo que priorizara el combate del sexismo y la búsqueda por otras formas de relacionarse en lo doméstico y lo privado. A pesar de las rupturas, unos años después se formó una amplia coalición de grupos feministas para empujar el tema del aborto que aprovechó la llegada del Partido Comunista Mexicano al Congreso a raíz de la Reforma política de 1977. Este fue un triunfo organizativo más que político, pues la iniciativa nunca se discutió en el Congreso. Sin embargo, los últimos textos aquí recuperados dejan ver que, hacia finales de la década, las feministas mexicanas habían logrado reunirse en el Frente Nacional por la Liberación y los Derechos de las Mujeres y sus ideas habían triunfado como referente cultural y político innegable.

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